Rastros (Busca por aquí cualquier entrada con palabras-clave):

martes, 30 de marzo de 2010

Soliloquio en torno a los fragmentos de inventario

[Imagen: El Pensador - Rodin]


     Conforme dejo rastro de mí en estos fragmentos de inventario, me pregunto si servirán para algo; mejor dicho, si le servirán a alguien que no sea yo mismo; incluso, me pregunto también de qué me sirven.

     Servir (¡qué verbo!) Voy al diccionario de la R.A.E. y encuentro diecinueve acepciones, demasiadas para trasladar aquí. No obstante, me quedo con la sexta (que ahora, en estas líneas, no es un canal de televisión), puesto que recoge la intención que doy a ese servirán de mi pregunta: “Aprovechar, valer, ser de utilidad”. Y aquí, consecuentemente, viene el segundo interrogante: ¿qué utilidad puede dar nadie a mis recuerdos; a estas pequeñas anécdotas que dejo y de las cuales no se pueden sacar conclusiones morales o filosóficas; y ni siquiera son divertidas? ¿A cuento de qué, entonces, acudir cada día a este océano virtual para lanzar botellas al azar con estos mensajes, que no son mensajes, puesto que no informan ni enseñan ni advierten de nada que pudiera interesar a su hipotético destinatario? Pienso en ello. Y concluyo que a mí sí me sirve (escribir los mensajes), puesto que de alguna manera, aun a sabiendas de que no deja de ser algo engañoso, estoy con ello fijando el tiempo, deteniéndolo, de modo que quizá, no sé, desde otra dimensión (llamemos dimensión a la memoria y el recuerdo) puedo volver a vivir la vida del que fui y ahora no soy, del niño que a través de aquellas vivencias, de las enseñanzas recibidas, del aprendizaje de aquellos años, desembocó en el hombre que ahora escribe y revive tales anécdotas, y se pregunta por su significado y su aprovechamiento. Bien, a mí, me sirve. Pero, ¿y al lector? (si hay lector), ¿de qué puede aprovecharse? No puedo saberlo y, bien pensado, quizá tampoco importa. Yo continúo, con más o menos fuerza, con más o menos seguridad o dudas, en un ejercicio acaso poco pudoroso a pesar de mi pudor (que se borra conforme emborrono la página), llamando a las puertas de mi infancia y de mi adolescencia. De vez en cuando, yo mismo, desde el otro lado de esa otra dimensión, respondo.

lunes, 29 de marzo de 2010

Beatriz Villacañas

[Imagen tomada de la página web de Beatriz Villacañas. 
La autora en la presentación de su libro, "El ángel y la física"]


    El pasado 25 de marzo, dentro de la programación X Ciclo de poesía actual que se celebra desde hace 10 años en la Galería Cerdán, de Talavera de la Reina —Aula de poesía Joaquín Benito de Lucas—, la poeta toledana Beatriz Villacañas ofreció una amplia muestra de su obra poética.

    Tras la presentación que hizo de ella el también poeta, José López Rueda, Beatriz —doctora en filología inglesa por la Universidad Complutense de Madrid, donde es profesora de literatura inglesa e irlandesa, autora de cinco libros de poemas y traductora al castellano de poetas como Shakespeare, Yeats o Seamus Heaney, entre otros— subió al estrado para, tras unas palabras de presentación y agradecimiento, comenzar la lectura con poemas de su primer poemario, Jazz (Esquío, La Coruña, 1991), a los que siguieron otros de Allegra Byron (Editorial Zocodover, Toledo, 1993), El silencio está lleno de nombres (Premio Ciudad de Toledo, Excmo. Ayuntamiento de Toledo 1995), Dublín (Premio Primera Bienal Internacional Eugenio de Nora, Colección Provincia, León, 2001) y El ángel y la física (Huerga y Fierro, Madrid, 2005), su último poemario publicado.

    Los versos de Beatriz Villacañas, de gran hondura lírica, transitan los espacios comunes de la  tradición, de modo que temas como el amor, la muerte o el paso del tiempo son una parte importante de su bagaje poético, asuntos que trata con voz propia y al margen de cualquier concesión. Formalmente, tanto en verso libre como bajo el corsé de las formas clásicas, su palabra surge precisa y fluida para alcanzar una altura digna de la mejor poesía, hecho que quedó constatado a lo largo de los, aproximadamente, tres cuartos de hora de su lectura.

    Puede conocerse más de ella y de su producción en la página web, Beatriz Villacañas (enlazada a este blog desde su puesta en funcionamiento). Se ocupa, así mismo, de la divulgación de la obra de su padre, el poeta toledano Juan Antonio Villacañas, ya fallecido.

    Como muestra de su impecable voz, copio aquí el poema La subida, del libro El ángel y la física:

Subí,
atravesando espacios,
al tiempo más remoto
y llamé a Dios:
“¿Por qué?”
le pregunté.

La respuesta
sigue allí.


Y yo siento otra vez la gravedad del suelo.

domingo, 28 de marzo de 2010

Miguel Hernández (30-10-1910 / 28-03-1942)

 [Imagen: El poeta. Retrato de A. Buero Vallejo]


Llegó con tres heridas,
y se fue con el alma asaetada.
Nos regaló los versos que la vida
le fue dictando hasta la misma nada.

sábado, 27 de marzo de 2010

Elogio de la danza

[Imagen: La estrella -Degas - 1878]



La danza es como el vuelo. Se diría
que surge de un afán de levedad,
hasta ser levedad y fantasía.

Y, lo mismo que el vuelo, es la verdad
lo que persigue el aire de la danza:
fulgor de perfección y claridad.

Un instante de luz que se afianza
en un tirabuzón o en un revuelo
que trasciende el instante y cielo alcanza.

Si es que la perfección está en el cielo
y no en el gesto firme del impulso
que hace posible la razón del vuelo.

La danza es voluntad que mide el pulso
preciso del compás que la acompaña;
pero también espíritu convulso,

volcán que irrumpe con incruenta saña
y toma cuerpo en cuerpo de danzante
a fuerza de tesón y de magaña.

Porque, al fin, es ardid comunicante
lo que acompasa cuerpos y armonía,
y armoniza el azar, en elegante

cuadro de luz: dichosa tiranía
del arte de la danza, que es capricho
de alguien que suma son y sincronía.

Por eso, en realidad, nada está dicho
mientras manos y pies no digan nada;
movimiento en quietud y sobredicho.

La danza tiene sed de la mirada,
como el cielo del pájaro que asciende
hacia la infinitud transfigurada.

Y así como del vértigo se prende
el pájaro en su vuelo, y por la altura
es un punto de luz donde trasciende,

así también la danza, en la figura,
trasciende el movimiento que la eleva
más allá de su propia dictadura.

La danza es emoción. Y así lo prueba
el preciso latir del movimiento
en el que el tiempo cabe y se renueva.

Y esa emoción, alondra del momento,
es algo más que cuerpo que se agita:
es expresión cabal del pensamiento,

palabra incandescente nunca escrita,
carne, pregunta, voluntad, deseo,
y siempre deshojar la margarita.

Y es un signo de luz en donde leo.

viernes, 26 de marzo de 2010

El hombre de las sillas

[En la imagen, tras la fuente, paseo del Prado en donde se instalaban las sillas]


 
El verano era el río y el parque por las noches, digo en un poema escrito hace unos años. Un poema que, sobre todo, habla de mi relación con el río de mi infancia, que no es el río de esta edad mía de ahora, aunque ahora venga crecido y se parezca a aquél, debido a los tiempos (pasados por agua) que vivimos. Pero, a lo que iba: el parque por las noches.  Y a cualquier hora, aunque, sobre todo, a partir de las siete o las ocho de la tarde, cuando bajo su frondosa vegetación nos reuníamos jóvenes y no tan jóvenes, ya fuera sentados en sus bancos de madera o cerámica, o a lo largo del paseo central, donde, a sendos lados, el Ayuntamiento instalaba hileras de sillas metálicas (al principio, de tijera, y después con brazos; ambas, si no recuerdo mal, pintadas en verde, aunque también pudieran haberlo sido en rojo) por las que cobraba cincuenta céntimos (de peseta) de lunes a sábado, y una peseta los domingos y festivos. Una vez abonada la cantidad correspondiente, no importaba el tiempo que se usase la silla: daba igual diez minutos que todo el día. Las pandillas de jóvenes y adolescentes de entonces, quedábamos en el parque (El Prado, su nombre) y, según llegábamos, ocupábamos nuestra silla y hacíamos corro, que podía llegar a ser de veinticinco o treinta personas y, obviamente, también de tres o cuatro. En cualquier caso, los círculos que se formaban, crecían conforme llegaban los amigos, de tal modo que lo que empezaba, por ejemplo, con cinco personas a las siete de la tarde podía ser de veinticinco a las nueve o las diez de la noche. De cobrar el canon establecido y vigilar que nadie se aprovechase de las sillas sin abonar su tasa, se encargaba un señor que, supongo, sería empleado municipal. Desde media tarde hasta bien avanzada la noche, el hombre iba y venía de un extremo al otro del paseo, ora por la izquierda, ora por la derecha, con una capacidad de control que aún hoy sigue admirándome, pues daba igual la gente que pudiera haber en cada grupo: él pasaba, una y otra vez, y si ya había cobrado y el corrillo era el mismo, continuaba su marcha atento al círculo siguiente. Pero bastaba que hubiese una sola persona más desde que rondara por última vez (igual una hora antes, o más) para que la reclamara el correspondiente pago. En alguna ocasión, para intentar despistarle, nos intercambiábamos los sitios, pero él nunca fallaba ante cualquier nueva incorporación. El colmo del asombro venía cuando alguien se marchaba y llegaba otro, de manera que el número de sillas ocupadas era el mismo, pero no el grupo. También, en este caso, reclamaba la tasa al que aún no había abonado el tique, de modo y manera que multiplicaba nuestra secreta (o no tanto) admiración por él.

Hace muchos años, aquellas sillas desaparecieron del Prado, que tampoco es ya aquel frondoso parque de mi infancia y adolescencia, cuando los árboles formaban vegetales arcos góticos que no dejaban pasar el sol. Yo creo que si dejaron de ponerse tales asientos no fue porque los tiempos cambiaran y los jóvenes y no tan jóvenes dejaran de reunirse en el parque; si se hizo, pienso yo, fue porque nadie podría realizar un control tan preciso y exhaustivo como el que aquel hombre llevaba, por mucha cámara digital y medios informáticos que ahora pudieran aplicarse.

jueves, 25 de marzo de 2010

Posadero Mayor: Felicidades

 [ Imagen: El Posadero y su ayudante.
Tomada (espero que con permiso) de su blog: La posada del sol de medianoche]



¡Ya son cincuenta y seis! Sigan cayendo
con la misma salud y malvasía,
y aderezados de arte y poesía,
macérense sin prisa y compartiendo.
Que no hay para la edad un mejor vino
que el que hace la amistad en el camino.

¡El vino y amistad! ¡No hay maridaje
mayor ni más perfecto en la posada
en la que gozo siempre de hospedaje
por mor de esa amistad larga y probada!
Posadero Mayor: Felicidades.
Y sigan sumas de años y amistades.

Pereza (*)




Siempre, más tarde es el momento.


(*) Creo que, ahora sí, termina el ciclo de estas ráfagas, mini poemas, micro relatos, aforismos... o como quiera llamárseles, que no sé, dedicados a los Pecados Capitales (o Provinciales, o pueblerinos...)

miércoles, 24 de marzo de 2010

Gula

[Esta escultura se encuentra en un restaurante de Mieres llamado La Violeta 
y es propiedad de los hermanos Permuy.]


Basaba ser feliz en el exceso. La gota fue su juez.

martes, 23 de marzo de 2010

lunes, 22 de marzo de 2010

Aquel miedo

 [Imagen de Nosferatu, 1922]


Como la mayoría de las familias de por entonces, en mi casa, la vida en invierno se hacía en la cocina. Allí, mi madre guisaba en un hogar de carbón, y allí comíamos y escuchábamos la radio. Por eso, con cuatro o cinco años, cruzar el cuarto de estar (todavía no se denominaba, como pomposamente años más tarde, salón) a la hora de acostarme y llegar a mi dormitorio me parecía toda una aventura no exenta de peligro; la razón, los cinco o seis metros que debía recorrer con las luces apagadas, sin que ni mi padre o mi madre, habitualmente, me acompañasen. Yo solía hacerme el remolón para retrasar aquel momento, y le pedía a mi madre que viniera conmigo; ella, que alguna vez lo hacía, me decía que fuese solo, que ya estaba hecho todo un hombre y no debía tener miedo de andar a oscuras (que era, en realidad, lo que me encogía el ánimo siempre que llegaba aquella infalible hora). Hasta que un día, mi padre me habló muy seriamente y solucionó el problema. Me dijo que en la casa sólo estábamos nosotros, que no había nadie más, y que, si tenía dudas, al salir de la cocina, antes de adentrarme en lo que para mí era el tenebroso cuarto, dijese en voz alta, pero muy alta: Una, dos y tres, sal que te quiero ver. Vería entonces que nadie aparecería tras este conjuro, prueba evidente de que nadie acechaba. De este modo, noche tras noche, con la fuerza de mi propia ingenuidad, repetí aquellas palabras que para mí tenían el mismo poder que una jaculatoria, sin que nada, informe o corpóreo, acudiese a mis voces. Pasado algún tiempo, ya consciente de la seguridad de mi casa, seguía repitiéndolas como un ritual que habría de mantener aun con la fe perdida; como una tradición y no como las palabras mágicas que antes fueran, capaces de espantar a cualquier fantasma o malévolo ser que hubiera osado hostigarme.

domingo, 21 de marzo de 2010

Oda al silencio



                               Como cada fin de semana, soporto los estragos del "botellón".

Oh, bendito silencio,
serena exactitud,
aire encendido,
inaugural promesa de palabra,
ven a nosotros hoy,
en medio de este tiempo
en que el ruido es barrera
de extensa negritud.

Oh bendito silencio donde el tiempo
se acuna, donde el agua
responde —manantial— a la vida,
donde el pájaro alza
su trinar para todos,
y los enamorados
se encuentran y se aman.

Detén, alrededor de la mañana,
tu extensión más perfecta,
abrázanos
más allá de motores, sirenas,
martillazos,
voces desafinadas,
palabras malheridas;
dátenos con la fuerza
de la gravitación de los planetas;
desde la transparencia
de la palabra verbo,
y acércanos al hombre más auténtico,
al no contaminado,
al que escucha sus pasos,
y, en silencio, su voz.

Haz así, tú, silencio,
que lejos ya del ruido
y cuanto el ruido empaña,
traspasemos los muros,
viejas interferencias,
y en el curso más limpio
de la sangre, vivamos
un regreso al origen de las formas,
al día
en que todo era fácil
dicho desde el caudal de una mirada.

Colección José Luis Reneo




El día 20 de octubre de 2008, fallecía en Talavera de la Reina, con sólo 48 años, José Luis Reneo Guerrero. Tanto para su familia como para las muchas personas que compartíamos su amistad, su muerte supuso una dolorosa pérdida. De carácter polifacético e interesado por la Cultura (con mayúscula) en sus múltiples formas, colaboró en prensa, organizó exposiciones, intervino en actos culturales, promovió la Asociación Amigos del Museo Ruiz de Luna, de la que fue su presidente y, a nivel personal, llevo a cabo una interesante labor de coleccionismo que abarcó desde piezas de cerámica hasta libros, fósiles, minerales, y mucho más.

Con el fin de recordar su figura y dar a conocer su importante labor cultural, entre otros actos en marcha, el próximo 23 de marzo se inaugurará en el Museo Ruiz de Luna, de Talavera de la Reina, una exposición con su colección privada de cerámica. 

Para informar sobre ella y sobre la programación de las diversas actividades que referidas a la memoria de José Luís se desarrollen, se ha creado el blog:


desde el que, además, es posible descargarse el interesante catálogo de la exposición que ahora se presenta.


sábado, 20 de marzo de 2010

El lujurioso

[Detalle de EL JARDÍN DE LAS DELICIAS, de El Bosco. 
Colecc. Museo del Prado - Madrid]

Toda piel era un mundo por explorar. Y él, un aventurero compulsivo.

La página web de Rafael Castillejo

 [Imagen tomada de la página web de Rafael Castillejo]

Recibo de un amigo un correo electrónico en el que me acompaña el enlace que copio más abajo: toda una joya para los que ya tenemos cierta edad. Espero que os guste. Y, por supuesto, mi más sincera felicitación y agradecimiento a Rafael Castillejo por poner a disposición de los internáutas las variadas colecciones y curiosidades recogidas.


Así mismo, incorporo esta dirección a mis "Sitios recomendados".


viernes, 19 de marzo de 2010

Poema a mi padre (*)



Ahora que estoy contigo, que podemos
hablar tranquilamente, mientras llueve,
y la ciudad parece un fotograma
del mejor cine negro; mientras pasa
la tarde y apuramos lentamente
este tiempo, que parece estar hecho
para la confidencia, te diré
lo que quise decirte tantas veces,
lo que tan torpemente escribo ahora,
intentando que el ritmo y la medida
puedan clarificar lo que pretendo
sellar entre nosotros.
                                 Cambalache,
aquel tango famoso que hace años
Santos Discépolo escribió con tino,
resume con acierto la locura
de este siglo que expira y que propaga
el culto a la materia y al mercado,
a la riqueza, a costa de la ética.
Miro a mi alrededor y observo gentes
que viven al compás del trapicheo,                                     
las que vendieron su conciencia un día
por un plato... que no fue de lentejas.
Entonces vuelvo a ti, miro tu vida
basada en la razón fundamental
de serte fiel, honrado, consecuente
con tus propios preceptos, con la norma
de que la propia dignidad es algo
que vale más que el oro de la tierra.
Miro lo que aprendí de tus ejemplos,
del trabajo bien hecho, de tus obras.
Sé que ése es tu legado, lo que siempre
quisiste que aprendiésemos tus hijos;
lo que hoy te agradezco, y no bastante,
mientras llueve, y es marzo, y conversamos,
y de repente sobran las palabras.




(*) Rescato este poema, escrito en 1992, hoy, 19 de marzo, festividad de San José y Día del Padre, en homenaje al mío.

jueves, 18 de marzo de 2010

¡Qué injusta es la vida! (y la muerte, claro)

[Cementerio de Montmartre - París]

Aquel hombre contaba sus días por triunfos:
El primero en la clase, un Don Juan con las chicas,
abonado a la gloria practicando deporte,
y después empresario de talla y de talento.
Un marido modelo —según quien opinase—
y todo un ciudadano para sus convecinos.
Solamente la muerte ignoró sus virtudes.
Lo despachó de un golpe cuando estaba en la cima.

miércoles, 17 de marzo de 2010

El loco

[Imagen tomada del blog http://chenfy-unadefotos.blogspot.com/]
© CHENFI 2010
 
La locura le llevaba a viajar a otros mundos en los que nunca se sintió extranjero.

martes, 16 de marzo de 2010

La muerte se despista con la noche (broma representable)



Después de tantos siglos caminando
de noche por el mundo, me he perdido.
Un fallo absurdo, desde luego. Mido
la noche una vez más… sigue cambiando.

Antes, era sencillo, pues no había
luminarias, farolas ni neones;
y el titilar de las constelaciones
se sumaba a la noche en armonía.

El silencio, además, me despejaba
de cualquier contumaz interferencia.
¡La noche era la noche! Mi presencia
—mal está que lo diga—, se agrandaba.

Por entonces, qué fácil el trabajo:
elegida la pieza y mi señuelo,
era cuestión de usar el escalpelo
con sutil maniobra y desparpajo.

¡Era tan puntual! Como en lo oscuro
me podía orientar sin gran esfuerzo,
no me duraba nadie hasta el almuerzo.
¡Era la Muerte y mi conjuro duro!

Pero llegó aquel siglo de las luces
y tanta luz me tiene confundida…
Nada, que no… de nuevo estoy perdida.
(¡Y ahora me dí con un farol, de bruces!)

He intentado acudir a mi oculista
por ver si se le ocurre algún remedio,
pero, al verme, se piensa que lo asedio
y corre, que es el amo de la pista.

Así que, con la noche clareando,
nadie se tome a mal si lo confundo.
En mi vagabundeo vagabundo
me es lo mismo, al final, quién, cómo, cuándo.

Primeros cigarrillos

Corría el año sesenta y cuatro del pasado siglo, yo no había cumplido aún los diez años y me preparaba en una academia, bajo la tutela de Don Enrique Magaña, uno de los mejores maestros que he tenido en mi vida, para examinarme de Ingreso, prueba previa al bachillerato que debía comenzar al curso siguiente. Entre mis compañeros de clase, Carlos y Pedro, dos buenos camaradas que además eran familia y, afortunadamente, siguen siéndolo: primos segundos, creo. Ambos, como solía decirse entonces, estaban “más picardeados” que yo, y durante una temporada —quizás dos o tres semanas— me enredaron para perdernos a la salida de clase por zonas poco transitadas, cercanas al río o a las vías del ferrocarril, en donde fumábamos a escondidas: algo que sin duda debía de parecernos entonces un signo inequívoco de madurez pero que en el fondo —al menos a mí— no dejaba de resultarme un acto desagradable, pues aquella pastosidad que el tabaco dejaba en mi boca me repugnaba. A pesar de lo cual, para demostrar a mis compañeros que no me arredraba ante acciones propias de hombres, yo también consumía los cigarrillos cada tarde. Aún recuerdo la marca, Antillana, cuyo papel al parecer —eso no lo podría hoy afirmar— era dulce. Comprábamos tres cigarrillos por una peseta en un puesto de tebeos, prensa y chucherías, el de "la Santa", próximo a la academia. 

Posiblemente, aquello podría haber durado todo el curso, y es más que probable que yo, a la larga, hubiese acabado por sacar algo sustancioso del tabaco; y el tabaco, un adicto más en mi persona. Ni que decir tiene que éramos conscientes de que aquello estaba prohibido, que no sería bien visto por nuestros mayores de llegar a enterarse, algo que acabó por suceder. Alguien debió de irle con el cuento a mi padre, porque un día, aprovechando que toda la familia estábamos reunida a la mesa —parece que lo estoy viendo como si ocurriese ahora— le dijo a mi madre, como si la cosa no tuviese importancia: “¿Sabes que ya tenemos un hombrecito en la familia?” Yo debí de mirarlo con cierta curiosidad, pero ajeno todavía a la intención última de sus palabras. Mi madre, sin duda ya cómplice, le preguntó que en qué se basaba para tal afirmación, y él continuó, ahora dirigiéndose también a mí: “Ya ves, me han dicho que lo han visto por ahí, junto a unos amigos, fumando, como unos tíos grandes. ¿No es así?” Y, al tiempo que lo decía, me miraba, a la espera de mi respuesta. Recuerdo haberme puesto rojo como un tomate; con la cara ardiendo, ni siquiera me atreví a mentir y reconocí la acusación. Entonces, mi padre, tan tranquilo como antes, me preguntó si me gustaba fumar, si era agradable. Naturalmente, le dije que no. Al responderle, quizá volviese a sentir el sabor pastoso del tabaco en mi boca, a pesar del alimento que entonces estuviese ingiriendo. Y él, nuevamente, me habló sin mostrarse irritado conmigo, muy sereno y aleccionador. Me dijo que el tabaco no traía nada bueno; lo único, enfermedades. Que ni él, ni mi abuelo —que vivía en la misma casa que nosotros, aunque en su vivienda— fumaban, y que yo, por mi bien, tampoco debería hacerlo; que si quería seguir fumando, que lo hiciera, pero que lo hiciera sin esconderme, de modo que nadie tuviera que volverle con el cuento de que me habían visto fumar. 

Muerto de vergüenza, es posible que no dijera nada. Sí sé, sin embargo, que a partir de entonces no volví a encender un cigarrillo en mi vida. Si me dejaba mi padre, pensé, aquello no tenía ningún mérito, ninguna gracia. 

Cinco o seis años más tarde, ya adolescente, todos mis amigos acabaron por fumar. Y más de una intentona hicieron para que yo también me apuntara al gremio de los fumadores; algo que jamás volvió a tentarme tras aquella precocidad mía con el tabaco. Ni siquiera más tarde, cuando me tocó hacer el servicio militar.

No sé si mi salud me lo habrá agradecido en todos estos años. De lo que sí estoy seguro, es de que “el bolsillo” lo hace cada día.




lunes, 15 de marzo de 2010

Este amor

 [Imagen: De camino  ©   M. C. E.]



Este amor que a tu lado me encadena,
y te encadena a mí, dándonos alas,
es coraza eficaz contra las balas
que la rutina inventa y envenena.
Es un ave de luz que surca el cielo,
y nos muestra el camino con su vuelo.

Así, esta placidez que compartimos
trasciende la caricia y la palabra,
y se eleva en el tiempo que vivimos
por la complicidad que ese amor labra.
Quizá por eso baste tu mirada
para saber que casi todo es nada.

Vísperas (Iracundo)

[Imagen tomada de: www.armasblancas.mforos.com]



Limaba el tiempo al tiempo que afilaba su charrasca. Sentado a la puerta de la calle, frotaba la hoja contra el pedernal, la mirada perdida quién sabe adónde. Y, al verlo, nadie sabía en qué o en quién pensaba.

domingo, 14 de marzo de 2010

La radio y El Capitán Tesa

Cuando volvía de la escuela, mi madre ya tenía la merienda preparada: un bollo de pan con mortadela o salchichón, o (lo que más me gustaba) con una onza de chocolate. Recuerdo que dejaba la cartera de cualquier modo: sobre el sofá, una silla o tirada en el suelo, cogía mi bocadillo y salía a la calle, donde ya aguardaban los otros chicos del barrio. Allí corríamos,  jugábamos y nos inventábamos mil guiones de cine; y éramos cada día un personaje, bueno o malo. De este modo, podíamos ser espadachines, vaqueros, tahúres del Mississippi o exploradores, según el juego que ese día eligiésemos y las alianzas entre unos y otros para asignar papel. Luego, al caer la tarde, con las primeras sombras y la débil luz de las bombillas que colgaban en cada esquina, regresaba a casa para hacer los deberes. Poca cosa: una página de caligrafía, el dibujo de un mapa, un par de problemas de aritmética, o algo así. Después, antes de la cena y mientras cenábamos, la radio. La radio con sus anuncios de hora duward  hora exacta, o yo soy aquel negrito del áfrica tropical, o señora si va despacio si va despacio o va deprisa…, y tantos otros. Y los programas aquellos que sucedían a las radionovelas de la tarde: cuentos para niños, el zorro zorrito para mayores y pequeñitos, Matilde Perico y Periquín, o las aventuras del capitán Tesa, una especie de héroe intergaláctico, remedo de Supermán, patrocinado por una marca de papel adhesivo que entonces comenzaba a comercializarse, o eso creo. De todo cuanto oía antes de irme a dormir, las aventuras del capitán Tesa era lo que más me gustaba. De modo que de manos de la imaginación podía viajar con él por las estrellas y desfacer entuertos, como siglos antes, en zonas de la Mancha, lo hubiese ya hecho nuestro Don Quijote. Resulta curioso cómo, a pesar de todos los años que han pasado y que muy pronto serán cincuenta, aún recuerdo un trabalenguas (así se aseguraba) que publicitaba a mi héroe y, de paso, como no podía ser de otra forma, a la famosa cinta adhesiva. Qué absurdo era: “quien quiere pegar y pega pega y comprende al fin que la cinta que más pega es la cinta tesafilm”. Por aprendérmela y enviarla en una carta a la radio, creo que me nombraron escudero del héroe y, además, recibí una tarjeta postal con el retrato de aquel capitán Tesa que todavía puedo ver: algo mayor para ser un personaje tan activo, lucía unas ropas similares a las de Supermán, si bien en ellas se había sustituido la “S” del héroe americano por una “T” por razones de peso (comercial, claro). Naturalmente, la foto aquella era en blanco y negro. Durante años anduvo por mi casa.

sábado, 13 de marzo de 2010

Blogs... poetas

 [Imagen: Mapa mundi s/XVII]


 
Hoy me he asomado a la pantalla
del ordenador,
y he visto el mundo tras su espejo.
He entrado en vuestras voces,
y me ha alumbrado vuestra luz. Y he vuelto
de nuevo hasta mi casa
con los ojos poblados de razón y aventura,
enriquecidos, nuevos,
más sabios, porque han sido
testigos en silencio de otros mundos:
los que creáis vosotros, los que os crean,
y desde los que alzáis vuestra mirada
a otras pantallas y otros laberintos.
He viajado a vosotros sin moverme
del íntimo rincón de mi morada,
y, sin embargo, vuelvo renovado,
como un explorador que regresase
del mismísimo centro de la tierra.

Un caudal de palabras me sosiega,
y viene de vosotros.

El avaro (nota al pie)

[Imagen: Detalle del cuadro Dos recaudadores de impuestos (año 1540, aprox.), 
del pintor flamenco Marinus Reymerswaele]





No oro: codicia atesoraba. Cada día era más pobre.


(nota): Aunque el texto y la ilustración que lo acompaña hacen referencia expresa a la figura del Avaro, por un lapsus que no sabría cómo calificar exactamente, el título con el que lo he presentado en sociedad, ha sido Tartufo, a todas luces, incoherente con el contenido de esta entrada. 

viernes, 12 de marzo de 2010

Dónde las Musas

 [Imagen: Word   ©   A. C. G.]


A veces, el parpadeo del cursor llegó a inspirarle. 

jueves, 11 de marzo de 2010

Altitud de miras (variación de "El soberbio")


[Imagen: "La Soberbia. Mesa de los Pecados Capitales" 
Hyeronimus Bosch, El Bosco. 1475-1485. Museo del Prado, Madrid]


Vio en aquel charco el firmamento. Tan claro, que dejaron de interesarle las estrellas.

El soberbio

[Imagen: "La Soberbia. Mesa de los Pecados Capitales" 
Hyeronimus Bosch, El Bosco. 1475-1485. Museo del Prado, Madrid]

Vio que aquel charco contenía todo el firmamento. Y lo vio tan claro, que dejaron de interesarle las estrellas: tal era su altitud de miras.

miércoles, 10 de marzo de 2010

La caverna

[Imagen tomada de Google: elmakidelpinxo.blogspot.com]


Me enredo en la palabra más que nunca,
y me cuesta escribir, sacar afuera
unos versos, quizá alguna metáfora
que ronde, sin querer, por mi cabeza.

Será, me digo, que no tengo nada
que pueda, en realidad, valer la pena;
nada que se remueva en mis entrañas
con la precisa y mágica belleza

de las estrellas en el firmamento
mostrándose a la noche más intensa;
nada que sea temblor y me provoque,
o manantial que brote de mis venas.

Donde es piedra, y oscura, la palabra,
sin luz me adentro. Con tesón y a tientas.

martes, 9 de marzo de 2010

Mientras llega el otoño

 
[Imagen: © Ana María García González]  



En tanto caen las hojas del árbol de los días,
crecen los hijos.
                          Ojalá mañana, 
cuando llegue el otoño a nuestras manos, 
se hayan cumplido en ellos todas las esperanzas.
 

lunes, 8 de marzo de 2010

Contrición

[Imagen tomada de Google: www.fondostop.com]

El dedo en el gatillo: un traquido seco, un cuerpo desplomándose. Y el tiempo, negándose a retroceder por mucha vuelta atrás que ahora dé a las manecillas del reloj.

domingo, 7 de marzo de 2010

La lluvia, que no cesa

 
[Imagen tomada de Google:http://lacomunidad.elpais.com] 

También esta mañana
la luz es gris:
                    la lluvia
cae;
         el día
se va deshilvanando
con las aguas,
mientras mi corazón
viste de invierno
y una tristeza inexplicable,
sin cuerpo ni verdad,
dicta estos versos
que también son tristes,
tristes,
             tristes…
y llueven
len
      ta
          men
                  te
por la página gris.

sábado, 6 de marzo de 2010

El mentiroso

[Imagen tomada de Google: http://blogs.diariosur.es].

Confundía la metáfora con la mentira. Y se creía poeta.

jueves, 4 de marzo de 2010

Cine de verano

 
[Imagen tomada de Google: www.guiassobremadrid.com]


Recuerdo la inmensa emoción que me embargaba (hasta el punto de gritar de alegría y correr de acá para allá como un loco por el patio de casa) cuando, aún niño, en las calurosas noches de verano, mi padre volvía del trabajo y nos decía que el programa era tolerado y que nos íbamos al cine. Entonces, mi madre nos recomponía a mi hermana y a mí, nos repeinaba, y salíamos los cuatro, camino de la sala: un enorme corralón al aire libre, con piso de arena, sillas metálicas y todas las estrellas en el cielo asomándose de gorra a la pantalla. Y como el programa era doble, volvíamos a casa a las tantas, después de haber disfrutado con una del oeste y otra de gánsteres, o alguna de Cantinflas o Los Hermanos Marx. Cuando ocurría esto último, durante el paseo de regreso, mi hermana y yo reíamos al recordar esta escena o aquella, los líos del cómico mejicano (qué poca gracia me ha hecho más tarde, cuando alguna vez he vuelto a verlo), o las peroratas (ininteligibles para nosotros) de Groucho Marx. Si, por el contrario, las películas eran de acción, yo recordaba a los hombres en medio de la calle, cosidos a balazos, agonizando. Y luego, muchas noches, soñaba con ellos. Dejé de hacerlo el día en que mi padre, muy serio, me dijo que aquellos cuatreros o gánsteres no eran tales, sino actores a quienes les había tocado representar ese papel y después de rodar se iban a tomar cervezas con el bueno, tan tranquilos. Y esa imagen (la de unos hombres alrededor de una barra, tomando cañas y charlando, animadamente) fue lo suficientemente lenitiva como para no volver a tener pesadillas. 

El jugador



 [Imagen: Solitario 'del ama el cura'   ©   A. C. G.]



Tampoco en las cartas veía su destino. Quizá por eso mismo hiciese tantos solitarios.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Del tiempo... (otra vez más)


[Fotografía: ©  Jesús García Martín]


Conforme el tiempo se hace ausencia y pasa
nos va dejando el fruto de su estela,
que no es otro que el mosto que pisamos
en el vivir diario: esa cosecha
que vamos destilando paso a paso,
mezclada con las sombras que se quedan
prendidas en el fondo de la tarde,
cuando la luz azul se hace violeta.
Y cuando nos miramos a los ojos,
con el amor más alto, y reverbera
en tu pupila, el tiempo que detienes;
en mi pupila, el tiempo que se aleja.

martes, 2 de marzo de 2010

A la deriva

[Imagen tomada de Google: travelblog.org]


Como náufrago, nado
perdido en las palabras.

¿Alcanzaré la isla?

lunes, 1 de marzo de 2010

Tránsito

[Imagen tomada de Google unpocodemucho.wordpress.com]


Adelgazar la voz hasta que sea
apenas un silbido;
un estertor, heraldo de la muerte;
un punto en el vacío.

Y, mientras tanto, alimentar de sueños
el corazón y el río,
y ser, en la mañana compartida,
huella que hace camino.

Aunque sabemos el final de sobra
del cuento repetido;
si nuestra voz alienta en otras voces,
nada se habrá perdido.