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miércoles, 16 de junio de 2010

El cuento de la alacena


    Cuando éramos niños, mi abuela nos contaba a mi hermana y a mí que en la guerra, al abandonar la ciudad poco antes de que entrasen las tropas golpistas, tapiaron en la casa una alacena donde se guardaron algunos objetos de valor. Al parecer, fue un tío suyo quien ejecutó la obra, y ella no sabía exactamente qué era lo que había podido ocultar. Alguna vez le pregunté si a la vuelta, en el año 39, habían recuperado aquel tesoro, pero me decía que no, que su tío ya no regresó y aquella pared no se había vuelto a abrir nunca más.
    El relato no dejaba de fascinarme. Pensar que allí podía haber un tesoro emparedado era algo que ponía en marcha mi imaginación y daba pie a historias diferentes que yo trenzaba de mil modos distintos, todas con un final feliz y provechoso.
    Años más tarde, fallecidos mis abuelos, mi padre y mis tíos decidieron vender la casa, por entonces ya abandonada y medio en ruinas. Fue el momento. Le pedí a mi padre permiso para abrir la pared donde se suponía que estaba la alacena con el tesoro, y una mañana de verano, mi hermana y yo, con pico y pala, nos pusimos manos a la obra. Al principio la pared se resistía, pues los ladrillos no eran tales, sino moles macizas de barro cocido cuya resistencia costaba vencer. Pero cuando conseguimos hacer el primer hueco —el alma en vilo por la emoción que nos embargaba— todo fue más fácil; como suele decirse, coser y cantar. Poco a poco cayeron los cascotes y vislumbramos lo que, efectivamente, era una pequeña alacena con tres estantes. Sin embargo, del tesoro imaginado no había ni rastro. Del primer al último vasar, el vacío era absoluto, y al final no nos quedó más remedio que admitir que allí nadie había guardado nada, y que lo único que hubo en todos aquellos años fue lo que nosotros pudimos esconder, producto de nuestra infantil imaginación.
    Desengañados y llenos de polvo volvimos a la casa nueva; yo, aún pensando en lo que podría haber sucedido de haber encontrado alguna joya, alguna cerámica antigua, algún libro prohibido…
    Hoy, más dado al raciocinio que a la ilógica de lo soñado, pienso que era normal que allí no hubiese nada, que aquella historia que contaba mi abuela era eso, un cuento para entretenernos y con el que tomarnos cariñosamente el pelo. No obstante, es muy probable que si no fuera por ello, yo no recordaría, como si la tuviera delante de mis ojos, aquella alacena, que acaso aguardara, después de décadas, a que alguien le abriese las puertas a la luz.

13 comentarios:

  1. La imaginación que chispeó el relato era el verdadero tesoro, algo imposible de ocultar entre paredes.

    Debió ser emocionante el asalto a la pared!

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  2. Es que la belleza, Antonio, muchas veces no está en el hallazgo sino en la búsqueda, no en lo concreto sino en lo abstracto, no en la realidad sino en la imaginación.
    El verdadero tesoro oculto de aquella alacena es esa historia que os contaba la abuela.

    Un abrazo.
    Elías

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  3. Qué bonita historia, digna de elucubraciones en la mente de unos niños imaginativos. Precioso, de verdad.
    Un abrazo

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  4. Querido Antonio: tus historias enlazan con las mías allí donde viven los tejedores de sueños. Te contaba tu abuela.... Me contaba mi abuela... Mis abuelos vivían en una huerta que hoy forma parte del cementerio. Cuando tuvieron que salir huyendo porque la llegada de los golpistas era ya inminente, mi abuela enterró unas monedas de plata junto a un árbol. Desde entonces me he pasado la vida buscando tesoros y, a veces, hasta los he encontrado.
    Un beso
    Sagrario Pinto

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  5. Qué preciosa historia. Me ha encantado esa ingenuidad que plasmas de dos niños intrigados por ese "tesoro" escondido.
    Un saludo.

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  6. Gabriprog, tienes toda la razón, no hay mayor tesoro para un niño que su propia imaginación. ¡Anda que no hubo cosas guardadas en la alacena mientras estuvo tapiada...!

    Un abrazo.

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  7. Sí, Elías, es el famoso camino a Itaca, de Kavafis; la emoción de la búsqueda... y, como bien dices, el tesoro estaba en la propia historia y en cuanto aportaba a ella nuestra imaginación. De ahí, que algo aparentemente baladí, surja ahora, al cabo de los años, con tanta transparencia.

    Un abrazo.

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  8. Gracias, Esmeralda. A esas edades, cualquier historia se puede convertir en toda una Historia.

    Un abrazo

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  9. Querida Sagrario: qué suerte tuvimos los que pudimos disfrutar de las historias de nuestros abuelos. Y sí, a veces, los tesoros se encuentran. Y entonces hay que defenderlos con todo el alma para que nos se escapen. También en eso consiste la vida.

    Un abrazo.

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  10. Gracias, Tisbe, por tu visita y tus elogioso comentario.

    Un abrazo.

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  11. Y con pico y pala, extraes de nuestras memorias, el brillo que alguna vez fue tapiado por la escasez. Sigo pensando que eres uno de los mejores escritores que he conocido y no es halago Antonio. Tienes pico y pala suficientes para tantas tapias. Un beso admirado.

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  12. No son mis picos o palas, Eli, sino la generosa argamasa de tu lectura la que alza el posible valor de mis palabras.

    Un abrazo

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  13. Qué gustazo leerte, Antonio.

    Otro abrazo

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