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viernes, 26 de marzo de 2010

El hombre de las sillas

[En la imagen, tras la fuente, paseo del Prado en donde se instalaban las sillas]


 
El verano era el río y el parque por las noches, digo en un poema escrito hace unos años. Un poema que, sobre todo, habla de mi relación con el río de mi infancia, que no es el río de esta edad mía de ahora, aunque ahora venga crecido y se parezca a aquél, debido a los tiempos (pasados por agua) que vivimos. Pero, a lo que iba: el parque por las noches.  Y a cualquier hora, aunque, sobre todo, a partir de las siete o las ocho de la tarde, cuando bajo su frondosa vegetación nos reuníamos jóvenes y no tan jóvenes, ya fuera sentados en sus bancos de madera o cerámica, o a lo largo del paseo central, donde, a sendos lados, el Ayuntamiento instalaba hileras de sillas metálicas (al principio, de tijera, y después con brazos; ambas, si no recuerdo mal, pintadas en verde, aunque también pudieran haberlo sido en rojo) por las que cobraba cincuenta céntimos (de peseta) de lunes a sábado, y una peseta los domingos y festivos. Una vez abonada la cantidad correspondiente, no importaba el tiempo que se usase la silla: daba igual diez minutos que todo el día. Las pandillas de jóvenes y adolescentes de entonces, quedábamos en el parque (El Prado, su nombre) y, según llegábamos, ocupábamos nuestra silla y hacíamos corro, que podía llegar a ser de veinticinco o treinta personas y, obviamente, también de tres o cuatro. En cualquier caso, los círculos que se formaban, crecían conforme llegaban los amigos, de tal modo que lo que empezaba, por ejemplo, con cinco personas a las siete de la tarde podía ser de veinticinco a las nueve o las diez de la noche. De cobrar el canon establecido y vigilar que nadie se aprovechase de las sillas sin abonar su tasa, se encargaba un señor que, supongo, sería empleado municipal. Desde media tarde hasta bien avanzada la noche, el hombre iba y venía de un extremo al otro del paseo, ora por la izquierda, ora por la derecha, con una capacidad de control que aún hoy sigue admirándome, pues daba igual la gente que pudiera haber en cada grupo: él pasaba, una y otra vez, y si ya había cobrado y el corrillo era el mismo, continuaba su marcha atento al círculo siguiente. Pero bastaba que hubiese una sola persona más desde que rondara por última vez (igual una hora antes, o más) para que la reclamara el correspondiente pago. En alguna ocasión, para intentar despistarle, nos intercambiábamos los sitios, pero él nunca fallaba ante cualquier nueva incorporación. El colmo del asombro venía cuando alguien se marchaba y llegaba otro, de manera que el número de sillas ocupadas era el mismo, pero no el grupo. También, en este caso, reclamaba la tasa al que aún no había abonado el tique, de modo y manera que multiplicaba nuestra secreta (o no tanto) admiración por él.

Hace muchos años, aquellas sillas desaparecieron del Prado, que tampoco es ya aquel frondoso parque de mi infancia y adolescencia, cuando los árboles formaban vegetales arcos góticos que no dejaban pasar el sol. Yo creo que si dejaron de ponerse tales asientos no fue porque los tiempos cambiaran y los jóvenes y no tan jóvenes dejaran de reunirse en el parque; si se hizo, pienso yo, fue porque nadie podría realizar un control tan preciso y exhaustivo como el que aquel hombre llevaba, por mucha cámara digital y medios informáticos que ahora pudieran aplicarse.

12 comentarios:

  1. En ese mismo Parque, en esas mismas sillas o un poco más allá, un guarda que ahora tiene admiradores me atizó una multa de 25 pesetas por besar a mi novia. Yo le guardo la predecible admiración.Lo que no guardo es el papelín.

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  2. Personajes curiosos aquellos, tan curiosos q permanecen aún en nuestra memoria, al igual q los escenarios donde fuimos inmensamente felices: el río, el parque, la plaza... en aquellas noches infinitas de verano (azul) siendo niños, adolescentes y jóvenes.
    Abrazos

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  3. Ah, la probada eficacia de los viejos funcionarios. Lugar ya casi legendario, sin duda, este Paseo de las sillas talaverano; aquellas tertulias..., que bien podían prolongarse hasta la alta madrugada. Cuántos viejos amigos (alguno especialmente ligado al lugar pero ya ausente), cuántas miradas cómplices, qué ingenuos (o no tanto) escarceos (multados o no), cuánto humo de diversa procedencia... Sin duda aquello era, me parece, nuestro botellón (y todas las comparaciones, oh dios, son odiosas).

    Una de las cosas que más me sorprende de la Talavera actual (y también que más melancolía me produce) es atravesar este paseo en la noche de un sábado y verlo completamente vacío, casi fantasmal... tanto que, si cierro los ojos, aún me parece estar oyendo el griterío juvenil de aquellos años. Menos mal que Pancho, que suele acompañarme en esas caminatas (¡y cómo las disfruta!) siempre acaba trayéndome a la realidad. Cómo han cambiado (al menos en apariencia) las costumbres.

    Ah, por cierto, yo creo que la sillas primero fueron verdes y después rojas (justamente al revés que algunas evoluciones políticas...)

    Gracias, Antonio, por compartir estos recuerdos.

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  4. Enrique, sin duda el autor de la multa merecería un fragmento de inventario para él solo. Ya veremos... recuerdo un caso similar en el que no se llegó a tirar de talonario por purito milagro.

    Gracias por asomarte. Un abrazo.

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  5. Pues sí, Esmeralda. Todos guardamos personajes cortados por el mismo patrón en una época en la que había pocas opciones para lo heterogéneo. Y luego estaba, claro, que éramos más jóvenes...

    Un abrazo.

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  6. No sé, no sé... yo creo que había matices importantes entre aquellos encuentros y los botellones de hoy en día. Como para alborotar, estábamos ¡entonces!

    Consultadas fuentes fidedignas respecto al color de las sillas, confirmo, efectivamente, el orden que apuntas: primero verdes, luego rojas. Importante matiz para la historia.

    Gracias Alfredo, por la lectura.

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  7. El viejo Telesforo,
    el juego de las prendas,
    las primeras lecturas importantes,
    las pipas y las risas
    de la complicidad.

    Una mirada
    nos abría un mundo
    y las sillas metálicas
    eran fieles guardianas
    de todos los secretos.

    Reivindico, por justo,
    un homenaje
    a aquellas nobles sillas:
    una escultura, placa
    o azulejo.

    Y propongo también,
    una sentada,
    con los viejos amigos
    y la luna de agosto,
    allí, en el Prado.


    Sagrario Pinto

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  8. Sagrario, qué sorpresa más grata. Me apunto a la propuesta. ¡Hagámoslo!

    Un abrazo.

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  9. Parece que fue ayer, de casi todo, y la memoria guarda retazos de otros tiempos que nos tocó vivir en primera persona y que los años se han encargado de filtrar convenientemente para guardar sólo lo memorable.

    Aquí, para nuestro regocijo, nos regalas una parte de esas vivencias tuyas, y yo que he paseado alguna que otra vez El Prado, ahora puedo entender ese punto de magia y ese bullicio interior que siempre he sentido bajo sus árboles, y rodeada de la cerámica de sus fuentes, bancos y parterres.

    Gracias por tan buen momento.

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  10. Gracias a ti, Luisa, por tus palabras.

    Por cierto, "Parece que fue ayer, de casi todo", desconozco si es un verso perteneciente a algún poema (pudiera ser soneto, por endecasílabo perfecto), pero bien pudiera ser el arranque de un poema de hondo calado.

    Un abrazo.

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  11. ¿Sabes que se me quedó prendido y a la espera? las leyes son las culpables de que no floreciera el resto... pero lo guardé convencida de que el resto aparecerá en cualquier momento.

    Me gusta que ese verso haya removido nuestras sensibilidades, y me gusta que la sensibilidad que desprenden tus letras lo provocara.

    Besos.

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  12. Luisa, ya aguardo (aunque no meto prisas, Dios me libre) el resto del poema, que, con semejante arranque, seguro que estará cargado de sustancia.

    Un abrazo.

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