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sábado, 12 de junio de 2010

Contar historias



     Yo no sé qué me pensaría que era eso de contar historias; qué, lo de ser escritor. Lo que sí sé es que la primera vez que cogí un lápiz y un papel con intención de escribir ¡una novela nada menos!, tenía ocho años. Y recuerdo haber hablado con alguien, no sé si con mi hermana o algún amigo, sobre el tema que trataría: algo terrorífico, con mucho muerto de por medio y ladrones de tumbas. Supongo ahora que todo aquello, más que producto de mi imaginación, sería consecuencia de alguna película que hubiese visto por entonces en algún programa de cine, de sesión doble. Por supuesto, aquel relato no es que no pasara de la primera página, sino que ni siquiera debió de llegar a la quinta línea. Pensé entonces, y esto lo recuerdo con claridad, que escribir una novela era una tarea cansada. No por lo que supusiera el dar cuerpo a una trama y a unos personajes, sino por lo que afectaba a la propia mano, página tras página, en un ejercicio de caligrafía poco cuidada. Además, como me ha sucedido luego, muchas otras veces, reparé en que la historia que pretendía contar ya se había contado, y por tanto no debía de tener mucho sentido insistir en un asunto ya narrado. De este modo, poco a poco, olvidé mi afán novelador y me sumergí en el mucho más grato de lector, el cual desarrollé entre historias de Salgari, Verne, Cuentos Árabes, novelas del Oeste, y, en general, cuanto relato y cuento cayese en mis manos, tebeos incluidos.
    Fue ya en la adolescencia, como suele ocurrir (que en esto, como en tantas otras cosas, nunca fui demasiado original), cuando comencé a manchar y emborronar páginas. Sólo que entonces, lejos de intentar ninguna novela, escribí mis primeros e ingenuos poemas: versos que iba acumulando sin atreverme a mostrar a nadie, y que compaginaba con pequeñas obritas de teatro (la mayoría inacabadas), que, en este caso, sí compartía con algún amigo; quizá porque en ellas no mostraba mis sentimientos más íntimos, como ocurría con los versos. Recuerdo que incluso llegué a escribir un libreto de zarzuela, con sus romanzas, sus dúos, sus coros y sus personajes cómicos. Incluso, le pedí a un amigo que sabía algo de música que compusiera su partitura; propuesta que, más coherente y sensato que yo, rechazó sin dudar.
    Desde entonces, no he hecho otra cosa que, con períodos de más o menos silencio, seguir escribiendo. Y seguir interrogándome por qué causa, desde muy pequeño, me he sentido atraído por la escritura, por la magia de plasmar en una hoja en blanco una historia, una duda, un sentimiento…, aun cuando esa hoja no llegara a ser compartida por nadie. Y es que, escribir, no deja de ser algo parecido a caminar sin rumbo, siempre en busca de un lugar que desconocemos pero que intuimos, que reconoceremos en caso de alcanzarlo. Y así he seguido manchando cuartillas, y, con el tiempo, lanzando botellas al mar con mis mensajes…
     A veces, llegan a una playa; alguien las salva de chocar contra los acantilados, y ¡oh maravilla! puede llegar a identificarse con mis palabras. Cuando esto sucede, todas las preguntas sobran, y uno se da cuenta que en el hecho mismo de escribir está la respuesta.

8 comentarios:

  1. Leo tus escritos y evocan con tal fuerza mis propios sentimientos, que no dejo de maravillarme de cuánto podemos tener en común quienes hallamos en la escritura un aliento de repuesto, una ola incapaz de sumergírnos. Te agradezco el tiempo que dedicas a construír silabas contadas de puro sueño y deliciosa cofradía. Un fuerte abrazo Antonio.

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  2. Se nace escritor. Esa voz que te manda coger la pluma, soltar sentimientos (que se esconden durante una época), regalarlos a los vientos...
    Se nace, se crece con ese gusanillo, se trabaja, y una vez metido en ello, ya no se puede abandonar. La palabra se agarra a la mano como una garrapata para chuparte la sangre y la vida entera (Siento haber encontrado una imagen tan poco poética).
    Es así. Vivir para la Voz, sentirla, liberarla... Desde la cuna ¿hasta ...???

    Abrazos cordiales, amigo.

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  3. He disfrutado leyendo tu historia que, de alguna manera, es también mi historia. Yo, sin llegar a escribir ningún libreto de zarzuela, sí me atreví con el teatro del absurdo y escribí una obra de teatro que titulé A pesar de todo las flores continúan creciendo gracias al champagne



    Un abrazo.

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  4. Eli, celebro que mis recuerdo pongan en marcha los tuyos. He ahí uno de los misterios y satisfacciones de la escritura.

    Un abrazo.

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  5. Esmeralda, no tengo muy claro eso de que se nace algo... aunque sería un tema para tratar largo y tendido. Hay veces en que escribir es como el aire, una verdadera necesidad. Otras, no es nada, simplemente. Lo que siempre me acompaña es ese afán de la lectura y buscarme en lo que otros, sin conocerme, saben de mí y me desvelan.

    Un abrazo.

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  6. Noray, me da a mí que lo tuyo tenía más enjundia. Ya me gustaría leer esa obra de teatro a lo Ionesco: el título promete.

    Un abrazo.

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  7. La primera vez que escribí un cuento, fue a los 11 años cumpliendo una tarea de "cole". Como soy un poco despistada no me enteré que entraba a concurso hasta que me comunicaron que había ganado. Me moría de vergueza leyéndolo delante de todo el mundo... pero me enganchó esa sensación... y hasta hoy!
    No importa por que caminos llegamos a escribir muchos, pero acostumbramos todos! a ser lectores empedernidos. Yo, al igual que tú funciono a "temporadas" unas más y otras menos... pero de una forma u otra siempre andamos en ello ¿verdad?
    En fin... cosas de escritores? jeje
    Abrazos.

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  8. Efectivamente, Cristal, ahí andamos: quizá, buscándonos; quizá, sólo mareando la perdiz. Pero ahí andamos.

    Yo creo que sí, que debe de ser cosas de escritores.

    Un abrazo

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