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lunes, 26 de enero de 2009

Esto fue un río
















Desciende imperceptiblemente sobre su piel sonora: malherido reptil de cuerpo, antaño, transparente. Desciende desde su ayer glorioso, resonante, feraz; huérfanas sus orillas de carpas y libélulas.

Mira un niño su marcha cegado por la puesta de sol que espejea en las aguas —ayer savia translúcida— que hoy sangran en la tarde, en tanto las graveras taladran sus entrañas, desgarran sus arterias, ignoran sus heridas.

Se murieron las nutrias del río malherido; lo dejaron también los últimos castores, y todo es lentamente proclamación de sombra, edicto de vacío, dominios de la muerte.

Lleva el río en sus pliegues memoria de otros días: de cuerpos vigorosos que buscaban su tacto, y de húmedas caricias que intercambiaba, libre, dueño aún de sí mismo, señor de su destino.

Sin embargo, aquel tiempo dejó de ser el mismo; perdió su transparencia y, tras ella, su canto; su música interior, rumor de aves y peces; su voluntad más viva, saltando entre las piedras.

Cuando del río quede sólo un cauce empedrado, o apenas un hilillo de lágrimas sin norte, habrá llegado el día de quienes, impasibles, hoy se erigen en jueces y en trágicos verdugos.

2 comentarios:

  1. Hola, Antonio.
    Si he entendido bien las últimas palabras, esperemos que ese día llegue mucho antes de que el río muera.

    Un saludo, con río.

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  2. Estimado tocayo: ojalá fuera así... ¡pero hay tantos intereses malinteresados! A mí, cada vez me cuesta más mantener la esperanza...

    Saludos.

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