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domingo, 26 de diciembre de 2010

Con Pepe Pulido. Sobre Miguel Hernández

 
            Casi año y medio después de que nos viésemos por última vez en Ávila, donde acudí por invitación suya para participar en una lectura poética en el claustro de la catedral, me he vuelto a encontrar, esta vez en mi pueblo, con Pepe Pulido, poeta y amigo, con quien tanto quiero.
            Pepe ha venido a Talavera para pasar estos días navideños con su familia, y, de paso, ha tenido el detalle de traerme un ejemplar del último número de “El Cobaya”, revista cultural patrocinada por el ayuntamiento abulense que, bajo la dirección del poeta José María Muñoz Quirós y el buen hacer de distintos autores afincados en esa capital castellana (entre ellos, el mismo Pepe), ha querido rendir homenaje a Miguel Hernández en este Año Hernandiano: un monográfico que se abre con un amplio artículo de Julián García Torrellas, autor del libro Miguel Hernández en la cárcel de Palencia, en el que habla de la estancia del poeta en la prisión de esta ciudad, y sigue con textos de, entre otros, Rafael Ruiz Requena, Antonio Colinas, Gustavo Martín Garzo, José Luis Puerto, Rosa Moreno Hernández (sobrina de Miguel Hernández), José Pulido Navas, Jesús Munárriz, Miguel Velayos, Alfredo J. Ramos, Carlos Aganzo, Joaquín Benito de Lucas o José María Muñoz Quirós.
            Por supuesto, hemos aprovechado el breve rato juntos para hablar de poesía, de las dificultades que han tenido para sacar esta revista (ya se sabe que la Cultura en tiempos de crisis es una de las primeras damnificadas) que, a pesar de todo, ha quedado digna en su presentación y sólida en contenido. Lástima que, como tantas otras empresas, su distribución se vea limitada al ámbito local y de los colaboradores.
            Yo, en cualquier caso, doy fe de su calidad y dejo aquí el texto con el que, humildemente, he colaborado:


Vientos del pueblo

Cantábamos Vientos del pueblo con la fe que se tiene 
        cuando se tienen diecisiete años,
con la esperanza de que un día el viento del pueblo soplase 
        para todos desde la claridad, y en hermandad alegre y solidaria.
Sonaban las guitarras y al son de sus acordes, cantábamos.
Y al terminar de hacerlo, en un inexplicable paroxismo,
nos parecía haber dado un paso decisivo para la libertad.
Porque también para la libertad —decíamos— sangro, lucho, pervivo,
sin darnos cuenta de que, en realidad,
sólo cantábamos, en una acción inocua y un juego adolescente.

Y cuando parecía que aquella libertad había llegado,
reiteramos los cantos en la noche, haciendo corro bajo las estrellas,
coreando lo que —ahora sí, pensábamos— eran vientos del pueblo.

Sin embargo, el rostro amargo de la vida
—ajena siempre a versos y esperanzas, a sueños y proyectos— 
        se imponía.
Y aquel sueño se fue desvaneciendo.
Y no pocos de aquellos que cantaron a coro con nosotros 
        encontraron su sitio,
que no fue, por supuesto, en las trincheras. Y llegó el desencanto.
Y las voces, en tanto, se apagaban.

Queda aún el poeta, su palabra, sus versos…
pero aquellos Vientos del pueblo siguen sin aventar en la garganta.
Y el tiempo pasa. Y pesa.

2 comentarios:

  1. Esa historia me recuerda que yo tambien creci en un pueblito pequeño costero en donde toda la gente se conocia y en donde las navidades tenian otro sabor...6 hermanos...era divertido despertar y encontrar regalos bajo el arbolito...
    Ahora cada quien por su lado , la vida se encarga de separarnos..pero en estas fechas, al menos la mayoria se vuelve a reencontrar muy muy lejos de aquel pueblito..
    Besos...te deseo un feliz año nuevo, lleno de cosas lindas

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  2. Hace unos días,mas de una semana, Antonio, quise publicar aquí un comentario alabando este muy buen poema que a M. Hdez. Pero creo que me lié al seleccionar el perfil.
    Te decía, también, que la próxima vez que quedes con Pepe Pulido, procures un encuentro entre los tres.

    Pedro.

    Sin duda la hondura, la fluidez, el ritmo de tu verso son embaucadores.

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