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lunes, 1 de noviembre de 2010

Flores muertas (*)

CUSTODIANDO la puerta, esclavas de estas fechas,
las flores cercenadas perfuman agonía:
crisantemos, claveles, margaritas, adelfas...,
arrancadas en vida para adornar la muerte.
El hombre, diligente, vocea su producto
Oferta, siete euros— invitando al que pasa.
¡Mire qué ramos, oiga! ¡También tengo jarrones…!
(Al lado, unos chavales, juegan a la pelota.)
Las campanas en vuelo, monótonas y tensas,
señalan el camino de otra muerte anunciada,
y su sonido apaga los trinos de la tarde;
pájaros al cobijo que ofrecen los cipreses.
Cuando llega la hora y cierra el cementerio,
el hombre, una vez más, carga en su furgoneta
las flores en remojo: una UVI improvisada
capaz de mantenerlas con vida hasta mañana.
Los niños volverán a su casa y la noche,
dueña del camposanto, como todos los días
paseará sus estrellas por las fosas y acaso,
con un íntimo afecto, se burle de los vivos.



(*) Del libro inédito, De túmulos y tálamos

2 comentarios:

  1. Pues sí, Antonio, lo has reflejado perfectamente, ese paisaje de agónica melancolía con que nos encontramos estos días a la puerta de los cementerios. Es como si quisiéramos acercar un poco la vida a la muerte (o viceversa). Pero, al atardecer, cada uno sigue su camino trazado.
    Me han gustado esos elementos que resaltas: las flores semi-secas; el vendedor, a lo suyo mientras las campanas se esfuerzan en poner la nota trágica; los niños con su vida por delante... Precioso.
    Un abrazo

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  2. Gracias, Esmeralda. Es un poema ya antiguo, pero siempre me llamó la atención esa vocación del hombre por hacer negocio de todo, incluso de la misma muerte. Tu lectura, sin duda, aporta matices que acaso yo mismo he pasado por alto. Gracias otra vez.

    Un abrazo.

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