Rastros (Busca por aquí cualquier entrada con palabras-clave):

jueves, 6 de mayo de 2010

Constante Guerra: ensoñación perversa (*)



    Dormita la siesta el señor de la casa cuando, de improviso, lo despierta el insistente sonido del teléfono. Un poco amodorrado todavía, se levanta del sillón y va hasta el aparato. Al otro lado, una voz dinámica —más bien agresiva— inicia un rápido discurso:
    —Buenas tardes, señor; mi nombre es Constante Guerra, de “Seguros La Más”, y quisiera hablar con Don Genaro Alamillo. ¿Es usted?
    “¡Vaya, hombre! —piensa el Señor Alamillo— Otra vez el pesado de turno.”
    —No, no soy yo. El Señor ha fallecido.
    Momentáneamente, el agente de seguros parece confundido, pero enseguida continúa su discurso, dispuesto a no perder la iniciativa.
    —No sabe cómo lo siento, caballero. Lo acompaño en el sentimiento, por supuesto. ¿Es usted familiar del finado? ¿Algún hijo o hermano?
    —No señor, yo soy el mayordomo.
    —¡Ya! —suspira Constante Guerra, quien, sin embargo, no se da por vencido— ¿Y no hay por ahí ningún familiar de Don Genero? ¿Su esposa, acaso?
    —Un momento, veré si la señora puede ponerse…
    Genaro Alamillo deja el teléfono sobre la mesita, vuelve al sillón y, convenientemente acomodado, cierra los ojos. Sin embargo, no tardará mucho tiempo sin que el repiqueteo del teléfono —en este caso, el  de su móvil— suene de nuevo.
    —Buenas tardes, señor; mi nombre es Constante Guerra, de “Seguros La Más”. Perdone que le llame a este número. Es el que figura en nuestros registros como teléfono móvil de Don Genaro Alamillo, que, según me han informado, ha fallecido recientemente… No sé si usted será algún familiar en primer grado, en cuyo caso…
    —Sí, yo soy su hijo —responde el señor Alamillo, sin molestarse siquiera en disimular el timbre de voz—. Pero es que mi padre ha fallecido hoy mismo. Y lo tenemos aquí, de cuerpo presente. Comprenderá usted que en esta situación…
    —Naturalmente, caballero, soy consciente de su dolor y lo acompaño en el sentimiento. Por cierto, ¿su nombre es…?
    —Genaro, también Genaro.
    —Bien, Don Genaro. Me gustaría decirle que ha sido una verdadera lástima que su padre haya fallecido en las circunstancias actuales. De haber tenido tiempo de responder a esta llamada, seguro que habría contratado la ampliación de la póliza que deseábamos ofrecerle, diseñada específicamente para personas de su edad y condición…
    Genaro Alamillo, que ve cómo la hora de su siesta se ha ido al cuerno, decide continuar la broma.
    —Seguro que ha sido una verdadera lástima. Además, sus herederos nos hubiéramos beneficiado, por lo que deduzco.
    —Naturalmente, ustedes serían los máximos beneficiarios.
    —Ya. ¿Pero no le parece a usted que no es momento para tratar de este asunto?
    —Sí, claro; le ruego me disculpe. Sin embargo, no quiero dejar pasar la oportunidad para ponerme a su servicio. Hoy, ha sido su padre. Mañana, podemos ser usted o yo… Yo, por supuesto, ya tengo mi póliza contratada, y a mi familia, debidamente asegurada. Pero, ¿usted, conoce nuestros servicios? Podría…
    Genaro Alamillo piensa que Constante Guerra es un nombre adecuado para el  hombre que habla al otro lado del teléfono. Abrió la veda y no parará hasta conseguir la rendición de su interlocutor. Ahí lo tiene, dale que te pego, que si tal que si cual, que si estas ventajas y estas otras… Entonces, el señor Alamillo, decide dar otra vuelta de tuerca a la situación.
    —Oiga… Señor Guerra…
    —Sí, sí, dígame —responde, solícito.
    —Un momento, le dejo con mi padre, que acaba de resucitar.
    Al otro lado, se oye una respiración agitada, un balbuceo, un estertor; luego, un golpe seco; después, nada.
    El reloj del salón da las cinco en punto de la tarde. Genaro Alamillo desconecta el móvil; va hasta el teléfono fijo y lo cuelga. Se sirve una copa de coñac y enciende el tocadiscos. Las notas de la Novena de Beethoven se expanden por toda la casa, acompañando su alegría.


(*) VARIACIÓN SOBRE UN MISMO TEMA.VER AQUÍ 
     (TRAS SUFRIR UN NUEVO, REINCIDENTE, ASALTO.)
     

8 comentarios:

  1. ¡Qué crueldad!
    El humor negro tiene una acidez a la que nunca me acostumbro.

    Besos... me sorprendes, Antonio.
    Laura

    ResponderEliminar
  2. Humor y paciencia! Un simpático relato. Veo que no es a mí sólo a quien dan la murga a esas horas. Las compañías telefónicas son las más frecuentes y tenaces en romper mi frágil sueño.
    Un saludo.

    ResponderEliminar
  3. Bueno, Laura, como "aviso" en el propio título, esto no deja de ser una ensoñación perversa. Eso sí, en el fondo, sin ninguna mala intención; que no lleva aparejadas velas negras, ni na de eso.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  4. Tienes toda la razón, Jorge. Les debe parecer la mejor hora para pillarnos desprevenidos.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  5. Hasta los mismísimos estoy de que me "regalen" y "oferten" sin mi consentimiento... a la hora de la siesta, a la de la comida, a las doce menos diez de la noche... en fin... que ¡vaya tela!

    ResponderEliminar
  6. Por lo que se ve, Luisa, vamos siendo muchos con sensaciones parecidas. Paciencia.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  7. En mi casa, la consigna es preguntar al/a la que llama por su afiliación sindical. Normalmente contestan que no están afiliados/as. Ahí comienza el aleccionamiento sobre la necesidad de un convenio colectivo. Cuelgan.

    ResponderEliminar
  8. Tampoco es mala táctica, Don Enrique.
    Me la apunto.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar