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Ha llegado el otoño con su lento
manto de niebla. La ciudad apaga
las luces del verano, y los paseos
se alfombran de hojarasca.
También el corazón se apaga un poco,
al tiempo que bombea una neblina
con algo de nostalgias infantiles.
(La lluvia en el cristal es lo que tiene.)
Todo cobra un color tan de ceniza
que es fácil ir a dar a la tristeza.
Y, sin embargo, vivo en la alegría
cuando el otoño llueve en mis adentros
esa serena lentitud que llega
después del frenesí de los estíos
y ayuda a poner orden en las cosas
tras tanto tiempo de vivir al raso.
Me abandono
a ese aroma a membrillo y frutos secos
que recuerda el aroma de otras tardes;
a esa melancolía adolescente
que arrastraba mi pluma por el blanco;
que trazaba en secreto
los primeros amores, tan ingenuos;
mis primeros poemas, tan confusos.
El otoño me dice que los días
en su rueda perfecta se suceden;
que yo ruedo con ellos y que ahora,
la sucesión de rostros,
dieron en el que soy: en el que mira
atrás y, sobre todo, hacia el futuro:
tiempo de inviernos y de primaveras,
de estíos y de otoños; tiempo vivo
donde la vida escribe paso a paso
las líneas de un guión inacabado
que alguien continuará. Ojalá entonces,
alguno de estos versos cobre vida
y dé la bienvenida a otros otoños.