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domingo, 18 de abril de 2010

El coche negro y otros vehículos



     Jugábamos, de acá para allá, por callejas libres aún de la tiranía del tráfico; arropadas de un silencio sólo roto por los gritos de la chiquillería, o por las voces de las madres llamando a sus vástagos para que acudieran a comer: ¡Rafitaaaaaaa… a comeeeeeerrrrrr! Y Rafita no aparecía a la primera, ni a la segunda, ni quizás a la tercera.
     Jugábamos libres de controles y de peligros. Tal vez porque entonces se confiara más en los propios chavales, y también porque la ciudad, que por aquellos años empezaba a crecer, no dejaba de tener algo de aldea en cada uno de sus barrios. Todo era tranquilo, y todavía hoy, después de tanto tiempo, puedo contar sin temor a equivocarme los vehículos que cruzaban mi calle cada mañana; de ellos, sólo dos a motor: el camión del matadero que traía terneras, cerdos, corderos en canal para la carnicería de Moreno, junto a mi casa; y el de la fábrica de harinas, que servía al horno en el que se hacían panes y dulces, también al lado. Además, eran fijos los vehículos de reparto de la Panadería Tenorio, y de las Gaseosas y Sifones Loreto; ambos, carros tirados por sendas mulas que, para berrinche de mi abuela, venían a mear justo a la puerta de nuestra casa: largos chorros, espumosos como cerveza, que acababan por formar considerables charcos de penetrante hedor. Aún me parece verla en la puerta, atenta a la llegada de los repartidores, apremiándoles para que pasaran de largo y no se parasen ni por un momento ante nuestro portal, a fin de que las caballerías no respondieran al estímulo de una costumbre forjada día a día.
     Luego —el no va más— estaba el auto de una familia pudiente: un Ford de color negro, siempre impoluto, que conducía un chófer ataviado como en las películas clásicas, con chaqueta de cuero negro y gorra de plato, y que guardaban en un caserón frente a mi casa. Normalmente, nunca veía salir al coche —supongo que lo haría cuando yo estaba en el colegio— pero cada día, al atardecer, el chófer, sin más pasajeros, lo devolvía al garaje. Y lo hacía entre improperios a las pandillas de críos que pugnaban por encaramarse a los pescantes o al parachoques trasero; y a golpes de bocina, mitad aviso, mitad amenaza. Tales advertencias, sin embargo, lejos de espantar a los chavales, convocaban a otros de calles colindantes que, al oír el claxon, corrían también en persecución del vehículo, deseosos de montar en él unos metros; algo que, de lograrse, era considerado como un preciado trofeo.
     Por cierto, que al hilo de esto me resulta curioso cómo ahora, conforme escribo, he vuelto a percibir ¡tan próximo! el olor a gasolina quemada de aquel auto; un olor denso y penetrante que a mí, por entonces, me era agradable y hasta embriagador, y que, sin embargo, hoy no puedo soportar. Es lo que tiene la memoria.

6 comentarios:

  1. Me ha parecido entrañable el ejercicio de memoria que has realizado. Yo no viví esa época que describes, en la que los niños podían jugar a sus anchas por las calles sin peligro alguno; no como ahora que cada vez hay menos libertad de movimiento. No obstante, me pasa como a ti. Cuando me pongo a recordar mi infancia me invade una nostalgia bonita de lo que he sido. Para mí la memoria es uno de los tesoros más bellos que puede tener el ser humano. Sigamos recordando.
    Un saludo.

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  2. A mí me quedan en la memoria dos vehículos: el coche de línea que viajaba a Salamanca y el Ford negro que se guardaba en un garaje abierto y donde íbamos todos los recreos a escondernos los niños del colegio.

    Cuando llegaba el autobús de Salamanca, a las 7 de la tarde, todos los chiquillos que estábamos correteando por El Egido, salíamos pitando a ver quién llegaba. (Cuando lo hacía mi abuelo, mi amiga Isi y yo ya teníamos fiesta porque siempre me traía un tebeo o un libro, los mejores regalos que se me podían hacer, en aquella época en que yo ya viajaba por el interior de los renglones, alimentando la imaginación a pasos desbordantes).
    No puedo olvidarlo.
    Un abrazo.

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  3. Debido al trabajo de mi padre pasé toda la infancia y casi toda mi adolescencia viviendo por peridodos más o menos largos de tiempo en diferentes poblaciones. En un coche igualito al de la fotografía hicimos mi padre, mi madre y yo nuestro primer cambio de domicilio y población; yo tenía dos años recien cumplidos... y ese es mi primer recuerdo...

    ¡Qué hermoso que lo hayas evocado con tu historia!

    Gracias, Antonio.

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  4. Gracias, Tisbe, por tus palabras. Porque me satisface que, con estos fragmentos de inventario, puedan ponerse en marcha los recuerdos de otros. Y, en ese punto, en ese ejercicio de memoria, también nos encontremos.

    Un abrazo.

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  5. Esmeralda, gracias por compartir también tu memoria. ¡Cuánto le debemos a los abuelos!, tal como apuntas.

    Un abrazo.

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  6. Luisa, celebro que mis palabras te hayan evocado buenos recuerdos. Yo creo que si algún mérito pueden tener estos "Fragmentos de inventario" es el de poder ser detonante para que otras memorias también se pongan en marcha. Quizá eso sea uno de los motores que me muevan a su escritura.

    Gracias por tus palabras. Un abrazo.

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