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lunes, 3 de mayo de 2010

Los higos



    En aquel tiempo, y en aquella España, el verano estaba plagado de fiestas nacionales: el 29 de junio (San Pedro y San Pablo); el 18 y 25 de julio (la primera fecha de memoria infausta, y Santiago Apóstol, la segunda) y el 15 de agosto (la Virgen. Para cuando las uvas ya están maduras).
    Esos días, y cada domingo, apenas clareaba, mi padre saltaba de la cama, se aseaba y armado de un cubo y un buen gancho fabricado para tal labor, iba al corral, al que yo no tardaba también en acudir. Allí, se encaramaba en la higuera y comenzaba a recolectar: en junio, las primeras brevas, dulces y esponjosas, con su gotita de miel solidificada y transparente; después, en julio y agosto, los higos, no tan finos como las brevas, pero también exquisitos y dulces; todos, brevas e higos, arrancados en su momento de sazón.
    Mi padre colgaba el cubo de una sólida rama y depositaba en él las piezas recogidas: primero las próximas y a continuación, ayudado por el gancho con el que acercaba las ramas, los frutos más alejados. De cuando en cuando, renegaba un poco de los pájaros que, sabios degustadores de frutos, siempre picoteaban los más maduros, hermosos y dulces.
    A mí me gustaba verlo allí subido, con su camisa blanca, las mangas arremangadas, mostrándome aquella pericia con la que en poco tiempo acababa por llenar el cubo hasta arriba. Luego, con agua del pozo, lavaba la fruta. Para entonces, mi madre también estaba en pie, y toda la casa olía a café recién hecho.
    Con todo preparado, en el patio, mis abuelos, mis padres, mi hermana y yo, sentados en nuestras sillas bajas de anea, hacíamos corro alrededor del cubo, y todos íbamos comiendo de aquellos frutos con los que iniciábamos el desayuno. Tan frescos estaban, y tan limpios, que a mí me daba por comérmelos con piel y todo, y más de una vez hubieron de llamarme la atención por mi excesiva gula. 
   —Te acabará doliendo la tripa —decía siempre la abuela; quien también solía cantar mientras nos sentábamos—: Al higuín, al higuín, con la mano no, con la boca sí
     Luego, acabábamos con un tazón de café con leche y el corro se levantaba. Así, domingo tras domingo, festividad tras festividad, se instauró —o quizá ya estuviera instaurada de antes, de cuando era mi abuelo el que cogía los frutos y mi padre miraba— aquella costumbre que terminó cuando nos cambiamos de casa, justo cuando yo subía los primeros peldaños de la adolescencia. Pero, ésa, es otra historia.

9 comentarios:

  1. ¡Qué ricas, Antonio, las brevas y los higos mellizos!
    Un árbol curioso, la higuera: que yo sepa,
    es el único que da frutos con dos nombres.
    Tengo un poema escrito sobre el tema que colgaré en el blog no tardando mucho.
    Quizá para las primeras brevas de junio.

    Abrazos.
    Elías

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  2. Qué ricas las brevas y los higos recién cogidos de la higuera.
    En casa de mis abuelos había siempre una higuera y ahora tengo yo una en la casa del pueblo. Es una pena que sólo pueda probar unos cuantos a finales de agosto, porque son tardíos y yo tengo que venirme el 1 de septiembre. Pero se me hace la boca agua cuando pienso en ese dulce paladar, en ayunas, recién cogidos.
    Me encantan los higos.
    Ha sido un placer recordar ese gesto de verano.
    Un abrazo

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  3. Mientras te iba leyendo iba recordando mi infancia y me veía reflejada en esos higos y esas brevas.Yo también me los comía con piel y me los como. Todavía está esa higuera que es enorme al lado del camino tentando a quienes pasan. y todavía mi padre nos trae higos que recien cogidos tienen un sabor insuperable.
    Gracias por recordarme cosas tan tiernas y bonitas.Una es tan mayor ya que las olvida a veces.un abrazo

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  4. Ya lo creo, Elías, que están ricas (y ricos).
    Sobre eso de los dos frutos, mántenganse atentos a la pantalla (que decía aquella TV de nuestra infancia). Mañana desvelaremos más al respecto.

    Un abrazo.

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  5. Esmeralda y Milagros, como ya he dicho otras tantas veces, lo mejor de estos "Fragmentos", para mí, es el poder compartir recuerdos que, de una manera u otra, nos son bastante comunes a muchos de los que coincidmos por estos lares. Luisa Arellano, amante declarada de las higueras, seguro que tiene historias similares.

    Un abrazo a ambas.

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  6. Hola Antonio.
    Hoy me has hecho recordar, aquel pueblecito, el mío, con sus paredes blancas, y sus caminos, sus olivos y aquella higuera en el huerto de mis abuelos. Gracias por traermelo a la memoria.
    Un beso

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  7. Carmela, celebro ese reencuentro con tus recuerdos a través de los míos.

    Un abrazo.

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  8. Aquí llega la enamorada de las higueras jejeje

    Otra vez nos ayudas a bucear sin esfuerzo en nuestros recuerdos y de verdad que es estupendo hacerlo de tu mano y de esas vivencias de la niñez o juventud.

    Creo que ya he dicho todo sobre las higueras, pero su olor cuando hace mucho calor, me puede; como me puede ir cogiendo, las brevas por San Juan y los higos en agosto, por la mañana tempranito directamente del árbol a la boca... pierde una la cuenta de los que lleva: éste qué bueno ¡ummmm! y aquél ¡ahhhhhhh! y ese de ahí ¡ñan ñan!... eso sí, si no controlas, corres el peligro de pasarte el resto del día sentado en el WC jajajajaja.

    Un abrazo.

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  9. Hola, Luisa. Sabía yo que con una higuera de por medio no ibas a estar callada mucho tiempo (guiño cómplice), bienvenida. Totalmente de acuerdo contigo en esa tentación difícilmente vencible (la mejor manera de vencer la tentación es cayendo en ella, que decía Oscar Wilde) de abandonarse al placer de los higos recién cogidos... aunque haya que tener cuidado por lo que pueda venir depués.

    Un abrazo.

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