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miércoles, 14 de abril de 2010

Queimada, o pesadilla de una noche de verano



     En estos Fragmentos de inventario voy dejando rastros de mí, anécdotas lejanas de infancia o adolescencia que de pronto aparecen, que rescato de un fondo de la memoria, casi, pasto del olvido. Vivencias sin importancia, pero que forman parte del prisma cambiante que es una vida; mi vida, en este caso. Hoy, sin embargo, buscando en el baúl de los recuerdos (Uuuuh) me he tropezado con una experiencia algo más cercana, aunque al paso del tiempo tenga también sus años: veintitrés eran los míos entonces, si bien, al rememorarla, parece que fue ayer.
     Quiso la suerte que la empresa en la que he desarrollado mi actividad laboral durante treinta años me enviara destinado a un pueblo de la provincia de Toledo, de no más de cinco mil habitantes; en aquel tiempo, finales de los 70, un pueblo al que la única prensa que llegaba diariamente se limitaba dos o tres ejemplares del ABC —creo que no vi ninguna otra cabecera hasta el tercer año que estuve allí— y donde, en invierno, a la caída de la tarde, no se veía un alma por la calle. En verano, sin embargo, era distinto. Volvían los estudiantes de la universidad y todo era algarabía: toques culturales y mucha juerga, Y cuando no había nada de esto, era la piscina, o la pesca de ranas en un pantano próximo; ranas que luego alguien guisaba y degustábamos en grandes merendolas. Además, se preparaban las fiestas en honor de San Agustín, a finales de agosto.
     Con el aval de los hijos del matrimonio dueño de la pensión donde me hospedaba, enseguida me integré en su pandilla. Por la mañana trabajaba y a la caída de la tarde nos reuníamos en una terraza muy acogedora, a la sombra de álamos y rodeados de parterres con rosales y otras plantas. Allí manteníamos largas conversaciones en torno a lo divino y humano, y más tarde, después de cenar, nos volvíamos a juntar en la plaza, donde hacíamos corro y cantábamos a coro acompañados de guitarras (una de ellas, la mía) hasta las tantas.
     La anécdota a la que me referiré ocurrió una noche limpia de verano, con todas las estrellas asomadas a las balconadas del camino de Santiago, testigos privilegiadas de nuestras correrías. Había vuelto un amigo de un viaje por Galicia, y con él venían unas cuantas botellas de aguardiente de orujo para hacer queimadas. Y como daba la casualidad de que yo había andado por tierras gallegas con una beca del ejército no hacía mucho y se suponía que conocía el secreto de tal bebedizo, agarramos  un recipiente adecuado, cazo, limones, café en grano y azúcar, y en varios coches salimos del pueblo, camino de un prado propiedad del padre de uno del grupo, donde alejados de cualquier alma viviente, con ánimo de no molestar a nadie, pensábamos hacer la consabida queimada y montar nuestra fiesta. 
     Aparcados los coches en un camino junto a la carretera, alumbrados sólo por una linterna y la claridad de las estrellas, tuvimos que cruzar un arroyo, saltar una pared de piedra, atravesar una viña y andar un buen trecho por tierras arenosas hasta llegar al terreno en cuestión, donde había un chozo de pastor construido en piedra, sin techo; pintiparado para llevar a cabo ese rito mitad pagano mitad místico del orujo ardiente que, acompañado del famoso conjuro, ahuyenta a los malos espíritus. Para entonces, ya era media noche bien pasada.
     Ni que decir tiene que íbamos, además, provistos de las guitarras —presentes siempre en nuestras fiestas— y que, entre trago y trago, ya fuera del chozo, comenzamos a cantar: primero, a media voz; más tarde, al calor del orujo, con voces más potentes y desinhibidas. Había risas, anécdotas, chistes y chascarrillos y, en general, nuestro entusiasmo iba en aumento.

   
     Cuando mejor estábamos, oímos dos detonaciones en medio de la noche: dos disparos lejanos que, no obstante, parecían dirigidos a nosotros; hubo alguno, incluso, que afirmó que había sentido perdigones silbando muy cerca de su oreja. No le hicimos caso. Sin embargo, otra vez, volvieron a oírse los traquidos. Y, esta vez sí, algunos perdigones cayeron en torno nuestro: sin fuerza, como si lloviesen lentamente. Antes de que pudiéramos recuperarnos, otros dos tiros más. Aquella efusión colectiva dio paso, primero, a una cierta extrañeza y segundo, sin apenas transición, a cierto temor, e incluso miedo. De pronto, nos encontrábamos a merced de un loco armado que acechaba desde algún lugar y cuyas intenciones últimas desconocíamos. Por supuesto, dejamos de cantar, guardamos las guitarras y volvimos a entrar en el chozo, sin saber muy bien cómo actuar. Alguno decía que salir a buscar al francotirador; otro, que aguardar allí; un tercero, que deshacer la distancia hasta los coches y volver al pueblo. El dueño del chozo, amparado en una seguridad que le daba el hecho de estar en su casa, de vez en cuando se atrevía a gritar desde la puerta: “Eh, el que seas, no dispares. Que soy el hijo del Tío Cachimba.” Pero nadie contestaba. A lo sumo, volvíamos a oír otro par de disparos. Entre opción y opción, risas nerviosas; bromas con las que se pretendía espantar nuestro espanto: “¿Y si apareciese de repente, por encima del chozo, apuntándonos?” “¿Y si no es uno solo y son varios?” “Tíos, que esto no es América”, apostillaba alguien que se esforzaba por mantener la calma.
     Serían cerca de las tres de la madrugada —un par de horas después de los primeros tiros— cuando, aparentemente todo en calma, decidimos abandonar el chozo y regresar a los coches. Cargados con nuestros achiperres, nuestras guitarras y nuestro miedo, nos deslizamos en medio de la noche por el terruño arenoso, la viña, la pared que volvimos saltar…; siempre agachados, algunos casi reptando, continuamos hasta el arroyo, que también cruzamos. Si alguien decía algo en un tono de voz que pudiera parecer alto, los demás chistábamos a coro: no había que hacer ruido, no podíamos despertar a la bestia. Por fin, llegamos a los coches que, contra el pronóstico de alguno, estaban intactos. Arrancamos —el pie sobre el embrague aún temblando— y salimos para el pueblo, a sólo dos o tres kilómetros.
     En nuestra huida habíamos perdido una cejilla de guitarra, un pañuelo de alguna de las chicas y algún que otro elemento más que la memoria ya borró. Al día siguiente, a plena luz, algunos volvieron al lugar para buscar los objetos perdidos e inspeccionar el terreno. Las conclusiones que sacaron no pudieron ser más desalentadoras. Primero: para ir al chozo no hacía falta ni cruzar arroyo ni saltar pared ni atravesar ninguna viña; podríamos haber llegado por un camino directo y sin complicaciones. Segundo: nuestro atacante debió de ser un pastor que dormía no mucho más allá del escenario de la juerga y que, posiblemente, arrancado del sueño por nuestras voces y cantos quiso darnos una lección. Y a fe que lo logró.
     ¡Cuántas veces me acuerdo yo de su escopeta cuando, los fines de semana, sufro los efectos contaminantes del ruido y el botellón!


6 comentarios:

  1. Pues aquí, Antonio, otra coincidencia de las nuestras: ¡la queimada!. Todavía se me estremece el hígado cuando me acuerdo de la borrachera tonta que me agarré al calor del famoso "conxuro", la primera vez que probé el brebaje. En un campanento de verano, cerca de Cedeira.
    ¡Madre mía, qué cogorza cogimos!
    Por la mañana, cuando despertamos (no fui el único en sucumbir a sus encantos) aquello parecía un "paisaje después de la batalla".
    Anduvimos el resto del día como zombis.
    Los chavales a nuestro cargo no salían de su asombro y algunos, los más "espabilaos", aprovecharon para cobrarse alguna deuda pendiente.
    Pero, qué coño, que nos quiten lo "bailao".
    Preciosa entrada.
    A tu salud, Antonio.

    Abrazos.

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  2. Esas aventuras nocturnas impregnan los recuerdos de una gran melancolía y le dan un toque de heroicidad para el resto de los días.
    Será una de las batallitas que le contarás a tus nietos, para hacerles ver, entre otras cosas, que fuiste joven y participaste, de alguna manera, en un botellón con tintes de perdigón y huida.
    Muy simpático.
    Abrazos

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  3. ¿Seguro que fue un pastor? El conxuro, pieza mayor del folclore enmeigado, tiene partes de alta tensión verbal y sus efectos sobre las potencias circundantes no han de tomarse a broma. ;-) Para mi que fue algún diaño, menor pero no menos irritable, el que se lió a lanzar chisporroteos de oscura procedencia sobre vosotros (en el texto del conjuro hay menciones expresas), y todo lo demás seguro que lo puso el alegre rumor do augardente. Divertidísima peripecia, Antonio, contada con buen pulso. Un abrazo.

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  4. Pues sí que van siendo coincidencias, Elías. Va a ser cuestión de quedar a medio camino, apañar una buena queimada y cotejar rol.
    Divertida, la anécdota del campamento. Y es que, una queimada, es siempre una queimada. Y si no se queima bien, pasa lo que pasa. (Y aun quemándose). En todo caso, como bien señalas, "que nos quiten lo bailao."
    Celebro que te haya gustado.

    Un abrazo.

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  5. A los nietos, Esmeralda, no sé, pero mis hijas irán tomando nota a través de estos "Fragmentos", aunque, como ellas dicen: "¡Mira que contar tu vida por capítulos!"
    Un abrazo.

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  6. Ya sabes, Alfredo, que algunas mentes especialmente terrenales, en su ánimo de hacer de la diosa razón única guía, capaces son de inventar pastores como Don Quijote inventaba gigantes; que no te digo yo que no lleves razón en cuanto apuntas. Gracias por la visita.
    Un abrazo

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