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jueves, 22 de abril de 2010

Dos homenajes (22 de abril)

PRIMER HOMENAJE:
(A mi abuelo Antonio: fallecido en 1969. Tal día como hoy era su cumpleaños)


   Cuando mis amigos ya hablaban con la solvencia de un experto de grupos como Blood, Sweat &Tears, Bee Gees o The Beach Boys, pongo por caso, y The Beatles o Rolling Stones formaban parte de su devocionario musical, yo indagaba cada vez con más interés en la música clásica —Bach, Chopin, Beethoven, Mozart…—, y, además, en la Zarzuela, género típico español al que sin duda me aficioné de niño, cuando acompañaba a mi abuelo a los conciertos que la Banda Municipal daba los domingos en el parque. Vamos, que debía de ser un tipo raro.
     En el tiempo del que hablo —no el de mi infancia, sino el de mi adolescencia—, tanto como mis amigos de música pop, sabía yo de música clásica y zarzuela. De ésta aún más, pues conocía hasta títulos menos famosos del género, autores de libretos y partituras, fechas de estrenos; y algún que otro número —ya fueran coros, romanzas o dúos— llegaba a interpretar con cierta dignidad. De todos ellos, sin embargo, el preludio de , del Maestro Ruperto Chapí, estuvo siempre entre mis favoritos. ¿La causa? Muy sencilla.
     Siendo niño, mi familia vivía en la misma casa que mis abuelos, aunque en diferentes viviendas: nosotros en la primera planta, ellos en el bajo. Cada mañana, siempre que no lloviese, el abuelo salía a afeitarse al patio, donde abundaban los rosales, geranios, azucenas o aspidistras. Preparaba agua caliente, que vertía en una palangana, colgaba un espejo de una alcayata clavada a los efectos en una viga de madera, y comenzaba aquel ritual de espuma y rasurado mientras tarareaba, día tras día, el mencionado preludio. Desde la escalera —no tendría yo más de seis o siete años— me gustaba observarlo en silencio; acaso, acompasando con mi pie los tiempos de la melodía. Recuerdo que, en un momento dado —quizá cuando ya no hubiera de rasurarse porque toda la espuma había sido atrapada por el filo de la navaja barbera—, el tarareo daba paso a un silbo melodioso y seguro de la frase musical que, repetida una y otra vez, sostiene la introducción de la obra. Y así, sin dejar de silbar, recogía los trastos de afeitar y volvía a entrar en la vivienda.
     Años después, con el abuelo en otra dimensión, también yo acostumbré a tararear aquel preludio mientras me afeitaba, como si con ello le rindiera mi particular homenaje por, entre otras cosas, inocularme el veneno de la música clásica y la zarzuela, que, junto a otras varias formas y estilos musicales, aún corre por mis venas.
     En su memoria, dejo aquí el preludio de El Tambor de Granaderos, interpretado en el Teatro Monumental de Madrid, el día 21 de enero de 2001. "Concierto voces para la paz 2001". Orquesta dirigida por Miguel Roa.



SEGUNDO HOMENAJE:
(A mis padres, que hoy cumplen 56 años de matrimonio)


En vuestro ejemplo abundo mientras pasan 
las estaciones también para nosotros.    
  
Vaya un monólogo de Gila, como presente a tal complicidad:

10 comentarios:

  1. Antonio: como siempre, preciosa entrada.
    Yo no conocí a mis abuelos (a mis abuelas, sí) y siempre he echado en falta esa figura en mi vida.
    Esa escena del afeitado, la palangana,
    el espejo en la alcayata, el silbido zarzuelero... Conmovedora.

    Y Gila para acabar. ¿Quién da más?

    Abrazo.

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  2. Querido Antonio:

    Y permíteme también, decirte querido amigo, porque cuando la humanidad se refleja en manifestaciones tan sentidas como las que nos dejas uno siente la necesidad de tu amistad. Recuerdo también a mi abuela (abuelita la llamé siempre) que falleció el día que nació mi hija, inolvidable fecha por razones tan dispares.

    En cuanto a mi madre, te dejo este poema que seguro lo vas a hacer tuyo, se lo dediqué el día que cumplía 90 años:

    SÍ, HUBO TIEMPO

    En esta hora que aún puedes escucharme
    con la serena faz de la disculpa
    confieso con tristeza
    que nunca faltó tiempo.

    El tiempo lo llevó
    las ganas de vivir tras de tu puerta
    corriendo los paisajes,
    derribando barreras que te cierran
    el paso hasta la cima,
    y… amores de otro canto

    Aún así, postergar el beso no me exime,
    que debí reservar de los relojes
    la arena que pedías con tus ojos,
    perdida muchas veces
    en las aguas oscuras de algún pozo.

    Mas quedan todavía algunos granos
    -no sé cuantos-
    y en ese devenir de lo inconcluso…
    quiero,
    estrecharte entre mis brazos
    y decirte tan sólo estas palabras;

    ¡Cuanto te quiero madre!

    por si acaso mañana…
    llego tarde.

    Un gran abrazo amigo.
    ............Carlos

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  3. Sentidos homenajes. Mis abuelos vivían, igualmente, en la misma casa que nosotros: unos arriba y otros abajo. Siempre tuve con ellos una complicidad maravillosa. Compartí secretos que no compartí con nadie más. Me queda la imagen de mi abuelo leyendo siempre en su sillón de mimbre. Me transmitió el amor a los libros. De mi abuela recuerdo la bondadosa sonrisa y la atención desmesurada con que me trataba siempre: la propinilla que me dejaba en el babi del colegio (cuando estaba interna), la mandarina a escondidas (cuando me quedaba sin postre por algún castigo), los abrazos tiernos que nos prodigábamos (como si fuéramos niñas pequeñas ambas)... Los llevaré siempre en mi corazón. No tengo la menor duda de que si existen ángeles guardianes, ellos son los míos.
    Mis padres celebraron sus bodas de oro hace dos veranos. Me preocupé de prepararles una ceremonia inolvidable, como si volvieran a casarse de nuevo. Los adoro. Siempre que los necesito están a mi lado.
    Así que, te felicito, Antonio, que tienes ocasión aún, de decirles todo lo que sientes.
    Abrazos sinceros a toda la familia.

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  4. Quieren los rumbos del azar (y su música) que este 22 de abril, que para ti y los tuyos tanto significa, sea también el cumpleaños de mi madre: hoy cumple 95 de una vida plena y generosa (como su nombre), en la que siempre ha sido el norte más seguro de mi vida. Así que, al tiempo que me uno a tus emotivos homenajes (y sé que son especialmente emotivos), con tu permiso de amigo aprovecho para añadir también el mío propio: una pequeña nota sostenida en la canción de ese amor que, pese a todos los síntomas que a diario parecen querer mostrarnos solo el lado oscuro del mundo, sigue moviendo el sol y las demás estrellas. Un abrazo especial.

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  5. Yo nunca vi a mi abuelo afeitarse así, sin embargo tengo un recuerdo entrañable de mi tío Pepe (tío/abuelo) que vivía en Cascorro, el sí se afeitaba de forma parecida a tu abuelo; en camiseta de tirantes blanco nuclear, con un espejo colgado de una alcayata en la cocina mientras mi tía Anita preparaba un delicioso café de puchero...

    Precioso homenaje a los que te preceden.

    Un abrazo.

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  6. Gracias, Elías, por tus palabras.
    Es una pena que el vídeo de Gila no llegue hasta el final del monólogo.

    Un abrazo.

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  7. Amigo Carlos (así te considero yo también):

    gracias por dejarnos ese hermoso poema a tu madre, y compartir tu memoria con nosotros.

    Un abrazo.

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  8. Esmeralda, te digo lo mismo que a Carlos: gracias por compartir esos pequeños detalles que la memoria acerca, en este caso, sobre nuestros mayores. Sin duda, un gran momento, ese que nos cuentas de las Bodas de Oro.

    Un abrazo.

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  9. Alfredo, aunque sea con unas horas de retraso, mis felicitaciones también para tu madre. Y que podamos seguir felicitándola durante muchos años más.

    Un fuerte abrazo.

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  10. Pues sí, Paloma, el ritual de afeitado de mi abuelo o de tu tío Pepe, venía a ser bastante común en una época que a veces parece tan lejana. También recuerdo a alguno de mis tíos, en el pueblo de mi madre, obrando de forma similar.

    Lo que más me gusta al dejar estos "Fragmentos de inventario" es poder poner en marcha otras memorias, y, así, por ejemplo, a través de tus palabras, percibir el aroma del café de puchero de tu tía Anita por toda la casa, por estos renglones.

    Un abrazo.

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