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lunes, 31 de mayo de 2010

Ventanas



Me gustan esas ventanas de las casas bajas, con sus rejas de  forja o celosía y sus visillos de ganchillo; ventanas de mi infancia, tras las cuales alguien siempre observaba. A veces, con inquisitoria mirada; a veces, indulgente.

Soneto raro (nueva variante, divertimento final)



Tiene catorce versos y es soneto.
Sin embargo, lo visto a mi manera,
y a equidistancia del placer y el reto.

Hoy barajo los versos a mi modo,
por ver si su sonido me enamora,
con la complicidad de quien ahora
se ve ya en la mitad de nodo a nodo.

El final se aproxima y se acelera
trazados dos tercetos y un cuarteto.
Y el soneto parece menos fiera.

Sólo resta que tome ya acomodo
el cuarteto que queda y se demora.
Dos versos más y firmaré la hora
de este soneto raro, que es ya todo.

domingo, 30 de mayo de 2010

Fuentes públicas

     Cuando yo era un chaval y en la mayoría de las casas no había agua potable, eran habituales las largas filas frente a las fuentes públicas de la ciudad para proveerse del líquido elemento. Las mujeres, a la espera de su turno para rellenar los recipientes que llevaban, se ponían al día de chismes y rumores, mientras los chavales (hijos, hermanos, vecinos que las acompañaban para cargar después con los cacharros llenos) correteaban alrededor, jugueteando, al margen del tiempo que, allí a la espera, a pleno sol, era como un lagarto inmóvil, detenido en todos los relojes.

     Pensando en tal escena, cuando aún imaginaba Fragmentos de inventario como un libro de poemas, pergeñé estos versos que ahora dejo aquí:   

El agua de las fuentes. La memoria
de las tardes furiosas del verano.
Las mujeres en fila, con los cántaros
o los botijos o las garrafillas.
Los chavales corriendo alrededor,
jugando al escondite o la pelota.
Y la lenta canícula del día,
alimentando un cielo de tormenta.

sábado, 29 de mayo de 2010

Escribir




La pluma en el papel, esa pelea
donde la luz, a veces, centellea.
La claridad del verso cuando estalla.
Y sospechar que es más lo que se calla. 


viernes, 28 de mayo de 2010

Lectura de Antonio Colinas en Galería Cerdán

     Tal como estaba programado, ayer leyó Antonio Colinas en Talavera. Lo hizo en la Galería Cerdán (ya convertida en verdadero coliseo de la Poesía en esta ciudad), en el Aula Joaquín Benito de Lucas. Con su intervención se cerraba el X Ciclo de Poesía Actual, que se celebra cada año el último jueves de mes, entre enero a mayo.

     El acto, al que acudieron el alcalde de la ciudad, D. José Francisco Rivas, y el concejal de cultura, D. Carlos Gil, tuvo una amplia respuesta por parte del público, parte del cual hubo de seguir el recital fuera de la sala, a través del servicio de megafonía instalado. 

     Tras un breve balance de Joaquín Benito de Lucas respecto a los diez ciclos desarrollados en otros tantos años, con particular atención al que se cerró ayer, me tocó a mí presentar al poeta. En mi intervención procuré dar una visión global de su vida y obra, resaltando la importancia que la Poesía tiene para Antonio Colinas como vía de conocimiento, y medio para —en palabras suyas— sentir, interpretar y valorar la realidad de nuestra propia experiencia humana.


      Su intervención tuvo una duración próxima a los cuarenta y cinco minutos, y en ella hizo un repaso por su obra, desde el libro con el que obtuvo un accésit del Premio Adonais, Preludios a una noche total hasta Desiertos de la luz, publicado en 2008. Cuarenta años recogidos en una obra que da fe con claridad y profundidad del viaje vital del poeta, cuyos versos con el tiempo se han hecho más claros, y movidos por una necesidad de reflexión frente a la emoción que dictaba los primeros.


      Fue una lectura sencilla, sosegada, ajustada a la cadencia armoniosa de los poemas. Una lectura con la que Antonio Colinas supo conectar con un público que siguió sus palabras con un respetuoso y emocionado silencio. Al finalizar, éste se vio roto por el cerrado y cálido aplauso de todos los asistentes.

     Por último, tanto el poeta como su presentador fueron obsequiados con sendas piezas cerámicas, en recuerdo de este acto. Tras ello, todos pudimos departir en el patio de la Galería, degustando un vino español.



                                               
En las fotografías: 

Aspecto de la sala, momentos antes del comienzo del acto.
Intervenciones de Joaquín Benito de Lucas y de Antonio del Camino
Antonio Colinas, durante su lectura. 
Entrega al poeta, por parte del Alcalde de Talavera, de la pieza cerámica, en recuerdo del acto. 
Aspecto del patio de la Galería, después de la lectura. 

jueves, 27 de mayo de 2010

El pajarero



     Como todos los hombres y mujeres (al menos, como todos los hombres y mujeres de este lado del mundo) tendría un nombre. Y, seguramente, sus amistades lo conocieran por tal: Ernesto, por ejemplo; ya se sabe de la importancia de semejante antropónimo. Sin embargo, para la mayoría de los vecinos del barrio era, simple y llanamente, el pajarero. La razón del mote no venía, como pudiera parecer a quienes no sepan todavía de su vida y milagros, de su oficio (que tenerlo, supongo, que lo tendría; aunque yo, en mi corta edad, no lo conociese), sino de aquella manía suya de asomarse al balcón en verano, a la caída de la tarde, con un listón de unos dos metros de largo por diez o quince centímetros de ancho. Con él, y haciendo gala de una extraña pericia, no exenta de probada paciencia, se dedicaba a cazar vencejos y cuantos pájaros iban y venían por el cielo del barrio en busca de sustento a aquellas horas. Eso sí, el pajarero, se cuidaba muy mucho de no causar bajas en los murciélagos, pues supongo que para él, como para cualquier otro con sus mismas dotes de cazador, el murciélago no debía de ser plato de gusto. Porque, efectivamente, lo que hacía nuestro vecino era proveerse de materia prima para la cena o el puchero del día siguiente. En un tiempo en el que la vida no era fácil, él había adquirido aquella admirable técnica de caza, gracias a la cual, los suyos podían llevarse a la boca una ración extra de proteínas: carne de aves a las cuales, por entonces, nadie se molestaba en analizar antes de hincarles el diente.
     Desde mi balcón, me pasaba las horas muertas (casi las mismas que él se mantenía en el suyo al acecho) observando al pajarero. Su técnica era sencilla, aunque, bien pensado, debía de ser agotador tanto tiempo allí quieto, el listón suspendido y paralelo al suelo, los brazos ligeramente apoyados en el barandal, mientras vencejos y otros pájaros iban y venían trazando caprichosas rúbricas en el aire. Cuando calculaba que alguna de sus víctimas estaba a tiro, también él firmaba con el listón una especie de ese en el vacío, tan rápida y precisa, que interfería en el vuelo del pájaro elegido, el cual, a consecuencia del impacto, perdía pie en el aire (o mejor sería decir, alas) y se precipitaba sin elegancia, como un caza ametrallado, contra el suelo, donde la mujer del pajarero, o un sobrino que a veces vivía con ellos largas temporadas, cobraba la pieza.
     Ignoro si en algún manual del arte de la caza (si a ello se le puede llamar arte y si en verdad hay manuales, que yo en esto, como en tantas otras cosas, soy un verdadero neófito) se recoge esta peculiar técnica, quizá de épocas anteriores; o si, por el contrario, ella obedecía al instinto desarrollado por mi vecino cazador, quien, acaso empujado por una necesidad que podría venir de mucho antes de que fuera observado por el secreto espía que era yo entonces, habría acabado por doctorarse en tan recurrente artimaña. En cualquier caso, y aunque me duela reconocerlo, el pajarero era un verdadero experto. Sin embargo, aún puedo recobrar la inmensa felicidad que sentía cada vez que aquel hombre marraba un golpe; el alivio que acumulaba mi corazón y que, niño entonces, yo atribuía a mis devotas oraciones a la Virgen, a la que rogaba en favor de las aves.

miércoles, 26 de mayo de 2010

Antonio Colinas, en Talavera

 [En la imagen, Casa de la Cultura, de La Bañeza, patria chica del poeta Colinas]

     Mañana, dentro del Aula de Poesía Joaquín Benito de Lucas, se cierra el X Ciclo de Poesía Actual que el último jueves de cada mes, entre enero y mayo, tiene lugar en la Galería Cerdán, de Talavera de la Reina. En esta ocasión, el encargado de poner el broche de oro a este décimo curso será el poeta leonés Antonio Colinas; a mí, me cabrá el honor de presentarlo.

     Dejo aquí, para ir "abriendo boca", una pequeña muestra del quehacer de Colinas, para quien la poesía es una vía de conocimiento, algo estrechamente unido a la vida, a la experiencia del ser, al viaje exterior e interior de cada creador, y donde la palabra se caracteríza porque es y debe ser, ante todo y sobre todo, palabra nueva. Se trata de un poema de su libro PRELUDIOS A UNA NOCHE TOTAL.


EL POETA VISITA LA CASA DONDE NACIÓ

ABRASABA la luna el patio, los tejados,
cuando salté la tapia rota y entré en la casa
donde un día atisbé la luz por vez primera.
¡Qué llaga tan tremenda, qué asombro inesperado
para el que espera alivio buscando en el recuerdo!
Cruzaba los pasillos tropezando en los cántaros
oscuros, polvorientos, y crujían los pasos
y el corazón crujía de horror y de ternura.
Pesaba la honda nota del corazón al ir
penetrando y las lágrimas quedaban contenidas.
Desván para recuerdos sólo era aquel lugar
que el tiempo empapó todo de lluvia y de tristeza.
Salí con el sigilo medroso del que huye.
En no sé qué rincón el pájaro de entonces
desgranaba su queja sobre las ruinas mudas.
Dejó de derramar la luna luz de azufre
y todo el firmamento quedó mudo, tranquilo.
Sobre el cerro los muros sonámbulos del templo
seguían mi escapada con ojos de lechuza.

martes, 25 de mayo de 2010

Fundación GOMAESPUMA

Recibo un correo de mi buen amigo Jesús, con el siguiente texto:

La fundación de GOMAESPUMA atiende a niños en varias partes del mundo. En un programa de RNE oí que han llegado al acuerdo con Ibanesto de conseguir financiación para un año si llegan al millón de entradas en su página web en el apartado de UN MILLÓN DE SONRISAS. Si tienes un ratito, entra. Te reirás un rato y ayudarás a una buena causa. GRACIAS.

La idea me parece buena, y quiero compartirla con cuantos podáis asomaros por aquí. Por eso, dejo la dirección de la página web. Visitémosla.

Gomaespuma

Respuesta al "soneto raro (y al revés)" con otro soneto raro

 [Serie "Buscando la salida", de Romeral. Técnica: pigmentos sobre lija]


Pero, también, la Poesía es juego.
Juego de adultos que a la vez son niños,
juego de claroscuros y de guiños,
que a veces quema como puro fuego.

Fuego de verbos hecho pentagrama,
música y desazón, birlibirloque
que el amor prende y el dolor inflama.

Y este juego, que alivia como quema
y en donde el corazón encuentra enroque,
se hace pura obsesión y estratagema.

La palabra es su mágico ingrediente
y, al mismo tiempo, su peligro oscuro:
si no puede actuar como conjuro,
queda en vano rumor evanescente.

lunes, 24 de mayo de 2010

Mi tía Prados

      Mi tía Prados, que debería ser Prado por la Virgen patrona de mi ciudad, y que para todos era la tía Praditos, era mi madrina, y sufrió una trombosis cuando yo no tendría más de seis o siete años. Desde entonces y hasta que murió, unos años más tarde, la recuerdo siempre sentada en un sillón del que apenas se movía. Y cuando lo hacía, a duras penas, apoyada en un bastón y arrastrando los pies.  
      Era la bondad personificada y siempre llevó su enfermedad con gran resignación y ánimo. Como tenía pocas cosas con las que poder entretenerse, en su casa compraron un televisor (lo que no era habitual en aquel tiempo), y ella permanecía casi todo el día postrada frente a él, ante las emisiones en blanco y negro, la carta de ajuste o su Permanezcan atentos a la pantalla, aviso por entonces bastante frecuente y que obedecía a los habituales fallos de emisión.  
      Como vivían en un piso bajo, recuerdo que era normal, si el tiempo no lo impedía, la concentración de chavales del barrio en la acera, pegados a la ventana, al acecho de la película de media tarde o de las corridas de toros, muchas por entonces, a las que mi tío era muy aficionado.  
      Mis abuelos iban todas las tardes a verla, y los sábados que yo no tenía colegio los acompañaba sin fallar ni uno. Me gustaba oír a mi tía contarme cuentos, y también ver la película de sesión de tarde, rigurosamente autorizada para todos los públicos: Tom Sawyer, los Hermanos Marx, el Gordo y el Flaco, Charlot…; aquellas del oeste en las que los indios eran siempre los malos (la Historia está cargada de mentiras en todo tiempo y lugar), alguna de Fred Astaire y Ginger Rogers... más de una de los artistas españoles de la época, todas a base de cante y de baile. Y, después de la película, Sólo para menores de dieciséis años, donde un cura, el Padre Jesús Arteaga (creo que ése era su nombre), soltaba una filípica de las de no te menees, tiempo que yo aprovechaba para salir a jugar a la calle. Recuerdo de entonces también Cesta y puntos, programa presentado por Daniel Vindel; un concurso al que acudían alumnos aventajados de colegios de toda España, y que a mí me gustaba porque el formato se basaba en el Baloncesto, y éste ha sido mi deporte de toda la vida. También veía en aquella tele que tardaba tanto en calentarse y que, cuando se apagaba, lo hacía lentamente, hasta quedar sólo un punto blanco en el centro de la pantalla, Mi amiga Flica (no sé si con c o con k) y Rin-Tin-Tin, o Viaje al fondo del mar…  
     Toda esta memoria televisiva está estrechamente ligada a mi tía Prados, pero hay algo que todavía recuerdo aún con más emoción, incluso asombro, puesto que es un recuerdo nítido y que me llega de cuando yo sólo tenía tres años, edad con la que me operaron de amígdalas. Tras la operación, volví a casa con mis padres y me acostaron. Supongo que la paliza de la propia intervención, sumada al berrinche que cogí antes y después de ésta, hicieron que acabara por dormirme. Al despertar, a los pies de mi cama, había un regalo que me entusiasmó, un regalo de mi tía Prados. Un cuento: Peter Pan. Quizá mi primer contacto con los piratas, aquel Capitán Garfio malvado y toda la historia de los niños desaparecidos…            
     ¿Sería aquel regalo el que despertó mi amor por la literatura desde entonces?

domingo, 23 de mayo de 2010

del Madrid y la sinrazón

 
 
     Leo en el Marca de hoy un titular sacado de una entrevista al nuevo entrenador del Real Madrid, Mourinho, en la que dice que, Claro que soy capaz de ganar la Champions con el Madrid. Y en la edición digital, otro en el que se afirma, Mou, allá por donde va triunfa. A la vista de ambos, podría deducirse que el Madrid, por el hecho de fichar al último entrenador campeón de Europa, ya tiene los títulos del año que viene asegurados. O sea, trabajar desde la modestia.
     Luego, en el Blog del Palomero, que con tan sabia mano gobierna Juan Manuel López Iturriaga, un lector, Dexter, hace esta pregunta: Villa, Cesc y, probablemente Rudy Fernández, al Barcelona. Nosotros fichamos a Mourinho y... digo yo, Palomero ¿por qué seguimos siendo del Madrid? Y él responde: Madridistas del mundo, no os lo toméis a mal, pero cualquier siglo de estos me borro. Ya ni me acuerdo la última vez que me sentí plenamente orgulloso de este club.
     Visto lo visto, suscribo su respuesta.

sábado, 22 de mayo de 2010

Otro soneto raro (y al revés)



Ya que la inspiración está dormida,
hagamos del poema la medida.

Terciemos con esmero y al compás
sin que se pierda el paso en el envite,
y aunque se meta en medio Satanás.

Que si escribir es una tentación
que sólo vence aquel que la escritura
asume entre el temblor y la locura,
también, a veces, es una oración.

Pero las más, no es más que un espejismo
de luz en los confines de un abismo
al que nos asomamos cada día.
No es otra cosa, al fin, la Poesía,
que el reflejo de sombra de uno mismo.

Grupo Trazo 7 & Cia. (2)




Tal como estaba previsto, ayer se inauguró la exposición del Grupo Trazo 7 en el Centro Cultural Rafael Morales, de Talavera de la Reina. El acto, de no más de un cuarto de hora de duración, supuso la presentación de este Grupo de Artistas vinculado a nuestra ciudad, y a él asistieron familiares, amigos, personas relacionadas con el mundo del Arte, y representantes de la Corporación Municipal.



Tras unas palabras de bienvenida de Francisco Castaño, Director del O.A.L.C. (Organismo Autónomo Local de Cultura), fue el turno de mi intervención. Como ya había adelantado en la entrada del pasado miércoles en este espacio, hablé de la importancia del Arte en el mundo actual (quizá, dado el vértigo de nuestro propio discurrir, más necesario que en ningún otro momento de la historia), así como de la imprescindible soledad del artista a la hora de crear, y, a su vez, de la necesidad de la compañía del  público una vez terminada la obra. Posteriormente, presenté a los miembros de este Grupo Trazo 7 y a los tres artistas invitados, todos ellos con una larga trayectoria artística en su haber.

Terminada mi intervención, pudimos recorrer la exposición y departir con cuantos se habían acercado a la inauguración de esta muestra, que estará hasta el próximo 5 de junio.

 
Dejo aquí algunas imágenes, tomadas al azar, de los cuadros y piezas de la exposición, al mismo tiempo que animo a visitarla a cuantos puedan hacerlo.

                                                                                
                
 En la fotografía superior, momento de la presentación, con los integrantes del Grupo Trazo 7 y un servidor, a la derecha. 
Fotografía vertical: Acuarelas de Vicente Martín Calderón, enmarcadas sobre una ventana de material de desecho, restaurada por el propio artista..
Fotografía de la derecha: Panorámica con 3 obras de Javier Miguel.
Por último, Explosiones mágicas, cerámicas de Ángel Núñez: " 
                                                                                       

viernes, 21 de mayo de 2010

Destino (*)



Me adentro en tu mirada para observar las cosas.
Qué sencillo parece todo cuando tú miras,
o cuando pones nombre a cuanto no lo tiene;
si ordenas laberintos o tejes realidades.
Me adentro en tu mirada y todo se apacigua.
No hay grieta que no cierre si tus manos la tocan;
ni hay dolor que no alivies, ni noche que no ceda
al fulgor de tus ojos o al rumor de tu voz.
Por eso —amiga, amada, amante, compañera—,
no tengo otro destino que crecer a tu lado,
pues contigo el futuro es agua transparente,
y el presente, la fuerza que vence cualquier sombra.





(*) De "Veinticinco poemas en Carmen", libro editado en 1999

jueves, 20 de mayo de 2010

Soneto raro con la sombra de Lope de Vega, o "la cabra tira al monte"





         [A Elías Moro, pues sus Cabras dieron pie al juego]


Leyendo sobre cabras, de repente
me da por escribir este soneto,
sin duda heterodoxo, pizpireto,
caprichoso en la forma, inconsistente,
insustancial, y falso de esqueleto.

Con el quinteto escrito, me aventuro
en la segunda estrofa, levantada
por un cuarteto, como está trazada
sobre los planos de un soneto puro.

Hecho el cuarteto, viene, cual es norma,
el terceto primero, mas varía
el soneto otra vez. Su estricta forma

se remata en modesto pareado,
obviándose el terceto encadenado.

(Con un fresco spambrote hasta podría
la cabra regresar por do solía.)

Ante toda Ítaca




Ya lo dijo Kavafis: más que llegar, la magia del viaje.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Grupo Trazo 7 & Cia

     Pasado mañana, día 21, a las 20,30 h., en el Centro Cultural Rafael Morales, de Talavera de la Reina, se inaugura una Exposición de Pintura, Cerámica y Esculturas, a cargo del Grupo Trazo 7 (en este caso, del Grupo Trazo 7 & Cia, puesto que, además de los componentes del Grupo, exponen también otros invitados).

     A mí, me cabrá el honor de presentar a un Grupo, formado por una mayoría de artistas nacidos en esta ciudad, y alguno afincado en ella. Aún no tengo escrito el texto en el que basaré mi intervención pero, básicamente, hablaré de la necesidad del Arte (con mayúsculas) en estos tiempos, cada vez más interesados únicamente por el precio de las cosas, en vez de por su valor; y de la soledad del artista a la hora de crear, pero también de su necesidad de relación con el mundo y con otros artistas como camino para seguir creciendo. Tendré que hablar de lo heterogéneo del arte recogido en la muestra, de la variedad de sensibilidades (todas válidas) de cada uno de los creadores aquí reunidos, ante la obra. Y hablaré, además, de la importancia de la amistad: en el arte y en la vida. Porque, a la postre, más que unos postulados comunes respecto a cómo concebir el Arte y abordar la creación, lo que une a estos artistas es, principalmente, la amistad, relación siempre enriquecedora y que, en su caso, suma a la hora de crear. Y no habré de dejar en el tintero cuanto tenga que ver con fidelidad para con uno mismo; con la infinita necesidad de creer en lo que cada cual hace, a pesar de que haya momentos de flaqueza y de duda. Y de generosidad. Concepto que, muchas veces, parece un poco regañado con este mundillo de artistas y escritores. Porque esa generosidad es la que posibilita que un Grupo que apenas hace unos meses que ha surgido como tal, que con esta exposición se presenta en Talavera (aunque cada uno de ellos ya haya expuesto individualmente en más de una ocasión), permita que, además de sus componentes, puedan mostrar sus piezas y pinturas otros amigos invitados.

     De todo esto, en esencia, hablaré durante mi presentación. Y después, disfrutaré tranquilamente de la exposición y compartiré con los propios autores y cuantos nos acompañen, un buen rato de charla y amistad. Por mi parte, estáis invitados.

Vísperas




Aguardo una señal ante la nieve
silente de la página:
la claridad de un signo,
el reflejo del alba que me guíe,
aunque no sepa adónde.
Pues a veces ocurre que en la noche
ese páramo blanco ensancha el mundo,
desvela lo velado,
anticipa una luz que no parece
posible y, sin embargo,
habita el núcleo mismo de la llama.
Ésa que, a fin de cuentas,
es la que habita en mí mientras aguardo
la anunciación y el peso
de la palabra toda transparencia,
carne de nieve, voluntad de altura.

martes, 18 de mayo de 2010

Las fiestas de mi pueblo (otra de Gila)

 [Viñeta de Gila]


...Pues anda que en mi Pueblo, hay unas fiestas...
Me cá... que no hay mejores en España.
No se dan altercaos ni zapatiestas

y pa’empezar, Concurso de Cucaña.
Se le coloca en medio de la plaza
un palo enjabonao con mucha maña

y en lo alto, un jamón. Se abre la caza:
los mozos, gateando para arriba,
y abajo, los demás, con mucha raza,

y la navaja abierta. Pues estriba
la cosa en ayudar a quien resbala,
de una manera pulcra y deportiva.

Al sentir el pinchazo hay quien se embala
de tal manera, que el jamón se deja
atrás. Lo que llevamos muy a gala.

Luego, para embrollar más la madeja,
el Concurso de Fuerza, continúa.
Se trata de romper, sin una queja,

y a cabezazos (tal se consensúa)
un pedrusco de media tonelada
que se ha de colocar con una grúa.

Este año (sin duda, una machada)
el Aurelio, de un par de cabezazos,
hizo de aquella piedra granizada.

Sin embargo, después de los abrazos,
el beso de las mises y el porrón,
se nos quedó cadáver en los brazos

del alcalde. Por na, por fanfarrón,
que a cabeza pelá logró la gesta,
sin boina pa' evitar el coscorrón.

Y es que mi pueblo mismo es una fiesta,
pues somos muy amigos de la broma,
aunque haya alguna broma que indigesta.

Si no, que le pregunten a Luis Loma,
para más señas, nuestro boticario,
a quien lo facturamos para Roma

por puerta a puerta desde el dispensario.
Se le ocurrió, me cá, al tío Frascuelo
arrimarle un petardo sanguinario,

que lo dejó esparcío por el suelo.
¡Jopé, qué juerga! Y va la boticaria
diciendo que si tal, que qué mochuelo...

Ya lo dijo mi madre: Candelaria,
si no soporta bromas, que se vaya
del pueblo, que no es la funeraria.

Armamos otra buena a Andrés Minaya
el día que la red de alta traición
pusieron en el pueblo. ¡Vaya tralla!

Le explicamos al pobre tontorrón
que aquellos cables eran pa’ tender
la ropa y lo creyó. ¡Qué inocentón!

¡Colgar un calcetín y echar a arder!
En nada, era ceniza y chamusquina.
Y los demás, qué juerga. Para ver.

¡La broma más bestial y más supina!
¡El rizo de los rizos del desmadre!
¡Sólo faltaba allí la estudiantina!

Me cá, lo que hay que ver — dijo su padre—.
Me habéis dejao sin hijo pero, bueno,
lo que me habré reído, mi compadre.

Y es que el padre, de joven, con veneno
para tratar el mal de la patata
rellenó una morcilla y, muy sereno,

se presentó en el bar y cata… cata…
les dio a probar a tos, y el Aniceto
decía: “Pica un poco.” “¡Que bah! ¡Mata!”

Y, para broma, la que al Anacleto
le gastamos el día de su boda:
tapiamos las ventanas por completo.

¡Y así se le alargó la tornaboda
siete meses! Abría y se acostaba
diciendo, “que es de noche…” Por la poda,

cuando por fin salieron, se palpaba
que iba a nacerles rápido el muchacho!
¡¿Y a Críspulo Bailón?! Al tonto el haba,

que se casó con la hija del Moracho,
le introdujimos en la habitación
una mula, por burro y por borracho.

A la novia, con mucha decisión,
y el buen humor que nos caracteriza,
la pusimos sin más en el pilón.

Cuando salió el Bailón, le dijo Ariza:
“¿Qué tal la noche” “Pssss…” , respondió el mozo,
corrido aún por la caballeriza.

“¿Pero tú no notabas na en el bozo?”
“Sí; la notaba alguna pelusilla…”
(¡Qué atracón de reír! ¡Menudo gozo!)

La explicación de aquello era sencilla:
como no hizo la mili, nuestro amigo
no había pasado aún de la cartilla.

Y así es mi pueblo. Tal como lo digo.

lunes, 17 de mayo de 2010

Carlos

Imagen tomada de la Pág. Web: http://www.rafaelcastillejo.com/avisopps.htm, que, a su vez
se recoge con la siguiente advertencia:
Portada del famoso cuaderno nº 107 que salió a la venta el 20 de octubre de 1958 y con el que se recibía
gratuitamente el primer número de "EL JABATO". Gentileza: Carlos de Miguel

     Era Carlos el que solía llevar la voz cantante. Quizá porque era un año mayor que los demás, y cuando se tienen ocho o nueve años eso se nota sobremanera, o porque, simplemente, era quien más imaginación tenía; no sólo porque ya la tuviese de por sí, sino, además, por ser un insaciable devorador de tebeos, de los que luego sacaba muchas de las aventuras que repetíamos en nuestros juegos. Él fue, precisamente, quien me pasó la colección completa de El Capitán Trueno. ¡Completa!, que se dice pronto. Todo un tesoro que entonces leí con avidez y que hoy no sé lo que podría valer. La tenía encuadernada en tomos de 50 números, con tapas duras, y en la portada de cada tomo el encuadernador había estampado la primera página de alguno de los tebeos incluidos. Además, entre otras varias colecciones, tenía la de El Delfín Negro, también encuadernada. Pero ésta, no sé por qué, no tuvo tanta acogida de público como la primera y hoy en día casi nadie la recuerda, aunque a mí me gustó particularmente.
     Como digo, Carlos llevaba siempre la voz cantante. Si había que jugar a guardias y ladrones, él siempre era guardia; si a espadachines, él decidía quiénes hacían de buenos y quién de malos; si al fútbol, por supuesto, era el que formaba los equipos… Era madridista acérrimo, y en aquellos tiempos en los que el Madrid lo ganaba casi todo, el chaval más feliz del mundo cuando de fútbol se trataba.
     Al ser la calle el paraíso de los niños de entonces, se formaban pandillas con un gran número de chavales y eran normales las “guerras” que nos declarábamos entre los distintos barrios, a consecuencia de las cuales las batallas a base de cantazos, en las que siempre solía haber alguna víctima colateral con una brecha en la cabeza, estaban a la orden del día. Estos enfrentamientos, además, suponían un problema para el libre tránsito de unos y otros, pues bastaba con que uno tuviera que cruzar por una calle ubicada en el barrio de un grupo rival, para que fuera perseguido y hostigado por las pandillas de éste hasta que conseguía salir de allí o tenía la suerte de que algún adulto llegara a poner paz y salvarlo de la quema.
     No es que siempre estuviésemos a la gresca, pero también es verdad que nuestros armisticios eran bastante endebles y bastaba cualquier excusa para volver a enzarzarnos en sucesivas beligerancias. Recuerdo que las declaraciones de guerra se formulaban por un grupo numeroso del barrio, que, bajo el mando del capitán de turno —en nuestro caso, de Carlos— iba hasta la calle del enemigo al grito de: “Queremos guerra, queremos guerra”, con gran ruido de tantanes, al modo de los indios de las praderas americanas. Las espadas de madera, más de una vez, también sirvieron como armas en nuestras contiendas. Pero para arma, arma, el arma secreta que diseñó Carlos un buen día —arma peligrosa incluso para los propios portadores— y que aún hoy no sé en qué se basó para su invento.
     Por aquel tiempo, solíamos comprar en las tiendas de frutos secos lo que llamábamos “mixtos”, que no eran las vulgares cerillas con las que nuestras madres encendían la cocina o el brasero, sino unas tiras de cartulina en las que habían insertado una sucesión de “cabezas inflamables” —no sabría definirlo de otra manera— separadas entre sí un par de centímetros, más o menos. Se vendían por número, a tanto el mixto, y tomados de uno en uno los rascábamos contra una pared hasta que aquello empezaba a chisporrotear al tiempo que se producían luminiscencias fosforescentes como pequeños fuegos artificiales. Si se hacía por la noche o en lugares oscuros, lógicamente, el impacto visual era mayor. Pues bien, a Carlos, un buen día se le ocurrió arrancar de la cartulina aquellas cabezas explosivas hasta un número de treinta o cuarenta, y hacer con ellas una bola, envolviéndolas en papel de plata del que venía en las tabletas de chocolate. A esa bola, le incorporó una mecha. Y con aquella arma y bandera blanca nos dirigimos al barrio con el que manteníamos el último conflicto. Como éramos unos caballeros, acudió al encuentro el ejército contrario, también con ánimo pacífico, y en círculo, como hacían indios y americanos en las películas, entablamos una conversación de paz que no era tal, puesto que nosotros lo que queríamos era que se rindieran incondicionalmente, pues no en vano teníamos el arma secreta que los destruiría de empecinarse en seguir con las hostilidades. Como no iban a sometérsenos a las primeras de cambio, nos pidieron que demostráramos en qué consistía aquello, convencidos de que lo único que teníamos era afán de fachenda. Carlos, tras advertirles que podían salir malparados, accedió a su deseo. Colocó en el centro del corro nuestra bomba y prendió la mecha; luego volvió a su sitio. Todos aguardábamos impacientes el resultado, pero parecía que el invento fracasaría sin remedio: el papel de plata tardaba en calentarse, y a ciertas edades, cuando se es niño, la paciencia no es una de las virtudes mejor valoradas. Así, al ver que aquello ni explotaba ni hacía na de na, el más gallito de nuestros enemigos se levantó del corro, se acercó al centro e hizo amago de sentarse sobre la bomba a evacuar el vientre. “Esto es lo que hago yo con vuestra arma secreta. Me cago en…” ella, debía de ser la palabra con la que pensaba terminar la frase. Sin embargo, antes de hacerlo, el papel de plata ya se había calentado; los mixtos prendido y, supongo que con la presión del mismo papel, en vez de chisporrotear como hacían siempre, estallaron en un sonoro zambombazo que sorprendió, tanto al que se mofaba del invento, como a nosotros mismos. Todos, salimos de estampida movidos por el susto; nosotros, además, rumbo al barrio en medio de un coro de improperios de las vecinas que, asustadas, salieron a la calle para conocer el origen de la explosión.
     A salvo en nuestra calle, celebramos durante mucho tiempo y con grandes risotadas y burlas la cara de muerto que se le había quedado al valiente, ocultando, eso sí, la impresión que a los demás nos había causado el experimento. Sin embargo, en un sorprendente ataque de cordura, jamás volvimos a fabricar ninguna otra arma secreta.
     Hace unos años, después de muchos sin saber de Carlos, me enteré que había fallecido. Ahora está aquí, conmigo, en medio de estas líneas, recobrando el ayer y nuestros “juegos”.

domingo, 16 de mayo de 2010

Barça, enhorabuena.

[Imagen tomada de la edición digital de hoy del diario AS]

    Un año más, a los madridistas se nos queda cara de tontos. La lógica ha seguido su lógico curso y el Barça, tal como realmente se esperaba, no ha fallado. Daba igual lo que hiciese el Madrid en Málaga, los catalanes sabían que dependían de sí mismos y ante su afición, y aunque Guardiola se ha encargado de que no se desatase la euforia antes de tiempo para evitar lo que hubiera sido un absoluto desastre, la verdad es que, aunque el fútbol no es un deporte lógico, lo normal es que sucediese lo que ha sucedido: que el Barça celebra su título a estas horas y el Madrid, un año más, se queda en blanco (y no sólo porque ése sea el color de su indumentaria). Es cierto que en cuanto a puntos y a goles, han hecho una gran temporada. Sin embargo, haber quedado segundos supone, simplemente, que otro lo ha hecho aún mejor. Además, no habría que olvidarse de los grandes fracasos en la Copa del Rey y la Champions League, al haber caído con el ¡Alcorcón! y el Olimpic de Lyon, a la postre semifinalista. Y del hecho, nada desdeñable, de que han perdido los dos partidos con su más directo oponente.
    La gran pregunta que habría que hacerse ahora es si el culpable de ambos naufragios ha sido Pellegrini, como parecen apuntar, aunque no lo digan claramente, la Directiva, y un sector mediático de la prensa madrileña, que sí lo dice. Yo no lo sé; de fútbol sé lo justo. Sí sé que el Madrid, otro año más, montó un equipo a la carrera, al margen casi del entrenador y a costa de millones. Y que le tocó al técnico chileno conjuntar a ese grupo de buenos jugadores —algunos excepcionales— que, sin embargo, buena parte de la temporada parecen haber ido cada uno a lo suyo: de ahí, fracasos como los mencionados. Sin embargo, sin llegar a desarrollar la excelencia de juego del Barcelona, han acabado jugando razonablemente ordenados, con algunos destellos de belleza, y sabiendo cada uno lo que se esperaba de él. Ahora, sin embargo, cuando la labor del entrenador debiera ser la de ajustar definitivamente esas piezas, y las que se incorporasen para reforzar los puestos mejorables, Pellegrini parece que no cuenta para la próxima campaña; que vendrá Mourinho, dicen. Éste, que ahora es casi un dios para la misma prensa para quien lo era Pellegrini el año pasado por estas mismas fechas, vendrá con su nueva filosofía de juego, pedirá nuevos jugadores, se irán otros… habrá que conjuntarlos… y, con suerte, el próximo año se ganará algún título. Mientras tanto, la cantera del Madrid continuará siéndolo de otros equipos, que es donde acaban algunos buenos jugadores que han salido en los últimos años y que, sin embargo, parecen poco para defender el club que les formó desde niños.
    Y vuelta a empezar…
   Mientras tanto, un año más, habrá que decir: Barça, enhorabuena.

Almacén de Coloniales y Ultramarinos



     Estaba la tienda del señor Tomás, y, después, estaban las tiendas de Coloniales y Ultramarinos; más que tiendas, almacenes: Almacén de Coloniales y Ultramarinos, seguido del nombre correspondiente: Olmedo, González y Morales, Carrión… Éstos, se parecían en algo a la tienda del señor Tomás, pero yo, cuando entraba en ellos —habitualmente con mi abuelo, que era representante de comercio—, los veía inmensos, nada que ver con las estrecheces de la tienda del barrio; y mucho más oscuros. Además, en todos, sobre los mostradores de madera, solían colgar bacaladas, ristras de ajos y embutidos; los jamones, más allá, como extrañas prendas, pendían de las vigas del techo. También, a un lado del almacén, había una báscula donde se pesaba el género y en la que yo me encaramaba en cuanto podía; siempre, con una emoción parecida a la que sentía cuando montaba en las atracciones de la feria. Otra cosa que diferenciaba los Almacenes de Coloniales de la tienda del señor Tomás eran los sacos con las bolas de sal para las vacas, habitualmente cerca de la puerta, y el gran cartelón de “Nitrato de Chile” que se anunciaba en la fachada. Luego, estaba el olor: mezcla de mil productos, poca ventilación y viejas humedades.
     Y lo mejor de todo, lo que los diferenciaba definitivamente de la tienda del señor Tomás: el botín que yo conseguía cada vez que entraba con mi abuelo, consistente en un puñado de caramelos y, como cosa extra, algún bombón.

sábado, 15 de mayo de 2010

Divertimento (poco divertido)

Nuevamente cedieron
aquellos que dijeron:
"Cambiaremos las cosas."





Como mera comparsa,
son parte de esa farsa
que desprecia a las rosas. 




 
Las buenas intenciones
ceden a las razones
del becerro de oro.





Y otra vez más, se ha visto
que aquí, ni Marx ni Cristo
imponen el decoro. 



viernes, 14 de mayo de 2010

El señor Tomás




    El señor Tomás era toda una institución. Y su tienda, el corteinglés de Barrionuevo. En ella, era posible encontrar desde sardinas prensadas —cuyas cubas exponía abiertas en la puerta, junto a las cajas de fruta y los sacos de garbanzos de El Membrillo y judías blancas de El Barco— hasta alpargatas, pasando por papel higiénico el elefante, jabón lagarto, detergentes, matamoscas, hilos, agujas, lapiceros, gomas de borrar, cuadernos, jaulas para grillos, cajas de cerillas, caramelos, bolitas de anís de cinco y diez céntimos, cacahuetes, pipas, chicles; y todo tipo de comestibles: pan, galletas, chocolate, cacao, pimentón de la Vera, especias, latas de bonito en escabeche, sal, azúcar, harina; y luego, los ajos, las cebollas, las patatas…; y en verano, los tomates, los pimientos verdes, los pimientos rojos, los calabacinos, las berenjenas, las judías verdes, los guisantes…; todo, verduras y hortalizas de la fértil vega del Tajo, de la que nada queda.
    El señor Tomás siempre andaba detrás del mostrador, con su bata azul oscuro y su lapicero en la oreja derecha, dispuesto para cuando tenía que anotar en el cuaderno de pastas de hule, de una raya, el importe de los pedidos que iba fiando a unos y otros, hasta que llegado el día de cobro, habitualmente los sábados, cada cual acudía puntualmente a cancelar su deuda con el tendero. Éste, de carácter bonachón y muy sensato, algo filósofo y siempre afectivo, tanto con los mayores como con los chavales que, en cuanto teníamos una perra chica —lo cual era casi nunca—, corríamos a gastárnosla en una bola de anís (de las pequeñas), tachaba con esmero las anotaciones del cuaderno y el asunto quedaba liquidado. Con ello, el crédito, nuevamente abierto hasta la paga próxima.
    El final de esta historia no lo recuerdo. No sé si el señor Tomás falleció antes de que dejáramos la casa de mis abuelos —la muerte, a mi edad de entonces, suele pasar desapercibida, salvo que la persona fallecida sea muy próxima—, o si dejó la ciudad y se marchó junto a su esposa a la capital, con alguna hija; o si continuó allí, en el barrio, después de irnos nosotros… En todo caso, no había vuelto a pensar en él en todo este tiempo y, sin embargo, de repente, desde mi infancia de no más de ocho o nueve años ha regresado hoy hasta mí, con tal nitidez que, de saber utilizar los pinceles —algo para lo que me declaro el más inútil de los mortales—, hubiera podido dibujarlo con todo lujo de detalles. Torpemente, lo intento con la palabra.

jueves, 13 de mayo de 2010

Reflexión de un atlético el día 12 de mayo de 2010 (apócrifo) *

 
(Tras las medidas económicas tomadas ayer por el Gobierno, 
el Atlético de Madrid gana la Final de la Europa League.
Llevaba 48 años sin conseguir un título europeo.)

Todo fluye a la nada y, sin embargo, 
el corazón alienta como nunca.  


* SINCERAS FELICITACIONES A LOS ATLÉTICOS, 
DE UN MADRIDISTA NADA ACÉRRIMO.

Jilguero

Veo posarse un jilguero en mi balcón, junto a las plantas. Cuando alza el vuelo, yo continúo absorto en su presencia. Mas no sigo su adiós, sino el hueco y dolor de la verdura.

miércoles, 12 de mayo de 2010

de crisis...



“Vamos a refundar el capitalismo”, dijeron. Y es cierto, hoy los capitalistas se refundan —o se enfundan— en mullidas acciones que suben y bajan a su antojo, mientras los de siempre, siempre solidarios, dan lo que no tienen para que algunos puedan continuar manteniendo sus palacios, sus coches y sus queridas. Ahora resulta que la culpa de la crisis es de los que viven con un sueldo base y de los mendigos, que no pagan a Hacienda.

Otoño 1976

 

                                         Por supuesto, a Higinio, compañero de fatigas;
                                                                    y a Fernando, que nos descubró "Suso".


Aún puedo ver el mar enfurecido
en las tardes ceniza del otoño,
cuando bajábamos tú y yo a la Torre de Hércules
a evadirnos del día, con la risa
como la mejor arma contra toda
la oscuridad de entonces.
Y allí que nos sentábamos, absortos
en las fuerzas del mar, en la belleza
de sus yeguas de espuma contra el acantilado,
en el ronco rumor de su tenacidad.
El tiempo, por momentos,
parecía que fuera a detenerse,
a quedarse fijado para siempre
en la rotundidad de aquel paisaje:
eterno y a los ojos recién inaugurado;
distinto cada tarde.
Sin embargo, para desgracia nuestra,
el tiempo galopaba más aprisa
que las yeguas de espuma, galopaba
a la velocidad de los cometas,
y no se detenía,
y llegaba la hora nocturna del regreso,
y la vuelta por calles sembradas de bullicio
hacia las camaretas
oscuras y apenas ventiladas.
Entonces, confundidos
con otros uniformes y otros rostros,
cenábamos aprisa algunas tapas
acompañadas de ribeiro y sombra.
Y otra vez al redil y a los horarios,
y a esperar que otra tarde nos llamara
con las puertas abiertas al mar libre.

Parece que fue ayer... pero no somos,
amigos, los de entonces.

martes, 11 de mayo de 2010

Escalerillas



     De puerta en puerta, de mercería en mercería y en cada comercio de telas, un grupo de seis u ocho chavales de no más de siete años peinábamos la calle principal pidiendo “escalerillas”. Para quien no lo sepa, se trata —o trataba; ignoro si sigue utilizándose actualmente— de una estructura de madera con forma de escalera de mano, de, aproximadamente, un metro de largo por veinte centímetros de ancho, forrada de papel de envolver, marrón y algo satinado. Servía de soporte a las telas que, en aquella época —hoy la gente apenas cose, y prefiere comprarse la ropa ya hecha—, se vendían por metros para la confección de vestidos y otras prendas. Normalmente, los tejidos se apilaban expuestos en los anaqueles de aquellas tiendas —con aromas un poco rancios y que hoy, de existir, son una verdadera reliquia— a la espera de que la cliente de turno eligiese la que más le convenciera, tras lo cual el vendedor medía sobre unas señales marcadas en el mostrador los metros solicitados. Conforme las piezas de tela se terminaban, las escalerillas eran amontonadas en algún rincón, para, posteriormente, ser depositadas en la basura.
     Los chavales, como digo, las pedíamos de tienda en tienda. Y, aunque de la mayoría salíamos como habíamos entrado —o sea, sin ningún botín—, en un par de ellas raro era el día en que no nos tenían reservados dos o tres de aquellos armazones.
     Una vez en nuestro poder, lo primero que hacíamos era romper el papel que envolvía la madera, y con piedras como única herramienta procedíamos a desmontar la estructura, separando cada uno de los listones. Todo, con sumo cuidado; pues había que procurar que los clavos que ensamblaban las partes salieran intactos, de forma que pudiéramos reutilizarlos en nuestra tarea, que no era otra que la confección de espadas de madera con las que luego jugábamos a piratas y mosqueteros.
     Sin la buena voluntad de algunos vendedores que, en contra de otros más precavidos, no veían con malos ojos nuestro afán de aventura y nos proporcionaban aquel material imprescindible, quizá las fabulas de bucaneros, inspiradas muchas veces en las historias del Capitán Trueno o el Delfín Negro, no hubieran formado parte de aquella infancia nuestra ni del aprendizaje de los chavales de los primeros años sesenta. Hoy, no sé por qué, he vuelto a recordarlo. Quizá, por eso de que escalerilla resuena en mi memoria como a música y juego.

lunes, 10 de mayo de 2010

La misma certeza, la misma duda



En medio de la noche, se pone a rastrear por la memoria en busca del momento exacto en que pronunció por vez primera una palabra con la veneración del converso. Sabe que en ese preciso instante comenzó el calvario, la particular travesía del desierto que es indagar adentro, buscando qué.

domingo, 9 de mayo de 2010

Despedida

 [Andén interior de la Estación de RENFE en Toledo: Fotografía tomada de la Red]


     Es cierto que a mis veintiún años no había viajado aún mucho, ni salido de casa más de un par de meses, y no seguidos. El mar, eso sí, ya lo conocía desde que siete años antes me asomara al Mediterráneo de Castellón un día de enero, metálico y lluvioso, tan de ceniza que, en vez del Mediterráneo, me pareciera contemplar el mismo Mar Cantábrico, tan bravo como nos lo pintaban en el colegio. Aparte de esto, pocos viajes más había realizado hasta entonces: Madrid, Toledo, Segovia, Aranjuez… y poco más. Por eso, a mis veintiún años, aquel traslado suponía para mí toda una reválida. No sólo porque mi destino estuviera a seiscientos kilómetros de mi casa, uno más uno menos, sino porque la duración de aquel viaje “iniciático” sería de quince meses, aunque todos contábamos conque, al menos, un mes sería un paréntesis entre la fecha de incorporación y la de licencia. Iba, naturalmente, a hacer la mili.
     Recuerdo poco de mi traslado hasta Toledo, en cuya Caja de Reclutas debía presentarme. Y nada de lo que hice al llegar allí acompañado de mi padre, que ese día faltó al trabajo para  venir a despedirme en la estación neo-mudéjar de la ciudad imperial. Vagamente, vislumbro un grupo variopinto de jóvenes, la mayoría acompañados de padres, madres o hermanos; cada cual con su petate a cuestas, formando tres hileras en el andén de la estación bajo el mando de algún suboficial (sargento o brigada) aún paciente, y hasta comprensivo con nuestra torpeza a la hora de montar aquella especie de ciempiés poco elegante y menos derecho, que era la formación. Luego, la subida por orden a los vagones del convoy, el acoplamiento en los compartimentos (ocho por cada uno), las primeras palabras entre nosotros, las quejas impotentes de casi todos… Pero hay algo que puedo ver con nitidez meridiana a pesar de los muchos años que han pasado, de la distancia que media entre aquel joven y quien esto escribe, de lo diferente, aunque no tanto (en cierto sentido) de esta sociedad con respecto a aquélla. Son los ojos de mi padre plantado en el andén, buscando mi mirada, como yo la suya, a través del cristal de la ventanilla; su sonrisa, algo forzada, dándome ánimos: ya verás como no pasa nada; como esto se pasa, parece decir. Y un poco más tarde, su brazo, medio deslavazado, despidiéndome: la mano en alto, en movimiento pendular, diciéndome adiós mientras el tren comienza a coger velocidad.
     No puedo saber qué pensamientos cruzaron por su mente aquel día, en ese momento preciso, pero me da por imaginar que debieron ser imágenes inconexas de las que ambos formábamos parte: quizá mi nacimiento, mis primeros pasos, mis primeras brazadas en el Tajo, contracorriente, mientras me enseñaba a nadar catorce años antes, alguna escena cotidiana, algún cumpleaños…; no puedo saberlo. Nunca lo he hablado con él y, si lo hiciese ahora, posiblemente, él no podría decírmelo; quizá lo haya olvidado. En cualquier caso, aquella mirada —su mirada— encontrándose con la mía mientras se alejaba el tren, me dio las fuerzas suficientes como para enfrentarme a aquel tiempo caqui. Hoy, por suerte, pasto del ayer y del olvido.

sábado, 8 de mayo de 2010

A vueltas con el tiempo



Encerrado en mi esfera de cristal, se superpone el tiempo:
un sinfín de círculos concéntricos se expande hacia todas
      las posibles direcciones.
Cada círculo, contiene una parte de mí,
de mi espacio y mi tiempo,
de mi memoria y de cuanto olvidé.
Sumados todos, vuelvo a ser yo mismo.
Sólo que, llegado a este resultado, también me desconozco,
pues, desde el que soy ahora, no puedo abarcar la unidad completa del que soy
     en el centro de un tiempo y un lugar sin posible medida,
     sin referentes ni coordenadas.

Encerrado en mi esfera de cristal, miro pasar el tiempo.
Para viajar con él, trazo palabras,
conjuro rimas,
disecciono nombres…

Respuesta



Añoro el mar. Quizá por eso, que la noche me acerque su rumor en la respiración del propio sueño.

viernes, 7 de mayo de 2010

Palabras celebradas



Como la aurora, irrumpes lentamente
en el desierto abierto de mi vida:
me traes la luz que sé que no poseo;
claridad hecha amor, llama que nombra.
Y con la sencillez con que la aurora
extiende sobre el día sus dominios,
también tú te desbordas por mi pecho,
y alzas un vuelo que hacia ti me eleva.
Tan alegre es tu amor, tan de mañana,
que no importa que rueden calendarios,
que vengan los inviernos con su cierzo,
que la nieve nos cubra de preguntas.
Tan alegre es tu amor, que aunque yo calle,
y no te diga nada, lo percibo;
baila en mi corazón con pies tan leves,
que escribe en él palabras celebradas.
Ante esa claridad que tú me otorgas
a todas horas, yo, cruzo los sueños
y salgo hasta tu encuentro cada día,
seguro de que en ti mi nombre arraiga.
Lo demás, poco importa. La luz tiene
la identidad de tu respiración.

jueves, 6 de mayo de 2010

URGENTE. ¡Huelga de poetas!

 [Fotografía tomada de la propia fuente de la noticia]

Llega hasta este rincón de verbos y penumbras una noticia que acaso ya conozca un gran número de poetas y blogeros, pero que, en cualquier caso, considero conveniente difundir. Para ello, leer AQUÍ

Constante Guerra: ensoñación perversa (*)



    Dormita la siesta el señor de la casa cuando, de improviso, lo despierta el insistente sonido del teléfono. Un poco amodorrado todavía, se levanta del sillón y va hasta el aparato. Al otro lado, una voz dinámica —más bien agresiva— inicia un rápido discurso:
    —Buenas tardes, señor; mi nombre es Constante Guerra, de “Seguros La Más”, y quisiera hablar con Don Genaro Alamillo. ¿Es usted?
    “¡Vaya, hombre! —piensa el Señor Alamillo— Otra vez el pesado de turno.”
    —No, no soy yo. El Señor ha fallecido.
    Momentáneamente, el agente de seguros parece confundido, pero enseguida continúa su discurso, dispuesto a no perder la iniciativa.
    —No sabe cómo lo siento, caballero. Lo acompaño en el sentimiento, por supuesto. ¿Es usted familiar del finado? ¿Algún hijo o hermano?
    —No señor, yo soy el mayordomo.
    —¡Ya! —suspira Constante Guerra, quien, sin embargo, no se da por vencido— ¿Y no hay por ahí ningún familiar de Don Genero? ¿Su esposa, acaso?
    —Un momento, veré si la señora puede ponerse…
    Genaro Alamillo deja el teléfono sobre la mesita, vuelve al sillón y, convenientemente acomodado, cierra los ojos. Sin embargo, no tardará mucho tiempo sin que el repiqueteo del teléfono —en este caso, el  de su móvil— suene de nuevo.
    —Buenas tardes, señor; mi nombre es Constante Guerra, de “Seguros La Más”. Perdone que le llame a este número. Es el que figura en nuestros registros como teléfono móvil de Don Genaro Alamillo, que, según me han informado, ha fallecido recientemente… No sé si usted será algún familiar en primer grado, en cuyo caso…
    —Sí, yo soy su hijo —responde el señor Alamillo, sin molestarse siquiera en disimular el timbre de voz—. Pero es que mi padre ha fallecido hoy mismo. Y lo tenemos aquí, de cuerpo presente. Comprenderá usted que en esta situación…
    —Naturalmente, caballero, soy consciente de su dolor y lo acompaño en el sentimiento. Por cierto, ¿su nombre es…?
    —Genaro, también Genaro.
    —Bien, Don Genaro. Me gustaría decirle que ha sido una verdadera lástima que su padre haya fallecido en las circunstancias actuales. De haber tenido tiempo de responder a esta llamada, seguro que habría contratado la ampliación de la póliza que deseábamos ofrecerle, diseñada específicamente para personas de su edad y condición…
    Genaro Alamillo, que ve cómo la hora de su siesta se ha ido al cuerno, decide continuar la broma.
    —Seguro que ha sido una verdadera lástima. Además, sus herederos nos hubiéramos beneficiado, por lo que deduzco.
    —Naturalmente, ustedes serían los máximos beneficiarios.
    —Ya. ¿Pero no le parece a usted que no es momento para tratar de este asunto?
    —Sí, claro; le ruego me disculpe. Sin embargo, no quiero dejar pasar la oportunidad para ponerme a su servicio. Hoy, ha sido su padre. Mañana, podemos ser usted o yo… Yo, por supuesto, ya tengo mi póliza contratada, y a mi familia, debidamente asegurada. Pero, ¿usted, conoce nuestros servicios? Podría…
    Genaro Alamillo piensa que Constante Guerra es un nombre adecuado para el  hombre que habla al otro lado del teléfono. Abrió la veda y no parará hasta conseguir la rendición de su interlocutor. Ahí lo tiene, dale que te pego, que si tal que si cual, que si estas ventajas y estas otras… Entonces, el señor Alamillo, decide dar otra vuelta de tuerca a la situación.
    —Oiga… Señor Guerra…
    —Sí, sí, dígame —responde, solícito.
    —Un momento, le dejo con mi padre, que acaba de resucitar.
    Al otro lado, se oye una respiración agitada, un balbuceo, un estertor; luego, un golpe seco; después, nada.
    El reloj del salón da las cinco en punto de la tarde. Genaro Alamillo desconecta el móvil; va hasta el teléfono fijo y lo cuelga. Se sirve una copa de coñac y enciende el tocadiscos. Las notas de la Novena de Beethoven se expanden por toda la casa, acompañando su alegría.


(*) VARIACIÓN SOBRE UN MISMO TEMA.VER AQUÍ 
     (TRAS SUFRIR UN NUEVO, REINCIDENTE, ASALTO.)
     

miércoles, 5 de mayo de 2010

Cima de vida



En descenso a la nada inexorable
demuestra, corazón, cima de vida,
afronta sin nostalgia esa partida
ofreciendo tu gesto más amable.

En la luz inviolada y transitable
deja un verso de amor; después, olvida
cuanto fue sombra, y que ninguna herida
de ayer o nunca nuble lo imborrable.

Pide que el día sea azul y bello;
que luzca el sol y el último destello
lo recoja, serena, tu mirada.

De poder ser, que así, como sugieres,
quede la misma paz en los que quieres
cuando, en cima, desciendas a la nada.

martes, 4 de mayo de 2010

La higuera



     A propósito de la higuera, mi abuela paterna me contaba una historia. Me preguntaba ella: “¿Tú sabes por qué la higuera es el único árbol que da dos frutos, las brevas y los higos?” Y al decirle yo que no lo sabía, me empezaba a contar este cuento, algo irreverente: “En cierta ocasión, Jesús, se dirigió a San Pedro, que al parecer era un poco borrachín, y le preguntó: ‘¿Pedro, cuál es el árbol que más te gusta?’ Éste, enseguida pensó en la vid (aunque no fuera un árbol, exactamente), pues le gustaba comer las uvas recién cortadas y, más aún, el producto de éstas, el vino, al que era buen aficionado. Y a punto estuvo de decir, ‘La vid, Señor.’ Pero temiendo que Jesús le reprendiese por su afición a la bebida, mintió: ‘La higuera, Maestro.’ Jesús le miró condescendiente, pues de sobra sabía cuál era el fruto que más agradaba a su discípulo; luego, sonriéndole, respondió: ‘Entonces, hijo mío, puesto que bien me sirves y sé que me amas, y tras de mí predicarás mi doctrina, desde hoy mismo, para satisfacción tuya y de los que vendrán en el futuro, la higuera  será el único árbol que dará dos frutos: brevas e higos.’ San Pedro, que por entonces todavía no era santo, se lamentó de haber engañado al Maestro, pues por un momento pudo imaginar las vides con dos frutos y los maravillosos vinos que hubiesen dado.”
     Y así, sonriente, contemplando mi expresión confusa de niño de seis años que no acaba de entender del todo lo que le han contado, mi abuela terminaba el cuento y seguía con su labor de ganchillo, sentada en su silla, en el patio de la casa.

lunes, 3 de mayo de 2010

Los higos



    En aquel tiempo, y en aquella España, el verano estaba plagado de fiestas nacionales: el 29 de junio (San Pedro y San Pablo); el 18 y 25 de julio (la primera fecha de memoria infausta, y Santiago Apóstol, la segunda) y el 15 de agosto (la Virgen. Para cuando las uvas ya están maduras).
    Esos días, y cada domingo, apenas clareaba, mi padre saltaba de la cama, se aseaba y armado de un cubo y un buen gancho fabricado para tal labor, iba al corral, al que yo no tardaba también en acudir. Allí, se encaramaba en la higuera y comenzaba a recolectar: en junio, las primeras brevas, dulces y esponjosas, con su gotita de miel solidificada y transparente; después, en julio y agosto, los higos, no tan finos como las brevas, pero también exquisitos y dulces; todos, brevas e higos, arrancados en su momento de sazón.
    Mi padre colgaba el cubo de una sólida rama y depositaba en él las piezas recogidas: primero las próximas y a continuación, ayudado por el gancho con el que acercaba las ramas, los frutos más alejados. De cuando en cuando, renegaba un poco de los pájaros que, sabios degustadores de frutos, siempre picoteaban los más maduros, hermosos y dulces.
    A mí me gustaba verlo allí subido, con su camisa blanca, las mangas arremangadas, mostrándome aquella pericia con la que en poco tiempo acababa por llenar el cubo hasta arriba. Luego, con agua del pozo, lavaba la fruta. Para entonces, mi madre también estaba en pie, y toda la casa olía a café recién hecho.
    Con todo preparado, en el patio, mis abuelos, mis padres, mi hermana y yo, sentados en nuestras sillas bajas de anea, hacíamos corro alrededor del cubo, y todos íbamos comiendo de aquellos frutos con los que iniciábamos el desayuno. Tan frescos estaban, y tan limpios, que a mí me daba por comérmelos con piel y todo, y más de una vez hubieron de llamarme la atención por mi excesiva gula. 
   —Te acabará doliendo la tripa —decía siempre la abuela; quien también solía cantar mientras nos sentábamos—: Al higuín, al higuín, con la mano no, con la boca sí
     Luego, acabábamos con un tazón de café con leche y el corro se levantaba. Así, domingo tras domingo, festividad tras festividad, se instauró —o quizá ya estuviera instaurada de antes, de cuando era mi abuelo el que cogía los frutos y mi padre miraba— aquella costumbre que terminó cuando nos cambiamos de casa, justo cuando yo subía los primeros peldaños de la adolescencia. Pero, ésa, es otra historia.

domingo, 2 de mayo de 2010

Madre

["Maternidad" - Escultura en el Parque de El Prado - 
Talavera de la Reina (desconozco su autor)]

                                            A mi madre, a todas las madres


Hay palabras que matan, como balas; hay palabras que hieren, como filo; hay palabras que invitan a muy lejos, como oriente o galaxia; y palabras que sanan, abrazan y consuelan, palabras como MADRE.

sábado, 1 de mayo de 2010

De la violencia (versificación a un chiste de Gila)


[Viñeta de Gila]


Esto de la violencia, aunque se crean
que es cosa de mayores solamente,
es algo que se masca, está latente,
y hasta en los niños repercute. Vean:

Por ejemplo, anteayer, una señora
increpaba con genio a su vecina:
“Vaya un hijo que tienes, Josefina,
que ha sacado la lengua a mi Isidora”.

“Mujer”, le respondía la increpada,
“No hagas caso, cosas de mozalbillos;
igual que si les da por la geofagia”.

Y la otra madre aún más indignada:
“Serán, quizás, asuntos de chiquillos,
pero no hay quien le corte la hemorragia”.