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martes, 31 de agosto de 2010

¿Qué les pasa?

["Cariacontecidos" - Imagen tomada de la edición digital del diario AS de hoy]
    Uno ha cenado, porque pocas cosas le quitan las ganas de comer, pero reconozce que, aunque no quiera, tiene un roe-roe rondándole del estómago a la cabeza que lo trae en jaque. La cosa viene por lo de la selección española de Baloncesto, en la cual, a pesar de los pesares, uno tiene depositadas todas sus esperanzas para este Mundial de Turquía que tan mal ha comenzado para los nuestros. Vale que el primer partido se perdiera por la cosa de los nervios, la ansiedad y todo eso. Vale menos que con Nueva Zelanda se sucedieran acciones horribles tras cosas interesantes. Pero lo que no tiene justificación es lo de hoy. Dilapidar 18 puntos de ventaja en el último cuarto un equipo como el español, cuajado en mil batallas, no tiene nombre. Uno, que en su ya lejana juventud hizo de todo en el deporte de la canasta —comenzó con 11 años jugando de pívot para acabar de base (no creció más), y más tarde de entrenador— acostumbra a ver los partidos con espíritu crítico, intentando adelantarse a los movimientos del coach de turno —Cambia a este por el otro. Defiende en zona. Pide tiempo muerto. Presión a toda pista. Hay que correr. Hay que pausar el juego..., etc.—, de modo que, en un momento dado, comenzó a detectar ciertas señales de peligro, y a decirse a solas frente al televisor: Cambio, cambio. Que vuelva Marc. Venga Navarro. ¡Esos rebotes, por favor! Pero cambia ya. Pide tiempo muerto… Y mientras tanto, Lituania, dale que te pego limando diferencias. Al final, zas, nos lo jugamos en minuto y pico porque los del Báltico acaban de empatar. A empezar de nuevo. Y, claro, más ansiedad, más precipitaciones, más fallos…, hasta terminar con el partido perdido, muchas dudas en el equipo y un calendario a la vista que, tal como está el patio, se antoja complicado, cuando en cualquier otro momento no debería serlo (o menos complicado de lo que se antoja ahora).
    Y uno, que ha sido siempre defensor de Scariolo —aunque siga diciendo que nunca se ha vuelto a ver jugar a esta selección como con Pepu Hernández—, le achaca en esta ocasión buena parte de culpa en la debacle. Cree que ha tardado mucho en reaccionar y, cuando lo ha hecho, los que han salido a cancha tampoco han vuelto con la misma concentración y cabeza fría. ¿Consecuencias? Caminito del tercer puesto y unos cruces que no eran los previstos.
    El campeonato sigue, y las acciones del equipo cotizan a la baja. Pero ya se sabe cómo funciona La Bolsa. Igual es que buscan lo difícil y se quitan de en medio a Grecia y EE.UU. en octavos y cuartos de un plumazo. ¡Qué sabe uno!
    Menos mal que a uno hay pocas cosas que le quiten las ganas de comer… Y sigue confiando en este Equipo.
     Ya se verá...

Escritores en la Biblioteca

 [Imagen tomada de la Web Complumedia.ucm.es]

     En las Hojas y Rutas de este blog (margen derecho) incluyo hoy ESCRITORES EN LA BIBLIOTECA, sección de la Web COMPLUMEDIA, de la Universidad Complutense de Madrid. En ella pueden encontrarse interesantes conferencias de escritores de reconocido prestigio que han pasado, y siguen pasando, por la Biblioteca de la Complutense. 

     Estoy seguro que será interesante para cuantos os asoméis.

Por fin, septiembre

Adiós, agosto, adiós.
Vete con tu calor y tu galbana,
con tus lenguas de fuego y noches lentas,
con tu agostado campo hacia otra parte.
Y deja ya que asome septiembre por la puerta,
mensajero de otoño, con su adagio
de penumbras, de lluvias y de nieblas;
deja que se desborde la nostalgia,
y una melancolía pasajera,
que la palabra vuelva a ser propicia,
que la vendimia toda sea una fiesta,
y que el sol con que quemas, crudo agosto,
dé grados y color a la cosecha.
Que, aunque con él se cuele la rutina
y traiga atardeceres con tristeza,
tiene septiembre luces de otro tiempo,
voces de ayer y guirigay de escuela,
y un cuatro de septiembre como un faro
que ilumina mi vida junto a ella.

(Adiós, agosto, adiós.
                                     Hola,
                                                septiembre.)


lunes, 23 de agosto de 2010

La galbana

 [Imagen de LOS SIMPSON, tomada de El-blog-de-Neworder]


Cantaba Pablo Guerrero:  

Ya viene la galbana  
por aquel cerro. 
Venga o no venga 
yo ya la tengo.

(No hay otra explicación a mi silencio.)


Casi, ni imagen busco. Uff...





viernes, 20 de agosto de 2010

Cuando amanece

[Imagen: Amanecer en el Tajo a su paso por Talavera de la Reina  ©   A. C. G.]

Camino la ciudad cuando amanece,
acercándome al Tajo y su ribera.
Las luces de neón se desvanecen
y hay un rumor de luz que se desvela.
Recortan sus perfiles contra el cielo
cerros y campanarios; las estrellas
comienzan a arroparse con el alba
y abandona la noche la cigüeña.
Graznidos de motores, lentamente,
invaden la ciudad. Una sirena
estrangula el silencio y pide paso
entre presentimientos de tragedia.
Inevitablemente, llega el día
con su carga de sueños y tinieblas.
Cada cual a lo suyo y a su vida.
Y el tiempo quieto, cuanto más se aleja.
A solas con mi voz, voy a mis cosas
ajeno a la ciudad que se despierta.
De pronto, junto a un puente, me sorprendo
dando forma y razón a este poema.

martes, 17 de agosto de 2010

Precisa la palabra en el arcángel

[Imagen:©  Jesús García Martín] 


Abundo en la memoria
—el limo del poema—
y las palabras vienen a empellones.
Las palabras, que fijan
el tiempo, la quimera,
los sueños, lo fingido, las pasiones.
Abundo en la memoria
y la memoria traza
coordenadas de sombra que confunden.
Pero, a pesar de todo,
regreso a la deriva,
a tientas por los verbos y los nombres.
Acaso llegue el día
en que mi voz coincida
con el limo, la luz, los manantiales.
Será el momento exacto
de abrazar el silencio,
precisa la palabra en el arcángel.

lunes, 16 de agosto de 2010

Jugando a "la Mona"



     Mi abuela materna, viuda desde mucho antes de nacer yo, vivía por temporadas con cada una de sus hijas, de modo que, cada cierto tiempo, pasaba no sé si dos o tres meses en nuestra casa. Imposibilitada como estaba, la recuerdo sentada al calor de la mesa camilla, las horas muertas, observando la calle a través de la ventana del balcón; o, más exactamente, el ángulo que desde su posición podía controlar. También, parece que la estoy viendo a la hora del aseo, cuando mi madre la lavaba y peinaba, haciéndole primero una gran trenza que luego recogía en forma de moño. Pero, sobre todo, la recuerdo cuando jugábamos a las cartas.
    Ella, mi madre, mi hermana y yo —cuando yo no tendría más de ocho años y mi hermana casi tres menos— solíamos jugar “a la mona”, un juego de parejas en el que previamente se retiraba de la baraja una sota, de modo que la gracia consistía en evitar quedarse al final con la carta sobrante, lo cual, invariablemente, llevaba asociado el ser objeto de las burlas y bromas de los demás jugadores, que jaleaban, refiriéndose al perdedor: Mono, monito, mono…; o, Mona, monita…, si quien perdía era del género femenino. Por supuesto, a mi  hermana y a mí nos aterraba quedarnos con la carta fatídica, y se nos notaba a cien leguas cada vez que el naipe impar caía en nuestras manos. También en mi abuela, que a esa edad volvía a tener la limpia inocencia de la infancia, se advertía el desasosiego que le producía la posesión de la “mona”. Entonces, con una sonrisilla entre malévola y nerviosa, barajaba sus cartas y las ofrecía al siguiente jugador para que éste tomase el obligado naipe. Sin embargo, lejos de permitir que fuera el azar el que dictara el orden que ocuparía la carta, siempre situaba ésta un poco por delante del resto, de tal forma que era la primera opción a escoger cuando había que tirar de su mazo.
    A pesar de nuestra corta edad, mi hermana y yo no tardamos en advertir la jugarreta, y aunque nos animaba a que cogiésemos ésa y no otra, nos decidíamos por una distinta, lo que, a la postre, daba en que fuera ella la que acabara perdiendo la partida. Entonces, con esa crueldad propia de los niños, sin respeto a sus canas, insistíamos una y otra vez: Mona, monita, mona…, entre carcajadas que ella compartía y que, en alguna ocasión, de tan intensas, dieron lugar a ciertas urgencias fisiológicas que mi madre, solícita, hubo de atender también entre nerviosas risas.

domingo, 15 de agosto de 2010

Hacia el otoño (Haikús)





Vereda líquida:
en su voz transparente
el tiempo en fuga.










Metamorfosis:
el alma de los ríos
pájaros blancos.










                                       Primera lluvia
                                       moscellas del verano
                                       luz de septiembre.








Melancolía:
esquirlas de otro tiempo
lluvia en el alma.








El sol salpica
de dorados reflejos
las hojas verdes.





[Las fotografías que ilustran el primer, cuarto y quinto haikú: ©  Jesús García Martín;
Las que ilustran el segundo y tercer haikú:   ©   C. Elvira

sábado, 14 de agosto de 2010

Soneto para mi abuelo



Me sumerjo en las aguas cristalinas
de tu recuerdo: cuando el mundo fuera
una incipiente y clara primavera,
y yo, su explorador por las esquinas.

Recuerdo las visitas vespertinas
al corral interior, donde la higuera
aguardaba la luz de la manguera:
líquida luz en rotas serpentinas.

Y rememoro aquellas matinales
de la Banda de Música el domingo,
y tu asombrosa y firme ligereza.

Y regreso contigo a los umbrales,
abuelo, de mi infancia: aún distingo
al niño aquel probando la cerveza.

Y sé que estás aquí, aunque te fuiste
un día, en mayo, de recuerdo, triste.

jueves, 12 de agosto de 2010

Entre el canal y el tren

[Imagen: Canal del Alberche, próximo a Talavera de la Reina. 
Fotografía tomada del diario La Tribuna de Talavera. Edición digital 04-04-2010]


     Me sorprendo a mí mismo al recordar a unos chavales de ocho o diez años, a la salida del colegio, fumando cigarrillos Antillana, en busca de aventuras en las afueras de la ciudad, entre el canal y las vías del ferrocarril. Y me recuerdo saltando de uno al otro lado del canal, como esos exploradores de película que veíamos lo domingos en el cine, en programas de sesión doble. Y vuelvo a sentir el miedo que me atenazaba mientras al otro lado los demás me animaban al vuelo. Aún no sé cómo no acabé nunca en las aguas, ni qué ángeles nos guardaban para no terminar arrollados por alguno de aquellos interminables trenes de mercancías. Y, al evocarlo nuevamente, me parece intuir en ese espacio el lugar al que acudo cuando busco a tientas un sueño, un verso, una iluminación.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Claridad


 [Imagen: Amanecer en el Tajo a su paso por Talavera de la Reina  ©   A. C. G.]

De claridad, materia cautelosa,
se levanta mi casa: luz que empapa
mi propio discurrir.
Y no porque mis manos sean capaces
de engendrar transparencias, sino porque
de la misma materia de tu amor
afianzo sus cimientos,
construyo sus paredes,
elevo soleadas azoteas,
y en ese alzar de muros y moradas
tú permaneces: libre,
silenciosa y prudente a mi costado,
haciendo de la luz viva argamasa
con que afrontar la furia de los tiempos.

martes, 10 de agosto de 2010

Variación

[Imagen: obtenida de la Página  Web "Escueladeforja.com"]

 
Lo mismo que en el tas macha el martillo,
o el mar contra la roca, o la veleta
gira al dictado que le marca el viento,
o el hombre nace, crece, y luego, muere…

así también, empírico zarcillo,
el verso, consecuencia del poeta,
se desdobla en pasión y pensamiento,
y de la duda y la razón, requiere.

Y cuando al fin el verso queda escrito,
la luz ya no es la luz: otra luz era,
el gesto imaginado era otra cosa.

Y así comienza, una vez más, el rito
de fijar al papel una quimera,
cuanto más imposible, más hermosa.

domingo, 8 de agosto de 2010

La isla del tesoro


[Imagen: Fotograma de LA ISLA DEL TESORO, película dirigida por Victor Fleming en 1934]

     Si tuviese que decidirme por una novela de cuantas he leído, posiblemente, y a pesar de lo complicado del asunto, la elegida fuera La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson. No sólo por la calidad literaria que la avala, destacada y reiterada en las muchas reseñas recibidas desde su publicación, sino, sobre todo, por cuanto su lectura me supuso de deslumbramiento y emoción.
     Cierto que no era la primera historia de piratas que leía. Lo había hecho multitud de veces antes, pero no en un libro de un autor reconocido en el mundo entero sino en los tebeos que en mi infancia se publicaban con periodicidad semanal, y a modo de folletín para chavales. Por tanto, de piratas, ya sabía algo. Sin embargo, la magia del texto no estaba tanto en aquellos piratas que ansiaban el tesoro y tramaban la manera de conseguirlo como en la forma en que éstos y los demás personajes del relato eran mostrados: su relación entre ellos, el valor de la amistad, del honor, de la responsabilidad…; la avaricia, la traición, el egoísmo...; luego estaba ese pirata con corazoncito, John Silver El Largo, que a pesar de su maldad acaba por hacerse simpático, y el joven Jim Hawkins, con el que, naturalmente, me identifiqué durante mi lectura y aun mucho después, cada vez que jugábamos a los piratas en la calle. Y estaban también la propia isla, Ben Gunn, y La Española o La Hispaniola, el barco que navega los mares hasta la isla del tesoro. Todo ello formaba un universo imanador que a pesar de los años de mi primera lectura todavía me acompaña.
     Puede que entre las muchas lecturas que uno va acumulando con los años haya textos con más enjundia, más bellos, más sutiles o profundos; posiblemente. Pero ninguno ha habido que más me haya emocionado y más haya vuelto a mi memoria pasado el tiempo. Además, ante la pregunta tonta de todos los veranos, sobre cuál sería el libro que te llevarías a una isla desierta, ¿por qué no uno que habla de islas y, además, de tesoros, cuando los tesoros no sólo son los que se guardan en un cofre?

viernes, 6 de agosto de 2010

Acuse de recibo



                                                        A Elías


Abrí con la rutina de costumbre
la portezuela del buzón. Y adentro,
¿con qué dirás, amigo, que me encuentro?
No con publicidad, ni con la lumbre

de las cartas del Banco que contienen
el fuego de algún cargo por sorpresa.
Ese sobre me ofrece una promesa
de gozo en erupción: mil versos vienen

en un cuidado libro de sonetos;
pura belleza en sí, la Poesía
en las fuentes de Gutenberg bañada.

Y héteme aquí, rastreando sus secretos,
dispuesto a disfrutar de su ambrosía,
obediente y puntual a su llamada.

(Y eternamente agradecido amigo
a quien el libro concertó conmigo.)

De cuando hacía calor

  [Imagen: La Tropical hacia 1967: paso obligado en el trayecto que se comenta.
Fotografía recibida en presentación Power Point - Autor desconocido]

     No sé si ahora hace aún más calor que hace años. Sólo sé que si tengo que recordar momentos de calor en los que he llegado a sentir verdadero dolor físico, he de remontarme al verano de 1967, cuando tenía doce años. Aquel año había cursado 2º de Bachillerato y por mi mala cabeza me quedaron para septiembre las matemáticas (matracas, que decíamos nosotros). Mis padres, empeñados en que pasase a Tercero sin asignaturas pendientes, hicieron las gestiones precisas para que el maestro que había tenido hasta ingresar en el instituto me diese clases particulares. De modo que a eso de las cinco de la tarde, con un sol de justicia, tenía que salir de mi casa para dirigirme a su domicilio, a una distancia aproximada de un kilómetro, con el sol cayendo lo que se dice a plomo. Recuerdo aquella sensación abrasadora en mi espalda en tanto cruzaba de una acera a otra en busca de las sombras, que, dicho sea de paso, se vendían muy caras. Y recuerdo el alivio que sentía al entrar en el portal de mi maestro, la bocanada de frescor que respiraba con verdadera liberación. Luego, sentados ante la mesa del comedor, en la penumbra acogedora de la sala, me veo a vueltas con el Teorema de Thales —Si tres o más paralelas son cortadas por dos transversales…—, y a Don Enrique, con infinita paciencia, dispuesto a aclararme cada una de mis dudas.
     A veces, su mujer entraba con una jarra de agua de limón y unos vasos, y me preguntaba por mis padres al tiempo que servía aquel refresco que durante un rato disfrutábamos con sosegado placer y con el que espantábamos, momentáneamente, los estragos de la calorina. Una hora más tarde, con la lección aprendida y los deberes para el día siguiente en mi cartera, volvía a enfrentarme al mismo sol inmisericorde, a rastrear las sombras de las fachadas bajas de las casas de entonces, a preguntarme a cuento de qué no había aprobado en junio las malditas matemáticas.
     En los rigores de aquel sol —lo supe entonces— llevé la más dolorosa de las penitencias.

jueves, 5 de agosto de 2010

Fines distintos

[Imagen tomada de la página http://www.marea-roja.com.ar]
 

Hay quien, a fuerza de nadar, consigue
llegar a la otra orilla,
para mirar atrás con la nostalgia
que, en lo perdido, brilla.

Y hay quien mira, fluyendo, la corriente
del río, y reflexiona:
“Llegar a aquella orilla, de qué sirve,
si atrás dejo la otra.”

Pues es sabido
que cada hombre persigue
fines distintos.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Nada

[Imagen: Agujero negro - NASA/JPL-Caltech ]

Si en la palabra “Nada” cabe un poema,
mi poema de hoy: apenas nada.

martes, 3 de agosto de 2010

De la escritura (y 3)


[Imagen: Nenúfares - Claude Monet]

Para espantar la pena,
para atrapar la dicha,
para ensalzar amor,
para conjurar desamores,
para enaltecer la amistad,
para honrar a los míos,
para iluminar los caminos,
para cruzar la noche,
para llegar a cuantos amo y a cuantos me aman,
para decir (porque sólo existe aquello que se nombra),
para inventar (porque lo vislumbrado puede ser posible),
para conocerme (porque la palabra oficia de conciencia),
para defenderme contra el tiempo (porque lo escrito permanece),
para confundir a la muerte (aunque se oriente en medio de la nada),
para cantar la vida (porque la debo el canto),
para agradecer lo que me ha sido dado (porque a ello me enseñaron mis mayores),
para compartir lo que mi voz alcanza (si es susceptible de compartir por alguien),
para trenzar sonidos,
para beber estrellas,
para limar el tedio,
para asolar las dudas,
y por el solo hecho 

—sereno, placentero, gozoso,
vesánico, doliente, repetido,
contradictorio y único,
dual e indefinible—
de escribir y escribir y escribir 

y escribir...

lunes, 2 de agosto de 2010

De la escritura (2)

[Imagen: Composición - Vassily Kandinsky]

     Para decir lo que no sabría decir si no lo escribiese; para saber cuanto ignoro antes de decirlo; para atrapar los sueños, la vida, la mirada, el tiempo. Y también, aunque íntimamente me empeñe en negarlo, por ese rincón de vanidad que se ilumina si alguien aprueba aquello que, en principio, escribo para mí.

domingo, 1 de agosto de 2010

De la escritura (1)

[Imagen: Jucar XII, óleo sobre lienzo de Fernando Zobel - Museo de Arte Contemporáneo - Sevilla] 

 
     En ocasiones, escribir es como ascender en una cometa, libre y ligero hasta lo infinito: las palabras surgen sin esfuerzo y los dedos las componen sobre el teclado como si obedecieran a la más precisa partitura; otras, sin embargo, es un peso que nos hunde en un légamo oscuro e insondable, un légamo que atrapa el aire e impide respirar. En ambos casos es, sobre todo, un ejercicio de reflexión e introspección: con sus luces y sombras, sus aciertos y errores, sus idas y vueltas. Es avanzar por un dédalo íntimo donde sólo a veces hallamos la salida.