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martes, 21 de abril de 2009

La mirada del río (Sagrario Pinto)


Tal como indiqué en la anterior entrada, iré dejando aquí los poemas que se leyeron el domingo, en el II Encuentro en defensa del Tajo y del Alberche. Hoy, le toca a Sagrario Pinto, talaverana dedicada a la enseñanza (a mí me gusta decir maestra), y poeta, de voz y sensibilidad muy particulares, que ha sabido reflejar en su libro Las miradas [Colección poesía. Editado en 2003 por el Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert] la memoria de sus primeros años, donde el Tajo viene a desempeñar un destacado papel.

Sagrario nos contó en su introducción que su bisabuelo fue uno de los trabajadores que perdió la vida en la construcción del Puente de Hierro, de Talavera, en los albores del siglo XX (éste de la fotografía), y realizó una selección de ese gran poema que es La mirada del río para compartir con los asistentes en este acto de reivindicación. Aquí queda el texto, para quien quiera disfrutarlo:


LA MIRADA DEL RÍO


Al vuelo de los ojos,
reconozco las manos
que tienden las imágenes
en la cuerda del tiempo.

La mirada
se inventa los paisajes:
dibujo de la garza
en la ciudad del río
que construye su casa
y se detiene
y mira
por ventanas abiertas
donde la claridad
escapa de las sombras
por el hueco que deja
la urdimbre de los sueños.


Haremos limonada
por las tardes.
Lloverá como siempre
sobre los bastidores,
punto de cruz, de sombra,
punto de medio punto,
los bodoques bordados
para adornar las sábanas
de la noche de bodas.

Por entonces escribo
con pluma y palillero
y sostengo en mis manos
papel secante rosa.
Fina caligrafía,
el cuerpo de la letra
con distintos grosores.
¿En dónde debo, madre,
trazar la línea fuerte?
El vientre de la ce
es la luna menguante
y las carpas colgadas
parecen signos gráficos.

Una noche yo sueño
que voy en bicicleta
a descubrir ciudades
en el agua.
Invoco la llegada
de las lluvias.
Una vecina grita
que se desborda el Tajo
y el Alberche se crece,
harto de ser comparsa,
y no hay barcas,
ni balsas
ni tablones.

El barro en los alfares
se deshace,
sepulta los tinteros
y las ánforas,
las pilas bautismales
que espera el arzobispo
de Toledo.
Sólo sombras recorren
las calzadas del agua
para secar la tierra
con sus brazos.

Pero la hierba crece.
Volvemos al colegio
y damos un rodeo
antes de traspasar
la verja del jardín
que desparrama
lilas por la acera.
Un aroma dulzón
adormece la calle.
El corazón
nos late sin sosiego
después de haber tocado
el llamador de bronce
de la casa del tísico,
lugar impenetrable
que guarda al apestado
y nos defiende
de la trampa mortal
de su respiración.

Abril se deshilacha
con los primeros grillos.
La luz amarillenta
nos vigila
mientras cortamos juncos
junto al río
para colgar las ancas de las ranas.

Llegan los camiones.
Resuena el traqueteo
de oxidados volquetes
que sin cesar engullen
guijarros, limo, grava,
piedras multicolores,
arcilla, arena, agua,
ofrendas para el vientre
de las hormigoneras,
máquinas insaciables
y terribles.

Agonizan los álamos
y brotan las moreras.
Intercambiamos cromos
por gusanos.

Dejamos de bañarnos en el río,
de pasear alegres por el puente
que ya se desmorona
por sus ojos
de río hospitalario,
río-madre
que siempre nos protege.


¿Qué será de nosotros?
No sabemos gran cosa del futuro.
Pero la luz
nos muestra su hendidura.
Luz herida de abril
que dibuja las manos
que se mueven
como velas de barcos
mecidas por el viento.


Reconozco las manos
sensitivas y fuertes.
Manos calculadoras
y románticas,
capaces de secar
las lágrimas de un niño
y amenazar a otro
con el índice.

Soportes de palabras,
contadoras de fábulas.
Manos conciliadoras
y balsámicas
que alientan el deseo
de conquistar el mundo.

Manos de la nostalgia
y el regreso,
que volverán un día
a bañarse en el río.

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