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domingo, 26 de abril de 2009

Mis Dulcineas de Melque (Exposición de Romeral)


Ayer, 25 de abril, tuve la suerte de asistir a la inauguración de la exposición pictórica y escultórica que, en la iglesia visigótica de Santa María de Melque (s/ VII), estará abierta al público hasta el 26 de julio próximo. Su autor es José Luís López Romeral, Romeral, de quien tengo la inmensa suerte de ser amigo desde hace más de treinta años. Durante todo este tiempo, he podido asistir desde una posición privilegiada a su evolución permantente como pintor, marcada por un continuo afán de investigación en nuevas formas, desde el expresionismo hasta la abstración, pasando por la figuración o el realismo mágico.

La exposición que nos ocupa, que parte del arco visigótico de la iglesia de Melque, como elemento unificador de cada uno de los cuadros, está ubicada en el término municipal de San Martín de Montalbán (Toledo), cuna de Romeral, y es una continua variación de la dama Dulcinea de Melque, personaje deudor de la Dulcinea de Cervantes, pero, también, con una vida propia que se multiplica en la infinitud de variantes que el pintor le confiere.

Creo que es una excelente oportunidad para que, todos aquellos que puedan, se acerquen a visitar esta exposición, donde, además de disfrutar de la misma, podrán hacerlo de la belleza de ese singular monumento que es Santa María de Melque y de los parajes en los que se halla ubicado.



sábado, 25 de abril de 2009

No sólo de versos vive el hombre


No sólo de versos vive el hombre. Por eso, hoy, sábado 25 de abril, con la noticia en todos los periódicos (deportivos o no) de la sanción de diez partidos al defensa Pepe, del Real Madrid, consecuencia de su deplorable actuación y agresión a Javier Casquero, jugador del Getafe, en el último partido disputado entre ambos equipos, me voy a permitir hablar del asunto, simplemente, porque me gustaría dejar aquí mi opinión al respecto.

Vaya por delante que, aunque no forofo, sí me gusta el fútbol; y, aunque no hincha, sí soy simpatizante del equipo merengue, pero, sobre todo, me gusta el fútbol y muchos otros deportes cuando lo que se dilucida en un partido es un duelo de ingenios entre dos escuadras, en el que se ponen en marcha técnicas individuales, tácticas colectivas y, sobre todo, un afán de competición “deportivo”, sin arteras artimañas ni juego sucio.

Es cierto que, hace mucho, los intereses en el deporte en general van mucho más allá de los meramente deportivos; que los clubs se juegan muchos millones en cada competición y el hecho de pasar una eliminatoria más o quedar campeón de alguno de los trofeos que se disputan a lo largo de una temporada pueden equilibrar sus arcas, muchas veces maltrechas debido a lo desorbitado de las fichas de ciertos jugadores (por supuesto, me estoy refiriendo, sobre todo, a los equipos “grandes”, entre los que, naturalmente, ocupa un lugar destacado el Real Madrid). Pues bien, estos intereses, ajenos a lo que es en sí mismo el espíritu deportivo, pueden llevar en ocasiones a comportamientos poco edificantes que llegan a desequilibrar un partido y, en consecuencia, significan el pase de una eliminatoria o hacen posibles unos puntos imprescindibles para la obtención de un campeonato: simular penaltis o actuar al filo del reglamento pueden ser parte de tales ardides. En ningún caso debería ser admisible, pero en este mundillo, en general, los propios jugadores, entrenadores, directivos, hinchas… lo ven desde hace ya mucho como algo “natural”, aunque siempre protesten tales acciones cuando es el contrario quien las comete. No es, sin embargo, justificable en ningún caso cualquier agresión que se cometa en el campo, por mucho que se pueda argüir que, en el propio fragor de esas batallas, cualquiera puede llegar a perder los nervios por unos momentos, suficientes como para dar un puñetazo a un contrario o partirle la pierna, si llega el caso, en una entrada malintencionada. Lo de Pepe, el otro día, supera cualquiera de estos supuestos. No sólo hizo un penalti de libro, sino que, con el contrario en el suelo, lo lanzó dos buenas patadas con la mayor de las alevosías; después, ya puesto, soltó una bofetada a otro jugador getafense y mostró en todo momento una actitud chulesca y barriobajera, indigna de alguien que defiende una camiseta como la del Real Madrid, mejor club del siglo XX, según nominación de la FIFA.

Hasta aquí, los hechos. Después, ha venido el arrepentimiento público del jugador, sus disculpas al contrario agredido. Y la sanción ejemplar de diez partidos. Podrían haber sido más, pero es lo que ha decidido un Comité habilitado para imponer la necesaria disciplina. Más o menos, todo normal. Lo que me lleva a esta reflexión son las declaraciones del presidente en funciones del Madrid, el señor Boluda, en la portada de Marca de hoy, en las que afirma que “La sanción es una salvajada”, actitud que —me parece a mí— ayuda muy poco a que la actuación de jugadores y demás actores deportivos discurra por cauces donde la ética profesional y deportividad sean conceptos predominantes. Me hubiera parecido mucho más razonable que, en este caso, el Madrid —pero en todo caso, cualquier otro club que pueda pasar por una situación similar— se hubiera adelantado a la sanción y motu proprio ya hubiese adoptado medidas disciplinarias ejemplares, en lugar de intentar poner paños calientes y justificar lo injustificable. Gestos así son los que hacen que un club grande, como el Real Madrid, vaya empequeñeciéndose y, también, aunque esto no debe tener mayor importancia, el que aficionados como el que suscribe vayan perdiendo interés por este deporte.

jueves, 23 de abril de 2009

El corazón del agua (Pedro Tenorio)


Pedro Tenorio, madrileño —de igual nombre que el célebre Arzobispo de Toledo, nacido en Talavera en 1328, con gran influencia en la corte de Juan I, allá por el siglo XIV—, llegó a Talavera de la Reina en los primeros años 80, y, desde entonces, con algún breve paréntesis, ha residido en esta ciudad, integrándose plenamente en ella y participando en su vida diaria como cualquier otro talaverano. Profesor de literatura, tiene publicados diversos trabajos teóricos en torno a ésta. Como poeta, su libro Muertos para una exposición [Colec. Melibea. Talavera de la Reina 1984] , fue accésit del Premio Rafael Morales en el año 1983. Su poesía denota una gran sensibilidad y poder de sugerencia, así como una capacidad de observación que se refleja, desde su particular óptica, en sus versos.

Al disculpar su asistencia al acto, debido a un imprevisto, Joaquín Benito de Lucas, último autor programado, Pedro, fue el tercer y último interviniente en este II Encuentro en defensa del Tajo y del Alberche, con el poema El corazón del agua, del que aquí comparto unos versos con cuantos se asomen a esta bitácora:



EL CORAZÓN DEL AGUA



Mirad la dolorosa luz callada,
la opacidad de luz que ocupa el río.
Así yo hoy le contemplo:
doloroso y arcilla
dibujado en mis ojos.
Así el dolor me late y me transcurre.

Ved cómo agostan turbios
los meandros que antes eran cauce
del agua ensimismada en la alegría
de cada primavera.

martes, 21 de abril de 2009

La mirada del río (Sagrario Pinto)


Tal como indiqué en la anterior entrada, iré dejando aquí los poemas que se leyeron el domingo, en el II Encuentro en defensa del Tajo y del Alberche. Hoy, le toca a Sagrario Pinto, talaverana dedicada a la enseñanza (a mí me gusta decir maestra), y poeta, de voz y sensibilidad muy particulares, que ha sabido reflejar en su libro Las miradas [Colección poesía. Editado en 2003 por el Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert] la memoria de sus primeros años, donde el Tajo viene a desempeñar un destacado papel.

Sagrario nos contó en su introducción que su bisabuelo fue uno de los trabajadores que perdió la vida en la construcción del Puente de Hierro, de Talavera, en los albores del siglo XX (éste de la fotografía), y realizó una selección de ese gran poema que es La mirada del río para compartir con los asistentes en este acto de reivindicación. Aquí queda el texto, para quien quiera disfrutarlo:


LA MIRADA DEL RÍO


Al vuelo de los ojos,
reconozco las manos
que tienden las imágenes
en la cuerda del tiempo.

La mirada
se inventa los paisajes:
dibujo de la garza
en la ciudad del río
que construye su casa
y se detiene
y mira
por ventanas abiertas
donde la claridad
escapa de las sombras
por el hueco que deja
la urdimbre de los sueños.


Haremos limonada
por las tardes.
Lloverá como siempre
sobre los bastidores,
punto de cruz, de sombra,
punto de medio punto,
los bodoques bordados
para adornar las sábanas
de la noche de bodas.

Por entonces escribo
con pluma y palillero
y sostengo en mis manos
papel secante rosa.
Fina caligrafía,
el cuerpo de la letra
con distintos grosores.
¿En dónde debo, madre,
trazar la línea fuerte?
El vientre de la ce
es la luna menguante
y las carpas colgadas
parecen signos gráficos.

Una noche yo sueño
que voy en bicicleta
a descubrir ciudades
en el agua.
Invoco la llegada
de las lluvias.
Una vecina grita
que se desborda el Tajo
y el Alberche se crece,
harto de ser comparsa,
y no hay barcas,
ni balsas
ni tablones.

El barro en los alfares
se deshace,
sepulta los tinteros
y las ánforas,
las pilas bautismales
que espera el arzobispo
de Toledo.
Sólo sombras recorren
las calzadas del agua
para secar la tierra
con sus brazos.

Pero la hierba crece.
Volvemos al colegio
y damos un rodeo
antes de traspasar
la verja del jardín
que desparrama
lilas por la acera.
Un aroma dulzón
adormece la calle.
El corazón
nos late sin sosiego
después de haber tocado
el llamador de bronce
de la casa del tísico,
lugar impenetrable
que guarda al apestado
y nos defiende
de la trampa mortal
de su respiración.

Abril se deshilacha
con los primeros grillos.
La luz amarillenta
nos vigila
mientras cortamos juncos
junto al río
para colgar las ancas de las ranas.

Llegan los camiones.
Resuena el traqueteo
de oxidados volquetes
que sin cesar engullen
guijarros, limo, grava,
piedras multicolores,
arcilla, arena, agua,
ofrendas para el vientre
de las hormigoneras,
máquinas insaciables
y terribles.

Agonizan los álamos
y brotan las moreras.
Intercambiamos cromos
por gusanos.

Dejamos de bañarnos en el río,
de pasear alegres por el puente
que ya se desmorona
por sus ojos
de río hospitalario,
río-madre
que siempre nos protege.


¿Qué será de nosotros?
No sabemos gran cosa del futuro.
Pero la luz
nos muestra su hendidura.
Luz herida de abril
que dibuja las manos
que se mueven
como velas de barcos
mecidas por el viento.


Reconozco las manos
sensitivas y fuertes.
Manos calculadoras
y románticas,
capaces de secar
las lágrimas de un niño
y amenazar a otro
con el índice.

Soportes de palabras,
contadoras de fábulas.
Manos conciliadoras
y balsámicas
que alientan el deseo
de conquistar el mundo.

Manos de la nostalgia
y el regreso,
que volverán un día
a bañarse en el río.

domingo, 19 de abril de 2009

II Encuentro en defensa del Tajo y del Alberche


Cuando escribo estas líneas, aún se celebra la jornada festiva en la que, con diferentes actividades, se reivindica la defensa de los ríos Tajo y Alberche para Talavera y su comarca. En los últimos cuarenta años (más o menos, coincidiendo con la puesta en marcha del trasvase Tajo-Segura) el cauce de estos ríos y la calidad de sus aguas se han ido deteriorando, hasta el punto de que gran parte de la fauna del Tajo que en Talavera podía localizarse, hoy ya no existe.

Es verdad que el asunto del agua es un tema delicado, pero, como dice el refrán, no se puede desnudar a un santo para vestir a otro, o, lo que es igual, si no hay excedente (y deberá entenderse éste como "agua sobrante", después de que los ríos sigan fluyendo de manera natural y sin perjuicio de su propia vida), no debe haber trasvase alguno.

Mas estas palabras no pretenden avivar una polémica en la que, por desgracia, los intereses partidistas son moneda corriente, y donde es fácil caer en la demagogia. Lo que pretendo, simplemente, es centrar el motivo de esta jornada y comentar que, entre otras actividades, se ha celebrado una lectura poética en la que he tomado parte.

Aquí os dejo el trabajo con el que he participado, así como una fotografía de un momento del acto. En próximos días, os dejaré también otros poemas mostrados en este encuentro.




Era verano,
y El Tajo un río aún al paso por mi pueblo,
no el silencio varado de cieno y podredumbre
con que se arrastra ahora.

Sus orillas de arena albergaban resoles,
luminosos destellos de nácares y cuarzos,
de conchas de moluscos que hoy sólo son recuerdo;
sus orillas, promesa de líquida abundancia.
Nadaban renacuajos y peces encendidos
de platas encarnadas.
Y apenas a unos pasos de la orilla podía
sumergirse de pie un hombre de dos metros.

Recuerdo que salía, con mi madre y mi hermana,
cada mañana al río en vísperas del Ángelus,
y tras dejar las bolsas y extender las toallas
corríamos al centro de aquella transparencia.

“No paséis de ese punto”, señalaba mi madre,
que apenas braceaba y conocía del río
su afán por apropiarse de jóvenes y viejos
que luego devolvía sin rostro y sin mañana,
con los ojos perdidos, vidriosos, desbordados.

Nosotros, obedientes,
íbamos hasta el punto señalado. Podríamos
haberlo traspasado con cierta suficiencia,
pues desde bien pequeños mi padre insistió siempre
en que nos empeñásemos en nadar con esmero.

Por eso los domingos el baño era distinto.
Con mi padre podíamos afrontar nuevos retos.
Con él era posible adentrarse en las aguas
más profundas y oscuras, luchar contracorriente.
Así, cuando lográbamos avanzar unos metros
curso arriba, orgulloso, nos iba jaleando;
después, cuando veía que el cansancio llegaba
a nuestros brazos niños, nos prestaba su ayuda.
Y cuando, satisfechos de nuestra propia hazaña,
nos autoproclamábamos nadadores expertos,
siempre nos recordaba que el señor era el río;
la muerte, su aliada; nosotros, sus vasallos.

(Y el respeto más alto a la naturaleza,
lo fuimos aprendiendo al observar sus gestos.)

A los verdes islotes que ocupaban el centro
del cauce de aquel Tajo, llegaban las familias
con sitios asignados. Y jugaban los niños;
los padres, conversaban; las madres, dormitaban
tostándose sin prisas:
caricias de otro sol más amable y nutriente
que el sol que ahora nos quema con sus lenguas furiosas.

Teníamos siete, ocho, nueve años entonces.
El verano era el río y el parque por las noches.
El tiempo deshojaba sus pétalos sin prisa,
y todos conocían el nombre del vecino.
Hoy no existen moluscos, ni peces encendidos
de platas encarnadas, ni existen arenales,
ni la ciudad convoca sus pasos en las noches
de verano a ese parque, que apenas sobrevive.
Hoy miro alrededor y me asombra que el tiempo
—al que se hace culpable, siendo ajeno, de todo—
haya tornado en sombras aquella luz, el río,
el parque… Y la ciudad me muestre otro semblante.

Supongo que, a mi modo, sólo constato el hecho
de que nada es eterno, de que todo es mudable,
de que en todos los tiempos se pudo ver el rostro
de un paisaje cambiando.
Será que la nostalgia me devuelve a otros días
que la memoria eleva a espacios ideales;
será que cumplo años, simplemente, y escribo
para tocar la luz de las rosas de entonces.

Pero también ocurre que a solas me rebelo,
soy consciente del mundo que se va edificando,
del mundo que dejamos herido y sin retorno
a nuestros propios hijos,
de quienes lo tomamos tan sólo en usufructo.

Miro el río y el parque y me duele su herida,
y clamo en estos versos cargados de impotencia,
de desolado llanto, desesperanza y sombra
de un ayer, una luz, un mortal paraíso.

Hoy es verano. El Tajo, ni siquiera su espectro.

jueves, 16 de abril de 2009

II Encuentro en defensa del Tajo y del Alberche

El próximo domingo, día 19 de abril, se celebrarán en Talavera de la Reina distintos actos con motivo del II Encuentro en defensa del Tajo y del Alberche.

Aquí dejo constancia de ello animando, a cuantos podáis asistir, a participar en esta jornada reivindicativa en favor de sendos ríos (Tajo y Alberche), que cada vez están más heridos de muerte y que en nada se parecen a aquellos que tan libres fluían en mi infancia, allá por los primeros años 60. Por entonces, seguramente, El Tajo aún fuese aquel río que cantara Garcilaso de la Vega.

http://www.latribunadetalavera.es/noticia.cfm/Local/20090416/poesia/naturaleza/deporte/homenajearan/domingo/rio/tajo/AB069A79-1A64-968D-591FEEF188AA1D35

Praia de Area


Sucesión de la luz: esto es el tiempo.
Hoy mar encadenado a su reflejo
que se extiende y reitera en puro azul.

Escucho
el golpe acompasado de las olas,
la leve efervescencia repetida
en un eco que se reinventa y sigue
incansable, tenaz, siempre certero.

¿Esto es el tiempo?
                               ¿O acaso
más allá de la luz y el azul,
del golpe de las olas y su eco,
el tiempo está en mi forma de mirar,
en mis cinco sentidos que comulgan
en este mismo instante
con este mar, con esta transparencia?

Miro
la extensión de la luz: agua sin límite
que trasciende mi propia percepción;
agua que es cauce, camino, voz y vida,
y que de pronto, en mi mirada, cabe,
completa, en su total infinitud.


Siento
la levedad intensa del salitre
en mis labios, el beso de la brisa
en mi rostro. Y aspiro
hasta llenar de aire mis pulmones,
hasta fundir en mar todo mi cuerpo;
de mar que es tiempo contenido y libre,
caballo desbocado en blanca espuma,
tiempo, que al tiempo de romper, recoge
mi pensamiento y mi razón:
mi asombro.

lunes, 13 de abril de 2009

No quiero más riquezas que las muy necesarias


No quiero más riquezas que las muy necesarias:
vivienda, pan, vestido, y a mi familia sana.
Lo demás —el tesoro de las cosas mundanas—,
¿es que tiene sentido? ¿merece una batalla?

Si para conseguirlo renuncio a la esperanza,
y no comparto y vivo las horas que desgastan
mis amigos, mi esposa, mis hijas..., y resbala
el tiempo entre mis manos, monótono y sin tasa,

y los días son iguales entre sí, sin más calma
que la que el sueño otorgue cuando caiga en la cama,
cuando sin más conciencia que la de mi desgana

me abandone a la noche desierta de palabras
amigas, o de músicas cálidas y cercanas...
¿De qué me sirve el mundo y toda su abundancia?

No quiero más riquezas que las muy necesarias:
vivienda, pan, vestido, y a mi familia sana.

lunes, 6 de abril de 2009

Cada día me llega una palabra

Cada día me llega una palabra
inaugural. Me llega por sorpresa,
al mismo tiempo que la luz irrumpe
en la raya del sueño, despertándome.
Esa palabra acude como un ángel
que viniera a anunciarme algún designio
que habré de traducir durante el día,
mientras voy a lo mío por mis horas.
Es difícil saber qué significa
esa palabra, pues sucede, a veces,
que se queda enredada entre las sábanas,
o que, apenas se muestra, descompone
sus sílabas en puro jeroglífico.
Ayer, sin ir más lejos, cuando el dardo
de la luz matinal apenas era
una estela camino de mis ojos,
la palabra fue “árbol”, y su sombra
generosa, troncal y protectora
me acompañó al dentista y al mercado.
Sin embargo —sucedió hace unos meses—,
la palabra, desnuda y transparente,
que surgió fue “camino”. Pero luego,
cuando estaba aprendiendo a descifrarla,
se fue enquistando hasta formar el dédalo
en el que fui ese día prisionero.
En un cuaderno de cristal, que guardo
al lado de los sueños, deposito
con esmero especial esas palabras
que a lo largo del tiempo me alimentan.
Hace años, cuando mi inexperiencia
en este arte del verbo y sus celadas
todavía era mucha, procuraba
ordenarlas por orden alfabético,
pues, entonces, estaba convencido
de que, al hacerlo así, siempre podría
acariciar su voz de terciopelo.

Mas ocurrió también que al mismo tiempo
que yo clasificaba aquellas voces
un silencio rotundo fue creciendo
con cada amanecer, de tal manera
que ya no hubo palabras que escuchar,
hasta el punto fatal de andar perdido
por los interrogantes de mi sangre.
(Si entonces me libré de aquel naufragio
fue gracias a la balsa salvavidas
del nuevo diccionario de la R.A.E.)
Después de aquello, y preso de desgana,
he dejado las voces en desorden;
o, por ser más exacto, en riguroso
y sucesivo orden de caída,
de tal manera que jamás he vuelto
a querer abrazar otra palabra
distinta a la que el día me regala.

Hasta ahora, después de tantos años,
os debo confesar que siempre han sido
generosas las voces: son sencillas,
prudentes, divertidas, provisoras…
algo locas, a veces, aunque siempre
en su medida exacta y sin excesos.

Yo las recibo agradecido, y pienso
qué habrá de ser de mí cuando ya sean
espejo de la nada, o puro abismo.

viernes, 3 de abril de 2009

Buen lugar de descanso


Un gran amigo, Alfredo J. Ramos (viejo conocido de los viejos conocidos de Poesía.com, aunque no diré más), acaba de abrir un buen lugar donde hacer un alto en el camino y disfrutar de excelentes manjares (por supuesto poéticos, pero también de otras índoles) que sin duda habrá de ir incorporando a los menús de su refectorium. El establecimiento de marras, no puede tener nombre más sugerente y prometedor, La posada del Sol de Medianoche.

Desde aquí, invito a todos los que puedan asomarse a esta bitácora a visitar tan cálida y acogedora posada, en la seguridad de que nadie se verá defraudado.

Encuentro poético (2)

Después de este abandono, obligado por determinadas circunstancias familiares que van por buen camino, cierro el paréntesis de mi silencio, dispuesto a recuperar el tiempo de ausencia. Vayamos por partes.

Prometí comentar mis impresiones sobre el encuentro poético del que ya dejé constancia. Ahora, y a pesar del tiempo transcurrido, me gustaría, aunque fuese brevemente, volver sobre este asunto. Debo decir que, tal vez por lo precipitado de la organización y el hecho de celebrarse en pleno Puente de San José, el número de asistentes fue menor del que nos hubiese gustado. Esto, sin embargo, no restó emoción al encuentro, en donde se leyeron poemas de dos poetas ausentes y de los cinco presentes; en el caso de los poetas italianos, los textos se leyeron en los dos idiomas (italiano y español). Resultó curioso comprobar una vez más las múltiples maneras en que cada cual puede acercarse a la poesía: así quedó ratificado al escuchar las distintas voces de los autores participantes.

En cuanto a la Mesa Redonda del segundo día, resultó un encuentro cordial en el que se debatió muy particularmente sobre las dificultades peculiares de la traducción cuando ésta se hace sobre textos poéticos en donde las palabras, más que nunca, adquieren poliédricas significaciones y matices.

Lo mejor de todo, fue el puente tendido entre Faenza y Talavera y la posibilidad de nuevos encuentros e intercambio de experiencias.