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miércoles, 28 de enero de 2009

Sobre conciencia cívica

No es la Poesía la que me mueve a escribir estas líneas, sino la falta de respeto al prójimo, el desprecio por los valores cívicos y la indiferencia de muchos ante el cuidado de los espacios públicos. Lo que me mueve a escribir estas líneas, como digo, es mi necesidad de denunciar todo esto, aunque soy consciente de que este ámbito en donde alzo mi voz no será el adecuado para que ésta llegue a los últimos y verdaderos destinatarios de mis palabras. Tampoco tengo muchas esperanzas en que, llegado el caso, estas líneas acabaran por mover al sentido cívico de tales individuos. Aun a pesar de ello, no me resigno a no dejar siquiera constancia de lo que a continuación expongo.


Viene esto a cuento del percance que sufrí hace unos días, cuando regresaba a mi casa después de la caminata que, por prescripción médica, debo realizar diariamente. Volvía, como digo, andando a buen paso y deseando meterme en la ducha tras más de una hora de camino, cuando, ya cerca de mi domicilio, mientras hacía el mismo recorrido, paso más paso menos, que realizo cada jornada, al ir a tomar la acera después de cruzar un paso de peatones, me distraje por un momento observando la obra que unos operarios llevaban a cabo en una fachada cercana. Y así, confiado, por una ruta hollada en multitud de ocasiones en los tres últimos años, no vi el obstáculo que jamás antes había estado allí y que, a la postre, me ha movido a estas líneas: una señal de tráfico —hasta entonces bien puesta: erguida y ubicada, avisando que el espacio que controla está destinado a minusválidos— cuyo soporte, doblado en su base por una banda de vándalos, había quedado tirada a ras del suelo, entre la acera y la calzada, sin arrancar del todo: el elemento perfecto para que cualquier peatón distraído —como fue mi caso— tropezase con él, abocado irreparablemente a la caída; más, caminando rápido, como yo iba. Sentí mi pie enganchado en aquel soporte que me zancadilleaba y cómo perdía el equilibrio hasta caer sobre la acera, golpeándome fuertemente en una rodilla y desollándome ambas manos. Todavía tuve que agradecer que no hubiese un coche allí aparcado, porque, de haber sido así, igual me habría empotrado contra sus ventanillas.


Coincidió que un peatón que pasaba en ese momento me ayudó a levantarme, lo que pude hacer con cierto dolor, pero sin fractura alguna; y, lo primero que me aconsejó, fue que denunciase al Ayuntamiento; que no se podía tener una señal así, como estaba aquélla, siendo una causa potencial de accidentes en un espacio público, como es la calle. Sé a ciencia cierta que hay gente que se querella contra nuestros consistorios por cosas similares: porque se ha torcido un tobillo, debido a algún deterioro en la acera; por haber metido la rueda del coche en el cuadro en el que hay plantado un árbol, mientras daba marcha atrás; y por no sé cuántas cosas más, entre las que podría incluirse también por haberse accidentado al tropezar con una señal de tráfico a ras del suelo. No juzgo sobre si tales hechos deben ser imputables, o no, a la concejalía correspondiente, o sólo consecuencia de la mala fortuna en un mal momento. Pero sí me pregunto: si bien, no digo que en algunos casos, nuestras autoridades sean responsables de ciertos deterioros que puedan dar lugar a accidentes e incidentes, ¿lo son también del salvajismo que, como uno de los infalibles métodos de diversión, hoy se gastan algunas personas? Porque, eso de las señalas dobladas, lo vengo viendo en mi ciudad desde hace mucho tiempo; sobre todo, si el paseo es después de un día festivo o de fin de semana, donde algunas pandillas han debido de hacer la correspondiente ronda nocturna doblando señales, quemando contenedores o destrozando papeleras. ¿Qué habría que hacer? ¿Poner un guardia detrás de cada uno de estos energúmenos?


Nunca he entendido qué satisfacción puede encontrar alguien en destrozar alguno de estos elementos. Y tampoco pienso que el hecho de poner más vigilancia venga a solucionar, en esencia, la raíz del problema. Si cada ciudadano no comprende que lo que hay en la calle es tan sagrado como el último elemento de su casa, y que el cuidarlo entre todos será la garantía de una ciudad mejor y un espacio más habitable del que, a la larga, todos saldremos beneficiados, dará igual lo mucho que se gasten los ayuntamientos en campañas de civismo o en reponer papeleras, contenedores, señales, ornamentos…; todos estos elementos siempre estarán expuestos a nuevas barbaries que, a la postre, irán dirigidas contra los demás ciudadanos, víctimas cuando menos lo esperemos de incidentes como el que hoy da origen a mi rabia.

4 comentarios:

  1. Suscribo una a una tus palabras, Antonio. La verdad es que esa barbarie e incivismo que nos rodea, siempre me deja perpleja. ¿Qué clase de individuos encuentran placer en destruir continuamente todo lo que tienen delante? No le veo solución a esta lacra ni los ayuntamientos ni los gobiernos pueden ponernos un policía a cada uno y en las familias, verdaderas y únicas responsables, se sigue confundiendo libertad con libertinaje.


    Espero que estés mejor de tus heridas.

    Un beso.

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  2. Luisa, agradezco tu solidaridad y tu interés por mí. Del resultado de mi golpe, como se suele decir, no llegará la sangre al río; vamos, que evoluciona adecuadamente. Respecto al meollo de la cuestión, totalmente de acuerdo en que si no somos capaces de transmitir a los más pequeños la importancia del respeto por la naturaleza, el entorno y los demás... algo falla, y las consecuencias seguirán siendo las que son, y aún peores.

    Un abrazo.

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  3. Sobre reclamaciones he visto de todo: hay gente que espera a la celebración de la Cabalgata de Reyes para cambiar de gafas. Alegan golpe de caramelo.Y se pagan las gafas. Por lo tanto: la señal en el suelo po´dría haberte reportado un ingreso extra.

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  4. Podría, no lo dudo. Pero, ¿sería realmente lo justo?

    Me quedo más conforme tal cual.

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