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jueves, 4 de marzo de 2010

Cine de verano

 
[Imagen tomada de Google: www.guiassobremadrid.com]


Recuerdo la inmensa emoción que me embargaba (hasta el punto de gritar de alegría y correr de acá para allá como un loco por el patio de casa) cuando, aún niño, en las calurosas noches de verano, mi padre volvía del trabajo y nos decía que el programa era tolerado y que nos íbamos al cine. Entonces, mi madre nos recomponía a mi hermana y a mí, nos repeinaba, y salíamos los cuatro, camino de la sala: un enorme corralón al aire libre, con piso de arena, sillas metálicas y todas las estrellas en el cielo asomándose de gorra a la pantalla. Y como el programa era doble, volvíamos a casa a las tantas, después de haber disfrutado con una del oeste y otra de gánsteres, o alguna de Cantinflas o Los Hermanos Marx. Cuando ocurría esto último, durante el paseo de regreso, mi hermana y yo reíamos al recordar esta escena o aquella, los líos del cómico mejicano (qué poca gracia me ha hecho más tarde, cuando alguna vez he vuelto a verlo), o las peroratas (ininteligibles para nosotros) de Groucho Marx. Si, por el contrario, las películas eran de acción, yo recordaba a los hombres en medio de la calle, cosidos a balazos, agonizando. Y luego, muchas noches, soñaba con ellos. Dejé de hacerlo el día en que mi padre, muy serio, me dijo que aquellos cuatreros o gánsteres no eran tales, sino actores a quienes les había tocado representar ese papel y después de rodar se iban a tomar cervezas con el bueno, tan tranquilos. Y esa imagen (la de unos hombres alrededor de una barra, tomando cañas y charlando, animadamente) fue lo suficientemente lenitiva como para no volver a tener pesadillas. 

6 comentarios:

  1. Mucho después de que Talavera dejara de tener cine de verano, me encontré con los de Alcázar de San Juan y Miguelturra. Iguales a los que describes. Tapizados de cáscaras de pipas. En el de Miguelturra servían limonada en jarras de plástico de a litro. Mi hijo llegó a disfrutar estos cines. Mi hija no ha podido ir a ninguno.

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  2. Magnífica y evocadora entrada, yo recuerdo algo de esos cines, pero un recuerdo demasiado difuminado.
    Un saludo

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  3. Si el cine que recuerdas es el que me imagino (de nombre popular algo arrastrado), junto con las estrellas también se asomaba a la pantalla el reflejo de una farola vecina que, sobresaliendo por encima de los muros, a veces les ponía a los actores un aura como de santos. Precisa evocación: qué gozo el de que aquellas sesiones en el (entonces también bienvenido) calor de las noches de verano. Y cuánto le debemos al cine. Un abrazo.

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  4. Sin duda, Enrique, era todo un invento: se estaba fresquito (según la noche), se comían pipas, bebía gaseosa (más tarde sería la famosa bebida americana y demás), y uno se iba familiarizando con tantos y tantos personajes (héroes y villanos) que aún son referente en nuestra memoria cinéfila. Todavía queda por ahí alguno de estos cines... pero... será que nosotros ya somos más mayores.

    Un abrazo.

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  5. madison, gracias por la visita. Como apunto en la respuesta anterior, aún queda algún que otro cine de estos por algún lado, pero debe ser la edad, porque ya parece que no son lo mismo.

    Un abrazo.

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  6. Alfredo, aunque no es el cine que apuntas, la realidad, farola más farola menos, venía a ser la misma. Y las consecuencias (cuánto le debemos al cine): ese virus cinéfilo que nos ha quedado después de aquellas sesiones dobles maravillosas.

    Un abrazo.

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