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viernes, 30 de abril de 2010

La casa

 [Imagen: ©   Carlos Sieiro del Nido]

     Por muchas casas que se habiten, viajes que se hagan o países que se recorran, uno nunca acaba de dejar su primera casa: aquella que lo vio nacer y en donde dio sus primeros pasos, aprendió palabras esenciales y compartió con otros niños juegos y descubrimientos. Esa casa, si uno ha vivido en ella hasta una edad en la que la memoria es capaz de trazar sus coordenadas, lo acompañará siempre allá en donde esté. Por supuesto, no es que su recuerdo sea omnipresente; bien al contrario, podrá pasar mucho tiempo sin que uno vuelva a reconstruir en la memoria su alzado y perfil, cada rincón. Sin embargo, llegado el momento —quizá la visita de otra casa que lo traslade a aquélla, o el encuentro con un amigo de entonces, o cualquier otro detalle capaz de arrancar el motor de la memoria—, patio, pozo, portal, puertas, ventanas, balcones, escaleras, color de las paredes, número de habitaciones, distribución y mobiliario se dibujarán nítidos en el recuerdo. Y, con ellos, la geografía humana que lo acompañó a uno: abuelos, padres, hermanos, vecinos…; y, tras éstos, nuevamente, el racimo de recuerdos que de pronto se ofrecen, vívidos y cercanos, pero también bañados de nostalgias, silencios, ausencias.
     La casa, lo abarcará todo; todo lo abrazará entre sus paredes firmes y rotundas, aunque haga mil años que las máquinas pudieron con ella y transformaron su cuerpo en otro más moderno, más alto… pero, también, carente del alma de la casa. Porque en la nueva casa ya no habrá un patio con rosales, celindos, geranios ni azucenas. Y cada cual vivirá en su caparazón, a lo suyo, sin conocer nada del vecino de al lado: acaso sí su nombre, pero no quién es, ni lo que sueña, ni lo que de verdad le importa. Porque no habrá una señora Andrea que entre como Perico por su casa cuando se esté comiendo, y cuente mil historias divertidas o absurdas, sencillas o ingenuas. Todo, lo abarcará la casa: aquella que ya no existe físicamente, pero que por muchas casas que ocupes, por muchos viajes que hagas, por muchos países que recorras, habitará —curiosa paradoja— en el rincón más cálido de tu corazón, dispuesta a levantarse siempre que lo precises y dispongas.

jueves, 29 de abril de 2010

Al alba

 [Imagen: Amanecer en el Tajo a su paso por Talavera de la Reina  ©   A. C. G.]


Levemente, la luz; la transparencia,
la súbita presencia de la aurora:
tímido rosicler, evanescencia
que abarca la mirada soñadora.
Apenas un instante que el sol breza
sobre el cristal del río y su pereza.

Amanece. Y la luz que abraza el río
transforma en claridad el decorado
que la noche ocultó con sol helado
como parte de un viejo desafío.
Y en ese balanceo, la ciudad,
muestra un envés de idéntica verdad.

miércoles, 28 de abril de 2010

Historia de una dedicatoria



      Resulta curioso indagar en las ferias de libros viejos y de ocasión, así como en las librerías donde se comercia con libros de segunda, tercera, cuarta mano; y más, por supuesto. Por desgracia, no tengo la suerte de poder sumergirme a menudo en estos establecimientos ni acceder a las casetas donde se ofrecen tales ejemplares. Alguna vez, sin embargo, sí me he entretenido en matar el tiempo —digámoslo así, aunque de sobra sabemos que al tiempo no se le mata, sino que, por el contrario, somos nosotros las víctimas de su alargada y silenciosa mano— husmeando como perro de presa entre libros alineados en cajas o anaqueles, con el canto a la vista, en busca de algún ejemplar, habitualmente de poemas, que acabara por compensar mis horas de rastreo. Lejos de ello, la mayoría de las ocasiones he acabado por abandonar mi búsqueda, pues nunca he gozado de la paciencia y pericia necesarias para dar con esa joya que más tarde pudiera exhibir ante las amistades; algo así como esos trofeos que muestran algunos cazadores, con el orgullo altivo de un explorador. Sólo en un par de ocasiones mi esfuerzo valió la pena. Una —a consecuencia de la cual se produjo la anécdota que comentaré— fue en una librería de viejo de Valladolid, en 1985; una librería muy pequeña, cercana a la plaza del Ayuntamiento, donde hallé algunos títulos de la Colección de Poesía Halcón, que, dirigida por Fernando González y con idéntico formato al actual de Adonais, se editó en la antigua capital del reino en los años 40. Entre ellos, la primera edición de El corazón y la tierra (1946), de Rafael Morales, donde se incluye el famoso soneto A un esqueleto de muchacha, homenaje a Lope de Vega.
      Quiero insistir, antes de relatar la anécdota a la que me refería, en el hecho de que ésta ocurrió —dato importante— en 1985, cuando yo contaba la edad de treinta años. Resulta que apenas unos meses más tarde de lograr mi libro iba a coincidir con su autor en una cena. Precavido, llevé conmigo el librito para obtener la firma del poeta, quien, al ver aquel ejemplar descolorido por el paso del tiempo, se sintió emocionado y no dudó en regalarme una afectuosa dedicatoria: Esta primera edición de El Corazón y la tierra, que encontró Antonio del Camino cuando ya tenía casi cuarenta años, se la dedico con un abrazo entrañable y con el recuerdo melancólico de mi juventud, ya tan lejana. Luego, rubricó y dató: Talavera, 27.9.1985. De un vistazo rápido, leí la dedicatoria, se la agradecí y continuamos hablando de otros asuntos. Cuando me retiré, volví a leer sus palabras y ratifiqué algo que ya había observado en mi primera lectura: según el texto, Rafael acababa de echar a mis espaldas diez años más de vida sin que por mi parte hubiera tenido la mínima oportunidad de poder disfrutarlos. No obstante, no me atreví a decirle nada al respecto, aunque sí lo comenté con un amigo con quien compartía mesa. Éste, más decidido que yo, sacó ante el poeta el tema del hallazgo, para hacerle ver a continuación la ambigüedad de su dedicatoria. Él, efectivamente, admitió que al redactarla había caído en la cuenta de que podía malinterpretarse. Para evitarlo, volvió a tomar el libro y, tras cuarenta años, añadió una llamada con la que matizó: Me refiero al libro, no a Antonio. Y volvió a firmar.

martes, 27 de abril de 2010

Antes de la palabra



Antes de la palabra,
acecha, junto al ritmo
que marca el corazón,
su música: libélula
que vibra
o furia tropical.

Antes de la palabra,
su resonancia y su anunciación.

lunes, 26 de abril de 2010

El lanzador de puñales

  
      Al otro lado del teléfono dicen mi nombre. Apenas lo confirmo, el vendedor afila los puñales y los lanza, como un hombre de circo, sobre mí. Los esquivo y le digo que no preciso ayudas, que ya me suicido un poco cada día en el supermercado.  (Para colmo, es la hora de la siesta.)

domingo, 25 de abril de 2010

Ante unos versos escritos hace años

                                                  


Ajena soledad que fuera mía.

¿Soy yo quien se derrama
en estos viejos versos?

Alguien que fui, regresa
por las sendas que trazan
los ojos de quien lee.

sábado, 24 de abril de 2010

Concordar



En ocasiones, Concordar, nos es un verbo ajeno. Por más que lo intentamos, las propias palabras, los gestos, las creencias, producen desencuentros, simas, tenaces discordancias. Y, pese a todo ello, hay que continuar hacia el abrazo.

viernes, 23 de abril de 2010

De libros y lecturas

El 13 de enero de 2009 lanzaba esta barca de verbos y penumbras a ese mar virtual que es Internet. Y lo hacía con dos poemas que, como no podía ser menos, pasaron completamente desapercibidos. Hoy, cuando mi chalupa ya tiene cierta experiencia marinera, rescato uno de ellos, De libros y lecturas, en este día 23, día del Libro en el que conmemoramos la muerte de Cervantes (también de Shakespeare). Creo que el texto viene a cuento y expresa con cierta precisión mi relación con los libros.

Relación con los libros, también tiene esta hermosa canción de L. E. Aute, Vailima, con la que, a pesar de lo pobre del vídeo, quiero ilustrar la entrada. Desde el primer día que la escuché figura entre una de mis favoritas (de las muchas que tengo) de este cantautor.



Una vez programada esta entrada, una amiga me envía un vídeo, sin duda, oportuno, original y divertido. Aprovecho para dejarlo aquí también, con mi deseo de un feliz Día del Libro para todos.


jueves, 22 de abril de 2010

Dos homenajes (22 de abril)

PRIMER HOMENAJE:
(A mi abuelo Antonio: fallecido en 1969. Tal día como hoy era su cumpleaños)


   Cuando mis amigos ya hablaban con la solvencia de un experto de grupos como Blood, Sweat &Tears, Bee Gees o The Beach Boys, pongo por caso, y The Beatles o Rolling Stones formaban parte de su devocionario musical, yo indagaba cada vez con más interés en la música clásica —Bach, Chopin, Beethoven, Mozart…—, y, además, en la Zarzuela, género típico español al que sin duda me aficioné de niño, cuando acompañaba a mi abuelo a los conciertos que la Banda Municipal daba los domingos en el parque. Vamos, que debía de ser un tipo raro.
     En el tiempo del que hablo —no el de mi infancia, sino el de mi adolescencia—, tanto como mis amigos de música pop, sabía yo de música clásica y zarzuela. De ésta aún más, pues conocía hasta títulos menos famosos del género, autores de libretos y partituras, fechas de estrenos; y algún que otro número —ya fueran coros, romanzas o dúos— llegaba a interpretar con cierta dignidad. De todos ellos, sin embargo, el preludio de , del Maestro Ruperto Chapí, estuvo siempre entre mis favoritos. ¿La causa? Muy sencilla.
     Siendo niño, mi familia vivía en la misma casa que mis abuelos, aunque en diferentes viviendas: nosotros en la primera planta, ellos en el bajo. Cada mañana, siempre que no lloviese, el abuelo salía a afeitarse al patio, donde abundaban los rosales, geranios, azucenas o aspidistras. Preparaba agua caliente, que vertía en una palangana, colgaba un espejo de una alcayata clavada a los efectos en una viga de madera, y comenzaba aquel ritual de espuma y rasurado mientras tarareaba, día tras día, el mencionado preludio. Desde la escalera —no tendría yo más de seis o siete años— me gustaba observarlo en silencio; acaso, acompasando con mi pie los tiempos de la melodía. Recuerdo que, en un momento dado —quizá cuando ya no hubiera de rasurarse porque toda la espuma había sido atrapada por el filo de la navaja barbera—, el tarareo daba paso a un silbo melodioso y seguro de la frase musical que, repetida una y otra vez, sostiene la introducción de la obra. Y así, sin dejar de silbar, recogía los trastos de afeitar y volvía a entrar en la vivienda.
     Años después, con el abuelo en otra dimensión, también yo acostumbré a tararear aquel preludio mientras me afeitaba, como si con ello le rindiera mi particular homenaje por, entre otras cosas, inocularme el veneno de la música clásica y la zarzuela, que, junto a otras varias formas y estilos musicales, aún corre por mis venas.
     En su memoria, dejo aquí el preludio de El Tambor de Granaderos, interpretado en el Teatro Monumental de Madrid, el día 21 de enero de 2001. "Concierto voces para la paz 2001". Orquesta dirigida por Miguel Roa.



SEGUNDO HOMENAJE:
(A mis padres, que hoy cumplen 56 años de matrimonio)


En vuestro ejemplo abundo mientras pasan 
las estaciones también para nosotros.    
  
Vaya un monólogo de Gila, como presente a tal complicidad:

miércoles, 21 de abril de 2010

Crónica

 [Imagen: Purón (Asturias)   ©   A. C. G.]

 

Hace tiempo partimos hacia ningún lugar
con los ojos poblados de una memoria virgen,
y un horizonte escrito en la piel y el deseo.

Buscábamos a ciegas una tierra, un espacio
no fijado en los atlas, pero que alguien sin nombre
nos reveló en un sueño de trigales en flor.

Llevábamos las manos vacías. La esperanza,
verde como la selva y ardiente como el fuego,
despertaba en la sangre palabras como islas.

Y el mar era una duda donde cada silencio
ocultaba un cuchillo forjado por el frío,
un camino con huellas de hueco y laberinto.

Al fin hubo una tierra transparente y con agua
donde a la par marcamos los límites del gozo,
y alzamos una casa donde habita la dicha.

Ahora, el tiempo es un río sereno al que miramos
pasar desde la orilla, mientras crecen los frutos
del amor en nosotros. Y no se oculta el sol.

martes, 20 de abril de 2010

Él

[Imagen: dibujo de El Principito, de Saint-Exupéry]


Alquimista de verbos,
explorador de sueños,
prestidigitador.
Y, quizá
sobre todo,
alguien que indaga,
data, pregunta...
que respira.

lunes, 19 de abril de 2010

Primavera (2)

[Imagen: Primavera  ©   A. C. G.]

Me gusta el color de la primavera.
me dices, feliz, según paseamos:
la mañana azul, el verde, los ramos
de lavanda, el sol, la suave ladera

que se alza feraz desde la ribera
del turbio cristal que repta. Miramos
su cuerpo fluir y nos contagiamos
de esa lentitud que el agua libera.

Se respira paz, cálida armonía;
voz dominical que canta otro día
en el que el amor late cotidiano.

Miro alrededor y el campo florece.
Canta el ruiseñor. Y todo parece
un óleo fugaz que anuncia el verano.

domingo, 18 de abril de 2010

El coche negro y otros vehículos



     Jugábamos, de acá para allá, por callejas libres aún de la tiranía del tráfico; arropadas de un silencio sólo roto por los gritos de la chiquillería, o por las voces de las madres llamando a sus vástagos para que acudieran a comer: ¡Rafitaaaaaaa… a comeeeeeerrrrrr! Y Rafita no aparecía a la primera, ni a la segunda, ni quizás a la tercera.
     Jugábamos libres de controles y de peligros. Tal vez porque entonces se confiara más en los propios chavales, y también porque la ciudad, que por aquellos años empezaba a crecer, no dejaba de tener algo de aldea en cada uno de sus barrios. Todo era tranquilo, y todavía hoy, después de tanto tiempo, puedo contar sin temor a equivocarme los vehículos que cruzaban mi calle cada mañana; de ellos, sólo dos a motor: el camión del matadero que traía terneras, cerdos, corderos en canal para la carnicería de Moreno, junto a mi casa; y el de la fábrica de harinas, que servía al horno en el que se hacían panes y dulces, también al lado. Además, eran fijos los vehículos de reparto de la Panadería Tenorio, y de las Gaseosas y Sifones Loreto; ambos, carros tirados por sendas mulas que, para berrinche de mi abuela, venían a mear justo a la puerta de nuestra casa: largos chorros, espumosos como cerveza, que acababan por formar considerables charcos de penetrante hedor. Aún me parece verla en la puerta, atenta a la llegada de los repartidores, apremiándoles para que pasaran de largo y no se parasen ni por un momento ante nuestro portal, a fin de que las caballerías no respondieran al estímulo de una costumbre forjada día a día.
     Luego —el no va más— estaba el auto de una familia pudiente: un Ford de color negro, siempre impoluto, que conducía un chófer ataviado como en las películas clásicas, con chaqueta de cuero negro y gorra de plato, y que guardaban en un caserón frente a mi casa. Normalmente, nunca veía salir al coche —supongo que lo haría cuando yo estaba en el colegio— pero cada día, al atardecer, el chófer, sin más pasajeros, lo devolvía al garaje. Y lo hacía entre improperios a las pandillas de críos que pugnaban por encaramarse a los pescantes o al parachoques trasero; y a golpes de bocina, mitad aviso, mitad amenaza. Tales advertencias, sin embargo, lejos de espantar a los chavales, convocaban a otros de calles colindantes que, al oír el claxon, corrían también en persecución del vehículo, deseosos de montar en él unos metros; algo que, de lograrse, era considerado como un preciado trofeo.
     Por cierto, que al hilo de esto me resulta curioso cómo ahora, conforme escribo, he vuelto a percibir ¡tan próximo! el olor a gasolina quemada de aquel auto; un olor denso y penetrante que a mí, por entonces, me era agradable y hasta embriagador, y que, sin embargo, hoy no puedo soportar. Es lo que tiene la memoria.

sábado, 17 de abril de 2010

Segundo soliloquio en torno a estos Fragmentos...



     Recordar, ¿por qué? ¿para qué? ¿para quién?
     Quien más, quien menos, continuamente hacemos uso de la memoria, ya sea por necesidad o por disfrute, por obligación o por echar mano de la experiencia y no repetir errores del pasado; por añoranza de un tiempo que sabemos ya ido, pero en el que acaso tocáramos brevemente la felicidad o por un afán introspectivo y acaso terapéutico. Y también, recordar por recordar. Por revivir momentos y experiencias, por acercar de nuevo hasta nosotros paisajes, rostros, nombres de hombres y mujeres que ya no están o pasaron por nuestras vidas en un momento determinado, que dejaron su impronta y luego cada uno siguió un camino y a lo suyo. Recordar como quien compone un rompecabezas: por el placer de hacerlo; por matar el tiempo, si se quiere. Sin prisas y sin obligaciones: aquí esta pieza, allí esa otra… hasta formar una figura, una acuarela. Así, la memoria se convierte en el tablero donde los recuerdos se ajustan los unos a los otros y en donde el rompecabezas se construye.
    Luego está compartir esos recuerdos. Para quién, y de qué modo: oralmente o mediante un ejercicio de escritura más o menos afortunado, que es lo que hago yo ahora mientras ordeno los recuerdos en estos Fragmentos de inventario que son parte de mí: del que fui y del que soy. Fragmentos de un tiempo que no tuvo por qué ser mejor ni peor; que, por supuesto, no quisiera volver a repetir, porque sé que junto a los buenos momentos que recuerdo hubo también un tiempo oscuro, un tiempo de silencio, de escasez (aunque no tanta como había habido sólo unos años antes a mi llegada), de miedos. Un tiempo que mi mente ha borrado en gran medida, como se tiende a borrar todo lo malo que, sin embargo, no se borra, sino que queda aletargado en algún lugar de la memoria y puede aflorar en un determinado momento si nos empeñamos en hacerlo. Un tiempo que mi mente, selectiva como todas las mentes, arrastra hasta el presente, envuelto en claroscuros y quizá ficciones.
     Recordar, ¿para quién? Por supuesto, para uno mismo. Y también para los nuestros, para los más cercanos, a los que acaso servirá de alguna manera nuestra experiencia, aunque puede que no les sirva en absoluto. Y recordar para los que habitaban el mismo tiempo y lugar que nosotros cuando vivíamos lo que ahora recordamos. Para esos que, de un modo u otro, podrán verse reflejados en nuestros recuerdos; los que dirán: “Yo viví eso mismo o parecido”. “También hice un álbum, o di de comer a las gallinas, o escuchaba la radio, o tuve miedo…” Desde algún lugar, esos desconocidos, por unos momentos al menos, serán parte de nuestro ámbito, seres próximos que acaso hubieran olvidado y que, con nuestras palabras, ponen en marcha también el tren de su memoria.
     Recordar como homenaje a los que ya no están y no se han ido, porque entre los recovecos del recuerdo habitan todavía, y seguirán haciéndolo en tanto recordemos.

viernes, 16 de abril de 2010

Tres poemas por el Poema (*)



Poema: definición


La voz, que se adelgaza como un hilo.
La razón, que en agua se convierte.
La ilógica, que ocupa los renglones.
La lógica, que oficia en lo inconsciente.
La perenne batalla de la forma y la idea.
El color, la medida, el abismo acechante.

Sólo, al final, el rastro de lo que en la memoria
es sublime, y se sueña
                                   expresado en silencio.




Poema: génesis


¿Desde qué sima surges hasta mi?

Acepto tu llamada en medio de la noche
y cruzo las regiones detenidas
en el atlas polar de la memoria.
Soy un sonámbulo por los laberintos
que confunden mi paso hasta tu rostro,
soy el dudoso peregrino que tiene,
ante sí mismo, miedo del espejo.

Soy él, sí, pero sigo adelante:
buscando una señal que te defina,
que me indique la forma de encontrarte,
de desvelarte al fin de tu misterio,
y acercarte a mis ojos con luz propia.

(Ya parece por fin que te he encontrado,
parece que te muestras azul a mi deseo,
y, sin embargo, vuelves al origen:
a tu mágico origen de penumbra y estrella.)

Será ése mi destino: andar errante
detrás de tu desvelo, y siempre hallar
estelas de tu paso, dulces llamadas, fugas
que son de ti, pero que nunca
alcanzo a deterner, y hacer palabra.




Poema: conclusión


En cada verso
el corazón se duele
un poco más:
                      las horas
se hacen monotonía
donde el conocimiento
ignora sus reflejos.

Después, tras la derrota,
queda todo en silencio,
y alguna vez,
casi en penumbra,
una palabra surge
para explicar el mar.


(*) De Del verbo y la penumbra - RIALP, 1985 
[Fotografías: Iglesia visigótica de Santa María de Melque (San Martín de Montalbán - Toledo)  ©  Carmen Elvira]

jueves, 15 de abril de 2010

Contra-refrán (al hilo de la entrada, "A tu encuentro")

 [Famoso fotograma de LA DAMA Y EL VAGABUNDO, de Walt Disney]

El presente contra-refrán está llamado a aplicarse a aquellas almas, gemelas o no, que, digamos, se miran con buenos ojos. Dice así: 

Ojos que se ven, corazón que no pesa.

miércoles, 14 de abril de 2010

Queimada, o pesadilla de una noche de verano



     En estos Fragmentos de inventario voy dejando rastros de mí, anécdotas lejanas de infancia o adolescencia que de pronto aparecen, que rescato de un fondo de la memoria, casi, pasto del olvido. Vivencias sin importancia, pero que forman parte del prisma cambiante que es una vida; mi vida, en este caso. Hoy, sin embargo, buscando en el baúl de los recuerdos (Uuuuh) me he tropezado con una experiencia algo más cercana, aunque al paso del tiempo tenga también sus años: veintitrés eran los míos entonces, si bien, al rememorarla, parece que fue ayer.
     Quiso la suerte que la empresa en la que he desarrollado mi actividad laboral durante treinta años me enviara destinado a un pueblo de la provincia de Toledo, de no más de cinco mil habitantes; en aquel tiempo, finales de los 70, un pueblo al que la única prensa que llegaba diariamente se limitaba dos o tres ejemplares del ABC —creo que no vi ninguna otra cabecera hasta el tercer año que estuve allí— y donde, en invierno, a la caída de la tarde, no se veía un alma por la calle. En verano, sin embargo, era distinto. Volvían los estudiantes de la universidad y todo era algarabía: toques culturales y mucha juerga, Y cuando no había nada de esto, era la piscina, o la pesca de ranas en un pantano próximo; ranas que luego alguien guisaba y degustábamos en grandes merendolas. Además, se preparaban las fiestas en honor de San Agustín, a finales de agosto.
     Con el aval de los hijos del matrimonio dueño de la pensión donde me hospedaba, enseguida me integré en su pandilla. Por la mañana trabajaba y a la caída de la tarde nos reuníamos en una terraza muy acogedora, a la sombra de álamos y rodeados de parterres con rosales y otras plantas. Allí manteníamos largas conversaciones en torno a lo divino y humano, y más tarde, después de cenar, nos volvíamos a juntar en la plaza, donde hacíamos corro y cantábamos a coro acompañados de guitarras (una de ellas, la mía) hasta las tantas.
     La anécdota a la que me referiré ocurrió una noche limpia de verano, con todas las estrellas asomadas a las balconadas del camino de Santiago, testigos privilegiadas de nuestras correrías. Había vuelto un amigo de un viaje por Galicia, y con él venían unas cuantas botellas de aguardiente de orujo para hacer queimadas. Y como daba la casualidad de que yo había andado por tierras gallegas con una beca del ejército no hacía mucho y se suponía que conocía el secreto de tal bebedizo, agarramos  un recipiente adecuado, cazo, limones, café en grano y azúcar, y en varios coches salimos del pueblo, camino de un prado propiedad del padre de uno del grupo, donde alejados de cualquier alma viviente, con ánimo de no molestar a nadie, pensábamos hacer la consabida queimada y montar nuestra fiesta. 
     Aparcados los coches en un camino junto a la carretera, alumbrados sólo por una linterna y la claridad de las estrellas, tuvimos que cruzar un arroyo, saltar una pared de piedra, atravesar una viña y andar un buen trecho por tierras arenosas hasta llegar al terreno en cuestión, donde había un chozo de pastor construido en piedra, sin techo; pintiparado para llevar a cabo ese rito mitad pagano mitad místico del orujo ardiente que, acompañado del famoso conjuro, ahuyenta a los malos espíritus. Para entonces, ya era media noche bien pasada.
     Ni que decir tiene que íbamos, además, provistos de las guitarras —presentes siempre en nuestras fiestas— y que, entre trago y trago, ya fuera del chozo, comenzamos a cantar: primero, a media voz; más tarde, al calor del orujo, con voces más potentes y desinhibidas. Había risas, anécdotas, chistes y chascarrillos y, en general, nuestro entusiasmo iba en aumento.

   
     Cuando mejor estábamos, oímos dos detonaciones en medio de la noche: dos disparos lejanos que, no obstante, parecían dirigidos a nosotros; hubo alguno, incluso, que afirmó que había sentido perdigones silbando muy cerca de su oreja. No le hicimos caso. Sin embargo, otra vez, volvieron a oírse los traquidos. Y, esta vez sí, algunos perdigones cayeron en torno nuestro: sin fuerza, como si lloviesen lentamente. Antes de que pudiéramos recuperarnos, otros dos tiros más. Aquella efusión colectiva dio paso, primero, a una cierta extrañeza y segundo, sin apenas transición, a cierto temor, e incluso miedo. De pronto, nos encontrábamos a merced de un loco armado que acechaba desde algún lugar y cuyas intenciones últimas desconocíamos. Por supuesto, dejamos de cantar, guardamos las guitarras y volvimos a entrar en el chozo, sin saber muy bien cómo actuar. Alguno decía que salir a buscar al francotirador; otro, que aguardar allí; un tercero, que deshacer la distancia hasta los coches y volver al pueblo. El dueño del chozo, amparado en una seguridad que le daba el hecho de estar en su casa, de vez en cuando se atrevía a gritar desde la puerta: “Eh, el que seas, no dispares. Que soy el hijo del Tío Cachimba.” Pero nadie contestaba. A lo sumo, volvíamos a oír otro par de disparos. Entre opción y opción, risas nerviosas; bromas con las que se pretendía espantar nuestro espanto: “¿Y si apareciese de repente, por encima del chozo, apuntándonos?” “¿Y si no es uno solo y son varios?” “Tíos, que esto no es América”, apostillaba alguien que se esforzaba por mantener la calma.
     Serían cerca de las tres de la madrugada —un par de horas después de los primeros tiros— cuando, aparentemente todo en calma, decidimos abandonar el chozo y regresar a los coches. Cargados con nuestros achiperres, nuestras guitarras y nuestro miedo, nos deslizamos en medio de la noche por el terruño arenoso, la viña, la pared que volvimos saltar…; siempre agachados, algunos casi reptando, continuamos hasta el arroyo, que también cruzamos. Si alguien decía algo en un tono de voz que pudiera parecer alto, los demás chistábamos a coro: no había que hacer ruido, no podíamos despertar a la bestia. Por fin, llegamos a los coches que, contra el pronóstico de alguno, estaban intactos. Arrancamos —el pie sobre el embrague aún temblando— y salimos para el pueblo, a sólo dos o tres kilómetros.
     En nuestra huida habíamos perdido una cejilla de guitarra, un pañuelo de alguna de las chicas y algún que otro elemento más que la memoria ya borró. Al día siguiente, a plena luz, algunos volvieron al lugar para buscar los objetos perdidos e inspeccionar el terreno. Las conclusiones que sacaron no pudieron ser más desalentadoras. Primero: para ir al chozo no hacía falta ni cruzar arroyo ni saltar pared ni atravesar ninguna viña; podríamos haber llegado por un camino directo y sin complicaciones. Segundo: nuestro atacante debió de ser un pastor que dormía no mucho más allá del escenario de la juerga y que, posiblemente, arrancado del sueño por nuestras voces y cantos quiso darnos una lección. Y a fe que lo logró.
     ¡Cuántas veces me acuerdo yo de su escopeta cuando, los fines de semana, sufro los efectos contaminantes del ruido y el botellón!


martes, 13 de abril de 2010

A tu encuentro

 
 [Fotografía tomada en los pinares de Guadarrama: ©  Jesús García Martín]

 
Salgo a tu encuentro cada día, alertado en los signos
                                                        [que me llevan a ti.
Y sales a mi encuentro, porque conoces todos mis caminos.
Si la noche es oscura, la atraviesa tu luz. Y el corazón no pesa.

lunes, 12 de abril de 2010

Matador (*)

[La corrida - Fernando Botero]


     En mi infancia, todos los niños querían ser toreros. Y es que las corridas de toros por entonces todavía no estaban mal vistas, y los matadores eran “maestros del arte de Cúchares” —¡casi na!— y no torturadores de una especie inocente como es el pobre toro, tal y como  son considerados en estos tiempos por los que quieren abolir tan controvertido espectáculo. El caso es que yo, como la mayoría de los chavales, también quería ser matador, que decía el pasodoble. Pero como aún no había hecho ni la primera comunión, debía conformarme con jugar a los toros en la calle. Así, con los otros niños, organizaba corridas en las que asignábamos los correspondientes papeles: tú, matador; tú, banderillero; tú, picador; tú, toro. Y, claro, al que le tocaba ser toro no le hacía mucha gracia. Pero como alguien tenía que ejercer de tal para que nuestros festejos se celebrasen —con permiso de la autoridad competente y si el tiempo no lo impedía—, al final asumía su papel que, a decir verdad, nos íbamos pasando para que todos tuviéramos una oportunidad.
    A mí me hicieron una capa y unas banderillas muy bien apañadas: con sus papelillos de colores y todo pegados en los palitroques, aunque, naturalmente, sin lengüeta de hierro. Y me compraron un toro de cartón que descansaba en una base con cuatro ruedas y al que agujereé a las primeras de cambio a base de pares de banderillas y bajonazos con un estoque de fabricación propia. (Es evidente que las sensibilidades eran otras y nadie reparaba en la crueldad implícita de aquellos juegos que, por otra parte, desarrollábamos sin ningún sadismo y con el sólo afán de diversión.)
    Ahora, cuando de verdad de verdad disfrutaba, era cuando el que embestía era un cura joven, recién ordenado, sobrino de una vecina mayor a quien visitaba con frecuencia, y que jugaba conmigo entrando al trapo en lugar del morlaco agujereado y poco fiero. Supongo que ver al cura acudiendo a mi llamada, vestido con su negra sotana, dotaba a aquella lidia de unos tintes de veracidad que no transmitía mi toro de cartón. Por eso, entonces, yo me esmeraba en mostrar todos mis conocimientos de tauromaquia. Bien plantado, con temple, corría los brazos envolviendo en el capote a mi enemigo, a una cuarta, sin que sus astas (sus manos, que hacían de tales) engancharan la tela. Una y otra vez lo hacía repetir en su embestida mientras oía los aplausos, los olés de la gente y las notas garbosas de un pasodoble que sólo sonaban en mi imaginación. Curiosamente, y como caso único en la historia de la lidia, el mismo morlaco acababa pidiendo la oreja.
    Así era en aquel tiempo. Hace años, los toros dejaron de interesarme.


(*) Esta entrada no pretende abrir ningún debate sobre la fiesta de los toros. Mi posición al respecto, por si pudiera interesarle a alguien, ha quedado reflejada aquí.

domingo, 11 de abril de 2010

Variaciones (y juegos) de nada

[Fotografía: ©  Jesús García Martín]


1

Antes de ser, la nada;
la nada, después.
Entretanto, la luz de tu mirada,
hará que sea nada la nada que es.


2

Antes de ser, la nada;
la nada, después.
Y, de nuevo, la luz de tu mirada
hará que mi nada sea nada al revés.


3

Adán nada
de la nada a la nada.

Por un río de nada,
nada Adán.

4

Esto, es nada.

sábado, 10 de abril de 2010

Nubes


                                                                                      Para Antonio, que lo inspiró.


Se refieren a ellas como cirros, cúmulos y estratos. Pero sólo aquellos que no alcanzan a entender la esencia de su vuelo.

viernes, 9 de abril de 2010

Raya



Es probable que a punto de cruzar la raya, iluminados de silencio, advirtamos al fin qué fue lo imprescindible, qué lo vano.




jueves, 8 de abril de 2010

Amigos

 

                                    Aprecio mucho más lo que consigo
                                                            Que lo que tengo en mí. Quizá por eso
                                                            Me gusta tanto la palabra amigo.

                                                                   FRANCISCO CASTAÑO
                                                                De su libro Avisos y Cautelas
                                                                Editado en Poesía Hiperión, 2008

                                                              

     En uno de los comentarios que últimamente comparto con Elías Moro, tanto en  El juego de la taba como en Verbo y penumbra, Elías, con buen criterio, a propósito de la amistad, apunta: La amistad es un asidero (el otro es el amor) ante el abismo de la mediocridad al que estamos cayendo sin remedio. Hay que agarrarse a ella con las dos manos, con la boca, con el corazón. Palabras exactas que ponen el dedo en la llaga de este mundo nuestro —este abismo— en el que lo banal parece ganar terreno día a día a la conciencia, la razón y la ética.
     Pensando en ello, vuelvo a darme cuenta una vez más de que yo soy uno de esos seres —como Elías, adivino— que pueden considerarse realmente ricos en amigos, esas personas que se cruzaron con nosotros en diferentes etapas de la vida, desde la infancia hasta hoy, y que permanecen a nuestro lado a pesar de la distancia, en ocasiones; y, en más de un caso, de importantes diferencias de criterio que, sin embargo, no son impedimento para saber reconocer que es más lo que nos une que lo que nos separa.
     El amigo es generoso por naturaleza, y está con nosotros siempre que lo necesitemos, de forma que resulta reconfortante contar con ellos en las dificultades, y es doble motivo de fiesta tenerlos cerca en las celebraciones.
     Si tuviera que hacer una lista de amigos —y a pesar de lo que muchos digan, sobre eso de que los verdaderos amigos se cuentan con los dedos de una mano— estoy seguro de que no tendría manos suficientes. Y aunque no es cuestión ahora de ponerme a enumerar sus nombres, sí podría hablar —y ellos sabrán que son ellos— de los amigos de la adolescencia, con quienes de tarde en tarde aún comparto largas charlas, mesa y mantel; o de aquel otro de cuando un tiempo caqui, aliviado por la presencia del océano, nos llevó a padecer las mismas vivencias y a compartir una cena de Nochebuena, a base de tortilla de patata y queso de tetilla gallego, realmente inolvidable. Hablaría de los que me trajo la Poesía, tan próximos en tantos sueños, tan ahí; y de los del Equipo: amigos, quizá, con doble mérito porque nuestro nexo fue el trabajo, asunto éste que más suele separar que unir; sin embargo, después de veinticinco años, siguen presentes. Y qué fiesta cuando de tarde en tarde somos capaces de concertar una cita, comilona incluida, a la que acudimos prácticamente todos. Luego están los siempre próximos en la distancia: los que andan desperdigados por tierras de Segovia, Badajoz, Alicante... Y también, claro, los más vecinos, con los que me veo cada día; de cuyas vidas siempre estoy al corriente, como ellos de la mía. Y ese otro amigo, el último en llegar, aunque yo lo conociera antes a través de sus versos, culé recalcitrante y divertido, del que tanto aprendo.
     También hay otros más lejanos —en el tiempo y el espacio— con los que compartí buenos momentos, y a los que, por desgracia, he vuelto a ver en circunstancias dolorosas.
     Por último, están los amigos que cruzaron al país de las sombras, los que se fueron en plena juventud o madurez, con tanto todavía por vivir y soñar: amantes de las palabras, los libros, la música, el cine, la cerámica…; vivos aún en mi memoria, pero ya quietos para siempre. También los recuerdo ahora y los rescato, y me aferro a su ejemplo ante el abismo de la mediocridad…

     Y luego está el amor, que es como decir Carmen.

miércoles, 7 de abril de 2010

Las gallinas



Todavía, cada vez que como o cocino huevos, me acuerdo de aquellos otros de mi infancia, los que yo recogía con mis abuelos a la caída de la tarde del gallinero donde las gallinas ponían, obedientes y disciplinadas. Las yemas de entonces, tan distintas de las de los huevos de supermercado de hoy en día, eran de un marcado amarillo rojizo, consecuencia de la dieta a la que se sometía a las aves, a base de granos de maíz, salvado, restos de verduras y cáscaras de fruta. Recuerdo cómo nos gustaba a mi hermana y a mí colaborar en la preparación de aquellas papillas de salvado, y el olor que desprendían, apetitoso hasta para nosotros mismos. También me viene a la memoria una especie de ritual que se establecía en época de estío, cuando después de las comidas los abuelos, mis padres, y a veces también nosotros, picábamos las cáscaras de melón o sandía —si estas frutas habían formado parte de menú— para que a las aves les fuese más fácil su ingestión.

A mis ojos niños, aquellas acciones —picar las cáscaras de fruta, preparar el salvado, esparcir los granos de maíz ante las gallinas, que se arremolinaban enseguida a nuestro alrededor— eran toda una fiesta, y las disfrutaba como tal, ajeno, sin embargo, a nuestra contribución para que aquel alimento que tanto me gustaba —aquellos huevos fritos con sus puntillas y esas yemas rojizas— fuera posible.

Pero hay otra cosa, también relacionada con las gallinas, que ha quedado grabada en mi memoria. Era cuando éstas se ponían cluecas. Aquí, mi abuela podía actuar de dos formas antagónicas: si le interesaba que la gallina tuviese polluelos, la apartaba del resto y la encerraba en el “cuartejo”, bajo una banasta de mimbre donde el ave empollaba los huevos sin sobresaltos, y en donde le poníamos comida con cuidado de no asustarla. Cuando los pollitos estaban a punto de romper el cascarón, allí estaba mi abuela, bajo nuestra atenta mirada, pendiente de su los resultados. En cambio, si consideraba que no era momento de más pollos, quitaba la cloquera a la gallina a base de reiterados baños de agua recién sacada del pozo. Para ello, la llevaba a una pila y sumergía su cabeza en el líquido elemento, en una operación que repetía varias veces a lo largo de la jornada, durante no sé cuántas. A mi hermana y a mí, niños aún y quizá por eso mismo un poco crueles, nos divertía ver a la gallina una y otra vez con la cabeza bajo el agua, tratando de zafarse mediante un aleteo desesperado e inútil. Por eso, siempre que la abuela repetía la operación, estábamos nosotros en primera fila, dispuestos a disfrutar del espectáculo; admirados, en el fondo, de que la gallina nunca se ahogara.

martes, 6 de abril de 2010

Torre de luz (*)



Cuando todos los signos apuntaban al norte
y el invierno poblaba mi corazón —oculta
en el oscuro río que agitaba mi sangre—,
la tristeza, al acecho, cantaba un blues conmigo.
Desgarraba la calma que yo le reclamaba
ajustando aquel canto al ritmo de la noche.
La marejada, al tiempo, hacía que mi barca
rompiese en la escollera, repitiendo naufragios.
Sólo una luz —tu faro— una noche de invierno
vino a poner el orden frente a tanta deriva.
No hace falta que diga que esa luz son tus ojos,
y el orden, la Belleza que compartes conmigo.



(*) De "Veinticinco poemas en Carmen", libro editado en 1999

lunes, 5 de abril de 2010

Visitas placenteras




Atravieso la puerta no cerrada,
pintada de colores o desnuda,
y un poco a la deriva, con cautela,
me adentro en el zaguán. La luz, envuelta
en un halo de sombras, me ilumina
dentro del claroscuro: con sigilo
comienzo a conocer paredes, suelos,
distribución, adornos, mobiliario,
mientras los habitantes de la casa,
ajenos por completo a mi presencia,
entran o salen, aman, se pelean;
a veces se asesinan y es preciso
la intervención tenaz de un policía.
Mal está que lo diga, pero siempre
que se trata de un caso complicado,
también yo suelo intervenir, y apunto
posibles pistas, soluciones nuevas.
Cuando cruzo la casa por completo
y salgo por la puerta de servicio,
he aprendido algo nuevo: siempre ocurre.
Y eso que es nada más literatura.

domingo, 4 de abril de 2010

Primavera

 [Imagen: Primavera  ©   A. C. G.]

A la orilla del río, la primavera estalla. Y yo también respiro en la flor que se asoma: aroma y vuelo.

sábado, 3 de abril de 2010

"Madrugás"



Entiendo espiritualidad como comunión con el cosmos y afán de perfección. Esta es una de las razones por las que muchos ritos religiosos sólo me parecen actos folclóricos, alejados de todo recogimiento interior.

viernes, 2 de abril de 2010

Canción del silencio



En el mar de los signos —el lenguaje—
venimos a perdernos cada día.
Lo mismo en las grafías que en las voces,
en los gestos que en las constelaciones,
dejamos trazos rotos, voces invertebradas
que nunca significan lo que quieren
decir, lo que pretende
que digan
aquel que las pronuncia o las escribe.
De tanto haberlas dicho, de trazarlas
en la arena desnuda de la página en blanco,
se han ido diluyendo en tinta y aire,
y apenas significan: poco dicen.
Y vienen los poetas, las exprimen,
las vuelven del revés con sus metáforas,
las desordenan a fuerza de más versos,
como si arcilla o plastilina fueran.
Pero siguen callando. O, más exactamente,
nunca es el mismo su significado
para quien las pronuncia y el que escucha.
Cuando ocurre —quiero decir, cuando el misterio
de su sentido se revela
en pura transparencia—, y puede compartirse;
cuando nos asomamos a nosotros
desde el balcón de la palabra ajena,
cobran los astros, de repente, vida.
Y entonces comprendemos que, a pesar
de las dudas, no estamos
nunca solos.
Y el silencio, lo canta.

jueves, 1 de abril de 2010

Vida y color

    Debía de estar en segundo curso de aquel bachillerato que aún tenía las reválidas de cuarto y sexto, a las que llegaría años más tarde. Por entonces, había álbumes para todos los gustos: de películas, de futbolistas, de Nestlé (los cromos venían en las tabletas de chocolate) y de no sé cuántos temas más. De todos ellos, los de futbolistas de la liga española, entre mis amigos y compañeros, eran los más coleccionados, y el trueque de cromos estaba a la orden del día; sobre todo en los recreos, o a la entrada o salida del instituto, cuando eran habituales los corrillos en busca de los santos que a unos y otros les faltaban. Para el buen control de estas transacciones, cada cual, junto al mazo de cromos repetidos, llevaba una lista en la que tachaba los números que ya tenía o iba consiguiendo. Al final, cuando faltaba uno solo para la colección, era como si este no hubiera salido nunca de la imprenta. Ni comprando sobres ni ofreciendo a otros coleccionistas el oro y el moro, aparecía. Ahí, sin duda, estaba la ganancia de los editores de los dichosos álbumes: en emitir, no sé, un solo cromo del número 7 (pongamos por caso) por cada mil colecciones (otro suponer), de modo que siempre había un buen montón de chavales a quienes les faltaba únicamente el 7 de marras, y seguían comprando sobres que rara vez contenían el cromo deseado.
    A mí, solían darme envidia aquellos que negociaban, demandaban, ofrecían, intercambiaban esos coleccionables. La razón de tales celos, era que yo nunca coleccionaba nada; apenas me daban paga para ir al cine los domingos y comprarme un chicle, y nunca tenía ahorros para invertir en los cromos que tanto me gustaban: los de los futbolistas de primera división, que miraban a la cámara desde el terreno de juego, vestidos con las elásticas de sus respectivos equipos. Además, mis padres insistían en que aquellos coleccionables eran un sacacuartos y un engaña-muchachos.
    Hasta que apareció Vida y Color. Éste no era un álbum cualquiera. En él era posible aprender sobre plantas, animales, minerales, razas o el cuerpo humano; conocimientos ofertados de un modo atractivo y ameno. Creo, incluso, que se llegó a divulgar su lanzamiento mediante presentaciones en colegios y centros de estudios (aunque no sé si aquí me traiciona la memoria). El caso es que esto sí le convenció a mi padre y nos permitió, a mi hermana y a mí, ponernos manos a la obra con tal colección. Para ello, recuerdo que ambos renunciamos al chicle de los domingos y a más de una sesión de cine: todo esfuerzo parecía poco si por fin éramos capaces de completar el álbum, incluido aquel cromo cuádruple que nunca salía y que mostraba por delante y por detrás un esqueleto humano, con detalle de todos los huesos.

    Recuerdo los momentos de emoción que experimentábamos desde que el señor del puesto nos pasaba los sobres hasta que, abiertos, descubríamos las estampas que la suerte nos ofrecía; y la decepción de nuestros rostros, si la cosecha era solo de cromos repetidos. Y también a mi padre, empeñado en conseguir la colección, tan entusiasmado o más que nosotros, trayéndonos sobres por sorpresa o dándonos dinero extra para que los comprásemos… De esta forma, poco a poco, tuvimos el álbum completo. Bueno, todo menos el famoso cromo cuádruple. Para conseguirlo, seguimos comprando y comprando, siempre con la misma mala suerte. El mazo de repetidos aumentaba y los cambiábamos por otros, también repes, ayudando con ello a otros chavales a que fuesen completando su colección, pero la nuestra nunca acababa de cerrarse.
    Me atrevería a decir que casi habríamos rellenado un segundo álbum cuando, por fin, apareció el cromo que se resistía. ¡Qué fiesta, entonces! ¡Qué alegría desbordada! Y, al mismo tiempo, qué desencanto. No por el hecho de conseguir el cromo tan buscado, sino porque, al hacerlo, se cerraba aquel camino que con tanta ilusión habíamos recorrido. A partir de entonces, sólo nos quedaría volver a la contemplación del álbum que, de algún modo, había perdido el interés que antes tuviera, cuando aún se resistiera a ser completado: domesticado, a su modo.
    Ahora, de tarde en tarde, vuelvo a repasarlo con un punto de ensoñación y nostalgia. Como en las fotografías, hay en él un tiempo que permanece inmóvil y que, sin embargo, se agita al sumergirme nuevamente en esas páginas aún llenas de vida y color.