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martes, 6 de julio de 2010

La culpa es del verano

    Parece que, definitivamente, llegó el verano. El calor arrecia y por estas tierras de la meseta, en las horas centrales del día, no asoman ni los lagartos (frase que oía a menudo durante mi infancia y que, con el tiempo, supongo que por aquello de que la ciudad ha ido dando progresivamente la espalda al campo, se dejó de decir sin que, como tantas otras cosas en la vida, la acabáramos por echar de menos). Yo lo noto (lo del verano, digo) por esa pesadez que me puede en las horas de calor (que es casi todo el día y buena parte de la noche), que me afloja los músculos y el ánimo hasta impedirme realizar con ánimo la mínima actividad, por muy ligera que venga a ser. Como los lagartos, también yo me pasaría el verano: quieto, en la más absoluta inmovilidad. Sólo que no lo haría, como ellos, al sol, sino a la sombra, al amparo del frescor de una de esas casas antiguas, de paredes anchas, que no dejan pasar el calor por mucho que se empeñen don julio y don agosto.
    Ya sé que eso no puede ser, que uno no puede darse así porque sí a la más absoluta holganza, que hay que producir de una manera u otra, o colaborar, si de labores domésticas hablamos. Y que tengo que escribir, porque así lo he decidido y esta es la obligación que me he autoimpuesto. Todo esto, lo sé de sobra. Sin embargo, es dar el reloj las diez de la mañana (minuto arriba, minuto abajo) y todas mis buenas intenciones se derriten bajo los efectos del calor que ya comienza a decir, aquí estoy yo. Entonces, sí, yo lucho contra mi flojera, cierro las ventanas, bajo persianas, pongo en marcha aires acondicionados (que tampoco son buenos, según parece). Y aunque se alivia la situación, algo muy dentro de mí se empeña en inmovilizarme tanto física como intelectualmente. Las palabras no fluyen, los versos no llegan, las ideas naufragan, y sólo vienen a salvarse aquellas que me acercan a playas paradisíacas o a grandes pintas de cerveza bien fría.
    En consecuencia, me temo, y ya lo aviso, que mi presencia en el blog puede hacerse algo más intermitente. Lucharé contra ello, pero, visto lo visto, no respondo de mí. Es que el calor me mata. Y la carne es débil.

10 comentarios:

  1. Antonio: es lo que se ha llamado toda la vida "la caló".
    A mí me pasa exactamente como a ti: una desidia, una pesadez de miembros, un dejarse cortejar por la abulia.
    Menos mal que existe la cervecita.

    Un saludo. Hoy no te abrazo porque hace "mucha caló" y estoy sudando.

    Elías

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  3. Eres encantador amigo mío y nuevamente dibujas una refrescante sonrisa en mi rostro.


    Un abrazo de este lado de los noventa y tantos grados.

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  4. ¿Es verdad??? La temperatura del termómetro, digo... Ufff
    Estamos en Asturias con 22. ¿Qué te parece?

    Seguro que algo te inspirarán los calores de don julio.

    Un beso

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  5. Que buenas son las sombras, la brisa... Seguro que las musas saben soplar un aire fresquito.

    :)

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  6. Efectivamente, Elías, "la caló" de toda la vida, por estas latitudes... Y qué cansina resulta, "la caló".

    Acepto el saludo, ante tan sabio y rotundo argumento. Otro para ti.

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  7. Eli, celebro esa sonrisa. Otro abrazo para ti.

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  8. Esmeralda, ¡¡¡22 grados!!! ¡Quién los pillara! Ayer rondamos aquí los 40º, y hoy, por como está la mañana, igual los sobrepasamos. (¡Ay, Asturias, Galicia, Norte bendito...!)

    Un abrazo.

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  9. Seguro que sí, Gabriprog. Las musas son beneficiosas y si viene bien aire fresquito, pues aire fresquito...

    Gracias por la visita y ese toque de humor.

    Un abrazo.

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  10. Caramba...
    Si hasta para escribir que no eres capaz de escribir por las altas temperaturas, ¡lo dices escribiendo divinamente!

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