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domingo, 9 de mayo de 2010

Despedida

 [Andén interior de la Estación de RENFE en Toledo: Fotografía tomada de la Red]


     Es cierto que a mis veintiún años no había viajado aún mucho, ni salido de casa más de un par de meses, y no seguidos. El mar, eso sí, ya lo conocía desde que siete años antes me asomara al Mediterráneo de Castellón un día de enero, metálico y lluvioso, tan de ceniza que, en vez del Mediterráneo, me pareciera contemplar el mismo Mar Cantábrico, tan bravo como nos lo pintaban en el colegio. Aparte de esto, pocos viajes más había realizado hasta entonces: Madrid, Toledo, Segovia, Aranjuez… y poco más. Por eso, a mis veintiún años, aquel traslado suponía para mí toda una reválida. No sólo porque mi destino estuviera a seiscientos kilómetros de mi casa, uno más uno menos, sino porque la duración de aquel viaje “iniciático” sería de quince meses, aunque todos contábamos conque, al menos, un mes sería un paréntesis entre la fecha de incorporación y la de licencia. Iba, naturalmente, a hacer la mili.
     Recuerdo poco de mi traslado hasta Toledo, en cuya Caja de Reclutas debía presentarme. Y nada de lo que hice al llegar allí acompañado de mi padre, que ese día faltó al trabajo para  venir a despedirme en la estación neo-mudéjar de la ciudad imperial. Vagamente, vislumbro un grupo variopinto de jóvenes, la mayoría acompañados de padres, madres o hermanos; cada cual con su petate a cuestas, formando tres hileras en el andén de la estación bajo el mando de algún suboficial (sargento o brigada) aún paciente, y hasta comprensivo con nuestra torpeza a la hora de montar aquella especie de ciempiés poco elegante y menos derecho, que era la formación. Luego, la subida por orden a los vagones del convoy, el acoplamiento en los compartimentos (ocho por cada uno), las primeras palabras entre nosotros, las quejas impotentes de casi todos… Pero hay algo que puedo ver con nitidez meridiana a pesar de los muchos años que han pasado, de la distancia que media entre aquel joven y quien esto escribe, de lo diferente, aunque no tanto (en cierto sentido) de esta sociedad con respecto a aquélla. Son los ojos de mi padre plantado en el andén, buscando mi mirada, como yo la suya, a través del cristal de la ventanilla; su sonrisa, algo forzada, dándome ánimos: ya verás como no pasa nada; como esto se pasa, parece decir. Y un poco más tarde, su brazo, medio deslavazado, despidiéndome: la mano en alto, en movimiento pendular, diciéndome adiós mientras el tren comienza a coger velocidad.
     No puedo saber qué pensamientos cruzaron por su mente aquel día, en ese momento preciso, pero me da por imaginar que debieron ser imágenes inconexas de las que ambos formábamos parte: quizá mi nacimiento, mis primeros pasos, mis primeras brazadas en el Tajo, contracorriente, mientras me enseñaba a nadar catorce años antes, alguna escena cotidiana, algún cumpleaños…; no puedo saberlo. Nunca lo he hablado con él y, si lo hiciese ahora, posiblemente, él no podría decírmelo; quizá lo haya olvidado. En cualquier caso, aquella mirada —su mirada— encontrándose con la mía mientras se alejaba el tren, me dio las fuerzas suficientes como para enfrentarme a aquel tiempo caqui. Hoy, por suerte, pasto del ayer y del olvido.

8 comentarios:

  1. Bonita inmersión en el pasado Antonio, entrañable que permanezca la mirada de tu padre por encima de todo.

    Besos.

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  2. Si las miradas de las despedidas hablaran...
    !Cómo se arma de fuerzas el que se queda en el andén, para que todo parezca más fácil!. No deja de ser una tragedia contenida. Pero el que se aleja lleva consigo la fuerza del amor.
    Me has recordado momentos en mi vida.
    Un abrazo

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  3. Hola Antonio. He llegado hasta aquí animada por tus comentarios en otros blogs y en especial por un soneto que me gustó especialmente en el de tu tocayo, Antonio H. martín.

    Me ha gustado contemplar la fuerza de esa mirada bidireccional entre tu padre y tú a través del cristal del tren que se aleja.
    Son imágenes que alimentan la memoria y viven en nosotros para siempre.

    Un placer llegar hasta aquí y leerte.

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  4. Que bonito Antonio. Eres un gran contador de historias. Me emociona esta. La mili era algo que marcaba un antes y un después. Les decian a los chicos: En la mili te harás hombre.

    No me extraña que todos se fueran con el corazón encogido ante tal responsabilidad.

    Un abrazo.

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  5. Resulta curioso cómo, en ocasiones, los recuerdos afloran cuando menos lo esperamos; después de estar aletargados durante tantos años. Así, éste, que de pronto se me hizo luz en medio de las palabras: ajenas al ruido, a las voces imperativas, al trajín de los andenes, la mirada de mi padre cruzándose con la mía, fundiéndose en una sola y cargando mis baterías para enfrentarme a un tiempo de sombra... así es la memoria.

    Un abrazo.

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  6. Esmeralda, no cabe duda de que las miradas de las despedidas tienen especial fuerza. De entre todas, las de los andenes de las estaciones de tren, quizá tengan algo todavía más especial; posiblemente porque en nuestro imaginario hay mucho de cinematográfico, y eso ayuda a mantener vivo el momento, a pesar de los años que pasen.

    Un abrazo.

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  7. Cristal, pues bienvenida. Gracias por tus palabras.

    El placer es mío, al recibir a lectoras como tú.

    Un abrazo

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  8. Milagros, tú siempre tan generosa con tus comentarios. Eso de que en la mili te hacías un hombre, es una de las muchas bobadas que se han dicho en todo tiempo y lugar. De mi experiencia en ella, salvo la llegada de un amigo que, a pesar de los muchos años transcurridos, sigue ahí. Lo demás (hablo, lógicamente, en mi nombre) una pérdida de tiempo.

    Un abrazo.

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