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miércoles, 30 de junio de 2010

Amar y voluntad



            Amor no es voluntad, sino destino.
                        CONDE DE VILLAMEDIANA




Amar es un continuo aprendizaje
en el que apenas sirve lo aprendido.
Como tampoco sirven para el viaje

la brújula ni el mapa sin sentido
de orientación expreso del viajero
al adentrarse en lo desconocido.

Todo es provisional en un Te quiero,
pues el amor comienza cada día
y siempre cada día es el primero.

De esta forma es dichosa melodía
que surge del afán de todo amante:
mezcla de eternidad y poesía,

de tacto, exaltación, gesto galante,
y luz en una sola partitura
cómplice, pasional, vivificante.

Mas no es fácil amar. De qué lectura
se haga de tan abierto pentagrama,
depende el paraíso o la locura,

el vulgar despertar a un melodrama,
o la llama de un Himno a la Belleza,
que habrá de trascender en nueva llama.

Pero dejemos su naturaleza
de música esencial por el momento.
y coloquémonos en donde empieza

a forjar el amor su fundamento:
cuando queda el amante embelesado
y en suspenso el latir del firmamento.

Digamos que a partir de tal estado
—donde el tiempo se para o se desboca,
según diste la amante del amado

(o amada del amante), de su boca;
según la plenitud y la medida
del deseo y el celo que provoca—,

debe el amor crecer con decidida
voluntad de pasión y permanencia
para exprimir la vida con más vida.

Y así, desde la toma de conciencia
de su fragilidad, alimentarlo,
habrá de ser obligación y ciencia.

No habrá mejor manera de intentarlo
—conservar el amor— que estar alerta
a los vientos que pueden derribarlo;

conscientes a la vez de que su incierta
consistencia depende del azar,
tanto como el viajero de la puerta

que se ha abierto para él de par en par,
permitiéndole el rumbo a la aventura
que se conjuga con el verbo amar:

ejercicio de fe por la andadura
a un futuro inmediato y nunca escrito
donde no cabe la literatura

—suele acabar el tiempo con el mito
de príncipes azules y princesas
haciendo un viaje astral al infinito—;

donde, para cumplir con las promesas
realizadas, se estiman necesarias
voluntades comunes ex profesas.

El amor no se salva con plegarias,
ni con palabra bella ni engañosa.
Se salva y se defiende con las diarias

dosis de fe, con lucha vigorosa;
el amor con amor crece y florece
como florece en el rosal la rosa.

Sólo de esta manera resplandece,
ilumina el espacio y aligera
el peso del dolor cuando aparece.

Pero esto no se sabe la primera
vez que surge el amor; ni nunca, acaso.
O se sabe y se olvida y se pondera

sólo cuando la nieve del fracaso
deja en el corazón su ardiente frío,
que quema más, más cerca del ocaso;

cuando, ya en soledad, se ve el vacío
ocupado con sombra y con ausencia,
donde todo se vuelve desvarío.

En el pecado va la penitencia,
y los amantes pagan su pecado
de vanidad, o simple adolescencia.

Amar es siempre un viaje a lo ignorado
—quien no lo conoció no está completo—
donde poco valdrá lo ya ganado.

Es un aprendizaje y no hay secreto
que nadie pueda desvelar, pues cada
amor escribe su íntimo libreto

con la locuacidad de una mirada
que siempre habrá de ser irrepetible,
como es irrepetible la alborada.

Si en toda luz hay algo imperceptible
—y sin embargo, exacto— que denota
su peculiaridad inconfundible,

también en el amor ese algo brota
en el idioma que hablan los amantes:
ciencia precisa y, sin embargo, ignota.

En el amor no existe nunca el antes
y, acaso, ni el después. Sólo el ahora,
que es una eternidad hecha de instantes

que sólo entiende aquel que se enamora;
pues la vida se mide en cada gesto
que dista entre la urgencia y la demora.

Amar es no dar nada por supuesto;
y hacer de la rutina una sorpresa:
andar por el alambre, echar el resto.

Saber que no es sencilla tal empresa
y que se aprende a andar en el camino,
ayuda a hacer liviano lo que pesa.

Amar es voluntad tras ser destino.

martes, 29 de junio de 2010

Encuentro



Llegué para quedarme entre tus brazos
tras larga travesía del desierto.
En ti encontré la luz y el mundo abierto
en el lazo carnal de tus abrazos.

Blanco mi corazón de tus flechazos,
puse mi pecho todo a descubierto.
Y no actué jamás con tanto acierto
ni me sentí completo en más pedazos.

La vida, desde entonces fue más vida;
mi corazón, contigo, más humano;
el mundo, junto a ti, más habitable.

Pues tú pusiste fin a tanta huida,
a tanta desazón y anhelo vano.
Y a tanta soledad ingobernable.

lunes, 28 de junio de 2010

De escritura y bitácoras

    Se comienza a escribir casi por juego —El juego de hacer versos, decía Gil de Biedma, o Por mi mala cabeza yo me puse a escribir, apuntaba José Agustín Goytisolo—. Y pronto, al paso de los años, uno comienza a darse cuenta de que el juego es muy serio; y más tarde, de que no es tal. Así escribimos, primero como un juego y luego como terapia, como vía de conocimiento, como instrumento de comunicación con los demás. Poco a poco comenzamos a mostrar aquellos primeros textos que tanto pudor nos suponía enseñar a los otros; siempre, con la esperanza de un halago, con el secreto anhelo de que esos otros se viesen reflejados en ellos, tal y como nosotros nos reflejamos en los textos de autores clásicos y consagrados que leemos con veneración. Incluso, llegamos a publicar en alguna revista, a editar algún libro, a obtener algún premio. Y lo que era sólo nuestro, deja de serlo, se convierte en materia a disposición de quienes lo deseen, que no harán de tales textos nuestra lectura, sino su lectura, y, por lo tanto, podrán opinar al respecto, criticar, aceptar o repudiar.
    Al paso de los años, y con la revolución que supone internet, muchos de quienes comenzamos a escribir hace veinte, treinta, cuarenta años, hemos aprovechado la posibilidad de esa editorial virtual que suponen los blogs para publicar puntualmente nuestras creaciones. Y no sólo para ello, también para acceder a otros autores que, de no ser por la realidad de estas bitácoras, nunca hubiésemos conocido. De este modo, comienza una nueva forma de relación entre escribientes; en ocasiones, incluso, como paso previo a un encuentro personal y de más hondo calado.
    Decía que escribimos en la bitácora que hemos creado y dejamos nuestras impresiones a los textos de otros. Y tanto en un caso como en otro confiamos en que nuestros apuntes serán germen de un buen intercambio de pareceres; origen de debates que nos enriquecerán a todos. Sin embargo, no siempre es así. La cruda realidad es que, quien más quien menos, no puede dedicar todo su tiempo al mantenimiento de tales conversaciones. Ni siquiera, a poder visitar diariamente todos y cada uno de los blogs que vamos descubriendo en esa maravillosa tela de araña que tejemos entre todos con las bitácoras favoritas de cada uno. Y hay comentarios cuya respuesta se reduce a unas líneas de compromiso, en el mejor de los casos; o a una especie de silencio administrativo que acaba por diluirse en las simas más profundas de la Red.
    De cualquier modo, con respuestas o sin respuesta, continuaremos escribiendo y abandonando nuestras palabras a la deriva, con la íntima y lícita esperanza de que lleguen a alguien —aunque sólo sea un individuo— que pueda verse reflejado en nuestro propio espejo.

domingo, 27 de junio de 2010

Haikús

     Recuerdo que hace años —cuando visitaba con asiduidad la página de Poesía.com, donde, como ya he repetido alguna vez, coincidimos más de uno y de dos de los que de cuando en cuando volvemos a encontrarnos— me dio por participar también, aun de manera tangencial, en el foro de haikús, en el que, como en cualquier otro, uno se podía encontrar de todo; de vez en cuando, también con la sorpresa de un perfecto y profundo haikú (o jaikú, como también admite su grafía). No ha sido nunca mi fuerte, y siempre me ha parecido complicada la construcción de uno de estos breves poemas, más aún si en él se prescindía de la inclusión del verbo, como creo que ocurre en el haikú puro (no me atrevo a asegurar esto, sin embargo, ya que, de haberlo hecho, no recuerdo en dónde lo he leído. Admito correcciones e información al respecto).

     Últimamente, espoleado por el bellísimo haikú de Luisa Arellano, en su blog El blues de las encinas o los otros, no menos bellos, de Elías Moro, ambos casi coincidentes en el tiempo, me he animado a retomar la forma, de algún modo, como continuación de las seguidillas escritas para la víspera de San Juan (continuación por lo similar de la estructura final de la seguidilla con el haikú, que no por el tema) y han salido estos tres jaikús que dejo aquí. No cabe duda de que tal forma de hacer poesía es todo un reto que invita a la sutileza, la metáfora y la precisión en el matiz; conceptos, todos ellos, que he procurado tener en cuenta, aunque otra cosa diferente sea el resultado. 


      Carmín 
                      
Frente a tu espejo,  
perfil de luna y fresa:  
sed y deseo.



                  
                   Sonrisa

              
              Conciliadora,
              tu boca: luz amable
              y hospitalaria.



                                                                  
                                                Beso
 
Labio con labio, 
la llama de tu aliento, 
imán de seda.








sábado, 26 de junio de 2010

La celinda

    De entre todas las flores que el abuelo mimaba —rosas, geranios, claveles, pericones, azucenas, celinda…— esta última, con el permiso de las azucenas, era la que más me gustaba. Al llegar la primavera, el celindo, situado en un rincón del patio —sus ramas hasta más arriba del tejado—, se llenaba de yemas y en poco tiempo el aroma de sus inmaculadas flores se imponía al de las demás. En mayo alcanzaba su máximo esplendor, y era tal que las ramas se doblaban y venían abajo, víctimas de su propio peso. El patio se perfumaba de celindo, y a mí me gustaba sentarme allí, en una silla o en el poyete del cuartejo, a leer algún cuento mientras llenaba mis pulmones con aquel aire aromatizado y, todavía, limpio.
    En el mes de María, mi abuela siempre preparaba unos hermosos ramos con celinda, rosas y claveles para que yo los llevase al colegio, donde la señorita Rosario se encargaba de depositarlos en recipientes apropiados y adornar con ellos la imagen de la virgen que, durante aquel mes, era ensalzada todos los días mediante cantos y oraciones.
    Recuerdo que más de una vez pensé entonces que, si la naturaleza me hubiese dotado para la pintura, hubiera querido fijar en un cuadro aquel rincón del patio, con el celindo en su máxima floración y mayor belleza. Supongo ahora que debía de imaginarlo como una pintura impresionista, a base de mínimas pinceladas que, alejándose, compusieran el detalle exacto de mi rincón favorito. 
      Ese cuadro nunca existió. Sin embargo, puedo verlo con nitidez en mi imaginación: el arbusto, a reventar de flores, alzándose a los cielos, para doblarse ligeramente en su máxima altura, en una especie de reverencia a las plantas vecinas o, quizá, en un gesto de suma displicencia hacia ellas, como si las contemplara con cierta altivez y superioridad; detrás de los troncos, las paredes blancas, descaluchadas; en lo más alto, el cielo mismo en toda su nitidez y belleza azul. Y yo, a su lado, leyendo. Ese cuadro nunca existió. Como tampoco hubo ningún poema que hablase de todo esto. Y sin embargo, ahora, cuando tal imagen ha brotado en mí después de tantos años, intento juntar las palabras adecuadas y, en un acto de íntimo homenaje, trazar mi poema a la celinda. Después de muchas vueltas queda esto: pobre, insatisfactorio. Habrá que seguir intentándolo:

En la mañana blanca que fue mi infancia,
la limpieza del aire, la rama altiva,
el cabello de ángel, la flor de nata,
la embriaguez del ambiente, la luz más viva.
Y en ese ambiente,
pirata en La Española,
santo en Oriente.

viernes, 25 de junio de 2010

En vivo y en directo

     Como continuación a la entrada de ayer, en la que dejaba constancia de cómo se había desarrollado la Noche de San Juan y del texto escrito para la ocasión, incorporo, para aquellos que se atrevan a aguantar diez minutitos el tararí tararí del pregonero, el pregón tal como fue en vivo y en directo, con sonido ambiental y todo: documento histórico que sin duda será del agrado de quienes están preparados para emociones fuertes (es un decir).

     Una advertencia: a cualquier blogvidente sagaz no se le escapará  el hecho de que, debido a un fallo técnico en el comienzo de la grabación, no se han recogido los cuatro primeros versos del romance; una minucia que espero no tenga en cuenta todo aquel que se asome a esta ventana. Pido disculpas por ello.



jueves, 24 de junio de 2010

Crónica de la noche más corta



    Eso de ser Maestro de ceremonias —vulgarmente, pregonero— de la Noche de San Juan, como que, en principio, me pilló un poco por sorpresa. Desde hace años, la Asociación de Vecinos Barrio de San Jerónimo, en colaboración con el Ayuntamiento de Talavera, organiza los actos de esta noche: se encienden hogueras, se saltan, se acompaña la fiesta con música, se reparte limonada y tostones a los asistentes y, por supuesto, el pistoletazo de salida lo da el pregón de San Juan, en el que el Maestro de ceremonias de turno habla de los rituales de la noche y anima a los presentes a disfrutar de la fiesta. Hace años, en un momento en que laboralmente estaba saturado, me solicitaron que diese el pregón, a lo cual no tuve otra que negarme, pues no tenía ni tiempo ni ánimo para ponerme a escribir nada relacionado con fiestas. Ahora, cuando aquella petición casi se me había olvidado, volvieron a pedírmelo; sólo que en esta ocasión no había nada que me impidiese ponerme manos a la obra y no había razón alguna para negarme a ello, bien al contrario, me sentí honrado porque se acordasen de mí, aunque en un primer momento algo desorientado, pues no tenía ni idea de cómo enfocar el pregón requerido. 

    Comencé a escribir unos versillos en exasílabos, muy cantarines ellos, pero pronto me di cuenta de que ni yo sería capaz de esbozar un discurso en ese ritmo ni, lo que sería peor, lo aguantaría nadie. De modo que di carpetazo a lo escrito y comencé de nuevo. Ahora sí lo tuve claro, tendría que escribir un romance, forma que al cuento se presta para contar algo sobre la Noche de San Juan. Me informé lo suficiente sobre rituales y prodigios de tal noche y me puse a darle a la pluma. Lo que quedó es lo que os copio a continuación, quizá demasiado largo para el blog pero que no tendría sentido publicarlo si no es en su integridad. Ya me diréis.

   Los actos comenzaron con el descenso de piraguas con antorchas por el Tajo. Todo un espectáculo visual del que, por desgracia, no pude obtener ninguna fotografía en condiciones, dado el número ingente de personas que se concentraba en las orillas. Tras ello, fue el pregón. Después hubo fuegos artificiales, se prendió la hoguera, se repartieron tostones y limonada entre los asistentes, y el grupo Cëltiber amenizó la velada con su música celta y rockera; todo, en un ambiente festivo y relajado, sin garras ni guerras, propio de esta noche mágica y de ritos ancestrales.

ROMANCE DONDE SE CUENTAN
DE LA NOCHE DE SAN JUAN
PRODIGIOS, SE DAN CONSEJOS,
Y SE INVITA A DISFRUTAR

Vecinas y convecinos,
amigos de Talavera:
en la noche más hermosa
—noche mágica y de fiesta—
permitid que ante vosotros
se presente este poeta
para glosar en romance
—forma que al cuento se presta—
algunos de los prodigios
que en esta noche de hogueras
ocurren, y ante los cuales
conviene mostrarse alerta.

Para aclarar la garganta
de modo que se me entienda
no vendría mal un trago
de vino, mas como es buena
y tiene poderes mágicos
el agua en noche repleta
de arcanos y de conjuros,
y es de condición diurética,
beberé un trago de agua
con permiso de la audiencia,
que ello habrá de ser buen bálsamo
para suavizar mis cuerdas,     
que, sin que sean de violín,
son vocales, pero suenan.     
(Y ahora, si lo permitís,
bebo y sigo… ¡como nueva!) 

Aclarada la garganta
y ya con la voz dispuesta,
quiero invitaros a todos
a esa mágica pradera
por la que cruzar la noche
de San Juan, con tanta fuerza       
que cuando llegue la aurora
ocultando la belleza                  
del nocturno que ahora cubre
el cielo y nuestras cabezas,
ahítos de Paraíso,
ya no importará que venga,
pues esta noche tan breve
será, en la memoria, eterna. 


Conviene que cada cual
venga dispuesto a la juerga,
a hacer de su capa un sayo;
por tanto, y en consecuencia,  
que traiga la fiesta dentro
de sí. Que si tal hiciera           
cada uno, tendrá hecho
buen trecho de esta carrera.
Que cada cual a su modo
y a su forma se divierta,
siempre que modos y formas
no acaben en zapatiestas.
Haya paz y después gloria,
nada de garras ni guerras,
que guardias y cirujanos
merecen también su tregua.

En la noche de San Juan,
cuando arden las hogueras,
y en las hogueras los males
de un año que a junio pesa,
por mor de la Asociación
de San Jerónimo —esta       
que se empeña año tras año
en que la noche sea plena—,    
a mí, que soy un profano
en rituales y leyendas,
me ha tocado ser docente
y explicar a cuantos quieran
lo que es la noche del fuego.
Pido, por tanto, indulgencia.

Como para ser maestro
y saber lo que se enseña         
hay que aprenderlo primero,
he indagado en bibliotecas,        
en legajos centenarios,
en cuadernos de mi abuela,
en apolillados libros
y en la Red, que a tal se presta
si nodos y ADSL
funcionan y no se “cuelgan”,
algo que, por descontado,
viene a ocurrir con frecuencia.   

Y confieso que he aprendido
de esta noche, bruja y bella,           
asombrosas enseñanzas
que en nada son bagatelas,
aunque en los tiempos que corren
muchos pensarán —¡Qué  pena!—
que todos estos saberes
son sólo cosas de viejas,
de otros tiempos donde aún
estaban faltos de ciencia.          
Escépticos siempre hubo
y habrá mientras haya Tierra,            
mas, para todos aquellos
que creen en la magia y sueñan
y en sus sueños es posible
lo imposible y la quimera,
ordeno aquí los prodigios
que, por lo que algunos cuentan,  
desde que esta noche es noche
de tréboles y de hogueras,
ocurren... según parece.
Que en los libros así reza.



El primer prodigio toca
a jóvenes casaderas,                          
y a mozas recién casadas
—que entre ellas la diferencia
no ha de ser mucha—: Si alguna,
amaneciendo ya, viera
un perro que solitario
y sin collar se pasea,
ha de saber que el marido
o el  novio —si es novia ella—
será, mientras haya vida,
un goloso y fiel carea
que habrá de lamer sus huesos
y sus carnes ad perpetuam.           
Tal recogen los escritos
de nigromantes y meigas.          

Hay un segundo prodigio,
y éste, a todos nos afecta,
pues si después de las doce
un gato se nos tropieza,
y es del cuervo la color
de su piel —¡oh suerte negra!—      
será negra nuestra suerte
por siempre. ¡Malhaya sea!
Mas si la color del gato
es de otra color cualquiera,         
el albur, antes esquivo,
se torna alegre y es seña
de felicidad. Los textos
consultados, en esencia,
lo recogen de esta forma
y de esta forma lo enseñan.                
Como el algodón, no engañan:
cosas así son muy serias.

El tercer prodigio alcanza
a los dones que la Tierra            
tiene a bien el concedernos,
a pesar de la torpeza
con que el Hombre, en estos tiempos,
usa y abusa de ella.
Si a media noche, esta noche,
una cruz en la corteza
de los árboles se hace
con mimo y sin que les duela,
habrá el labrador de ver
duplicada la cosecha.
Que en la noche de San Juan
la Madre Naturaleza,
es, más que nunca, una madre,
y como tal se nos muestra.

El cuarto prodigio tiene
a la luna y a la higuera                   
por sendas protagonistas.
Si alguien mira a la doncella
que en el balcón de los cielos
muestra su rostro de cera               
a las doce en punto, y mira
después al frutal que encierra
el misterioso secreto
por el cual un árbol diera
dos frutos, como son higos
y son —ya se sabe— brevas,            
verá florecer, ¡oh asombro!,
cada rama de la higuera.
Y con las flores, los frutos
llegarán como secuelas.




El quinto prodigio ocurre
a todo aquel que posea            
flor de higuera y flor de helecho
que en esta noche florean.
Pues aquel que poseyese
las flores que aquí se mientan
esta noche, se asegura
la mejora de su hacienda;                    
cuestión que en tiempos de crisis
merece tenerse en cuenta.

Son muchos más los prodigios
que en San Juan cobran presencia  
y que vienen de los tiempos
en los que la Madre Tierra
y el Hombre estaban unidos
más allá de la materia
por un nudo umbilical
que el Homo Sapiens rompiera,             
en un ya lejano día
de nefastas consecuencias.

¡Noche maga de San Juan,
la de las secretas puertas
invisibles que se abren
y a su capricho se cierran
e invitan a ser cruzadas
más allá de la prudencia,                     
que en cualquier otro momento
es pródiga consejera!

En esta noche tan corta,
y al temblor de las candelas,           
el Amor, siempre al acecho,
lanza sus certeras flechas,
y hace posible el abrazo,
y con el abrazo altera
a duendes, hadas, humanos,
ninfas, faunos…, y hasta bestias.          
Cosa que, si al fin es bueno
y a cualquier cuerpo le alegra,
puede engendrar el peligro
de que, pasada la fiesta,                 
quede el veneno hecho mosto
inoculado en las venas,
de tal modo que se acabe
emparejado y con suegra,
lo que no es bueno ni es malo
si de buen grado se acepta.                        
Cuidaros, pues, del Amor
y del mal de sus saetas.
Pero si el amor os hiere
habréis de saltar la hoguera               
siete veces, de la mano
de quien es amor y prenda,
que si en tal os aplicáis
vuestra pasión será eterna.

Danzad junto al fuego, y luego
olvidaros de las penas;                               
al menos, por esta noche
y aunque mañana esté cerca.
Al compás del fuego, el mundo
no habrá de ser esa fiera                
que aguarda cada mañana
con las fauces bien abiertas.
Al compás del fuego, el alma,
notaréis que se serena.

Para aliviar los calores
de estas llamas que no queman,               
y para purificar
de males y de tristezas
los espíritus y el cuerpo,
buscad las fuentes secretas,         
y allá, sin prisa ni usura,
bebed de su transparencia;
que aquel que sus aguas bebe
renueva salud y fuerzas.

No os olvidéis de cortar
tomillo, trébol, verbena,                    
perejil, eneldo, hinojo,
orégano, yerbabuena…,
todas plantas milagrosas
si en esta noche se siegan.          
Y si no hiciesen milagros
—que los tiempos no se prestan
a tamañas maravillas—
tendrán uso en la despensa,
que en una buena cocina
no han de faltar tales hierbas.

Conociendo estos prodigios
y con estas advertencias,
y, sobre todo, trayendo         
en el corazón la juerga,                  
puedo afirmar que la noche
de San Juan será perfecta.                     
Y dado que este romance
crece y el alba se acerca
rubrico, al tiempo que os digo:
Vecinos de Talavera,
cantad, danzad, divertíos
y que no pare la fiesta.



    Para dejar constancia de la insigne misión que se me encomendó, yo mismo he editado un cuadernillo con el título de Pregón para una noche de hogueras y una tirada de diez únicos ejemplares numerados, que he repartido entre personas próximas y la Asociación organizadora. 



    Por último, decir que, para asombro propio, los nervios traicioneros que suelen atenazarme en mis lecturas no aparecieron en esta ocasión, quizá porque los focos me deslumbraban y no veía a la multitud que juzgaba al pregonero, de modo que podía pensar que leía a solas y en el salón de mi casa, o, más probablemente, porque unos cuantos amigos se encargaron a lo largo del día de enviarme por teléfono o correo electrónico la necesaria energía positiva para que todo saliese a pedir de boca, y también porque abajo, escuchando, otro buen puñado de afectos familiares y amigos me mandaban sus buenas vibraciones. Incluso, el pintor Romeral y el poeta Jesús Cobo y su familia, viajaron desde Madrid y Toledo, respectivamente, para acompañarme en tan singular evento: toda una prueba de afecto y amistad que agradezco a todos en cuanto vale. En resumen, la cosa resultó bastante bien, nadie me tiró hortalizas, e incluso hubo gente a quien le gustó el pregón.

     Como recuerdo, la Asociación me regaló esta caja de cerámica, que, por supuesto, ya luce en mi casa en sitio preferente. 


miércoles, 23 de junio de 2010

Ha llegado San Juan (vísperas)



Ha llegado San Juan.
¡Soy pregonero!
Que el dolor y lo amargo,
lo queme el fuego.

Tilín, tilán,
con las pavesas nazca
felicidad.


En la noche más corta,
vente conmigo,
si al fuego tienes frío
te daré abrigo.

Tilán, tilín,
Hada, Maga, Hechicera,
¡Voy a por ti!


San Juan está mirando.
Flor de romero
en la noche es aroma
que sube al cielo.

San Juan, San Juan,
que esta noche no es noche
de mucho San.


Cuando el alba se asome
tras de los cerros,
cansados y felices,
nos guardaremos.

Y en las hogueras
florecerán —los sueños—
de las pavesas.

martes, 22 de junio de 2010

Apenas amanece

[Imagen: Murallas medievales de Talavera de la Reina]

Me asomo cada día a las puertas del día,
apenas amanece: por delante y en blanco
el inventario en sombras que debo completar.
Aquí estoy yo de nuevo para tejer silencios,
alimentar mi tiempo con palabras y vida,
con el amor que ofrezco y el que me dan y amaso,
con la duda que es parte innata de mí mismo.
La ciudad, mientras tanto, ajena, va a lo suyo,
y se compra, se vende, se sueña, se fracasa,
se mendiga en las calles, se redactan edictos,
algunos son felices, algunos desgraciados.
Yo me asomo a las puertas de la ciudad y escribo,
no preguntéis por qué, mientras pasan las horas,
y miro alrededor y me siento dichoso,
feliz privilegiado en medio de la nada.
Escribo y no es la sangre la que tiñe mis versos,
sino la luz que surge radiante de sus ojos,
escribo las palabras que su boca sonríe,
la claridad más clara que brota de mis hijas.
Y sé que no está bien, que es mucho más correcto
que el poeta pregone su dolor a los vientos,
que rime sus miserias, sus viejas soledades,
la pócima de llanto que quema sus heridas.
Pero miro los versos que desnudan mis manos
de todo lo superfluo —gozosa transparencia
que anida en las palabras y engendró la alegría—
y sé que me contienen, mientras el tiempo fluye,
mientras el mundo es triste, a pesar de mi dicha.

lunes, 21 de junio de 2010

Picassiana



     No voy a la Poesía, la Poesía viene a mí. No escribo versos cuando lo pretendo, sino cuando me son dados. Pero tampoco podría llamar a este proceso inspiración; acaso trance, eso sí, preciso y pasajero, que debo administrar con disciplina y trabajo.

domingo, 20 de junio de 2010

Cuando escribo



Cuando escribo estoy solo, y, sin embargo,
desde mi soledad salgo a la vida,
recorro los silencios germinales,
los laberintos de la voz, la llama
que surge alguna vez, y me revela
que más allá de mí el mundo fluye.
Ajusto la palabra al propio tiempo
que vivo, a la memoria que desnudo
alrededor de mí, y me reclama
un poco de atención, o de ironía.
Detrás de esa palabra está mi rostro,
y lo que tras mi rostro reconozco.
Con la verdad ardiendo en cada verso,
o buscando verdades. Cuando escribo
procuro no fingir, aunque a menudo
sólo encuentre en mis versos la rutina
de alguien abandonado por las musas
que mide versos, sí, con cierto acierto.

sábado, 19 de junio de 2010

La vida...

                                                                 

La vida, ese milagro que se acaba.

viernes, 18 de junio de 2010

José Saramago

 [Fotografía tomada de la edición digital de El País de hoy, 18-06-2010]

    ...Creí que estaría allí, no se me ocurrió pensar que pudiera salir. Por ahora aún salgo, me quedan unos ocho meses de poder andar por ahí a mi aire, explicó Fernando Pessoa. Por qué ocho meses, preguntó Ricardo Reis, y Fernando Pessoa aclaró su información, Realmente tanto en general como por término medio, son nueve meses, los mismos que pasamos en la barriga de nuestras madres, creo que es por una cuestión de equilibrio, antes de nacer aún no nos pueden ver, pero todos los días piensan en nosotros, después de morirnos ya no nos pueden ver y cada día que pasa nos van olvidando un poco más, salvo casos excepcionales, nueve meses bastan para el olvido total...

[El año de la muerte de Ricardo Reis 
José Saramago 
Seix Barral - Biblioteca Breve]


     La vigencia de Fernando Pessoa viene a demostrar que para olvidar a escritores como él hacen falta muchos más de nueve meses. Saramago es uno de esos escritores. Su palabra, compromiso ético y ejemplo son valores de peso para guardar su memoria. Descanse en paz.

Tercer soliloquio en torno a estos Fragmentos...

 [Imagen: Acuarela de Javier Miguel (fragmento)]

    Me asalta de pronto una duda: estos Fragmentos de inventario que aquí muestro, ¿se corresponden con lo que en realidad conformó el inventario de otro tiempo pasado? ¿Hasta dónde mis palabras son fieles a la realidad vivida, y a partir de qué punto recomponen o inventan a su antojo? Y no sé a ciencia cierta qué contestarme. Creo que, efectivamente, cuanto cuento, ocurrió tal como lo estoy contando, pero es que hace tanto tiempo y la memoria es tan frágil y caprichosa que no sería sincero conmigo si no sospechase al menos que ciertos recuerdos puedan estar contaminados de fantasía, esa deliciosa bruma que de vez en cuando algunos nos empeñamos en visitar.
    Aun con dudas, esbozo, trazo, pergeño, escribo lo que me dicta la memoria; rescato las imágenes que en mi mente se forman, a base de palabras. Y con ellas conformo estas estampas, estos fragmentos de inventario. A veces, es necesario tachar, eliminar verbos, precisar. Algo así como el pintor ante el cuadro que crea: mancha el lienzo, tira líneas, da colores, observa. Y matiza aquí o allá: un volumen, una forma, una perspectiva… Así también voy yo alzando estos fragmentos de recuerdo y sombra. Fiel a lo que rescata la memoria, mas acaso velándola en ese itinerario desde la mente hasta el blanco de la página, desde la luz y la precisión de los recuerdos hasta la imprecisión o torpeza de mis palabras.
    Con todo, y a pesar de ello, continúo escribiendo. Porque tal vez de eso se trate: no de rescatar recuerdos (aunque así sea) sino de que éstos tomen cuerpo merced a la palabra. Hacer que se manifiesten, es la verdadera razón que me mueve a ellos; que se manifiesten, no dentro de mí, sino en la espuma de la página que mancho con mis rastros, precisos o inventados; en cualquier caso, míos, testimonio de mí. Y acaso sueño.

jueves, 17 de junio de 2010

Las edades del hombre



Con diez años, se ve con prevención
a ese señor mayor de veinticinco,
y presumimos que su edad se encuentra
muy lejos de nosotros. Sin embargo,
al cumplir veinticinco nos parece
que somos unos críos todavía,
y el tipo de cuarenta, ya un anciano.
Mas si la vida nos sonríe y damos
en la tan agobiante cuarentena,
decimos que es la edad más adecuada
—la experiencia es un grado—, y son entonces
los mayores, aquellos de sesenta.
A los sesenta, sin embargo, y aunque
los achaques surgieran hace años,
sólo son viejos quienes han cumplido
de los ochenta abriles para arriba.
Y cuando alguien apunta: ¡Qué mayores,
ya con ochenta a las espaldas!, siempre
se suele responder que, aun con goteras,
es peor no llegar para contarlo.

Y es que todo en la vida es relativo
y el tiempo un carrusel a la deriva
que a base de vivir y de engañarnos
llegamos a creer que dirigimos.

miércoles, 16 de junio de 2010

El cuento de la alacena


    Cuando éramos niños, mi abuela nos contaba a mi hermana y a mí que en la guerra, al abandonar la ciudad poco antes de que entrasen las tropas golpistas, tapiaron en la casa una alacena donde se guardaron algunos objetos de valor. Al parecer, fue un tío suyo quien ejecutó la obra, y ella no sabía exactamente qué era lo que había podido ocultar. Alguna vez le pregunté si a la vuelta, en el año 39, habían recuperado aquel tesoro, pero me decía que no, que su tío ya no regresó y aquella pared no se había vuelto a abrir nunca más.
    El relato no dejaba de fascinarme. Pensar que allí podía haber un tesoro emparedado era algo que ponía en marcha mi imaginación y daba pie a historias diferentes que yo trenzaba de mil modos distintos, todas con un final feliz y provechoso.
    Años más tarde, fallecidos mis abuelos, mi padre y mis tíos decidieron vender la casa, por entonces ya abandonada y medio en ruinas. Fue el momento. Le pedí a mi padre permiso para abrir la pared donde se suponía que estaba la alacena con el tesoro, y una mañana de verano, mi hermana y yo, con pico y pala, nos pusimos manos a la obra. Al principio la pared se resistía, pues los ladrillos no eran tales, sino moles macizas de barro cocido cuya resistencia costaba vencer. Pero cuando conseguimos hacer el primer hueco —el alma en vilo por la emoción que nos embargaba— todo fue más fácil; como suele decirse, coser y cantar. Poco a poco cayeron los cascotes y vislumbramos lo que, efectivamente, era una pequeña alacena con tres estantes. Sin embargo, del tesoro imaginado no había ni rastro. Del primer al último vasar, el vacío era absoluto, y al final no nos quedó más remedio que admitir que allí nadie había guardado nada, y que lo único que hubo en todos aquellos años fue lo que nosotros pudimos esconder, producto de nuestra infantil imaginación.
    Desengañados y llenos de polvo volvimos a la casa nueva; yo, aún pensando en lo que podría haber sucedido de haber encontrado alguna joya, alguna cerámica antigua, algún libro prohibido…
    Hoy, más dado al raciocinio que a la ilógica de lo soñado, pienso que era normal que allí no hubiese nada, que aquella historia que contaba mi abuela era eso, un cuento para entretenernos y con el que tomarnos cariñosamente el pelo. No obstante, es muy probable que si no fuera por ello, yo no recordaría, como si la tuviera delante de mis ojos, aquella alacena, que acaso aguardara, después de décadas, a que alguien le abriese las puertas a la luz.

martes, 15 de junio de 2010

Voces amigas: Angastaco (1)

 [J. Fernandez Erro en el centro; a su izquierda, Alfredo Ramos, y a su derecha, A. del Camino]
(Madrid, frente a la Estación de Atocha - 2003)

     Comienzo hoy lo que pretende ser una sección dentro de este Verbo y penumbra en donde dejo rastros de quien soy; una sección dedicada a poetas amigos, o a aquellos otros que, aun sin conocerlos personalmente, me son cercanos a través de sus versos o su palabra. No sé aún qué periodicidad le daré a este espacio. Ni siquiera, si aparecerá con alguna periodicidad definida o, simplemente, cuando surja. En cualquier caso, espero que los textos que deje aquí sean del agrado de cuantos os asomáis a esta ventana. 
      El primer autor seleccionado es José Fernández Erro (Angastaco, para los amigos que coincidimos con él en Poesía.com). Poeta bonaerense, médico de profesión, tiene un absoluto dominio de las formas clásicas, en particular del soneto, y en su obra, serena y reflexiva, el viaje, como camino hacia el conocimiento, es un concepto que se repite una y otra vez. Ha publicado, Una mesa es un camino (Talavera de la Reina, 2004; reimpresión en Buenos Aires, 2006), Lluvia del desolvido / Tangoneones (Buenos Aires, 2005) y Los caminos del día y de la noche (Buenos Aires, 2006). Colabora con el cantautor argentino Miguel Albrecht en los textos de las canciones que éste interpreta.
     En 2003 tuvimos la suerte de encontrarnos en Madrid, aprovechando un viaje que José hizo a España; posteriormente, en 2007, volvimos a coincidir, también en la capital. Conocerle personalmente sirvió para confirmar la imagen que ya tenía de él a través de sus textos: la de un hombre cabal que gusta de la literatura, los viajes, el buen vino y la conversación con los amigos. Con todo ello, y el amor a los suyos, amasa después sus versos. 
     Recientemente, en una de sus cartas, recibí el poema que traigo aquí con su permiso, Yo me bajo en Barajas, donde expresa su amor por España y, más concretamente, Madrid, al hilo de la popular canción de Joaquín Sabina. 

Ya lo dijo Sabina: ella tiene sus majas,
su Gijón, su Panera, su tren en Chamartín.
Si cruzo el charco grande yo me bajo en Barajas
porque no falta un vuelo que aterrice en Madrid.

Puede ser mi destino Copenhague o Florencia,
puedo cenar en Brujas, puedo andar por París,
donde quiera que vaya es la misma la ausencia
y no veo la hora de llegar a Madrid.

La ribera del Duero tiene vino por copa
y Zarautz o Bilbao bacalao al pil-pil.
Son muchos los caminos que recorren Europa
pero no hay como aquellos que se van de Madrid.

Saliendo de mi tierra no conozco otra tierra
que sea más mi tierra cuando salgo de aquí.
Ella tiene el sabor del amor y la guerra,
no exagero si digo que mi patria es Madrid.

Ella tiene amistad con amigos de veras,
amigos de poema, amigos porque sí:
desde la del Retiro no hay otras primaveras
como la primavera de un amigo en Madrid.

La vida te hace viejo y eterno según viajas,
no pidas al camino más que vino y raíz.
Baja conmigo, amor, yo me bajo en Barajas,
aterrizo en el cielo amándote en Madrid.



    

lunes, 14 de junio de 2010

El callado secreto del poeta


    Indaga en lo evidente la belleza. Allí donde no llega la mirada con prisa, ni la sencilla iluminación.

domingo, 13 de junio de 2010

El equilibrio



     Frente al desánimo del vacío y el abismo de la página en blanco, la insistencia en el signo, el afán del hallazgo, la voluntad de verbo: el equilibrio.

sábado, 12 de junio de 2010

Contar historias



     Yo no sé qué me pensaría que era eso de contar historias; qué, lo de ser escritor. Lo que sí sé es que la primera vez que cogí un lápiz y un papel con intención de escribir ¡una novela nada menos!, tenía ocho años. Y recuerdo haber hablado con alguien, no sé si con mi hermana o algún amigo, sobre el tema que trataría: algo terrorífico, con mucho muerto de por medio y ladrones de tumbas. Supongo ahora que todo aquello, más que producto de mi imaginación, sería consecuencia de alguna película que hubiese visto por entonces en algún programa de cine, de sesión doble. Por supuesto, aquel relato no es que no pasara de la primera página, sino que ni siquiera debió de llegar a la quinta línea. Pensé entonces, y esto lo recuerdo con claridad, que escribir una novela era una tarea cansada. No por lo que supusiera el dar cuerpo a una trama y a unos personajes, sino por lo que afectaba a la propia mano, página tras página, en un ejercicio de caligrafía poco cuidada. Además, como me ha sucedido luego, muchas otras veces, reparé en que la historia que pretendía contar ya se había contado, y por tanto no debía de tener mucho sentido insistir en un asunto ya narrado. De este modo, poco a poco, olvidé mi afán novelador y me sumergí en el mucho más grato de lector, el cual desarrollé entre historias de Salgari, Verne, Cuentos Árabes, novelas del Oeste, y, en general, cuanto relato y cuento cayese en mis manos, tebeos incluidos.
    Fue ya en la adolescencia, como suele ocurrir (que en esto, como en tantas otras cosas, nunca fui demasiado original), cuando comencé a manchar y emborronar páginas. Sólo que entonces, lejos de intentar ninguna novela, escribí mis primeros e ingenuos poemas: versos que iba acumulando sin atreverme a mostrar a nadie, y que compaginaba con pequeñas obritas de teatro (la mayoría inacabadas), que, en este caso, sí compartía con algún amigo; quizá porque en ellas no mostraba mis sentimientos más íntimos, como ocurría con los versos. Recuerdo que incluso llegué a escribir un libreto de zarzuela, con sus romanzas, sus dúos, sus coros y sus personajes cómicos. Incluso, le pedí a un amigo que sabía algo de música que compusiera su partitura; propuesta que, más coherente y sensato que yo, rechazó sin dudar.
    Desde entonces, no he hecho otra cosa que, con períodos de más o menos silencio, seguir escribiendo. Y seguir interrogándome por qué causa, desde muy pequeño, me he sentido atraído por la escritura, por la magia de plasmar en una hoja en blanco una historia, una duda, un sentimiento…, aun cuando esa hoja no llegara a ser compartida por nadie. Y es que, escribir, no deja de ser algo parecido a caminar sin rumbo, siempre en busca de un lugar que desconocemos pero que intuimos, que reconoceremos en caso de alcanzarlo. Y así he seguido manchando cuartillas, y, con el tiempo, lanzando botellas al mar con mis mensajes…
     A veces, llegan a una playa; alguien las salva de chocar contra los acantilados, y ¡oh maravilla! puede llegar a identificarse con mis palabras. Cuando esto sucede, todas las preguntas sobran, y uno se da cuenta que en el hecho mismo de escribir está la respuesta.

viernes, 11 de junio de 2010

Luz escrita

 [Imagen: Acuarela de Javier Miguel]

Hay veces que uno escribe,
y escribe
y luego rompe,
y lo intenta de nuevo,
y lo repite
con formas diferentes:

luz escrita, pergeña, por ejemplo.
Y luego, se da cuenta
de que no hay luz alguna
en sus palabras.
Y corrige: sangre escrita,
para dar a entender
que lo que queda
en los versos, es parte de uno mismo.
Pero esa imagen
tampoco le convence.
Y tacha nuevamente,
y luego rompe,
y comienza de nuevo…

Puede que pasen días,
y hasta meses,
y tras éstos, los años.
Y en ese tiempo escriba mil poemas,
dos mil… quizá un millón.
Unirá las palabras sin usura,
mantendrá los acentos,
dibujará paisajes
externos o interiores…
y seguirá buscando luz escrita,
hasta que ya cansado
vuelva los ojos hacia sí
y acepte
que a pesar de los libros
y de lo que le digan
los demás,
no hay más luz que el silencio
cuando lo escucha el corazón
y calla.

jueves, 10 de junio de 2010

Cartel de la Noche de San Juan



     Ya ha salido el cartel con el programa de la Noche de San Juan. Como veréis, sencillo y lleno de colorido. Aquí lo dejo en tanto llega el día y suelto mi parrafada, que también mostraré el 24.

Poema de amor, en tanto llueve.



Nuevamente la lluvia,
tras días de calor, cala despacio,
y en la calle los charcos dan origen
a caprichosas formas.
Me asomo a la ventana. Veo ese llanto
monótono brotar; siento el aliento
húmedo que se aloja en los cristales,
en este día de junio, casi abril.
Como la lluvia,
también la vida en mí fluye más lenta,
y mi respiración, acompasada
al redoblar de su tamborileo,
se acerca un poco más al que me ocupa,
a quien no escucho a veces,
a quien acaso es.
Está lloviendo desde el gris del cielo,
y, sin embargo, mi canción, ahora
más que nunca, te busca
y aspira a luminosa compañía,
a cruzar esta lluvia y la ciudad,
y recobrarte, líquida y hermosa,
para saber quién soy.
Pues tú me traes la luz.
Y afuera llueve.

miércoles, 9 de junio de 2010

Como cada día



Salgo de la noche cruzando la niebla
que teje aún el sueño.
Bostezo, me estiro, busco las pantuflas
con los pies a tientas.
Voy hasta el lavabo, me lavo la cara,
y ya en la cocina,
al compás del humo del café que hierve
me voy despertando.
Me sirvo una taza, me hago una tostada,
repaso un poema
que asoma y se esconde, y de nuevo vuelve
a mi mente oscura.
Y así la mañana, como cada día,
comienza a mostrarse.
Como cada día, comienzo a mostrarme
mientras pasa el tiempo.

martes, 8 de junio de 2010

Pregonero de la Noche de San Juan


    Este año, el pregón con el que tradicionalmente se abre la hoguera de San Juan en Talavera, organizada por la Asociación de Vecinos de San Jerónimo, con la colaboración del Ayuntamiento de la ciudad, correrá a cargo de un servidor. Así que ahí ando, informándome sobre curiosidades en torno a la noche e intentando dar forma a un discurso coherente y, a ser posible, que no duerma al personal. Cuando tenga datos más concretos respecto a programa, horarios y demás, informaré puntualmente. 
     

El país de las maravillas



     A mis ocho años, visitaba el país de las maravillas siempre que estaba en presencia de aquella niña. Se llamaba Alicia.

lunes, 7 de junio de 2010

Otra vez, Praga.



Invita Praga al verso, pues habita
en el jardín azul de la memoria,
junto a París y el Sena, o la tristeza
de un Bucarest del año ochenta y siete.
Pero como no soy Jan Nerudova
este verso no abarca la armonía
que se respira en la ciudad de Kafka,
y no consigo entrar en sus tabernas,
ni en el silencio de su catedral,
ni me atrevo a subir a la Colina
Petrín, ni a disfrutar de la sorpresa
de una banda de jazz en plena calle.
Y Praga se me escapa entre los dedos
y el baile lento de sus marionetas.

Me hechizó la ciudad, mas, si lo pienso,
esa presencia mágica en que insisto
no habría sido igual si tu presencia
no me guiase aún, omnipresente,
por sus puentes, sus calles y sus plazas.
Porque, quizá, de haberla visitado
sin el abrigo de tu compañía,
hoy Praga en mí sería otro recuerdo
y no despertaría en estos versos.

domingo, 6 de junio de 2010

Tejer y destejer



Abro las puertas de mis manos
y de mi corazón. Salgo a la calle
y grito alrededor desesperado,
llamándola. No viene.
Ni siquiera aparece en una esquina,
junto al puesto de prensa, en la parada
de taxis, en la puerta
de algún supermercado
o algún bar… Y yo la llamo,
mientras limo la espera interminable,
angustiado y paciente al mismo tiempo,
desorientado y vivo. Y no aparece.
Cuando lo hace,
me visita a destiempo y a desgana,
y aunque tejo y destejo las palabras
lo mismo que Penélope el sudario
para el ex rey Laertes,
en ese macramé de voces viejas
la busco y nunca está.
                                  (Oh inspiración,
que caprichosa y cara te me vendes.)

sábado, 5 de junio de 2010

El niño perdido

 [Calle San Francisco, en la época en que se sitúa este Fragmento]
 
    A nuestra edad, unos chavalillos de siete u ocho años, podíamos movernos por la ciudad a nuestro antojo. Sólo un lugar nos estaba vedado, y ése era el río. El río era el peligro, pues no en vano raro era el día, sobre todo en verano y en festivo, que el Tajo no se cobraba alguna víctima. Por eso a todos, una y otra vez, nuestros padres nos adoctrinaban para que ni se nos ocurriese asomarnos a sus orillas.
    Aquella tarde, después de las seis, con un sol de justicia como corresponde a los meses de verano por estas tierras, jugábamos la chiquillería correteando por las calles del barrio, quién sabe a qué juegos o imaginando qué. De pronto, alguien —una madre— salió a nuestro encuentro y nos preguntó por su hijo: ¿Lo habéis visto? Pero nadie sabía nada de él. Nosotros interrogamos a otros grupos, con idéntico resultado. La madre preguntó a otras madres y éstas a otras… y en muy poco tiempo, en el dédalo de calles que era el barrio, comenzó a bullir una angustiosa sensación que iba apoderándose de todos. La madre volvía a preguntarnos, ¿Lo habéis visto?, aun a sabiendas de que ya lo había hecho antes y de que antes también habíamos respondido a la pregunta. Nadie lo había visto: ni chicos ni mayores.
    La idea de que el chaval, aún más pequeño que nosotros —cinco o seis años— podría haberse ido solo al río comenzó a tomar cuerpo. Ésta, o la peor aún de que alguien se lo hubiera llevado. En cualquier caso, ninguna de las dos, tranquilizadora.
    Los críos hicimos patrullas y, literalmente, peinamos cuantos lugares nos eran comunes: el convento de la Trinidad, que era fábrica de harinas pero que aún conservaba, medio derruida, la estructura de la iglesia (allí íbamos a proveernos de piedras de mármol que, hábilmente talladas, nos servían para jugar a los santos); las ruinas de Cataluña, nombre que ignoro de dónde habríamos sacado y con el que nos referíamos a un gran solar en el que se amontonaban ladrillos y cascotes de, posiblemente, el edificio que se habría elevado en aquel sitio, ya derribado; el barrio de la Solana, el de Santiago, la calle San Francisco… cada grupo volvía al poco tiempo sin noticias del chico; como si se lo hubiese tragado la tierra.
    Cuando llevábamos buscándole más de una hora, alguien lo vio a la puerta de su casa. Y cuando le preguntaron que dónde había estado, él, ajeno a todo aquel guirigay, dijo que durmiendo la siesta. Se había quedado dormido bajo la mesa camilla del comedor. Quien más quien menos, sintió un sincero alivio al comprobar que estaba sano y salvo. No así su madre, que al verlo, sin decir palabra, le estampó  los cinco dedos de la mano en el rostro y luego lo metió para su casa, colmándole de azotes.
    Los nervios, dijo alguna vecina. La pobre estaba destrozada, remachó.
    Y al pobre le va a destrozar, pensé yo entonces, sin entender a qué venía aquellos palos, injustos a todas luces.

viernes, 4 de junio de 2010

A mi padre



Hoy que cumples, padre, ochenta y seis
años, te escribo estas palabras
que intento manejar con la solvencia
que otorga el ejercicio de hacer versos,
sabedor, sin embargo, de que acaso
no tengan la certeza de las cifras,
ni sugieran, igual que una acuarela.
Son palabras sencillas, no pretenden
convertirse en halcón y alzar el vuelo
hacia la trascendencia, sino que
desde la claridad de lo cercano
anidan en mi mano y te agradecen
tu integridad, tu ejemplo, tu ternura. 
Tal como se desea en estos casos,
“que cumplas muchos más”, es mi deseo
y el deseo de cuantos a tu lado
vadeamos el río de la vida.

(Las palabras se vuelven diminutas,
y reclaman la altura del silencio.)

jueves, 3 de junio de 2010

Himalaya (*)



Mil banderas de noche se agitaban al mundo,
oscuros estandartes, necios nacionalismos
que limitan al hombre y convocan al odio,
cuando los dos alzamos la vista al himalaya.
De par en par abrimos las ventanas al gozo,
porque el amor ventila el corazón y el miedo.
Y así tú y yo, que fuimos otro tiempo dos sombras,
en un sólo latido, no temimos a nada.
Ascender a la cima se convirtió en destino,
y desde entonces vamos alzando campamentos
un poco más arriba, buscando asegurarnos
que lo que hemos ganado no habrá de ser en falso.
Algunos días parece que tocamos la cumbre,
algún otro, también, que la niebla nos cierra
el paso, y que dudamos. Pero siempre, a la postre,
la cima se nos muestra. Y siempre sale el sol.


(*) De "Veinticinco poemas en Carmen", libro editado en 1999

miércoles, 2 de junio de 2010

Un refresco particular



     Recuerdo aquellas noches bochornosas de verano, su atmósfera plomiza y asfixiante, ni una brizna de viento que llevarse al rostro. Ni siquiera en el patio, que mi abuelo regaba a conciencia a la caída de la tarde, podía uno huir del calor. En noches así, tras la cena, mi padre, cuando no decía cine, ordenaba paseo. Y allá que íbamos los cuatro —mis padres, mi hermana y yo— camino de El Prado: frondoso parque por entonces, donde los rigores del estío quedaban solapados. Allí, como he recordado en alguna otra ocasión, se daban cita muchos paisanos, ya fuera haciendo corro en las sillas del paseo central o tomando algún refresco en alguno de los kioscos instalados a lo largo del parque: los dos de la entrada, los dos del estanque de los patos, el Madroño, o el Valerio (llamado también de la Alameda). En éste todavía se notaba más el frescor, pues no sólo recibía sombra durante todo el día de los chopos de los que estaba rodeado por todas partes, sino que, además, se beneficiaba de su proximidad al río en cuanto comenzaba a levantarse la mínima brisa.
     Hasta las doce o la una de la madrugada, andábamos por allí. Mis padres sentados en un kiosco o en un banco —normalmente, siempre con algún otro matrimonio conocido—, y nosotros —mi hermana y yo— correteando de aquí para allá, jugando al escondite o, en ocasiones, a la caza de cualquier grillo que osara decir cri-cri.
     Tras nuestras batidas, sudorosos y sedientos, ansiábamos llegar a casa para beber un buen trago de agua de pozo; esa que a mí tanto me gustaba extraer dándole a la bomba. O mejor, aquel bebedizo que hacía mi padre y que aún hoy, alguna vez, también yo he preparado (aunque su sabor, ya con agua embotellada, no sea el de entonces). El refresco en cuestión era bien simple: a un vaso de agua recién extraída del pozo se le añadían un par de cucharadas de azúcar y un buen chorro de vinagre. Se removía y así, bien fresquito, aplacaba la sed y dejaba un agradable sabor de boca que aún me parece paladear al recordarlo. Ningún otro refresco, ni de frutas ni de cola, fue nunca tan efectivo contra la sed. Ahora, dado el lugar que ocupa en mi memoria, añado yo: ni resultó para mí tan mítico.

martes, 1 de junio de 2010

Sobre el paso del tiempo

                                                                    © troky



La mar de nuevo y su monomanía
—terca en su oficio y siempre diferente—
como una sorprendente epifanía
salpica la memoria. Y el presente
es un vuelo de ayeres donde veo
el corazón de un joven Odiseo.

Pero el presente, terco en su porfía,
estrecha el cerco y puede a la memoria,
y toda aquella alegre biografía
queda en viento y cristal, en sal y escoria.
Y el joven Odiseo queda en humo
del Ulises en el que me consumo.