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lunes, 12 de abril de 2010

Matador (*)

[La corrida - Fernando Botero]


     En mi infancia, todos los niños querían ser toreros. Y es que las corridas de toros por entonces todavía no estaban mal vistas, y los matadores eran “maestros del arte de Cúchares” —¡casi na!— y no torturadores de una especie inocente como es el pobre toro, tal y como  son considerados en estos tiempos por los que quieren abolir tan controvertido espectáculo. El caso es que yo, como la mayoría de los chavales, también quería ser matador, que decía el pasodoble. Pero como aún no había hecho ni la primera comunión, debía conformarme con jugar a los toros en la calle. Así, con los otros niños, organizaba corridas en las que asignábamos los correspondientes papeles: tú, matador; tú, banderillero; tú, picador; tú, toro. Y, claro, al que le tocaba ser toro no le hacía mucha gracia. Pero como alguien tenía que ejercer de tal para que nuestros festejos se celebrasen —con permiso de la autoridad competente y si el tiempo no lo impedía—, al final asumía su papel que, a decir verdad, nos íbamos pasando para que todos tuviéramos una oportunidad.
    A mí me hicieron una capa y unas banderillas muy bien apañadas: con sus papelillos de colores y todo pegados en los palitroques, aunque, naturalmente, sin lengüeta de hierro. Y me compraron un toro de cartón que descansaba en una base con cuatro ruedas y al que agujereé a las primeras de cambio a base de pares de banderillas y bajonazos con un estoque de fabricación propia. (Es evidente que las sensibilidades eran otras y nadie reparaba en la crueldad implícita de aquellos juegos que, por otra parte, desarrollábamos sin ningún sadismo y con el sólo afán de diversión.)
    Ahora, cuando de verdad de verdad disfrutaba, era cuando el que embestía era un cura joven, recién ordenado, sobrino de una vecina mayor a quien visitaba con frecuencia, y que jugaba conmigo entrando al trapo en lugar del morlaco agujereado y poco fiero. Supongo que ver al cura acudiendo a mi llamada, vestido con su negra sotana, dotaba a aquella lidia de unos tintes de veracidad que no transmitía mi toro de cartón. Por eso, entonces, yo me esmeraba en mostrar todos mis conocimientos de tauromaquia. Bien plantado, con temple, corría los brazos envolviendo en el capote a mi enemigo, a una cuarta, sin que sus astas (sus manos, que hacían de tales) engancharan la tela. Una y otra vez lo hacía repetir en su embestida mientras oía los aplausos, los olés de la gente y las notas garbosas de un pasodoble que sólo sonaban en mi imaginación. Curiosamente, y como caso único en la historia de la lidia, el mismo morlaco acababa pidiendo la oreja.
    Así era en aquel tiempo. Hace años, los toros dejaron de interesarme.


(*) Esta entrada no pretende abrir ningún debate sobre la fiesta de los toros. Mi posición al respecto, por si pudiera interesarle a alguien, ha quedado reflejada aquí.

8 comentarios:

  1. Amigo Antonio,

    El tema es en verdad controversial. Solamente una vez fui a una corrida de toros, en Venezuela, hace muchos años y prefiero otras fiestas...pero entiendo que es una tradición demasiado afincada en el alma de algunos, además de ser fuente de trabajo para muchos. Creo adicionalmente que cada animal -incluyendo el hombre- tiene una misión en esta vida...y el toro de lidia tiene, al menos, alguna oportunidad de liquidar a su adversario en un encuentro equilibrado.

    Sin embargo, hay hombres y mujeres que llevan 51 años toreando al mismo animal y no tienen oportunidades similares a las del toro de lidia en España.

    Saludos,
    Lily

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  2. Amigo Antonio:
    Parece que nos hemos puesto de acuerdo para hablar hoy de toros en nuestros respectivos blogs.
    Yo también quise ser torero e incluso acudí cuando era niño a la Escuela de Tauromáquia de Cáceres, hasta que se enteró mi madre, no quedándose con mi oreja como trofeo taurino, de puro milagro.
    Si te apetece, en mi blog he abierto un debate.

    Un abrazo.

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  3. Has descrito un recuerdo infantil lleno de vida y colorines. Evidentemente, en aquellos tiempos, era lo que había: vestirse de torero y lidiar al toro de madera. Y qué bien se sentía uno entre vítores y aplausos...Los tiempos nuevos han ido rescatando nuevos héroes, "heureusement": de los deportes, de la música, de la gran o pequeña pantalla. De lo que se trata es de tener ese minuto de gloria que te encumbre a lo más alto.
    Cuando era niña, era la diosa de Eurovisión. Me sabía de memoria todas las canciones. Recuerdo aquel micrófono de palo de escoba, las votaciones de mis amigas...
    Al fin de cuentas, lo que todos buscamos es el momento que nos haga realizar un sueño para ser un poco más feliz que de costumbre. Así lo entiendo yo.
    Abrazos

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  4. Lily, como he indicado posteriormente a pie de página, no era mi intención polemizar sobre el asunto de los toros, sino sólo plasmar un momento de mi infancia. Como todo en este mundo, lo de los toros,tiene tantas formas de verse como miradas se asomen a ello. Hoy por hoy, no me parece un espectáculo agradable, pero tampoco estoy a favor de su prohibición. Muchas veces, basta que se prohiba una cosa para que venga a ser más deseada. Me inclino más por una progresiva sensibilización respecto al respeto a, en general, los animales y el mundo que nos rodea. Como ves, algo bastante utópico, por otra parte.

    Gracias por estar ahí. Un abrazo.

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  5. Terly, gracias por tu invitación a participar en tu blog y permitirme dejar mi opinión sobre tan controvertido asunto. Como te decía allí, "te has metido en un buen charco". Que te sea leve.

    Un abrazo.

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  6. Gracias, Esmeralda, por tus palabras. Como bien indicas, mi intención era plasmar un recuerdo infantil, ni más ni menos. Y, es verdad, como los tiempos cambian, los niños de ahora, en vez de toros de cartón, tienen otros materiales con los que levantar sus sueños.
    Lo de la escoba como micrófono me ha llegado al alma, porque también en mi casa la empleábamos en ocasiones con la misma función.

    Un abrazo.

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  7. Me encantan tus recuerdos infantiles y tu forma de narrarlos, siempre que te leo acuden a mí situaciones similares; hoy he visto a mis hermanos mayores peleando por no ser toro. Gracias.

    Un abrazo.

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  8. Lo que más me ha gustado del relato es donde narras tu epopeya más sabrosa: cuando el joven sacerdote te enbestí; sólo entonces, era cuando el ruedo era real y tu arte se apoderaba de la muleta y sentías que aquello tenía visos de ser pura realidad, sueño ya cumplido.
    Es el don que tienen los niños: sentir la magia con tanta fuerza como la que tiene lo que ven a través de los ojos.

    Un beso,
    Laura

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