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domingo, 31 de octubre de 2010

En lento descender (*)

En lento descender por la palabra
desde la voz primera, el primer
balbuceo, los primeros conceptos:
mamá, papá... (los labios escribiendo
en el filo del aire la primera andadura
del niño que se asoma
asombrado a la vida).
                                    Seguir luego
descubriendo las fórmulas del verbo,
su viva ligereza, su armonía,
el milagro que engendra en sus entrañas
cada palabra definiendo el mundo.
En lento descender, enamorarme
de su color, sus formas diferentes,
su maleabilidad, su perfección,
y comprender la luz al decir luz.
Y así crecer al mundo, deslumbrado
por la música interna del idioma,
hasta adentrarme, casi como un juego,
inseguro y tenaz, en la poesía.

En lento descender, interrogarme
por cuanto me rodea, por la vida
que surge misteriosa y se diluye
en un instante, sin saber adónde.
Abrir mi pensamiento hacia la duda,
a cuanto no se explica ni se tasa,
interrogar a un Dios en quien no creo,
mirar alrededor, ser con el Hombre.
En lento descender, abrir los ojos
a la naturaleza que se extiende
alrededor de mí, y a la belleza
que el hombre ha levantado con sus manos,
ante la que asombrado me estremezco,
y asumo, religioso.

En lento descender, abrir las puertas
al territorio del amor, alzar
el vuelo al infinito que concentra
la vida en ese espacio. Y así, libre
en tan perfecta y pura dependencia,
sentir entre mis manos la alegría,
el caudal desbordado de la sangre,
el mundo renombrado en cada encuentro
con el cuerpo que vive nuestro cuerpo;
y con el mismo alma que nos vive,
conquistar el mañana cada instante.

En lento descender, ir descendiendo
como las aguas lentas de mi río
por el tiempo que soy; ir arañando
respuestas y preguntas sucesivas
a cada amanecer, y, lentamente,
cosechar el futuro con mis manos,
con mi renunciación y mi esperanza.
En lento descender, reconocerme
en los fragmentos vivos de quien soy,
en la contradicción que me sostiene
frente al rostro que roban los espejos.
Ser, en suma, con todas las derrotas
que el tiempo va infligiendo y que, a la postre,
en cada cicatriz, me recomponen
para enfrentarme con el propio tiempo
y la red zodiacal de sus arañas.

Y así, en lento descender, desnudo,
sin más ropajes que mis propias obras,
entrar en el silencio cuando todo
cuanto he podido ser quede en su sitio,
y un águila me aguarde, poderosa,
para alcanzar con ella,
por fin, el horizonte,
mi ya definitiva identidad. 

(*) Del poemario del mismo nombre (2005)

2 comentarios:

  1. Descender arrastrando en la caída palabras, piropos, sensaciones, propuestas de mejora... Descender llenándose de vida; conseguir ir haciéndose lo que uno es. Que el descenso es camino, y vida.
    Un abrazo, Antonio

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  2. Y en esas andamos, Esmeralda: descendiendo...

    Un abrazo.

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