Rastros (Busca por aquí cualquier entrada con palabras-clave):

sábado, 5 de junio de 2010

El niño perdido

 [Calle San Francisco, en la época en que se sitúa este Fragmento]
 
    A nuestra edad, unos chavalillos de siete u ocho años, podíamos movernos por la ciudad a nuestro antojo. Sólo un lugar nos estaba vedado, y ése era el río. El río era el peligro, pues no en vano raro era el día, sobre todo en verano y en festivo, que el Tajo no se cobraba alguna víctima. Por eso a todos, una y otra vez, nuestros padres nos adoctrinaban para que ni se nos ocurriese asomarnos a sus orillas.
    Aquella tarde, después de las seis, con un sol de justicia como corresponde a los meses de verano por estas tierras, jugábamos la chiquillería correteando por las calles del barrio, quién sabe a qué juegos o imaginando qué. De pronto, alguien —una madre— salió a nuestro encuentro y nos preguntó por su hijo: ¿Lo habéis visto? Pero nadie sabía nada de él. Nosotros interrogamos a otros grupos, con idéntico resultado. La madre preguntó a otras madres y éstas a otras… y en muy poco tiempo, en el dédalo de calles que era el barrio, comenzó a bullir una angustiosa sensación que iba apoderándose de todos. La madre volvía a preguntarnos, ¿Lo habéis visto?, aun a sabiendas de que ya lo había hecho antes y de que antes también habíamos respondido a la pregunta. Nadie lo había visto: ni chicos ni mayores.
    La idea de que el chaval, aún más pequeño que nosotros —cinco o seis años— podría haberse ido solo al río comenzó a tomar cuerpo. Ésta, o la peor aún de que alguien se lo hubiera llevado. En cualquier caso, ninguna de las dos, tranquilizadora.
    Los críos hicimos patrullas y, literalmente, peinamos cuantos lugares nos eran comunes: el convento de la Trinidad, que era fábrica de harinas pero que aún conservaba, medio derruida, la estructura de la iglesia (allí íbamos a proveernos de piedras de mármol que, hábilmente talladas, nos servían para jugar a los santos); las ruinas de Cataluña, nombre que ignoro de dónde habríamos sacado y con el que nos referíamos a un gran solar en el que se amontonaban ladrillos y cascotes de, posiblemente, el edificio que se habría elevado en aquel sitio, ya derribado; el barrio de la Solana, el de Santiago, la calle San Francisco… cada grupo volvía al poco tiempo sin noticias del chico; como si se lo hubiese tragado la tierra.
    Cuando llevábamos buscándole más de una hora, alguien lo vio a la puerta de su casa. Y cuando le preguntaron que dónde había estado, él, ajeno a todo aquel guirigay, dijo que durmiendo la siesta. Se había quedado dormido bajo la mesa camilla del comedor. Quien más quien menos, sintió un sincero alivio al comprobar que estaba sano y salvo. No así su madre, que al verlo, sin decir palabra, le estampó  los cinco dedos de la mano en el rostro y luego lo metió para su casa, colmándole de azotes.
    Los nervios, dijo alguna vecina. La pobre estaba destrozada, remachó.
    Y al pobre le va a destrozar, pensé yo entonces, sin entender a qué venía aquellos palos, injustos a todas luces.

3 comentarios:

  1. El Tajo, el Tormes, el Adaja, el Huebra... ríos con cuerpo de poseidón herido, necesitado de cuerpos para amansar sus ansias. Qué horror, los cuerpos devorados (desgraciadamente, cada año).
    Un beso

    ResponderEliminar
  2. La tragedia cotidiana suele sembrar fantasmas. Un susto... Mejor así.

    ResponderEliminar
  3. Esmeralda, Gabiprog:

    No hay duda del peligro de los ríos. En mi infancia, como cuento, era habitual saber de casos nuevos de ahogados. De ahí, el miedo de los adultos de que nos escapásemos solos a bañar. La reacción de la madre, en este caso, aunque censurable, obra de los nervios.

    Un abrazo a ambos.

    ResponderEliminar