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jueves, 3 de junio de 2010

Himalaya (*)



Mil banderas de noche se agitaban al mundo,
oscuros estandartes, necios nacionalismos
que limitan al hombre y convocan al odio,
cuando los dos alzamos la vista al himalaya.
De par en par abrimos las ventanas al gozo,
porque el amor ventila el corazón y el miedo.
Y así tú y yo, que fuimos otro tiempo dos sombras,
en un sólo latido, no temimos a nada.
Ascender a la cima se convirtió en destino,
y desde entonces vamos alzando campamentos
un poco más arriba, buscando asegurarnos
que lo que hemos ganado no habrá de ser en falso.
Algunos días parece que tocamos la cumbre,
algún otro, también, que la niebla nos cierra
el paso, y que dudamos. Pero siempre, a la postre,
la cima se nos muestra. Y siempre sale el sol.


(*) De "Veinticinco poemas en Carmen", libro editado en 1999

6 comentarios:

  1. Me encanta, Antonio.
    Eso es la vida en pareja, en buena pareja, un ascenso al Himalaya.
    "Ascender a la cima se convirtió en destino". Y que hermoso que después de la niebla salga el sol.

    Un abrazo, poeta.

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  2. Coincido con ambos Antonios, la cumbre luce radiante, pero la meta sigue siendo el viaje.

    Besos.

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  3. La cima al fondo del camino; lo inalcanzable que se logra; la batalla que se gana a las nieblas diarias. Así son, amor y el himalaya: inmensos, fuertes, cimentados en roca que no se quiebra.
    Un beso

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  4. Gracias, Antonio, por tus palabras. Sí, para mí, ese destino de ascender a la cima cada día sigue estando presente como lo estaba hace veintitrés años. Y como también sucede a la inversa, las nieblas cada vez son menos.

    Un abrazo.

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  5. Sí, Eli, el viaje, el día a día, es la meta en sí mismo. Por eso hay que cuidar cada detalle de la travesía.

    Un abrazo.

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  6. Esmeralda, poco más que añadir a lo ya dicho en los versos y a tus comentarios, con los qzue coincido plenamente.
    Gracias por estar siempre ahí.

    Un abrazo.

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