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lunes, 16 de agosto de 2010

Jugando a "la Mona"



     Mi abuela materna, viuda desde mucho antes de nacer yo, vivía por temporadas con cada una de sus hijas, de modo que, cada cierto tiempo, pasaba no sé si dos o tres meses en nuestra casa. Imposibilitada como estaba, la recuerdo sentada al calor de la mesa camilla, las horas muertas, observando la calle a través de la ventana del balcón; o, más exactamente, el ángulo que desde su posición podía controlar. También, parece que la estoy viendo a la hora del aseo, cuando mi madre la lavaba y peinaba, haciéndole primero una gran trenza que luego recogía en forma de moño. Pero, sobre todo, la recuerdo cuando jugábamos a las cartas.
    Ella, mi madre, mi hermana y yo —cuando yo no tendría más de ocho años y mi hermana casi tres menos— solíamos jugar “a la mona”, un juego de parejas en el que previamente se retiraba de la baraja una sota, de modo que la gracia consistía en evitar quedarse al final con la carta sobrante, lo cual, invariablemente, llevaba asociado el ser objeto de las burlas y bromas de los demás jugadores, que jaleaban, refiriéndose al perdedor: Mono, monito, mono…; o, Mona, monita…, si quien perdía era del género femenino. Por supuesto, a mi  hermana y a mí nos aterraba quedarnos con la carta fatídica, y se nos notaba a cien leguas cada vez que el naipe impar caía en nuestras manos. También en mi abuela, que a esa edad volvía a tener la limpia inocencia de la infancia, se advertía el desasosiego que le producía la posesión de la “mona”. Entonces, con una sonrisilla entre malévola y nerviosa, barajaba sus cartas y las ofrecía al siguiente jugador para que éste tomase el obligado naipe. Sin embargo, lejos de permitir que fuera el azar el que dictara el orden que ocuparía la carta, siempre situaba ésta un poco por delante del resto, de tal forma que era la primera opción a escoger cuando había que tirar de su mazo.
    A pesar de nuestra corta edad, mi hermana y yo no tardamos en advertir la jugarreta, y aunque nos animaba a que cogiésemos ésa y no otra, nos decidíamos por una distinta, lo que, a la postre, daba en que fuera ella la que acabara perdiendo la partida. Entonces, con esa crueldad propia de los niños, sin respeto a sus canas, insistíamos una y otra vez: Mona, monita, mona…, entre carcajadas que ella compartía y que, en alguna ocasión, de tan intensas, dieron lugar a ciertas urgencias fisiológicas que mi madre, solícita, hubo de atender también entre nerviosas risas.

5 comentarios:

  1. Bonito este fragmento, Antonio, y como casi todos los que te he leído entrañable la manera de narrar la percepción del recuerdo.

    Abrazo.

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  2. De nuevo nos traes un retazo de tu vida, que hacemos nuestro en el momento en que te leemos. Como siempre ameno y lleno de ternura.
    Un abrazo

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  3. Paloma, Carmela:

    me alegra saber que estas "pequeñas memorias" (como denominó Saramago a uno de sus últimos libros), estos "fragmentos de inventario" son bien recibidos por personas ajenas a esos mismos recuerdos. A veces pienso que mostrar estos textos no deja de tener algo de impúdico; vuestras palabras vienen a convencerme de lo contrario. Muchas gracias a ambas.

    Un abrazo.

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  4. Delicioso, manejo exquisito del pincel verbal, es mágica la forma en que vidas tan distintas puedan coincidir. Evocas al punto de parecer que leyeramos un diario, íntimo y sobre todo nuestro.

    Gracias Antonio, hábil constructor del instante.

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  5. Eli, una vez más (y van...) tan generosa.

    Un abrazo.

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