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martes, 16 de marzo de 2010

Primeros cigarrillos

Corría el año sesenta y cuatro del pasado siglo, yo no había cumplido aún los diez años y me preparaba en una academia, bajo la tutela de Don Enrique Magaña, uno de los mejores maestros que he tenido en mi vida, para examinarme de Ingreso, prueba previa al bachillerato que debía comenzar al curso siguiente. Entre mis compañeros de clase, Carlos y Pedro, dos buenos camaradas que además eran familia y, afortunadamente, siguen siéndolo: primos segundos, creo. Ambos, como solía decirse entonces, estaban “más picardeados” que yo, y durante una temporada —quizás dos o tres semanas— me enredaron para perdernos a la salida de clase por zonas poco transitadas, cercanas al río o a las vías del ferrocarril, en donde fumábamos a escondidas: algo que sin duda debía de parecernos entonces un signo inequívoco de madurez pero que en el fondo —al menos a mí— no dejaba de resultarme un acto desagradable, pues aquella pastosidad que el tabaco dejaba en mi boca me repugnaba. A pesar de lo cual, para demostrar a mis compañeros que no me arredraba ante acciones propias de hombres, yo también consumía los cigarrillos cada tarde. Aún recuerdo la marca, Antillana, cuyo papel al parecer —eso no lo podría hoy afirmar— era dulce. Comprábamos tres cigarrillos por una peseta en un puesto de tebeos, prensa y chucherías, el de "la Santa", próximo a la academia. 

Posiblemente, aquello podría haber durado todo el curso, y es más que probable que yo, a la larga, hubiese acabado por sacar algo sustancioso del tabaco; y el tabaco, un adicto más en mi persona. Ni que decir tiene que éramos conscientes de que aquello estaba prohibido, que no sería bien visto por nuestros mayores de llegar a enterarse, algo que acabó por suceder. Alguien debió de irle con el cuento a mi padre, porque un día, aprovechando que toda la familia estábamos reunida a la mesa —parece que lo estoy viendo como si ocurriese ahora— le dijo a mi madre, como si la cosa no tuviese importancia: “¿Sabes que ya tenemos un hombrecito en la familia?” Yo debí de mirarlo con cierta curiosidad, pero ajeno todavía a la intención última de sus palabras. Mi madre, sin duda ya cómplice, le preguntó que en qué se basaba para tal afirmación, y él continuó, ahora dirigiéndose también a mí: “Ya ves, me han dicho que lo han visto por ahí, junto a unos amigos, fumando, como unos tíos grandes. ¿No es así?” Y, al tiempo que lo decía, me miraba, a la espera de mi respuesta. Recuerdo haberme puesto rojo como un tomate; con la cara ardiendo, ni siquiera me atreví a mentir y reconocí la acusación. Entonces, mi padre, tan tranquilo como antes, me preguntó si me gustaba fumar, si era agradable. Naturalmente, le dije que no. Al responderle, quizá volviese a sentir el sabor pastoso del tabaco en mi boca, a pesar del alimento que entonces estuviese ingiriendo. Y él, nuevamente, me habló sin mostrarse irritado conmigo, muy sereno y aleccionador. Me dijo que el tabaco no traía nada bueno; lo único, enfermedades. Que ni él, ni mi abuelo —que vivía en la misma casa que nosotros, aunque en su vivienda— fumaban, y que yo, por mi bien, tampoco debería hacerlo; que si quería seguir fumando, que lo hiciera, pero que lo hiciera sin esconderme, de modo que nadie tuviera que volverle con el cuento de que me habían visto fumar. 

Muerto de vergüenza, es posible que no dijera nada. Sí sé, sin embargo, que a partir de entonces no volví a encender un cigarrillo en mi vida. Si me dejaba mi padre, pensé, aquello no tenía ningún mérito, ninguna gracia. 

Cinco o seis años más tarde, ya adolescente, todos mis amigos acabaron por fumar. Y más de una intentona hicieron para que yo también me apuntara al gremio de los fumadores; algo que jamás volvió a tentarme tras aquella precocidad mía con el tabaco. Ni siquiera más tarde, cuando me tocó hacer el servicio militar.

No sé si mi salud me lo habrá agradecido en todos estos años. De lo que sí estoy seguro, es de que “el bolsillo” lo hace cada día.




6 comentarios:

  1. y tu salud también, principalmente tu salud.

    y yo, debería dejarlo.
    enhorabuena por haber sido un hombre en el momento preciso.

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  2. Pues sí, supongo que la salud también.

    Gracias por tus palabras.

    Un abrazo.

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  3. Antonio: entre tú y yo debe de existir alguna extraña conexión: mis primeros cigarrillos, un pelín antes que tú, también fueron "Antillana".
    Tres a la peseta, lo has clavado. Y sí, el papel era dulce. Yo creo que eso era lo que más nos gustaba. Bueno, y lo que dices de estar prohibido.

    Un abrazo.

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  4. Elías, me deja de piedra tamaña precocidad la tuya. Si yo fumé mis cigarrillos en el 64, y tú amaneciste en el 59 (cuatro años después que un servidor) y fumaste antes que yo..., shikiyyo, ¿los tuyos, eran de aquellos de anises, o realmente Antillanas encendíos después del Pelargón? (emoticón con guiño cómplice)

    Un abrazo.

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  5. Bueno, Antonio, un pelín antes que tú, en edad, no en la fecha. En el sesenta y ocho, concretamente. Fue terrible, eso sí.
    Pero se conoce que no lo suficiente, porque hoy es el día en que aún lo hago.
    Retomé la costumbre en la "mili" y hasta hoy.

    Pdta: Veo en tus enlaces algo que me llena de satisfacción. Cinco grandísimos amigos míos:
    Álvaro Valverde, Miguel Ángel Lama, José María Cumbreño, Jordi Doce, Luis Felipe Comendador.
    No puedo más que alegrarme de ello.

    Abrazo.

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  6. ¡Aaaaaah, qué susto! Así, tiene su lógica. Evidentemente, fue una mala interpretación de mi parte.

    En cuanto a los enlaces de los blogs que me indicas, aunque no tengo la suerte de conocer personalmente a estos autores, son un buen lugar de encuentro con la palabra, y en esa confianza acudo a ellos y los tengo en el punto de mira.

    Un abrazo.

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