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domingo, 18 de julio de 2010

18 de julio: un día de campo


    Observo la pequeña fotografía —apenas 6 centímetros por lado— y en ella, sentados sobre la hierba seca, mis padres, mi hermana —en brazos de mi padre, mordisqueando algo— y yo. Es la hora de la comida y debemos de estar bajo la sombra de algún chaparro, única forma de salvar los rigores de un sol de julio —18 de julio, para más señas— en pleno cerro, aunque con el río lo suficientemente cerca como para, llegado el momento, poderse dar un chapuzón. Debo de tener cuatro o cinco años. Y, mientras a mis padres se les ve en pleno almuerzo, yo miro distraído hacia un lugar indeterminado en el momento en el que ese instante queda detenido, primero en la película de la cámara de fotos y más tarde en el cartón minúsculo que ahora observo. De aquella jornada, como constancia gráfica, sólo hay esa foto. Sin embargo, el día lo recuerdo con bastante nitidez, no sé si porque así es realmente, o porque a lo largo de los años  en casa se hablase a menudo de él, siempre para incidir en el insoportable calor que hacía y en la maldita hora en que mi padre aceptó la invitación de un tío mío para que fuésemos a pasar la festividad —para mí, era sólo una fiesta más, mientras que para mi padre la fecha traería sin duda desagradables recuerdos— a una huerta que entonces gestionaba.
    La fotografía, obviamente, no recoge ni el antes ni el después: sólo el momento. Pero mi memoria sí puede rebobinar en el tiempo y reconstruir el recorrido desde la casa de mi tío hasta la huerta: mis abuelos, mis padres, mi hermana y yo subidos en un carro tirado por mula, conducido por alguien indeterminado, cerro arriba, por caminos pedregosos y polvorientos. Al llegar a la labranza, nos encontramos con una casa de una única habitación y cocina de las de lumbre y chimenea, entonces apagada; afuera, unos cuantos árboles frutales y un par de higueras: bendición en forma de sombra cuando el sol más quemaba; un poco más abajo el río, al que se llegaba tras deslizarse por un breve terraplén de arena que mis primos, mayores que yo, utilizaban como si fuese un divertido tobogán. Por lo demás, un día de campo en familia, donde el verdadero protagonista era el calor: el calor y las chicharras, aserrando el mediodía, incansables y tercas.
    A la caída de la tarde, vuelta otra vez al carro, camino de casa: los mismos baches, las mismas piedras, el mismo polvo, y el bochorno de todo el día acompañado de insectos y mosquitos; y el sudor por los cuerpos, corriendo a chorretones.
    No hubo otros 18 de julio similares, ni domingos ni más festividades parecidas. El calor le vacunó a mi padre para siempre y nunca más aceptó invitaciones como aquella. De tal día, cuando no quedemos nadie que recuerde esa fecha, esta mínima foto seguirá eternizando nuestro almuerzo. Pero acaso entonces, quien pueda observarla, no sabrá leer cuanto en ella leo ahora.

4 comentarios:

  1. Pareciera, Antonio, que nos hubiéramos puesto de acuerdo para redactar nuestras entradas de hoy. Las dos familiares, las dos obviando lo terrible de la fecha en la memoria colectiva.

    Tú, con una hermosa prosa evocadora; yo, con un humilde poema.
    Los dos, también, con fotos de nuestra familia.

    Los hilos invisibles, acaso, que nos unen.

    Abrazos.
    Elías

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  2. Bonita foto, capaz de ser germen de eternidad.
    Un abrazo

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  3. Antonio, me has puesto los pelos de punta.

    Es un relato lleno de nostalgia infantil. De esa que retiene los recuerdos de una forma imposible de imaginar en un adulto.

    Y es una reflexión sobre lo especial de cada instante. Vivimos algo con la certeza de que es algo cotidiano, que vamos a volver a vivirlo... y no nos damos cuenta de que jamás, jamás se repetirá. Momentos únicos que pasan sin poder saborearlos como tales.

    Un beso enorme, enorme. Y mi gratitud por este texto.

    Laura

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  4. Elías, Esmeralda, Laura: simplemente, gracias por vuestra cercanía y vuestras palabras. Sigo con problemas con la línea de internet, buscándole las vueltas para poder subir algo y dar respuesta a vuestros comentarios. De ahí, que no me extienda con cada uno. Cada "subida" es un combate que no se sabe en qué va a parar.

    Un abrazo a los tres.

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