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viernes, 30 de julio de 2010

De una conversación pillada al vuelo.

[Imagen: "Dos Mujeres" - de Luis Garay]

Fue feliz hasta que se casó, le decía una mujer a otra por la calle.
Una frase terrible que daría para un relato, un cuento, un culebrón…

jueves, 29 de julio de 2010

El optimista

[Imagen tomada de Google. Página: yupifotos.com]

 
     Era tan optimista, que el blanco y negro de los escaques del tablero de ajedrez siempre los veía en rojo y verde. Pero tenía un problema: era daltónico. 

miércoles, 28 de julio de 2010

Volver por la memoria

[Detalle de uno de los monasterios ubicados en la Ribeira Sacra. Fotografía A.C.G.]

 
De qué sirve volver por la memoria
a un territorio que nos fue vedado
por la implacable realidad del tiempo.

Sólo para asomarse entre las piedras
y hollar en el verdín,
no merece la pena ese viaje.
Y, sin embargo, igual que peregrinos
comprometidos con su fe
y el reto de llegar a un destino más alto,
nos empeñamos en repetir la senda del regreso,
aunque somos conscientes de que nada
nos mostrará la luz.
Mirar atrás no cura las heridas que la historia
acumuló en las manos de los hombres;
tampoco hace justicia, aunque es posible
que algún día se aprenda del pasado,
y esa experiencia evite los puñales
que otro tiempo tajaron la esperanza.
De qué sirve volver por la memoria,
es algo que no tiene respuesta matemática.
Y, sin embargo, acaso para huir
del turbión con que el tiempo nos arrastra,
todos volvemos hacia atrás.
                                                 Irremediablemente.

domingo, 25 de julio de 2010

Al di Meola (fin de fiesta)


Era Al di Meola. La luna lo sabía
y no quiso perderse su concierto.
Tampoco las cigüeñas, que guardaban
un discreto silencio.
Lo sabía la noche, iluminada
por la llama carnal de los arpegios.
Lo sabíamos todos los presentes,
entre el asombro y el recogimiento.
En medio de la noche, una guitarra
y la magia de un hombre con mil dedos.
¿Qué misterio los mueve con tal fuerza,
con tanta precisión y tanto genio?
La respuesta, tal vez, amigos míos
esté, como otras tantas, en el viento.

sábado, 24 de julio de 2010

8º Festival de Jazz de Talavera de la Reina (se acerca el final)

      A lo largo de toda esta semana he dejado en el blog breves pistas, apenas pinceladas, de lo que está siendo el 8º Festival de Jazz de Talavera de la Reina. Bien es cierto que cada una de las entradas ha hecho referencia a la actuación principal programada en el día, celebrada en la Plaza del Pan de la ciudad. Y, como habrá podido comprobarse, lejos de ser una crónica del espectáculo en sí, me he limitado a dejar un apunte, una ráfaga, ya sea en forma de poema o a modo de reflexión, sobre lo que para mí ha supuesto cada uno de estos conciertos. Hoy, esta noche, el Festival se cierra con la actuación de Al di Meola, todo un maestro de la guitarra y un excelente músico que no es preciso presentar. Como cada día, acudiré a disfrutar de la magia del jazz y de la agradable noche junto a la Colegiata de Santa María, La Colegial, monumento gótico-mudéjar y uno de los “santo y seña” de la ciudad, especialmente su rosetón.
     Terminado el concierto, tendremos que esperar otro año para asistir a una nueva edición del Festival, otra semana de música de altísimo nivel que la Asociación Always Elvis, con el patrocinio del Ayuntamiento de la ciudad, se esfuerza en mantener y hacer más importante cada año. Mientras tanto, los amantes del jazz podrán disfrutar de la Página del Festival, desde la que puede accederse a fragmentos de actuaciones correspondientes al presente certamen, y a enlaces de diversas páginas y certámenes de jazz.
     Mañana, dejaré mi impresión de la actuación de esta noche, y volveremos a otros asuntos menos centrados en la música. Sólo espero que aquellos que se hayan asomado a esta ventana todos estos días no se hayan visto decepcionados.

Ángela Muro Quartet


Mestizaje:
el agua de la tierra,
fuego de jazz.

Y Ángela Muro,
desnudando la noche
desde su luz.

viernes, 23 de julio de 2010

Yul Ballesteros Quartet

 


A tientas por la noche y en busca de destino
la guitarra bucea en las fuentes del saxo, 
mientras el bajo horada la voz de los subsuelos
y la luna se asoma, ajena y distraída. 
Se han abierto las puertas que dan en el misterio
y en esta hora de encuentros lo imposible es posible. 
El rosetón del día lo ocultan los acordes
de la melancolía y el humo de los trenes.
Y yo voy de viaje al ritmo de lo exacto.


jueves, 22 de julio de 2010

James Carter Quintet



     Si el espíritu libre habita en los sonidos del piano, es en el saxo donde adquiere cuerpo, y tacto y desbordada fantasía.

miércoles, 21 de julio de 2010

Ignasi Terraza Trío


No hacen falta los ojos si en la noche
el corazón se adentra en los caminos,
si las manos —los dedos— se elevan invencibles
hasta las cimas de la luz más pura.
No es preciso mirar cuando se sabe
con la certeza de quien ha sufrido
y ha cruzado la noche, y ha llegado
a la patria silente de la luz.
Lo saben esas manos que acarician
y arrancan las palabras del piano.
Y lo saben ahora —lo sabemos—
aquellos que acompañan el compás.

martes, 20 de julio de 2010

Esperanza Spalding




Las notas del piano,
los dedos en el bajo, las baquetas
como gacelas en la batería,
y la voz de Esperanza, luminosa,
en el centro callado de la noche.
¿De dónde tanta voz?
De más allá del cuerpo. Desde el alma
que asciende y se desborda
en las notas no escritas
que el ritmo trenza y vierte
—manantial de sonido en nuestras manos—
para que así, también, nos desbordemos.
Y todo sea motivo de Esperanza.

lunes, 19 de julio de 2010

Tomates rellenos de ensaladilla rusa (cocineto)

 

                                   A Sagrario Pinto, 
                                            tan buena cocinera como amiga y poeta.


La receta que doy —de restaurante
me la enseñó Sagrario, quien un día
ofreciera en su casa esta ambrosía
al amigo Agustín y al Caminante.

A la par que jugosa es elegante;
y es veraniega, pues se sirve fría;
y tiene en su interior esa alegría
que en lo humilde respira desbordante.

La receta —verás— es muy sencilla.
Se precisa una buena ensaladilla
rusa, hecha al uso, y buen tomate. Taja

el casco superior del fruto rojo,
vacía su interior, y ya, a tu antojo,
llena de ensaladilla esa mortaja.

(Con un Blanco o Rosado bien fresquito,
este plato, desborda lo exquisito.)

domingo, 18 de julio de 2010

18 de julio: un día de campo


    Observo la pequeña fotografía —apenas 6 centímetros por lado— y en ella, sentados sobre la hierba seca, mis padres, mi hermana —en brazos de mi padre, mordisqueando algo— y yo. Es la hora de la comida y debemos de estar bajo la sombra de algún chaparro, única forma de salvar los rigores de un sol de julio —18 de julio, para más señas— en pleno cerro, aunque con el río lo suficientemente cerca como para, llegado el momento, poderse dar un chapuzón. Debo de tener cuatro o cinco años. Y, mientras a mis padres se les ve en pleno almuerzo, yo miro distraído hacia un lugar indeterminado en el momento en el que ese instante queda detenido, primero en la película de la cámara de fotos y más tarde en el cartón minúsculo que ahora observo. De aquella jornada, como constancia gráfica, sólo hay esa foto. Sin embargo, el día lo recuerdo con bastante nitidez, no sé si porque así es realmente, o porque a lo largo de los años  en casa se hablase a menudo de él, siempre para incidir en el insoportable calor que hacía y en la maldita hora en que mi padre aceptó la invitación de un tío mío para que fuésemos a pasar la festividad —para mí, era sólo una fiesta más, mientras que para mi padre la fecha traería sin duda desagradables recuerdos— a una huerta que entonces gestionaba.
    La fotografía, obviamente, no recoge ni el antes ni el después: sólo el momento. Pero mi memoria sí puede rebobinar en el tiempo y reconstruir el recorrido desde la casa de mi tío hasta la huerta: mis abuelos, mis padres, mi hermana y yo subidos en un carro tirado por mula, conducido por alguien indeterminado, cerro arriba, por caminos pedregosos y polvorientos. Al llegar a la labranza, nos encontramos con una casa de una única habitación y cocina de las de lumbre y chimenea, entonces apagada; afuera, unos cuantos árboles frutales y un par de higueras: bendición en forma de sombra cuando el sol más quemaba; un poco más abajo el río, al que se llegaba tras deslizarse por un breve terraplén de arena que mis primos, mayores que yo, utilizaban como si fuese un divertido tobogán. Por lo demás, un día de campo en familia, donde el verdadero protagonista era el calor: el calor y las chicharras, aserrando el mediodía, incansables y tercas.
    A la caída de la tarde, vuelta otra vez al carro, camino de casa: los mismos baches, las mismas piedras, el mismo polvo, y el bochorno de todo el día acompañado de insectos y mosquitos; y el sudor por los cuerpos, corriendo a chorretones.
    No hubo otros 18 de julio similares, ni domingos ni más festividades parecidas. El calor le vacunó a mi padre para siempre y nunca más aceptó invitaciones como aquella. De tal día, cuando no quedemos nadie que recuerde esa fecha, esta mínima foto seguirá eternizando nuestro almuerzo. Pero acaso entonces, quien pueda observarla, no sabrá leer cuanto en ella leo ahora.

sábado, 17 de julio de 2010

En resumen...



Hay veces que me pongo trascendente
y escribo de la muerte y del amor,
del silencio, del verbo, y del clamor
de la noche que horada el inconsciente.

Pero, también, hay veces que mi mente
juega con la palabra con humor,
de modo que el poema es un rumor
que huye de lo esencial y lo ascendente.

En quien escribe entonces y en quien traza
esos versos menores, me completo.
Y en ambos soy aquel que va de caza

por la palabra, con el solo reto
de conjurar el tiempo que amenaza.
Me sirve un madrigal o un cocineto.

viernes, 16 de julio de 2010

Carmen

 


Aún recuerdo la luz de aquel invierno,
la transparencia con la que llegaste
un domingo a mi vida; cómo entraste
en mi casa, mi tiempo y mi cuaderno.

Los versos que llegaron de tu mano
barrieron la tristeza de otros versos.
Y cambiaste mis viejos universos
por un amanecer nuevo y cercano.

Desde entonces mi vida —ese latido
que late a tu compás; luz que resuena
porque tú cada día me enamoras—
es un árbol cargado de sentido.

No hay libertad mayor que esta cadena
con la que Amor me apresa a todas horas.

miércoles, 14 de julio de 2010

Lomo de cerdo a la naranja (cocineto)


Vamos a asar un lomo de cochino
a la naranja: bien sencillo y bueno.
Y para hacer, lo que se dice, un pleno,
se debe maridar con un buen vino.

El lomo, en una pieza, lo adobamos
con sal, pimienta, orégano, tomillo,
ajo, comino, aceite… (bien sencillo,
como antes avisaba). Reservamos.

Se deja macerar y al otro día
con zumo de naranja se le riega,
y se pone en el horno, a fuego suave.(1)

Su aroma anunciará la profecía
que habrá de imaginar el estratega,
o sea, el cocinero; ya se sabe.

(1.- A CIENTO OCHENTA GRADOS LO COCINO,
Y TRES CUARTOS*, POR KILO DE COCHINO. )

*  SON TRES CUARTOS DE HORA, POR SUPUESTO:
EN OCASIONES, CUESTA RIMAR ESTO.



Y como guarnición a esta ambrosía,
se cocina después una compota
—que será, sin ambages, para nota—
de manzana, siguiéndose esta guía:

Pelamos las manzanas, troceamos,
las ponemos al fuego en un cacillo
con un vaso de agua y un palillo
de canela. También incorporamos

azúcar, peladura de limón,
y dejamos que cueza a fuego lento,
removiendo a intervalos la cocción.

Cuando se vea que llegó el momento
en que ya burbujea en comunión
retiramos del fuego el alimento.

(El toque personal: un breve chorro
de coñac que le añado por el morro.)

martes, 13 de julio de 2010

8º Festival de Jazz de Talavera de la Reina

     Entre los días 16 y 24 de julio, tendrá lugar en Talavera de la Reina el 8º Festival de Jazz que organiza la Asociación Always Elvis con la colaboración y patrocinio del Ayuntamiento de la ciudad.
     Noche tras noche, al aire libre y entrada gratuita, en la Plaza del Pan, se irán celebrando los conciertos: una programación que gana en calidad cada año y que éste, como plato fuerte, cuenta con la presencia de Al di Meola, un verdadero lujo que todo aquel que pueda no debería perderse. Sólo sería deseable que la gente que se acerque a tales espectáculos vaya porque realmente les interesan y muestre el debido silencio y respeto, tanto para los propios artistas como para aquellos que acuden a disfrutar de la música; algo que, por desgracia, en años anteriores no ha ocurrido.

[Cartel del Festival y panorámica de La Plaza del Pan, donde se celebrarán los conciertos]

lunes, 12 de julio de 2010

Ya somos campeones

[Imagen tomada de la portada de la edición de El País, de hoy, 12-07-10]

    Pues yo me alegro —¿cómo no me voy a alegrar?—, pero no entiendo ese modo de celebración desmadrada, en donde sólo vale el petardazo, el grito, el reiterado sonido de cláxones y coches de acá para allá…; todo ello, sí, como válvula de escape a una alegría lícita y soñada, pero, así mismo, una demostración más de la ilógica que mueve al ser humano. Dejando a un lado la falta de consideración hacia aquellas personas que no les guste el fútbol, o que tienen que madrugar al día siguiente, o que están enfermos —a todos ellos se les roba por unas horas una paz que, en justicia, también les corresponde—, tanta comunión por una victoria en un deporte, por mucho que se trate de un Campeonato del Mundo, me lleva a pensar en cuánto mejor nos iría si ese mismo empuje lo empleáramos en remar todos al mismo tiempo y en la misma dirección: cada cual desde la responsabilidad que le corresponda y en función de las tareas que realice. Pero, claro, eso exigiría seriedad y una conciencia solidaria que nada tiene que ver con el cachondeo.
     Dicho esto, mi más sincera enhorabuena a los Campeones; ese grupo de chavales sanotes que, además de profesionalidad, han demostrado precisamente eso, que para conseguir algo son necesarias la mayor generosidad y conciencia de equipo.

domingo, 11 de julio de 2010

Carne con aceitunas (cocineto)



Escójase una carne de ternera
en tacos gruesos. Tras salpimentarla,
enharine y dispóngase a dorarla.
Resérvese, y poche con modera-

ción cebolla, pimiento, zanahoria,
ajo a su gusto, riéguelo con vino,
incorpore la carne del bovino,
y eche aceitunas verdes. Esta historia

será de arte mayor en los fogones
—tras cocer una hora a fuego lento—
 y, en justicia, loada ante la mesa.

Si acompaña un crianza a las raciones,
le pondrán en la plaza un monumento
y hasta le harán la ola por sorpresa.

sábado, 10 de julio de 2010

Cerrado por reformas



     Como ya advertí aquí mismo, en un plazo indeterminado debería quedarme sin comunicación por unos días, debido al cambio de proveedor en mi servicio de telefonía e internet.
     Como corresponde en estos casos, recibí un mensaje del nuevo operador diciéndome que en unos días vendría a mi casa un técnico de Telefónica para hacer la adecuación de la línea y que, días después, otro de la compañía contratada me pondría en funcionamiento todo.
     Ya se sabe que cualquier cambio es un incordio, y aunque la compañía que me presta el servicio hasta el momento no era la más barata, yo me resistia a emigrar a otra, porque todo iba bien y nunca, después de seis años, había tenido ningún problema. Si alguna vez se dió alguna incidencia, fue resuelta sin dilaciones y con suma amabilidad. Pero, hete aquí, que desde finales de mayo comencé a tener desconexiones y lentitud (los test que hice daban en muchas ocasiones apenas un 10 % de la velocidad que tenía contratada) que me obligaban a llamar cada dos por tres al Centro de Atención al Cliente, con los que me tiraba haciendo pruebas y hablando una eternidad (a la vista de la última factura, más de dos horas y media en conversaciones en todo el mes de junio), con el único resultado de que, tras las pruebas, la cosa salía marchando, hasta que pasados unos minutos volvían los mismos problemas. 
     Lo curioso del caso (y así se lo hacía ver a los técnicos con quienes hablaba) es que las incidencias surgían habitualmente por la tarde, mientras que durante la mañana no solía haber dificultad alguna. A pesar de todo ello, yo continuaba fiel a la Compañía, aunque comenzaba a sospechar que en estas empresas multinacionales (da igual a qué dediquen su actividad) eso de la fidelidad, tan mirado antaño, ha dejado de tener importancia. 
     La gota que colmó el vaso de mi paciencia fue la última factura recibida, en la que me cobran el desplazamiento de un técnico que enviaron ante uno de mis avisos por lentitud en la línea. Vino, hizo un test de velocidad (en la misma página que yo lo había hecho), me dijo que debía de ser un problema de "Nodos" que afectase a mi zona, y se marchó. Yo no pedí que viniese el hombre, ni me avisaron que me cobrarían la visita. El caso es que, como dicen en mi pueblo, garrotazo y tentetieso; lo que se dice un "plus", tal como están los tiempos. 
     Otra vez a contactar con ellos, siempre a través del correspondiente 902, y otros 48 minutos pegado al teléfono, oyendo cada dos por tres la musiquita de rigor (cada dos por tres me pedían disculpas y me dejaban a la espera porque debían comprobar algo), para decirme que lo único que podía hacer era poner una reclamación y esperar respuesta en un plazo de 15 días a un mes. Mientras tanto, obviamente, el recibo ya estaría adeudado en mi cuenta. Total, que aunque al final han accedido a retrocederme el importe reclamado, ya en la próxima factura (o sea, yo les adelanto un dinero, por aquello de la Ley del Embudo), me convencí de que hasta aquí llegaba mi viaje con ellos, y pedí el cambio de portabilidad. En esas estamos. 
     El jueves vino el técnico de Telefónica, hizo su adecuación y me dejó sin línea de teléfono. Mi sorpresa fue cuando vi que internet seguía funcionando, aunque con cortes y muy lento. Me puse en contacto con mi nuevo operador y me dijo que no deberían haberme dejado sin línea, ya  que todavía no han pedido la portabilidad a mi actual operador. 
     En resumen, internet me funciona, pero muy mal. A veces, no arranca en casi todo el día. Estoy sin teléfono y ya no voy a llamar a nadie para que vuelvan a enganchar la línea. Aguardaré a que mi nuevo proveedor aparezca pronto y a ver si todo se normaliza. Lógicamente, y con los pelos como escarpias, que diría el amigo Elías, espero que no haga falta poner ninguna vela a ningún santo  o santa milagreros (en este caso, quizás a Santa Tecla). 
     En consecuencia, posiblemente no asome por aquí en unos días, ni podré visitar otros blogs ni responder a los comentarios recibidos. Lo que se dice, cerrado por reformas
     (Y ahora, a ver si esto responde y soy capaz de subir esta entrada.)
     

jueves, 8 de julio de 2010

Tiempos de guerras



Cuando yo era un muchacho todavía,
los mayores hablaban de la guerra
con gran cuidado y siempre en voz muy baja,
con el recelo propio de unos tiempos
en los que las palabras podían ser delito.
En la mesa,
con mi hermana y conmigo de testigos,
el tema era tabú.
                           En todo caso,
hablar de ella —de la guerra, digo—
delante de nosotros, era sólo
para aportar un referente:
                                        Aquello
—se decía— fue antes de la guerra.
O quizá: Cuando volvimos,
apenas terminada la contienda…


Yo, que entonces leía historias de guerreros,
quería que me contaran mucho más.
Como si el tiempo aquel
del que hablaban mi padre y mis abuelos
hubiera sido un tiempo imaginado
lleno de héroes y villanos
—en realidad, lo fue; mas de otra forma—
que valiese la pena rescatar.
Al paso de los años,
y sumando fragmentos robados a mi padre
de unos recuerdos que no quiso nunca
volver a recobrar, fui descartando
aquella idea heroica que tenía
de lo que fue la guerra —nuestra guerra
y maldije también, como mi padre,
toda conflagración entre los hombres.

miércoles, 7 de julio de 2010

Gazpacho (cocineto* veraniego)



Con la caló subiéndose al mostacho
—obsérvese figura harto ocurrente—,
me meto en la cocina, con la mente
puesta en un gran caldero de gazpacho.

Tomatitos maduros y un buen cacho
de cebolla, pepinos, ajo (un diente),
—y, si gusta, pimiento sin simiente—,
serán los ingredientes del gazpacho;

sin olvidar la sal ni el acetato,
ni el aceite de oliva, por supuesto.
Lavo, pelo, trituro y en un rato

tengo mi gazpachito ya compuesto.
Un lujo culinario bien barato,
que en este cocineto dejo expuesto.

(El lector avizor habrá advertido
que con tanto gazpacho, he repetido.)



* COCINETO: Receta de cocina expuesta en forma de soneto. El término, fue acuñado en un ya lejano día por ANGASTACO, en el Foro de Sonetos de POESÍA.COM, a partir de la palabra CHISNETO, del Profesor Ricardo Redolí, de la UNIVERSIDAD DE MÁLAGA (ESPAÑA), que se refiere al chiste contado en soneto.

Imposible sueño (*)



Quise escribir sobre la vida un día,
dejar en el papel mi rostro auténtico,
acercarme a los hombres con palabras
sacadas de lo exacto del silencio.

Quise, imposible sueño, ser poeta:
arrancarme de mí para encontrarme
alguna vez al lado de los otros,
transparente y tenaz, como el mar mismo.

Pero si miro atrás de nuevo siento
que las palabras que tracé son nada,
arena en el desierto, desconcierto,

ecos de claras voces que escuchaba
desde mi juventud, cuando una tarde
quise curar mi corazón cantando.




(*) Del libro LA LUZ VIENE DE TI (Talavera, 2001)

martes, 6 de julio de 2010

La culpa es del verano

    Parece que, definitivamente, llegó el verano. El calor arrecia y por estas tierras de la meseta, en las horas centrales del día, no asoman ni los lagartos (frase que oía a menudo durante mi infancia y que, con el tiempo, supongo que por aquello de que la ciudad ha ido dando progresivamente la espalda al campo, se dejó de decir sin que, como tantas otras cosas en la vida, la acabáramos por echar de menos). Yo lo noto (lo del verano, digo) por esa pesadez que me puede en las horas de calor (que es casi todo el día y buena parte de la noche), que me afloja los músculos y el ánimo hasta impedirme realizar con ánimo la mínima actividad, por muy ligera que venga a ser. Como los lagartos, también yo me pasaría el verano: quieto, en la más absoluta inmovilidad. Sólo que no lo haría, como ellos, al sol, sino a la sombra, al amparo del frescor de una de esas casas antiguas, de paredes anchas, que no dejan pasar el calor por mucho que se empeñen don julio y don agosto.
    Ya sé que eso no puede ser, que uno no puede darse así porque sí a la más absoluta holganza, que hay que producir de una manera u otra, o colaborar, si de labores domésticas hablamos. Y que tengo que escribir, porque así lo he decidido y esta es la obligación que me he autoimpuesto. Todo esto, lo sé de sobra. Sin embargo, es dar el reloj las diez de la mañana (minuto arriba, minuto abajo) y todas mis buenas intenciones se derriten bajo los efectos del calor que ya comienza a decir, aquí estoy yo. Entonces, sí, yo lucho contra mi flojera, cierro las ventanas, bajo persianas, pongo en marcha aires acondicionados (que tampoco son buenos, según parece). Y aunque se alivia la situación, algo muy dentro de mí se empeña en inmovilizarme tanto física como intelectualmente. Las palabras no fluyen, los versos no llegan, las ideas naufragan, y sólo vienen a salvarse aquellas que me acercan a playas paradisíacas o a grandes pintas de cerveza bien fría.
    En consecuencia, me temo, y ya lo aviso, que mi presencia en el blog puede hacerse algo más intermitente. Lucharé contra ello, pero, visto lo visto, no respondo de mí. Es que el calor me mata. Y la carne es débil.

lunes, 5 de julio de 2010

Rimas y medida


Siempre creí que rimas y medida
eran algo pasado, ya obsoleto;
que una octava real o que un soneto
eran, casi, vestigios de otra vida.
El verso libre, el verso blanco, el verso
a su albedrío, fuera mi universo.

Mas resultó que un día, en que aburrido
jugaba por jugar con ritmo y rima,
me vi por rima y ritmo sorprendido,
y vencido y dolido en mi autoestima.
Aquel lance casual cambió mi suerte.
Hoy mido y rimo el ritmo, y me divierte.

domingo, 4 de julio de 2010

Estampas








Sobre la rama,
honda sabiduría,
dos lunas llenas.







 


 

 A ras de suelo,
relámpago de vida,
ratón de campo. 

 

                   Tan sigilosa
                   como el propio silencio
                   repta la muerte.





 En las alturas,
 impasible y ajena,
 fulgor, la luna.

sábado, 3 de julio de 2010

Las ferias

[Cartel de la Feria de mi pueblo, el año de mi nacimiento]


    Cuando aún era un crío, recuerdo que cada feria repetíamos puntualmente el mismo ritual. Para empezar, la pólvora; aquel espectáculo junto al río al cual acudía la gente en masa, y en el que, a los traquidos de los propios cohetes, había que sumar los llantos de los críos asustados, el griterío de los adolescentes corriendo y deslizándose hábilmente entre la multitud y  las voces de los padres a sus hijos con órdenes precisas para que no se perdieran en medio del gentío. Este primer acto de la feria, nunca fue de mi agrado: podía intuir cierta belleza en aquellos sauces luminosos y multicolores que se abrían en el cielo, y las filigranas de fuego que surgían de los “castillos de pólvora”, pero me molestaban sobremanera los petardazos y aquel jaleo que se formaba, con unos y otros de acá para allá. Tras la pólvora, el paseo por las atracciones, los dos viajes que mi hermana y yo hacíamos en los cochecitos (o uno en los cochecitos y otro en los caballitos; en cualquier caso, diversiones sin riesgo, únicas en las que mis padres estaban dispuestos a dejarnos subir), las bolsas de almendras y avellanas (alguna vez, las medias lunas de coco que tanto me gustaban de pequeño), y vuelta a casa. Si acaso, ya fuera del ferial, alguna consumición en una terraza para refrescarnos y espantar el calor de la noche que, al mes de mayo, apretaba lo suyo.
    Al día siguiente, la visita al circo. Casi todas las ferias, mi padre sacaba las entradas y allá que íbamos dispuestos a ver a los trapecistas (es un decir, puesto que yo cerraba siempre los ojos, temeroso de que acabaran en la lona), leones, malabaristas, equilibristas y, por supuesto, los payasos: lo que más me gustaba. Claro, que esto habría que matizarlo, pues me gustaban las bromas que se hacían, las torpezas del payaso tonto, las bofetadas tan sonoras que se arreaban y que, inocente de mí, pensaba que se daban de veras…; pero me aburría soberanamente cuando llegaba el momento en que se marcaban el obligado pasodoble, después de unos cuantos intentos fallidos por culpa del payaso torpe, a quien el listo abroncaba siempre.
    Tras el circo, vuelta por el ferial, dos viajes en las atracciones de rigor, y para casita.
    El tercero, era el día en el que a mi hermana y a mí nos feriaban algo. O he de decir, siempre lo mismo; no recuerdo si era porque nosotros lo pedíamos así o porque formaba parte del ritual establecido. El caso es que ambos acabábamos con una máquina de fotos, de las que, al disparar, salía un payaso impulsado por un muelle; y ella con un bolsito muy apañado, y yo con una pistola de agua con la que andaba persiguiendo a todos durante unos días.
    El cuarto día, los feriantes levantaban sus puestos y tenderetes y ponían rumbo a otras plazas donde continuarían con su actividad. El circo también desmontaba la carpa y todos sus camiones formaban una caravana que a mí, al verla partir alguna vez, me llenaba de una inexplicable tristeza.
    También había toros, y alguna vez mis padres nos llevaron a la plaza. Pero hacía siempre mucho calor, había moscas y los toros acababan hechos unos guiñapos bañados en sangre, y eso a mí, a pesar de que por temporadas decía que quería ser torero, no me gustaba lo que se dice nada.

viernes, 2 de julio de 2010

Tríptico de Lisboa

Al principio fue el río, su corriente,
memoria de agua dulce en mi memoria,
el que engarzó mi historia con su historia
lo mismo que sus puentes con mi puente.

Más tarde, en la palabra incandescente
de los versos certeros de Pessoa,
adiviné el misterio de Lisboa,
atlántico latir luminiscente.

Después ya fue el viaje. Mi destino,
una ciudad que asume por camino
la mar y su lenguaje de promesa.

(El amor oficiante, en compañía
de la mujer que amo, me insistía
en la voz esencial de aquella empresa.)




Torre Belem, Alfama, O Carmo, Praza
do Comercio, O Tejo, su estuario...,
iban trazando nuestro itinerario,
mezcla de asombro y vértigo de caza.

Vagamos por las anchas avenidas,
reclamamos la sombra a los jardines;
y más allá del fin de los confines
repetimos mil idas y venidas.

Sonaba José Afonso en las tabernas,
y aunque el Chiado se había desvanecido
a merced de los látigos del fuego,

Lisboa se afirmaba en las cuadernas
de otro armazón eterno y trascendido:
el verbo de su luz y su sosiego.



Volvimos otra vez. Sólo que ahora
nuestras dos hijas nos acompañaban,
y era hermoso mirar cómo miraban
la ciudad con pasión descubridora.

Corrían por los parques, o subían
jugando hasta las puertas del Castelo,
mientras tú y yo, dichosos de su vuelo,
vivíamos la risa que reían.

Contemplando su gozo, percibimos
el tiempo desdoblándose en memoria,
y otra ciudad, intacta en su mirada.

Y en aquel descubrir que compartimos,
todo formaba un Todo en nuestra historia,
viviéndonos Lisboa renovada.

jueves, 1 de julio de 2010

La muerte inventó al dios



La muerte inventó al dios. Fueron los hombres
los que en su afán de gloria y trascendencia
alzaron un camino a las alturas. Los dioses
nos protegen
—dijeron—. Nada acaba
del hombre con la vida, pues hay otra
mejor y más hermosa más allá de la muerte.

Mas no se conformaron con tales espejismos.
Para afianzarlos más, dictaron leyes,
alzaron mandamientos, construyeron
templos para más gloria de aquellos que otorgaran
el favor de otra vida tras la vida.
Y los representantes de esos dioses,
de sus doctrinas, hicieron profesión.
Mientras tanto, las gentes más humildes
y las más inocentes, imaginando un tiempo
distinto al discurrir de sus jornadas
y a la miseria de sus pobres vidas,
se unieron a los cantos jubilosos
de quienes prometían el nuevo Paraíso.
La muerte inventó al dios. Con éste, vino
el paroxismo oscuro de la muerte,
pues en su nombre declararon guerras,
se impusieron decretos, se persiguió a los libres;
se condenó a la hoguera y al silencio
a todo aquel que no reconociese
los valores del dios. Frente al progreso,
las viejas religiones alzaron sus murallas
y pusieron en guardia a sus viejos guerreros,
y por toda la tierra ondean sus estandartes
y afirman la verdad arrogada en su fe.
Pero algunos dejamos sus rediles un día
seguros de que existen un infierno y un cielo,
pero no como dicen, sino que existe en uno:
y existe aquí en la Tierra, y lo hacemos los hombres.
Sólo cuando una idea no se imponga a las otras,
y el hombre se haya vuelto animal solidario,
no hará falta otra vida, ni mayor trascendencia
que la que quedará en quienes nos sucedan.
Tal vez no llegue nunca ese instante: el momento
en que el dios sea un concepto carente de sentido,
y cada ser conlleve un dios vivo en su sangre,
un dios tan generoso como la propia vida.

Todo a pulmón (para empezar bien el mes)

¿Por qué no compartir esta actuación de Miguel Ríos para empezar bien julio? Ahora que ha dicho adiós (quizá, "hasta luego") a su carrera, nunca está de más volver a él.


Aviso para navegantes




     Es posible que durante unos días, no sé cuántos ni a partir de cuándo, no me asome puntualmente a esta ventana. El motivo de tal ausencia no es debido a que, como corresponde a las fechas, comience unas merecidas vacaciones; ni, menos aún, a que necesite tomarme un respiro después de la frenética actividad del blog durante el primer semestre del año (compárese con la del pasado 2009). La razón, más sencilla y prosáica, no es otra que la del cambio de operador de telefonía que me presta  el servicio, debido a una de esas prácticas propias de quien tiene la sartén por el mango y aplica en sus relaciones comerciales la ley del embudo. Ya me entendéis. 

     Ya digo que no sé cuándo se producirá el corte ni el tiempo que podrá durar. Yo lo aviso, como suele decirse, por si acaso... En tanto llega el momento, seguiré aquí, a pie de obra.