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sábado, 26 de junio de 2010

La celinda

    De entre todas las flores que el abuelo mimaba —rosas, geranios, claveles, pericones, azucenas, celinda…— esta última, con el permiso de las azucenas, era la que más me gustaba. Al llegar la primavera, el celindo, situado en un rincón del patio —sus ramas hasta más arriba del tejado—, se llenaba de yemas y en poco tiempo el aroma de sus inmaculadas flores se imponía al de las demás. En mayo alcanzaba su máximo esplendor, y era tal que las ramas se doblaban y venían abajo, víctimas de su propio peso. El patio se perfumaba de celindo, y a mí me gustaba sentarme allí, en una silla o en el poyete del cuartejo, a leer algún cuento mientras llenaba mis pulmones con aquel aire aromatizado y, todavía, limpio.
    En el mes de María, mi abuela siempre preparaba unos hermosos ramos con celinda, rosas y claveles para que yo los llevase al colegio, donde la señorita Rosario se encargaba de depositarlos en recipientes apropiados y adornar con ellos la imagen de la virgen que, durante aquel mes, era ensalzada todos los días mediante cantos y oraciones.
    Recuerdo que más de una vez pensé entonces que, si la naturaleza me hubiese dotado para la pintura, hubiera querido fijar en un cuadro aquel rincón del patio, con el celindo en su máxima floración y mayor belleza. Supongo ahora que debía de imaginarlo como una pintura impresionista, a base de mínimas pinceladas que, alejándose, compusieran el detalle exacto de mi rincón favorito. 
      Ese cuadro nunca existió. Sin embargo, puedo verlo con nitidez en mi imaginación: el arbusto, a reventar de flores, alzándose a los cielos, para doblarse ligeramente en su máxima altura, en una especie de reverencia a las plantas vecinas o, quizá, en un gesto de suma displicencia hacia ellas, como si las contemplara con cierta altivez y superioridad; detrás de los troncos, las paredes blancas, descaluchadas; en lo más alto, el cielo mismo en toda su nitidez y belleza azul. Y yo, a su lado, leyendo. Ese cuadro nunca existió. Como tampoco hubo ningún poema que hablase de todo esto. Y sin embargo, ahora, cuando tal imagen ha brotado en mí después de tantos años, intento juntar las palabras adecuadas y, en un acto de íntimo homenaje, trazar mi poema a la celinda. Después de muchas vueltas queda esto: pobre, insatisfactorio. Habrá que seguir intentándolo:

En la mañana blanca que fue mi infancia,
la limpieza del aire, la rama altiva,
el cabello de ángel, la flor de nata,
la embriaguez del ambiente, la luz más viva.
Y en ese ambiente,
pirata en La Española,
santo en Oriente.

6 comentarios:

  1. Lograste ambas cosas Antonio, pintar la escena con nitidez y describir la sensación con frescura. Un abrazo Antonio.

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  2. Celindas eran las flores que adornaban la columna de entrada al patio de mi abuela. Ese olor sigue en mi memoria como un perfume permanente de mis primaveras de infancia.
    También caían las ramas por el peso de tanta flor.
    Fueron compañeras, sus miradas blancas, de juegos y lecturas.
    Serán una imagen que reviva en mi memoria cuando mayo estrene capa de olores y colores puros.
    He revivido contigo un día precioso de luz radiante y aromas de inspiración. Tu poemita, una preciosidad (la flor de nata). Paisajes dentro de otros paisajes: Talavera y las Indias, en el cuerpo y la mente de un niño talaverano. Muy bonito.
    Un abrazo.

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  3. Gracias, Ángeles. Un placer recibirte en este rincón de verbos y penumbras. Abierto a todas horas.

    Un abrazo.

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  4. Esmeralda, es que ese olor en muy particular y, si se aprendió en la infancia, es difícil de olvidar. Se prende hondo.

    Un abrazo.

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  5. Eli, siempre tenemos la sensación de quedarnos en el intento. Por eso es tan importante la opinión de quien recibe al otro lado nuestras palabras. Gracias por tus lecturas.

    Un abrazo.

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