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sábado, 3 de julio de 2010

Las ferias

[Cartel de la Feria de mi pueblo, el año de mi nacimiento]


    Cuando aún era un crío, recuerdo que cada feria repetíamos puntualmente el mismo ritual. Para empezar, la pólvora; aquel espectáculo junto al río al cual acudía la gente en masa, y en el que, a los traquidos de los propios cohetes, había que sumar los llantos de los críos asustados, el griterío de los adolescentes corriendo y deslizándose hábilmente entre la multitud y  las voces de los padres a sus hijos con órdenes precisas para que no se perdieran en medio del gentío. Este primer acto de la feria, nunca fue de mi agrado: podía intuir cierta belleza en aquellos sauces luminosos y multicolores que se abrían en el cielo, y las filigranas de fuego que surgían de los “castillos de pólvora”, pero me molestaban sobremanera los petardazos y aquel jaleo que se formaba, con unos y otros de acá para allá. Tras la pólvora, el paseo por las atracciones, los dos viajes que mi hermana y yo hacíamos en los cochecitos (o uno en los cochecitos y otro en los caballitos; en cualquier caso, diversiones sin riesgo, únicas en las que mis padres estaban dispuestos a dejarnos subir), las bolsas de almendras y avellanas (alguna vez, las medias lunas de coco que tanto me gustaban de pequeño), y vuelta a casa. Si acaso, ya fuera del ferial, alguna consumición en una terraza para refrescarnos y espantar el calor de la noche que, al mes de mayo, apretaba lo suyo.
    Al día siguiente, la visita al circo. Casi todas las ferias, mi padre sacaba las entradas y allá que íbamos dispuestos a ver a los trapecistas (es un decir, puesto que yo cerraba siempre los ojos, temeroso de que acabaran en la lona), leones, malabaristas, equilibristas y, por supuesto, los payasos: lo que más me gustaba. Claro, que esto habría que matizarlo, pues me gustaban las bromas que se hacían, las torpezas del payaso tonto, las bofetadas tan sonoras que se arreaban y que, inocente de mí, pensaba que se daban de veras…; pero me aburría soberanamente cuando llegaba el momento en que se marcaban el obligado pasodoble, después de unos cuantos intentos fallidos por culpa del payaso torpe, a quien el listo abroncaba siempre.
    Tras el circo, vuelta por el ferial, dos viajes en las atracciones de rigor, y para casita.
    El tercero, era el día en el que a mi hermana y a mí nos feriaban algo. O he de decir, siempre lo mismo; no recuerdo si era porque nosotros lo pedíamos así o porque formaba parte del ritual establecido. El caso es que ambos acabábamos con una máquina de fotos, de las que, al disparar, salía un payaso impulsado por un muelle; y ella con un bolsito muy apañado, y yo con una pistola de agua con la que andaba persiguiendo a todos durante unos días.
    El cuarto día, los feriantes levantaban sus puestos y tenderetes y ponían rumbo a otras plazas donde continuarían con su actividad. El circo también desmontaba la carpa y todos sus camiones formaban una caravana que a mí, al verla partir alguna vez, me llenaba de una inexplicable tristeza.
    También había toros, y alguna vez mis padres nos llevaron a la plaza. Pero hacía siempre mucho calor, había moscas y los toros acababan hechos unos guiñapos bañados en sangre, y eso a mí, a pesar de que por temporadas decía que quería ser torero, no me gustaba lo que se dice nada.

6 comentarios:

  1. Ternura a flor de piel. Un fuerte abrazo, amigo mío.

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  2. Qué maravilla las ferias con la óptica de un niño grande que las ha conservado en su memoria, al igual que la música, la luz, la cámara de gusano asustador, la familia de la mano...
    Un abrazo

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  3. ¡Ay, Antonio!
    A mí también me feriaron una de esas cámaras de fotos. La recuerdo, era de un color verde chillón.

    También recuerdo dos hechos que marcaron mi destino.

    Uno, en la feria de mayo: estaba yo en lo alto de la noria, tan contenta, con mi amiga Julita, cuando se me cayó el monedero al suelo. Perdí todo mi dinero y lloré. Mi amiga, para consolarme, me dijo: "No te preocupes por el dinero, lo importante es que hemos volado".

    El otro incidente ocurrió en una feria de septiembre y yo debía tener trece o catorce años de los de entonces, es decir era bastante pava. Estaba montada en los coches de choque cuando me dieron un golpe y se me estalló la cremallera de un vestido que me acababan de regalar (de segunda mano, marrón, con dibujos adamascados, corto...) ¡Sentí tanta vergüenza! Desde entonces no he vuelto a tener un vestido con cremallera... ni de segunda mano.

    Un abrazo

    Sagrario Pinto

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  4. Eli, supongo que en estos pequeños recuerdos reside una parte de la "eternidad finita". Y ahí andamos.

    Un abrazo.

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  5. Pues sí, Esmeralda, lo curioso de estas "pequeñas memorias", como diría el llorado Saramago, es que andan por algún rincón, aletargadas, y surgen de repente, sin saber muy bien por qué, con toda la precisión que la memoria puede afinar, a pesar de los años.

    Un abrazo.

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  6. Sagrario, lo he dicho otras veces a raíz de estos "Fragmentos de inventario", lo diré, posiblemente, muchas más: lo mejor de mostrarlos es que ponen en marcha otras memorias que, a su vez, son también compartidas. La precisión de tus recuerdos y tus pequeñas angustias y sueños, suman, a la postre, a mis "fragmentos". Por ello, merecen la pena.

    Un abrazo.

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