Rastros (Busca por aquí cualquier entrada con palabras-clave):

lunes, 17 de mayo de 2010

Carlos

Imagen tomada de la Pág. Web: http://www.rafaelcastillejo.com/avisopps.htm, que, a su vez
se recoge con la siguiente advertencia:
Portada del famoso cuaderno nº 107 que salió a la venta el 20 de octubre de 1958 y con el que se recibía
gratuitamente el primer número de "EL JABATO". Gentileza: Carlos de Miguel

     Era Carlos el que solía llevar la voz cantante. Quizá porque era un año mayor que los demás, y cuando se tienen ocho o nueve años eso se nota sobremanera, o porque, simplemente, era quien más imaginación tenía; no sólo porque ya la tuviese de por sí, sino, además, por ser un insaciable devorador de tebeos, de los que luego sacaba muchas de las aventuras que repetíamos en nuestros juegos. Él fue, precisamente, quien me pasó la colección completa de El Capitán Trueno. ¡Completa!, que se dice pronto. Todo un tesoro que entonces leí con avidez y que hoy no sé lo que podría valer. La tenía encuadernada en tomos de 50 números, con tapas duras, y en la portada de cada tomo el encuadernador había estampado la primera página de alguno de los tebeos incluidos. Además, entre otras varias colecciones, tenía la de El Delfín Negro, también encuadernada. Pero ésta, no sé por qué, no tuvo tanta acogida de público como la primera y hoy en día casi nadie la recuerda, aunque a mí me gustó particularmente.
     Como digo, Carlos llevaba siempre la voz cantante. Si había que jugar a guardias y ladrones, él siempre era guardia; si a espadachines, él decidía quiénes hacían de buenos y quién de malos; si al fútbol, por supuesto, era el que formaba los equipos… Era madridista acérrimo, y en aquellos tiempos en los que el Madrid lo ganaba casi todo, el chaval más feliz del mundo cuando de fútbol se trataba.
     Al ser la calle el paraíso de los niños de entonces, se formaban pandillas con un gran número de chavales y eran normales las “guerras” que nos declarábamos entre los distintos barrios, a consecuencia de las cuales las batallas a base de cantazos, en las que siempre solía haber alguna víctima colateral con una brecha en la cabeza, estaban a la orden del día. Estos enfrentamientos, además, suponían un problema para el libre tránsito de unos y otros, pues bastaba con que uno tuviera que cruzar por una calle ubicada en el barrio de un grupo rival, para que fuera perseguido y hostigado por las pandillas de éste hasta que conseguía salir de allí o tenía la suerte de que algún adulto llegara a poner paz y salvarlo de la quema.
     No es que siempre estuviésemos a la gresca, pero también es verdad que nuestros armisticios eran bastante endebles y bastaba cualquier excusa para volver a enzarzarnos en sucesivas beligerancias. Recuerdo que las declaraciones de guerra se formulaban por un grupo numeroso del barrio, que, bajo el mando del capitán de turno —en nuestro caso, de Carlos— iba hasta la calle del enemigo al grito de: “Queremos guerra, queremos guerra”, con gran ruido de tantanes, al modo de los indios de las praderas americanas. Las espadas de madera, más de una vez, también sirvieron como armas en nuestras contiendas. Pero para arma, arma, el arma secreta que diseñó Carlos un buen día —arma peligrosa incluso para los propios portadores— y que aún hoy no sé en qué se basó para su invento.
     Por aquel tiempo, solíamos comprar en las tiendas de frutos secos lo que llamábamos “mixtos”, que no eran las vulgares cerillas con las que nuestras madres encendían la cocina o el brasero, sino unas tiras de cartulina en las que habían insertado una sucesión de “cabezas inflamables” —no sabría definirlo de otra manera— separadas entre sí un par de centímetros, más o menos. Se vendían por número, a tanto el mixto, y tomados de uno en uno los rascábamos contra una pared hasta que aquello empezaba a chisporrotear al tiempo que se producían luminiscencias fosforescentes como pequeños fuegos artificiales. Si se hacía por la noche o en lugares oscuros, lógicamente, el impacto visual era mayor. Pues bien, a Carlos, un buen día se le ocurrió arrancar de la cartulina aquellas cabezas explosivas hasta un número de treinta o cuarenta, y hacer con ellas una bola, envolviéndolas en papel de plata del que venía en las tabletas de chocolate. A esa bola, le incorporó una mecha. Y con aquella arma y bandera blanca nos dirigimos al barrio con el que manteníamos el último conflicto. Como éramos unos caballeros, acudió al encuentro el ejército contrario, también con ánimo pacífico, y en círculo, como hacían indios y americanos en las películas, entablamos una conversación de paz que no era tal, puesto que nosotros lo que queríamos era que se rindieran incondicionalmente, pues no en vano teníamos el arma secreta que los destruiría de empecinarse en seguir con las hostilidades. Como no iban a sometérsenos a las primeras de cambio, nos pidieron que demostráramos en qué consistía aquello, convencidos de que lo único que teníamos era afán de fachenda. Carlos, tras advertirles que podían salir malparados, accedió a su deseo. Colocó en el centro del corro nuestra bomba y prendió la mecha; luego volvió a su sitio. Todos aguardábamos impacientes el resultado, pero parecía que el invento fracasaría sin remedio: el papel de plata tardaba en calentarse, y a ciertas edades, cuando se es niño, la paciencia no es una de las virtudes mejor valoradas. Así, al ver que aquello ni explotaba ni hacía na de na, el más gallito de nuestros enemigos se levantó del corro, se acercó al centro e hizo amago de sentarse sobre la bomba a evacuar el vientre. “Esto es lo que hago yo con vuestra arma secreta. Me cago en…” ella, debía de ser la palabra con la que pensaba terminar la frase. Sin embargo, antes de hacerlo, el papel de plata ya se había calentado; los mixtos prendido y, supongo que con la presión del mismo papel, en vez de chisporrotear como hacían siempre, estallaron en un sonoro zambombazo que sorprendió, tanto al que se mofaba del invento, como a nosotros mismos. Todos, salimos de estampida movidos por el susto; nosotros, además, rumbo al barrio en medio de un coro de improperios de las vecinas que, asustadas, salieron a la calle para conocer el origen de la explosión.
     A salvo en nuestra calle, celebramos durante mucho tiempo y con grandes risotadas y burlas la cara de muerto que se le había quedado al valiente, ocultando, eso sí, la impresión que a los demás nos había causado el experimento. Sin embargo, en un sorprendente ataque de cordura, jamás volvimos a fabricar ninguna otra arma secreta.
     Hace unos años, después de muchos sin saber de Carlos, me enteré que había fallecido. Ahora está aquí, conmigo, en medio de estas líneas, recobrando el ayer y nuestros “juegos”.

10 comentarios:

  1. Antonio, una pequeña gran joya de la memoria, llena de prodigiosos detalles (esos mixtos, los gritos bélicos...). Más que leerla, me la he bebido con verdadero disfrute... Gracias por el esfuerzo (que, por otro lado, en el resultado final, de tan fluido, apenas se nota). Un abrazo

    ResponderEliminar
  2. Mis recuerdos se hacen eco de juegos de tiendas, muñecas, talleres de costura, juegos al aire libre (escondite, castro, pelotas...)
    Con mis amigas, Isi, Narci, M Carmen, Loli, Tere, M Paz, Pepi, Clara ... sigo celebrando en verano que la vida sigue y que nuestros juegos convirtieron nuestra niñez en la época más feliz.

    ResponderEliminar
  3. Esos prodigiosos recuerdos que guardamos a buen recaudo, precioso texto y entrañable final.

    Sé que os tengo abandonados pero no olvidados.

    Un fuerte abrazo.

    ResponderEliminar
  4. En esa memoria que se activa de los propios recuerdos al leer los tuyos, me he acordado de una parecida que lié con el Quimicefa, pero no había pandilla contraria... a mi madre casi le da un síncope.

    Como siempre entrañables tus recuerdos y la manera de traerlos.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  5. Gracias, Alfredo, por tus palabras. La verdad, es que esfuerzo, lo que se dice esfuerzo, no ha sido. Pensando en el lejano amigo desaparecido, fluyó aquel tiempo de forma natural, y con él las palabras. Celebro que, de alguna manera, haya quien deguste estos Fragmentos, porque a veces, como decía ayer, tengo mis dudas, y me veo a mí mismo como una especie de abuelo Cebolleta. Pero como estoy disfrutando, creo que continuaré de vez en cuando dejando retazos de memoria.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  6. En los recuerdos que apuntas, Esmeralda, veo también a mi hermana con sus amigas. Alguna vez, si no me quedó más remedio, también yo me apunté a sus juegos, haciendo de "Señor Tomás"...

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  7. Gracias, Lola. Tranquila, en cuanto a las apariciones. No siempre el tiempo da para estar al otro lado de la ventana que, por otra parte, consume una parte importante de fuerzas y minutos.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  8. Ni se te ocurra dejar de traernos estos retazos que nos devuelven recuerdos y sensaciones que creíamos perdidos, pero que de tu mano se hacen realidad mágicamente.

    ResponderEliminar
  9. Gracias, Paloma. Es que, hay que ver lo peligrosos que podíamos ser con una cerilla en la mano...

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  10. Gracias, Luisa, por tus palabras de ánimo. Tú, tan generosa como siempre.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar