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viernes, 14 de mayo de 2010

El señor Tomás




    El señor Tomás era toda una institución. Y su tienda, el corteinglés de Barrionuevo. En ella, era posible encontrar desde sardinas prensadas —cuyas cubas exponía abiertas en la puerta, junto a las cajas de fruta y los sacos de garbanzos de El Membrillo y judías blancas de El Barco— hasta alpargatas, pasando por papel higiénico el elefante, jabón lagarto, detergentes, matamoscas, hilos, agujas, lapiceros, gomas de borrar, cuadernos, jaulas para grillos, cajas de cerillas, caramelos, bolitas de anís de cinco y diez céntimos, cacahuetes, pipas, chicles; y todo tipo de comestibles: pan, galletas, chocolate, cacao, pimentón de la Vera, especias, latas de bonito en escabeche, sal, azúcar, harina; y luego, los ajos, las cebollas, las patatas…; y en verano, los tomates, los pimientos verdes, los pimientos rojos, los calabacinos, las berenjenas, las judías verdes, los guisantes…; todo, verduras y hortalizas de la fértil vega del Tajo, de la que nada queda.
    El señor Tomás siempre andaba detrás del mostrador, con su bata azul oscuro y su lapicero en la oreja derecha, dispuesto para cuando tenía que anotar en el cuaderno de pastas de hule, de una raya, el importe de los pedidos que iba fiando a unos y otros, hasta que llegado el día de cobro, habitualmente los sábados, cada cual acudía puntualmente a cancelar su deuda con el tendero. Éste, de carácter bonachón y muy sensato, algo filósofo y siempre afectivo, tanto con los mayores como con los chavales que, en cuanto teníamos una perra chica —lo cual era casi nunca—, corríamos a gastárnosla en una bola de anís (de las pequeñas), tachaba con esmero las anotaciones del cuaderno y el asunto quedaba liquidado. Con ello, el crédito, nuevamente abierto hasta la paga próxima.
    El final de esta historia no lo recuerdo. No sé si el señor Tomás falleció antes de que dejáramos la casa de mis abuelos —la muerte, a mi edad de entonces, suele pasar desapercibida, salvo que la persona fallecida sea muy próxima—, o si dejó la ciudad y se marchó junto a su esposa a la capital, con alguna hija; o si continuó allí, en el barrio, después de irnos nosotros… En todo caso, no había vuelto a pensar en él en todo este tiempo y, sin embargo, de repente, desde mi infancia de no más de ocho o nueve años ha regresado hoy hasta mí, con tal nitidez que, de saber utilizar los pinceles —algo para lo que me declaro el más inútil de los mortales—, hubiera podido dibujarlo con todo lujo de detalles. Torpemente, lo intento con la palabra.

10 comentarios:

  1. Típica figura la del señor Tomás, típica tienda donde había todo lo necesario.
    Me has hecho recordar a mi tío Lucas, a su tienda-bar llena de todos esos productos que nombras. Maravillosa tienda donde siempre había chicles, paquetes de Tulicrem sabor a fresa, cuadernos de dos rayas, pizarras y pizarrines nuevos...
    Y la tienda-bar de Mariano, padre de mi amigo Tomás, más espaciosa y moderna, llena de telas, sacos de legumbres, juguetes en época de reyes... Qué casualidad que el bolso que habían traído a mi amiga Isi, días atrás estaba expuesto allí... Incógnitas que nos planteábamos a los 7 años, llena la mirada de sorpresas, el alma llena de deseos de jugar.
    Un beso

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  2. Pues me has leído el pensamiento, Antonio. Tras leer las "escalerillas" del otro día, me dije: «Tengo que comentarle a Antonio que dedique un "inventario" a las tiendas de ultramarinos». Y esta palabra transatlántico, ul-tra-ma-ri-nos, se encendía en mi cabeza y brillaba como aquellas bombillas que en los bocadillos de los tebeos indicaban una súbita iluminación... No sé si la tienda del señor Tomás correspondía exactamente a ese categoría ni si tenía por algún lado escrito el nombre (a veces se mezclaba con el de Abacería). Yo recuerdo especialmente, claro, las que había por mi barrio, en la plaza de la Alameda, casi al lado de la churrería de Asensio, que aún sobrevive, y en la calle del Sol, esquina al callejón de Santa Lucía, no muy lejos de donde estuvo el primitivo El Buen Pespunte (otro nombre de época, que creo que también perdura). Con tu descripción se me ha llenado el cuarto de un olor inconfundible. Deben de ser esas ruedas de sardinas brillantes y lustrosas o esos saquetes de rojo pimentón verato... Será, en fin (snif, snif), el olor del tiempo pasado que, gracias a tus palabras, vuelve sobre sus pasos para enredarse en los nuestros. Viva la memoria viva. Un abrazo.

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  3. Qué entrañable.Me encantó tu escrito y todo lo que rememora.

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  4. Muy lindo y entrañable. Un abrazo

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  5. Es que aquellas tiendas, Esmeralda, daban para mucho. Los pajes (que no los Reyes Magos) sabían visitarlas en el momento apropiado y conseguir en ellas los regalos solicitados por los niños. Y sí, personajes como el señor Tomás, supongo que hubo muchos en aquellos tiempos, en los que el comercio, como todo, funcionaba con otra medida de tiempo.

    Un abrazo

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  6. Alfredo, parece que quien me ha leído el pensamiento has sido tú, pues detrás de la tienda del señor Tomás, vendrán los "Almacenes de Coloniales y Ultramarinos", ya en la recámara. Escrito estaba, pero hay que ir racionando un poco, porque si no puede resultar un poco pesado de leer. (Mántengase atentos a la pantalla).

    En la tienda del señor Tomás no había ningún cartel de Ultramarinos, ni Abacería ni Tahona (otro nombre cuya resonancia siempre me atrajo), aunque tales Tahona y Abacería no estaban demasiado lejos de la tienda nombrada, lo que pasaba es que yo a comprar siempre iba a la del señor Tomás y no a las otras, y su recuerdo permanece vivo.

    Un abrazo.

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  7. Ana María, gracias por la visita y tu generoso juicio.

    Un abrazo.

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  8. Gracias, Milagros. Como el verso últimamente parece que se resiste, he echado mano de la prosa y estas remembranzas que, de alguna manera, pueden ser comunes a más de uno.

    Un abrazo.

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  9. En mi barrio, Antonio, la tienda de ultramarinos (aunque esto es mucho decir), la tienda donde había de casi todo, era la de la señá Conce: "Te vas donde la Conce, me decía mi madre, y que te de un paquete de fideos. Y le dices que lo apunte".
    Pero también teníamos un señor Tomás; el de la librería-papelería donde cambiábamos novelas del oeste (Marcial Lafuente Estefanía, Silver Kane, Keith Luger...) a dos reales cada una.
    Mi banderín de enganche en la lectura.

    Preciosa entrada, Antonio.

    Un abrazo.

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  10. Gracias, Elías. Continuamos compartiendo la experiencia de la memoria: cada uno con sus recuerdos que, de alguna manera, son espacios comunes.

    Un abrazo.

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