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jueves, 27 de mayo de 2010

El pajarero



     Como todos los hombres y mujeres (al menos, como todos los hombres y mujeres de este lado del mundo) tendría un nombre. Y, seguramente, sus amistades lo conocieran por tal: Ernesto, por ejemplo; ya se sabe de la importancia de semejante antropónimo. Sin embargo, para la mayoría de los vecinos del barrio era, simple y llanamente, el pajarero. La razón del mote no venía, como pudiera parecer a quienes no sepan todavía de su vida y milagros, de su oficio (que tenerlo, supongo, que lo tendría; aunque yo, en mi corta edad, no lo conociese), sino de aquella manía suya de asomarse al balcón en verano, a la caída de la tarde, con un listón de unos dos metros de largo por diez o quince centímetros de ancho. Con él, y haciendo gala de una extraña pericia, no exenta de probada paciencia, se dedicaba a cazar vencejos y cuantos pájaros iban y venían por el cielo del barrio en busca de sustento a aquellas horas. Eso sí, el pajarero, se cuidaba muy mucho de no causar bajas en los murciélagos, pues supongo que para él, como para cualquier otro con sus mismas dotes de cazador, el murciélago no debía de ser plato de gusto. Porque, efectivamente, lo que hacía nuestro vecino era proveerse de materia prima para la cena o el puchero del día siguiente. En un tiempo en el que la vida no era fácil, él había adquirido aquella admirable técnica de caza, gracias a la cual, los suyos podían llevarse a la boca una ración extra de proteínas: carne de aves a las cuales, por entonces, nadie se molestaba en analizar antes de hincarles el diente.
     Desde mi balcón, me pasaba las horas muertas (casi las mismas que él se mantenía en el suyo al acecho) observando al pajarero. Su técnica era sencilla, aunque, bien pensado, debía de ser agotador tanto tiempo allí quieto, el listón suspendido y paralelo al suelo, los brazos ligeramente apoyados en el barandal, mientras vencejos y otros pájaros iban y venían trazando caprichosas rúbricas en el aire. Cuando calculaba que alguna de sus víctimas estaba a tiro, también él firmaba con el listón una especie de ese en el vacío, tan rápida y precisa, que interfería en el vuelo del pájaro elegido, el cual, a consecuencia del impacto, perdía pie en el aire (o mejor sería decir, alas) y se precipitaba sin elegancia, como un caza ametrallado, contra el suelo, donde la mujer del pajarero, o un sobrino que a veces vivía con ellos largas temporadas, cobraba la pieza.
     Ignoro si en algún manual del arte de la caza (si a ello se le puede llamar arte y si en verdad hay manuales, que yo en esto, como en tantas otras cosas, soy un verdadero neófito) se recoge esta peculiar técnica, quizá de épocas anteriores; o si, por el contrario, ella obedecía al instinto desarrollado por mi vecino cazador, quien, acaso empujado por una necesidad que podría venir de mucho antes de que fuera observado por el secreto espía que era yo entonces, habría acabado por doctorarse en tan recurrente artimaña. En cualquier caso, y aunque me duela reconocerlo, el pajarero era un verdadero experto. Sin embargo, aún puedo recobrar la inmensa felicidad que sentía cada vez que aquel hombre marraba un golpe; el alivio que acumulaba mi corazón y que, niño entonces, yo atribuía a mis devotas oraciones a la Virgen, a la que rogaba en favor de las aves.

6 comentarios:

  1. !Ay ese pajarero, que contribuía con su maña a teñir los vuelos de luto!!! Lo perdonaremos porque no era capricho sino supervivencia...
    Buen relato y foto preciosa.Me encanta el vuelo de los vencejos y la algarabía que preparan por las tardes, mientras se divierten haciendo piruetas en el aire y encuentran acomodo en sus nidos.
    Un abrazo cordial

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  2. Interesante relato, bellamente escrito.
    ¡Qué habilidad la de tu paisano!

    Saludos, desde este balcón

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  3. Muy original este "pajarero", Antonio. Yo no suelo cazar vencejos ni otras aves, me conformo con verlos volar, sobre todo a los vencejos, que parecen tener una especie de locura por el vuelo continuo. Pero, claro, en mi nevera hay pollo asado esperándome, con lo que no tengo esa necesidad.
    A mí se me coló una vez un vencejo en mi cuarto de estudio, le encontré agazapado debajo del radiador, le cogí para echarlo a volar y me clavó, literalmente, sus uñas, pero fue sólo un segundo, luego voló por el aire como un loco.
    Pero, repito, yo tenía el pollo esperándome en la nevera, cosa que no tendría tu amigo el pajarero.

    Gracias por esta historia.
    Un abrazo.

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  4. Esmeralda, Lirio, Antonio:

    Gracias por vuestras palabras y, por supuesto, la visita.

    Un abrazo a los tres.

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  5. Mi abuela recetaba para cualquier mal un caldito de paloma. Mi abuelo solía cazarlas con una resortera y aún guardo la que me hizo, de higuerillo, pero que yo solo usé para alcanzar mangoes y jobos de las ramas altas. Gracias por dejarnos volar.

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  6. Eli, gracias por compartir esa memoria. Lo del "caldito de paloma", si lo decía tu abuela (de eso las abuelas saben mucho) seguro que no era mal remedio.

    Un abrazo.

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