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viernes, 6 de agosto de 2010

De cuando hacía calor

  [Imagen: La Tropical hacia 1967: paso obligado en el trayecto que se comenta.
Fotografía recibida en presentación Power Point - Autor desconocido]

     No sé si ahora hace aún más calor que hace años. Sólo sé que si tengo que recordar momentos de calor en los que he llegado a sentir verdadero dolor físico, he de remontarme al verano de 1967, cuando tenía doce años. Aquel año había cursado 2º de Bachillerato y por mi mala cabeza me quedaron para septiembre las matemáticas (matracas, que decíamos nosotros). Mis padres, empeñados en que pasase a Tercero sin asignaturas pendientes, hicieron las gestiones precisas para que el maestro que había tenido hasta ingresar en el instituto me diese clases particulares. De modo que a eso de las cinco de la tarde, con un sol de justicia, tenía que salir de mi casa para dirigirme a su domicilio, a una distancia aproximada de un kilómetro, con el sol cayendo lo que se dice a plomo. Recuerdo aquella sensación abrasadora en mi espalda en tanto cruzaba de una acera a otra en busca de las sombras, que, dicho sea de paso, se vendían muy caras. Y recuerdo el alivio que sentía al entrar en el portal de mi maestro, la bocanada de frescor que respiraba con verdadera liberación. Luego, sentados ante la mesa del comedor, en la penumbra acogedora de la sala, me veo a vueltas con el Teorema de Thales —Si tres o más paralelas son cortadas por dos transversales…—, y a Don Enrique, con infinita paciencia, dispuesto a aclararme cada una de mis dudas.
     A veces, su mujer entraba con una jarra de agua de limón y unos vasos, y me preguntaba por mis padres al tiempo que servía aquel refresco que durante un rato disfrutábamos con sosegado placer y con el que espantábamos, momentáneamente, los estragos de la calorina. Una hora más tarde, con la lección aprendida y los deberes para el día siguiente en mi cartera, volvía a enfrentarme al mismo sol inmisericorde, a rastrear las sombras de las fachadas bajas de las casas de entonces, a preguntarme a cuento de qué no había aprobado en junio las malditas matemáticas.
     En los rigores de aquel sol —lo supe entonces— llevé la más dolorosa de las penitencias.

3 comentarios:

  1. Te comprendo Antonio. Vivo muy cerca de la costa. Mi casa está rodeada por árboles y aún así, el calor es insoportable. De noche es tan díficil conciliar el sueño, como mantenerlo. Como decía Ayes Tortosa,
    "Se encienden en el aire
    las antorchas amarillas
    de los álamos del bosque...

    Saludos querido vecino.

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  2. Veo, Antonio, a raíz de lecturas de divers@s amig@s españoles, que el golpe de calor este años ha sido algo tremendo. No es casual que much@s de ell@s aludan a las altas temperaturas en sus blogs.

    Por otro lado, me identifico contigo en cuanto a las clases de "Mate", como les decíamos nosotros, durante un par de veranos (entre ellos, el del 67 igualmente).
    Uf! Qué duros tiempos, esos de lidiar con el álgebra y la trigonometría. Menos mal que eso, al menos, ha pasado, pues tanto tú como yo optamos por dedicarnops a las Humanidades o al Arte.

    Saludos frescos, desde México

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  3. Eli y Lirio, si bien los calores me matan y lo único que me apetece es darme a la más absoluta de las vagancias, intentamos aprovecharlo, aunque sea como tema, para despertar la memoria y traer pequeñísimos fragmentos de un inventario que crece poco a poco.

    Un abrazo.

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