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jueves, 25 de junio de 2009

En verano, regreso al Romancero






Entro y salgo. La luna está crecida.
Y todo el Romancero se me viene hacia mí,
inabarcable.

Cuando yo era más joven,
Jimena me contaba de sus cuitas:
de lo sola que estaba en el castillo
mientras Rodrigo andaba guerreando,
y sus hijas, aún niñas,
preguntaban de noche por el padre.
Yo la escuchaba atento, aunque, como ya digo,
joven, sin experiencia,
después nunca sabía ni cómo aconsejarle
y así me limitaba a saber sus tristezas
y aguardaba con ella a que El Cid regresara.

También, en ocasiones, Jimena se ausentaba,
y el castillo se hacía menos hospitalario.
Entonces, Gerineldo —ya un fantasma pulido—,
deambulaba sin rostro los altos corredores,
o Delgadina —aquella
hija de un rey malvado—,
marchitaba las rosas más rojas de su sangre.

Ya no soy joven, pero
a veces entro y salgo, mientras la luna sigue
su curso y los romances
aguardan impacientes mi llegada:

habita su prisión el prisionero,
a orillas de la mar va el Conde Olinos,
Fernán González lucha por Castilla
y una casada infiel —la Catalina—
coquetea una vez más con un soldado,
mientras que, monte arriba, perseguida
por la fiereza fiel de siete perros
huye una loba parda, ya cansada…

todo sucede
por la extensión feraz del Romancero.

(¡Ay de mi Alhama!)

6 comentarios:

  1. La riqueza del Romancero, cuántos sueños y palabras les debemos todos. Y efectivamente, el verano, impulsado por la magia inaugural de la noche de San Juan, sin duda es época propicia para desembarcar de nuevo en un río inagotable. Aún recuerdo como una verdadera revelación (quizás no habría cumplido los siete años aquellos del "uso de razón") unos versos del romance del rey Don Rodrigo y la pérdida de España: «... ya me come, ya me come / por do más pecado había...» Evocas en tu poema algunos de mis romances preferidos y, al compás de tus palabras, iban sonando de nuevo... Y la voz de quienes lo han cantado con tanta belLeza (Joaquín Díaz, Amancio Prada, el Nuevo Mester...) Un abrazo.

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  2. Bien dices, Alfredo. Y aunque el Romancero es un buen lugar al que acudir, se presta en épocas vacacionales, cuando el calor aprieta y entre los octosílabos puede, casi, mascarse el polvo que levantan las mesnadas a su paso. Volver a los romances a los que hago referencia, efectivamente, conlleva una evocación también musical a la que por fuerza nos acabaremos sumando en forma de coros...

    Un abrazo.

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  3. Después de tantos años lejos de Castilla, los romances apelan a los recuerdos más remotos. Me pasa como a Alfredo, que me llevan al cole, allá por el siglo XX. Tu poema me lleva, en obvio concreto, al Cantar del Mío Cid, que mira que me gustaba, y eso que no me acuerdo apenas, pero en aquellos tiempos nos obligaban a leerlo aunque a mi nunca hacía falta que me obligaran a leer nada. ¿Los chavales de ahora qué leen?

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  4. En estos tiempos de prisas desmedidas, parece como si lo clásico no tuviese cabida entre nosotros, y aquellas verdades que ya se dijeron en siglos pasados tuvieran que esperar nuevos mesías para ser descubiertas. Volver la vista a los clásicos permite darnos cuenta de que lo "esencial" ya quedó enunciado y, a partir de ahí, todo son variaciones y vueltas de tuerca. Quizá por eso disfrute tanto volviendo a esa literatura esencial tan nuestra, ya sea mediante la lectura o escuchando a esas voces que tan bien han sabido re-crearlos.

    Un abrazo.

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  5. Amigo mío, sin ser castellana he transitado esos lares de la mano de tus recuerdos, de tu nostalgia por otras épocas ¿mejores? quien sabe...pero siempre vivas a la hora de los sueños.

    Un abrazo,
    Lily

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  6. Amiga Lily:

    gracias por tus palabras. No sé si los romances reflejan "épocas mejores" (posiblemente, no), aunque sí podemos ver en ellos excelentes crónicas de sociedad en donde pueden observarse que los vicios y virtudes que acompañan al hombre moderno ya eran esencia también de las gentes medievales (nada hay nuevo bajo el sol.)

    Un cariñoso abrazo (y mil disculpas por la demora de esta respuesta)

    Antonio

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