Rastros (Busca por aquí cualquier entrada con palabras-clave):

martes, 11 de mayo de 2010

Escalerillas



     De puerta en puerta, de mercería en mercería y en cada comercio de telas, un grupo de seis u ocho chavales de no más de siete años peinábamos la calle principal pidiendo “escalerillas”. Para quien no lo sepa, se trata —o trataba; ignoro si sigue utilizándose actualmente— de una estructura de madera con forma de escalera de mano, de, aproximadamente, un metro de largo por veinte centímetros de ancho, forrada de papel de envolver, marrón y algo satinado. Servía de soporte a las telas que, en aquella época —hoy la gente apenas cose, y prefiere comprarse la ropa ya hecha—, se vendían por metros para la confección de vestidos y otras prendas. Normalmente, los tejidos se apilaban expuestos en los anaqueles de aquellas tiendas —con aromas un poco rancios y que hoy, de existir, son una verdadera reliquia— a la espera de que la cliente de turno eligiese la que más le convenciera, tras lo cual el vendedor medía sobre unas señales marcadas en el mostrador los metros solicitados. Conforme las piezas de tela se terminaban, las escalerillas eran amontonadas en algún rincón, para, posteriormente, ser depositadas en la basura.
     Los chavales, como digo, las pedíamos de tienda en tienda. Y, aunque de la mayoría salíamos como habíamos entrado —o sea, sin ningún botín—, en un par de ellas raro era el día en que no nos tenían reservados dos o tres de aquellos armazones.
     Una vez en nuestro poder, lo primero que hacíamos era romper el papel que envolvía la madera, y con piedras como única herramienta procedíamos a desmontar la estructura, separando cada uno de los listones. Todo, con sumo cuidado; pues había que procurar que los clavos que ensamblaban las partes salieran intactos, de forma que pudiéramos reutilizarlos en nuestra tarea, que no era otra que la confección de espadas de madera con las que luego jugábamos a piratas y mosqueteros.
     Sin la buena voluntad de algunos vendedores que, en contra de otros más precavidos, no veían con malos ojos nuestro afán de aventura y nos proporcionaban aquel material imprescindible, quizá las fabulas de bucaneros, inspiradas muchas veces en las historias del Capitán Trueno o el Delfín Negro, no hubieran formado parte de aquella infancia nuestra ni del aprendizaje de los chavales de los primeros años sesenta. Hoy, no sé por qué, he vuelto a recordarlo. Quizá, por eso de que escalerilla resuena en mi memoria como a música y juego.

10 comentarios:

  1. Los recuerdos de antaño van formando capas sobre nuestra alma, hasta formar el ser humano que llegamos a ser. Me gustó tu relato.
    Un beso

    ResponderEliminar
  2. Creo que la imaginación que tenemos la generación de los 60 viene precisamente de ahí, de haber sabido sacar partido a los materiales a nuestro alcance, de inventar juegos que han quedado impresos en el alma.
    No quiero pensar qué literatura serán capaces de construir la generación de los 2000, enganchados a las maquinitas por donde pululan guerreros nipones o monstruitos desgarradores.
    Un abrazo, amigo. Bonito relato (como todos)

    ResponderEliminar
  3. Como siempre Antonio, entrañable recuerdo que pone de manifiesto al menos dos cosas que han sido (o están siendo) relegadas; para jugar es necesaria la imaginación (no es un elemento prescindible) y el valor que tienen las cosas cuando suponen un esfuerzo.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  4. También yo tuve una tizona de esas, fabricada tal como lo recuerdas; y otra "escalerilla" (aunque el nombre no me resulta familiar), tirando a palo de escoba, que servía de Babieca. Y, hala, a hacer el babieca calle arriba y abajo. Niños de antaño... otro nivel, dónde va a parar.

    ResponderEliminar
  5. Gracias, Carmela. A mí también me gusta la forma en que expresas la importancia de los recuerdos en el que somos.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  6. Supongo, Esmeralda, que cada tiempo tiene sus pros y sus contras. Los que fuimos niños en esos tiempos de los que hablamos, carecíamos de muchas cosas, pero no era la imaginación una de ellas. Parece increíble la de juegos que podíamos crear con cualquier cachivache de desecho.

    En cuanto a la literatura del futuro, igual no hay tanta diferencia, no lo sé... a fin de cuentas, la sustancia última del hombre, con guerrero nipones o monstruitos galácticos, quizá siga siendo la misma... sería para reflexionar. Aunque quizá algunos ya no estemos para ver los resultados...

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  7. Paloma, totalmente de acuerdo contigo en los dos conceptos que apuntas.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  8. Don Alfredo, había que ingeniárselas, y sí, sacábamos espadas y babiecas de donde menos podía uno imaginarse. Igual lo de "escalerilla" era algo que decíamos en mi barrio. Aunque creo recordar que las pedíamos por tal en las tiendas a las que íbamos...

    No sé si otro nivel, el de los niños de antaño. Diferentes, seguro.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  9. Ya veo. He aquí la explicación de por qué salisteis tan guerreros y tan poco arribistas.

    ResponderEliminar
  10. Si es que, Don Enrique, en este mundo hay explicación pa' casi to'

    Un abrazo.

    ResponderEliminar