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domingo, 30 de mayo de 2010

Fuentes públicas

     Cuando yo era un chaval y en la mayoría de las casas no había agua potable, eran habituales las largas filas frente a las fuentes públicas de la ciudad para proveerse del líquido elemento. Las mujeres, a la espera de su turno para rellenar los recipientes que llevaban, se ponían al día de chismes y rumores, mientras los chavales (hijos, hermanos, vecinos que las acompañaban para cargar después con los cacharros llenos) correteaban alrededor, jugueteando, al margen del tiempo que, allí a la espera, a pleno sol, era como un lagarto inmóvil, detenido en todos los relojes.

     Pensando en tal escena, cuando aún imaginaba Fragmentos de inventario como un libro de poemas, pergeñé estos versos que ahora dejo aquí:   

El agua de las fuentes. La memoria
de las tardes furiosas del verano.
Las mujeres en fila, con los cántaros
o los botijos o las garrafillas.
Los chavales corriendo alrededor,
jugando al escondite o la pelota.
Y la lenta canícula del día,
alimentando un cielo de tormenta.

10 comentarios:

  1. Tu mirada como el haiku, devuelve la belleza a la cotidianeidad, descubriendo no lo perdido, sino lo olvidado del día día. Saludos Antonio.

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  2. Tal cual, Antonio, me he visto reflejado tal cual; tanto en el texto introductorio como en los ocho versos.

    Pdta: Estupenda foto. Te la acabo de "robar" para mi archivo de blanco y negro.

    Un abrazo.

    Elías

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  3. Antonio:

    Es verdaderamente como un cuadro, pintado con palabras.

    Lirio (la pintora)

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  4. Lienzo costumbrista el que pintas hoy. En mi pueblo era el caño. Lo que daban de sí aquellas esperas: cotilleos de las viejas, juegos de los niños y amoríos a punto de florecer entre los jóvenes.
    Precioso recordarlo.
    Un beso

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  5. De eso se trata, Eli, de bucear en lo cotidiano en busca de posibles fulgores.

    Gracias siempre.

    Un abrazo.

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  6. Elías, satisfacen estos mutuos reflejos. Habrá que ir fijando el espacio del encuentro. ¿Acaso Trujillo?

    Un abrazo.

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  7. Gracias, Lirio. Como dice Esmeralda, el fragmento de hoy tiene mucho de costumbrista. Y sí, también, supongo, de pintura al oleo.

    Un abrazo.

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  8. Veo, Esmeralda, que era "deporte nacional", y no ocurría sólo en mi pueblo. Por otra parte, lo normal es que la escena se diese aquí y allá. Que el agua potable tardó en llegar a la mayoría de los hogares.

    Un abrazo.

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  9. Yo recuerdo la escena asociada sobre todo al bochorno nocturno del principio o el final del verano ("¡la Virgen, qué bochorno!" es expresión que aún se oye en nuestra tierra). Y aunque lo callejero tendía a darle al rito un carácter festivo, también tenía un punto algo dramático (bueno, como escribió alguien, quizás ni siquiera sabíamos que fuéramos tan pobres...). El caso es que, además de no estar disponible en las casas, el agua potable era un bien muy escaso, más que nada porque la sequía se mostraba, ya entonces, endémica y "pertinaz", y Franco no había empezado aún a inaugurar pantanos con la asiduidad aquella que le acabó poniendo la mano (¡su mano de timonel!) de aquel modo... Así que en los aledaños de la canícula, el caudal de las fuentes (la de la Plazoleta, la de la Trinidad, la de la Cárcel...) disminuía mucho y las colas ante ellas podían llegar a ser enormes y dilatarse hasta la madrugada. Para casos de verdadero apuro estaban «Los Caños», allá por la carretera de Cervera... En fin, un buen hilo éste del agua de la infancia. Como siempre, Antonio, es un placer recordar estos recuerdos tan compartidos que parecen propios. Que no decaiga. Un abrazo.

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  10. También yo recuerdo las largas colas nocturnas, sobre todo en las fuentes de la Trinidad y la próxima a la Cárcel, en la Cañada. Sin embargo, los recuerdos más nítidos que tengo al respecto, son en torno a la fuente que había junto a la iglesia de Santiago, de cuatro caños, que era donde habitualmente íbamos nosotros a por el agua. Desde mi casa, en Travesia de Barrionuevo, quedaba, como suele decirse, a tiro de piedra, y más de una vez me tocó ir a eso de las seis o las siete de la tarde, en pleno agosto... Los Caños, ya quedaban "un rato" lejos para venir cargados con los cántaros a cuestas. Allí solíamos ir los domingos y festivos, con la merienda y la pelota, a echar el partidillo y disfrutar de una tarde de campo.

    Un abrazo.

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