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miércoles, 2 de junio de 2010

Un refresco particular



     Recuerdo aquellas noches bochornosas de verano, su atmósfera plomiza y asfixiante, ni una brizna de viento que llevarse al rostro. Ni siquiera en el patio, que mi abuelo regaba a conciencia a la caída de la tarde, podía uno huir del calor. En noches así, tras la cena, mi padre, cuando no decía cine, ordenaba paseo. Y allá que íbamos los cuatro —mis padres, mi hermana y yo— camino de El Prado: frondoso parque por entonces, donde los rigores del estío quedaban solapados. Allí, como he recordado en alguna otra ocasión, se daban cita muchos paisanos, ya fuera haciendo corro en las sillas del paseo central o tomando algún refresco en alguno de los kioscos instalados a lo largo del parque: los dos de la entrada, los dos del estanque de los patos, el Madroño, o el Valerio (llamado también de la Alameda). En éste todavía se notaba más el frescor, pues no sólo recibía sombra durante todo el día de los chopos de los que estaba rodeado por todas partes, sino que, además, se beneficiaba de su proximidad al río en cuanto comenzaba a levantarse la mínima brisa.
     Hasta las doce o la una de la madrugada, andábamos por allí. Mis padres sentados en un kiosco o en un banco —normalmente, siempre con algún otro matrimonio conocido—, y nosotros —mi hermana y yo— correteando de aquí para allá, jugando al escondite o, en ocasiones, a la caza de cualquier grillo que osara decir cri-cri.
     Tras nuestras batidas, sudorosos y sedientos, ansiábamos llegar a casa para beber un buen trago de agua de pozo; esa que a mí tanto me gustaba extraer dándole a la bomba. O mejor, aquel bebedizo que hacía mi padre y que aún hoy, alguna vez, también yo he preparado (aunque su sabor, ya con agua embotellada, no sea el de entonces). El refresco en cuestión era bien simple: a un vaso de agua recién extraída del pozo se le añadían un par de cucharadas de azúcar y un buen chorro de vinagre. Se removía y así, bien fresquito, aplacaba la sed y dejaba un agradable sabor de boca que aún me parece paladear al recordarlo. Ningún otro refresco, ni de frutas ni de cola, fue nunca tan efectivo contra la sed. Ahora, dado el lugar que ocupa en mi memoria, añado yo: ni resultó para mí tan mítico.

16 comentarios:

  1. Qué vida más hermosa Antonio, tus relatos siempre logran transportarme. Saludos.

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  2. ¡Qué sed me ha entrado de repente, Antonio!
    Habrá que probar ese refresco casero, ese "maridaje" -que dirían los cursis-, entre agua,azúcar y vinagre.

    Un saludo.

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  3. Pues aquí en Madrid empieza ya a hacer calor y no vendría nada mal un refresco como el que describes. Pero lo mejor es el recuerdo de esas noches en el parque, los juegos, las sombras, las carreras y las risas. Me traes a la memoria noches así, que viví de forma muy similar.
    Decía mi "tío" Hermann que la labor del poeta no es sólo la de escribir versos, sino también la de evocar. Gracias, Antonio.

    Un abrazo.

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  4. Qué sencilla felicidad se desprende de tus recuerdos... ¿por qué complicaremos tanto la vida? Como siempre, tus recuerdos hacen evocar los propios, gracias.

    Un beso.

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  5. Ummm, qué frescor deja ese agua de tu pozo con los añadidos de tu padre!!! No sé por qué, en los recuerdos de los años felices, todo era superlativo.
    Precioso paseo, precioso anochecer de verano, trago fresco, maravilloso texto.
    Un beso

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  6. Hola!
    Permiteme presentarme soy Catherine, administradora de un directorio de blogs, visité tu blog y está genial,
    me encantaría poner un link de tu blog en mi sitio web y así mis visitas puedan visitarlo tambien.
    Si estas de acuerdo no dudes en escribirme a munekitacat@hotmail.com
    Exitos con tu blog.
    Un beso
    Catherine

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  7. Querido Antonio,gracias por compartir con nosotros tus fotografías, esas imágenes de una infancia que también fue la mía: el pozo, la bomba para sacar el agua, los vecinos, las noches de verano y no podía faltar el agua con azúcar y vinagre, ¡lo había olvidado por completo!
    Espero ver publicado pronto tu libro Fragmentos de inventario. Muchos te lo agradeceremos.
    Un beso
    Sagrario Pinto

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  8. No sé si hermosa, Eli. Sí recuerdo la infancia como un tiempo amable y gozoso. Quizá porque ahora la vivo desde el recuerdo y cuanto pudiera tener de oscuro ha desaparecido en el camino.

    Un abrazo.

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  9. Elías, pruébalo en cuanto puedas. Verás que no es nada del otro mundo, pero tiene el sabor de las cosas sencillas y lejanas. O quizá sólo exista ese sabor en mi memoria...

    Un abrazo.

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  10. Antonio, entre Madrid y Talavera... poca diferencia de temperaturas; si acaso, algún grado más aquí en mi pueblo... Me gusta eso que apuntas del "tu" Tío Hermann. Ya he dicho más veces que lo mejor de estos "Fragmentos" es la posibilidad de que pongan en marcha otros de aquellos que los leen.

    Un abrazo.

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  11. Paloma, de eso se trata, de encadenar memorias... Y sí, a veces nos empeñamos en complicarlo todo.

    Un abrazo.

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  12. Esmeralda, una vez más, mi sincero agradecimiento.

    Un abrazo.

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  13. MuñEkiTa CaT, no hay ningún problema por mi parte para que enlaces el blog.

    Un saludo.

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  14. Sagrario, gracias por la visita. Me alegra que mi memoria haya recobrado también para ti ese refresco casero, que ya me extrañaba que no fuese conocido por nadie.

    Lo de publicar... en fin.

    Un abrazo.

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  15. El calor ya nos está dando caña y tu evocación de hoy refresca lo indecible.

    Yo también recuerdo el sabor de ese refresco casero.

    Un abrazo.

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  16. Gracias, Luisa. Tu recuerdo de este bebedizo vuelve a demostrar la afinidad de costumbres entre tu pueblo y el mío.

    Un abrazo.

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