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viernes, 30 de abril de 2010

La casa

 [Imagen: ©   Carlos Sieiro del Nido]

     Por muchas casas que se habiten, viajes que se hagan o países que se recorran, uno nunca acaba de dejar su primera casa: aquella que lo vio nacer y en donde dio sus primeros pasos, aprendió palabras esenciales y compartió con otros niños juegos y descubrimientos. Esa casa, si uno ha vivido en ella hasta una edad en la que la memoria es capaz de trazar sus coordenadas, lo acompañará siempre allá en donde esté. Por supuesto, no es que su recuerdo sea omnipresente; bien al contrario, podrá pasar mucho tiempo sin que uno vuelva a reconstruir en la memoria su alzado y perfil, cada rincón. Sin embargo, llegado el momento —quizá la visita de otra casa que lo traslade a aquélla, o el encuentro con un amigo de entonces, o cualquier otro detalle capaz de arrancar el motor de la memoria—, patio, pozo, portal, puertas, ventanas, balcones, escaleras, color de las paredes, número de habitaciones, distribución y mobiliario se dibujarán nítidos en el recuerdo. Y, con ellos, la geografía humana que lo acompañó a uno: abuelos, padres, hermanos, vecinos…; y, tras éstos, nuevamente, el racimo de recuerdos que de pronto se ofrecen, vívidos y cercanos, pero también bañados de nostalgias, silencios, ausencias.
     La casa, lo abarcará todo; todo lo abrazará entre sus paredes firmes y rotundas, aunque haga mil años que las máquinas pudieron con ella y transformaron su cuerpo en otro más moderno, más alto… pero, también, carente del alma de la casa. Porque en la nueva casa ya no habrá un patio con rosales, celindos, geranios ni azucenas. Y cada cual vivirá en su caparazón, a lo suyo, sin conocer nada del vecino de al lado: acaso sí su nombre, pero no quién es, ni lo que sueña, ni lo que de verdad le importa. Porque no habrá una señora Andrea que entre como Perico por su casa cuando se esté comiendo, y cuente mil historias divertidas o absurdas, sencillas o ingenuas. Todo, lo abarcará la casa: aquella que ya no existe físicamente, pero que por muchas casas que ocupes, por muchos viajes que hagas, por muchos países que recorras, habitará —curiosa paradoja— en el rincón más cálido de tu corazón, dispuesta a levantarse siempre que lo precises y dispongas.

9 comentarios:

  1. Qué razón tienes, amigo... En el fondo del corazón están grabados los recuerdos más íntimos, los de una niñez soñadora esperando los Reyes Magos; las tertulias alrededor del brasero; el espejo y la adolescencia; el rincón de la lectura; el momento de la siesta obligada... Y, sobre todo, las figuras entrañables de los que nos regalaron una vida dulce y sin complicaciones, los que nos mimaron como a nadie, y ya no están (en mi caso, mis queridos abuelos)

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  2. Así es, Antonio, la casa, nuestra madre por parte de las piedras, siempre vive en nosotros, nunca se desvanece, aunque ya sólo exista en viejas imágenes de época y en el fondo de nuestra memoria. Es el cofre donde se guardan nuestros sueños más puros, quizás lo que en verdad somos (si es que somos algo). Tu texto lo subraya con nitidez. (Supongo que la imagen, con esos característicos arbotantes que soportan, me parece, los muros del Convento de las Bernardas, señalan de algún modo hacia el lugar que evocas...) Un abrazo.

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  3. ¡Cuánta razón tienes, Antonio! Esas casas donde se dieron los primeros pasos, se hicieron los primeros amigos, acogieron los primeros amores, nunca será sustituida por ninguna otra.
    Te escribo esto y me veo sentado en el poyete de entrada de la mía, comiendo pipas de melón, o viendo pasar al afilador, o esperando a los amigos. O castigado por rebelde, que de todo hubo.

    Un abrazo.

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  4. Esmeralda, como he dicho otras veces, traer aquí estos pequeños recuerdos, tiene como gratificación la puesta en marcha de esa memoria compartida que, de modo similar, hemos vivido muchos. Gracias por compartir también la tuya.

    Un abrazo.

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  5. Tus palabras, vocal, vienen a ratificar lo que, a mi modo, he querido expresar sobre la impronta de esa primera casa en nuestra memoria.

    Gracias por comentar.
    Un abrazo.

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  6. Pues sí, Elías, todo eso que dices cabe en la memoria de nuestra primera casa. ¡Es curioso, y extraño, que una construcción, ni más bonita ni más fea que otras, pueda tener ese afianzamiento en nuestros recuerdos!

    Un abrazo.

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  7. Totalmente de acuerdo, Alfredo. La fotografía, aunque no señala exactamente el lugar donde estuvo mi casa, sí comparte, diría, ese espíritu de barrio.

    Un abrazo.

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  8. De la casa me quedo con el calor, el color, y el sonido de mi madre apañando las cosas cuando me despertaba, que sensación más hermosa me recorría al despertar saber que ella era lo primero que vería en el día.

    Porque lo que es la casa física, por el trabajo de mi padre, antes de independiarme pasamos por 14 casas diferentes, imagínate cuántas piedras diferentes y cuantas ventanas por las que mirar, por decir algo.

    Un abrazo, me traes una canción de mi adimirado Franco Battiato, nómadas.

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  9. Pues sí, Lola, más allá de esas paredes, de la casa física que yo añoro,la geografía humana que nos acompañó en su momento.

    Un abrazo.

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