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miércoles, 7 de abril de 2010

Las gallinas



Todavía, cada vez que como o cocino huevos, me acuerdo de aquellos otros de mi infancia, los que yo recogía con mis abuelos a la caída de la tarde del gallinero donde las gallinas ponían, obedientes y disciplinadas. Las yemas de entonces, tan distintas de las de los huevos de supermercado de hoy en día, eran de un marcado amarillo rojizo, consecuencia de la dieta a la que se sometía a las aves, a base de granos de maíz, salvado, restos de verduras y cáscaras de fruta. Recuerdo cómo nos gustaba a mi hermana y a mí colaborar en la preparación de aquellas papillas de salvado, y el olor que desprendían, apetitoso hasta para nosotros mismos. También me viene a la memoria una especie de ritual que se establecía en época de estío, cuando después de las comidas los abuelos, mis padres, y a veces también nosotros, picábamos las cáscaras de melón o sandía —si estas frutas habían formado parte de menú— para que a las aves les fuese más fácil su ingestión.

A mis ojos niños, aquellas acciones —picar las cáscaras de fruta, preparar el salvado, esparcir los granos de maíz ante las gallinas, que se arremolinaban enseguida a nuestro alrededor— eran toda una fiesta, y las disfrutaba como tal, ajeno, sin embargo, a nuestra contribución para que aquel alimento que tanto me gustaba —aquellos huevos fritos con sus puntillas y esas yemas rojizas— fuera posible.

Pero hay otra cosa, también relacionada con las gallinas, que ha quedado grabada en mi memoria. Era cuando éstas se ponían cluecas. Aquí, mi abuela podía actuar de dos formas antagónicas: si le interesaba que la gallina tuviese polluelos, la apartaba del resto y la encerraba en el “cuartejo”, bajo una banasta de mimbre donde el ave empollaba los huevos sin sobresaltos, y en donde le poníamos comida con cuidado de no asustarla. Cuando los pollitos estaban a punto de romper el cascarón, allí estaba mi abuela, bajo nuestra atenta mirada, pendiente de su los resultados. En cambio, si consideraba que no era momento de más pollos, quitaba la cloquera a la gallina a base de reiterados baños de agua recién sacada del pozo. Para ello, la llevaba a una pila y sumergía su cabeza en el líquido elemento, en una operación que repetía varias veces a lo largo de la jornada, durante no sé cuántas. A mi hermana y a mí, niños aún y quizá por eso mismo un poco crueles, nos divertía ver a la gallina una y otra vez con la cabeza bajo el agua, tratando de zafarse mediante un aleteo desesperado e inútil. Por eso, siempre que la abuela repetía la operación, estábamos nosotros en primera fila, dispuestos a disfrutar del espectáculo; admirados, en el fondo, de que la gallina nunca se ahogara.

11 comentarios:

  1. Pitas, pitas, pitas...
    Y cómo les gustaban: las cáscaras de melón y sandía, digo.
    Yo sigo comiendo huevos de ésos y esde luego no tienen nada que ver con los que compras en el "súper".

    Un abrazo.

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  2. Me ha encantado este texto, está lleno de esa nostalgia fresca y maravillosa que no nos sume en la tristeza, sino que nos transporta a la felicidad.
    Además, es cierto, ¿por qué a los niños les atraen tanto las gallinas, esos seres tan sosos? Yo me recuerdo igual: adorando sus movimientos.

    Un beso,
    Laura

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  3. Pitas, pitas, pitas... idioma universal, por lo que se ve,a la hora de dirigirse a estas aves.

    Lo de seguir comiendo huevos así, es toda una suerte en estos tiempos. ¡Qué envidia! (Y no creo que sea muy sana, precisamente). (guiño cómplice)

    Un abrazo.

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  4. Laura, eso es lo que intento en estos "Fragmentos de inventario",acercar vivencias que, de manera más o menos similar, hemos compartido los que ya tenemos cierta edad. Con cierta nostralgia, sí; pero procurando que la pátina gris de la tristeza no se cuele entre líneas.

    Un abrazo

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  5. Bueno, Antonio, madrugar todos los días para hacer un trabajo que no te gusta tampoco lo es, y de eso nadie dice nada.
    Que parece que sólo quieran prohibirnos, a base de miedos, aquello que más nos gusta.
    Guiño y abrazo.

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  6. Totalmente de acuerdo (una vez más).

    Nuevo abrazo.

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  7. Antonio:
    Me has recordado a mi infancia y, como hablas de gallinas y crueldad... Yo tenía un primo bastante mayor que yo (lo tengo y que sea por muchos años) que me enseñó a ponerme bajo las jaulas de las ponedoras, cuando veíamos que el huevo asomaba, lo parábamos con un palo y esperábamos en esa posición durante un rato. A la mañana siguiente se escuchaba por la casa "no sé que está pasando con las pitas, pero hoy ha muerto otra..."
    Es que las jaulas a finales de los sesenta eran muy crueles.

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  8. Animalitos pacíficos, movidos y coloreados... Las gallinas han sido observadas por los niños: su manera de comer, de correr, de piar, de dormir...Encontrar el nidal lleno de huevos gordos, blancos o sonrosados era mágico. Comerlos fritos o en tortilla, un placer.
    ¿Y ver corretear a los pollitos, tan pequeños, bajo la mirada vigilante de la gallina brava, la mamá gallina, atenta a cada movimiento?
    Ha sido un placer recordar la estampa de cuento, el corral animado de animales cercanos y benditos, en aquellos años nuestros en que todo era fantástico.
    Abrazos.

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  9. Miradas de niño sobre el nidal, el movimiento de las gallinas torpes, el canto de los gallos, el color de los polluelos... Sorprendidos por la vida alrededor.
    Un placer recordarlo

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  10. Caramba, Jesús, lo nuestro no llegaba a tanto. Pobres gallinas...
    Gracias por la visita.

    Un abrazo.

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  11. Veo, Esmeralda, que el "chorro" de recuerdos que convocan las gallinas te ha inspirado. No sé si tus palabras son a consecuencia de ello o a que has sufrido algún regate del blog, la red o el propio equipo. En cualquier caso, disfruto con la memoria que compartes. Gracias.

    Un abrazo.

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