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lunes, 22 de marzo de 2010

Aquel miedo

 [Imagen de Nosferatu, 1922]


Como la mayoría de las familias de por entonces, en mi casa, la vida en invierno se hacía en la cocina. Allí, mi madre guisaba en un hogar de carbón, y allí comíamos y escuchábamos la radio. Por eso, con cuatro o cinco años, cruzar el cuarto de estar (todavía no se denominaba, como pomposamente años más tarde, salón) a la hora de acostarme y llegar a mi dormitorio me parecía toda una aventura no exenta de peligro; la razón, los cinco o seis metros que debía recorrer con las luces apagadas, sin que ni mi padre o mi madre, habitualmente, me acompañasen. Yo solía hacerme el remolón para retrasar aquel momento, y le pedía a mi madre que viniera conmigo; ella, que alguna vez lo hacía, me decía que fuese solo, que ya estaba hecho todo un hombre y no debía tener miedo de andar a oscuras (que era, en realidad, lo que me encogía el ánimo siempre que llegaba aquella infalible hora). Hasta que un día, mi padre me habló muy seriamente y solucionó el problema. Me dijo que en la casa sólo estábamos nosotros, que no había nadie más, y que, si tenía dudas, al salir de la cocina, antes de adentrarme en lo que para mí era el tenebroso cuarto, dijese en voz alta, pero muy alta: Una, dos y tres, sal que te quiero ver. Vería entonces que nadie aparecería tras este conjuro, prueba evidente de que nadie acechaba. De este modo, noche tras noche, con la fuerza de mi propia ingenuidad, repetí aquellas palabras que para mí tenían el mismo poder que una jaculatoria, sin que nada, informe o corpóreo, acudiese a mis voces. Pasado algún tiempo, ya consciente de la seguridad de mi casa, seguía repitiéndolas como un ritual que habría de mantener aun con la fe perdida; como una tradición y no como las palabras mágicas que antes fueran, capaces de espantar a cualquier fantasma o malévolo ser que hubiera osado hostigarme.

6 comentarios:

  1. Me gusta este relato-recuerdo de infancia: la vida alrededor de la camilla, escuchando la radio; las escaleras malditas que nos llevaban a la cama (de pequeños no nos gustaba perder el tiempo durmiendo), el miedo a cuestas, el fingir ser valientes, el poder de la imaginación para representar fantasmas... Menos mal que siempre estaba el auxilio de la jaculatoria, del conjuro capaz de espantar cualquier peligro.
    Buen lunes

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  2. creo que no existe niño en el mundo al que no le asuste la oscuridad.

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  3. Me gusta la narración de tus recuerdos infantiles que de forma sutil inducen los míos.

    Besos.

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  4. Todo ello, Esmeralda, consustancial a la infancia y a un tiempo muy concreto y lejano.

    Un abrazo.

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  5. bastet, seguro que llevas razón en ello. Lo que me resulta curioso es cómo, al cabo del tiempo, esa imagen del miedo puede despertarse como si fuese rescatada de una memoria ajena, proyectándose más como una película que como un recuerdo propio. Por ahí iban los tiros de mi texto.

    Un abrazo.

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  6. Paloma, tus palabras no pueden ser más halagadoras. Reconocerse en un texto y a partir de ahí recuperar nuestros sentimientos o nuestra memoria, seguramente sea uno de los motores por los que escribimos y leemos. Así lo veo.

    Gracias.

    Un abrazo

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