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martes, 28 de septiembre de 2010

Mi voz

 [Imagen: atardecer en el pantano de Navalcán ©  C. Elvira] 
 
     Mi voz, mientras escribo, es un rumor que late buscando una salida. Ni conoce el camino ni sabe bien qué espera, pero avanza en un hilo de tinta enamorada. Irrumpe algunas veces más allá de mis pasos, corre alocadamente intuyendo un sendero. Y luego se detiene, vuelve sobre sus huellas y comienza de nuevo a indagar otros rumbos.

     Mi voz tiene el sabor del paloduz que, niño, deshilaba en mi boca con placer y deseo. Tiene, a veces, la claridad del alba; y las más, el oscuro rumor de un sol perdido. Pero escribo mi voz, y mi voz me sostiene cuando acecha la sombra de la desesperanza. Y cuando me ha tocado el amor con sus flechas, mi voz se ha confundido con las rosas más puras.

     Mi voz y la palabra. Aunque pasen mil días sin poder encontrarse, acaban por beber siempre en el mismo río. Ocurre en el instante en que un fulgor estalla y devora el silencio.

     Me ha salvado mi voz de muchos sinsabores.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Verde

      La vida es verde, y verde la esperanza. Verde de vegetales, verde de paraíso. La vida es verde luz que puja, enamorada, por alcanzar un día el mar de las estrellas. Verde y azul. Y canto que amanece con el primer latido, desvanecido el sueño. Y llama verde, que arde pero no quema, y va a dar en palabra de savia viva y verde.

     La vida, sin embargo, es frágil y se quiebra lo mismo que una rama ya huérfana de verde. Latido y vegetal, son parte de lo mismo: horizonte y futuro, memoria, voz escrita.

     Si se troncha una rama, la vida también muere.

domingo, 26 de septiembre de 2010

En la amistad

     Llevo alejado del blog una semana. Unas veces por asuntos domésticos, otras familiares, y otras, simplemente, porque no sabía qué mostrar, el caso es que ahí quedó ese soneto, que bien podría haber titulado también “Albada”, a modo de puntos suspensivos y a la espera de que una nueva entrada abriese otra vez las puertas a la normalidad. Sin embargo, tampoco puede decirse que haya estado mano sobre mano. Durante estos días he escrito un poema que me apetecía especialmente: un romance, para ser más exacto. Destinado a una buena amiga que recientemente cumplió la redonda cifra de 50 años, fue Carmen quien apuntó que por qué no le escribía algo, y como ya rondaba en mi cabeza la idea, me puse a ello. Y el romance salió, más o menos, como quería que saliese.
    En estos tiempos, donde todo sucede a velocidad de vértigo y en los que el mundo, tal como algunos se empeñan en que sea, parece querer alejarnos de las cosas realmente importantes, nuestra amiga pensó que era un buen momento para celebrar el cumpleaños dándolo el realce que la cifra merece, de modo que organizó una fiesta —celebrada ayer— donde reunió a familiares y amigos. Con la excepción de contadas ausencias sobradamente justificadas, la respuesta fue unánime y la velada, emotiva y enriquecedora. No sólo para la del cumple, como pudiera parecer obligado; también para todos los asistentes, que compartimos unas horas de amistad y risas, en las que no faltó un karaoke pensado para la ocasión —emocionante la interpretación a coro de todos los presentes del Himno a la Libertad, de Labordeta— ni la proyección —tras algunas dificultades técnicas— del montaje fotográfico realizado por Miguel, el primogénito de Lidia, nuestra amiga, en el que se recogían imágenes de su vida.
     Por mi parte, pensé que además de leer el poema—un brindis por la homenajeada—, estaría bien podérselo ofrecer adecuadamente presentado, como un regalo más de los que recibiría. Así, comencé a diseñar el formato (17 x 12 cms), elegir las fuentes (onyx de 18 pts. para el texto y Rockwell Condensed de 9 pts. para el colofón), seleccionar el papel (Gvarro de 185 gr/m2; color crema para el poema y marrón para la carpeta y estuche)... Una vez maquetado, imprimí el texto en páginas independientes y las recogí en una carpeta con la portada troquelada, a través de la cual es posible leer el título impreso en la primera página del poema. La carpeta, a su vez, encaja en un estuchito del mismo color.
     Así he pasado buena parte de mi tiempo la última semana, y creo, sinceramente, que el resultado mereció la pena. Como prueba, acompaño imágenes de la edición artesanal de dos únicos ejemplares. Sin embargo, y a no ser que la interesada me dé expreso permiso para hacerlo, no mostraré el poema en esta página, pues, a fin de cuentas, no deja de ser un regalo personal del cual es única propietaria. Sí dejo, en cambio, algunas instantáneas del encuentro. Todo, como prueba fehaciente de una noche de amistad y buenas vibraciones.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Primera luz

 [Imagen: SOL ARDIENTE DE JUNIO, de Sir. Frederick Leighton 
Museo de Arte de Ponce - Puerto Rico]


Amo el amanecer y su luz tibia,
el despertar sereno de la aurora,
la imagen del perfil de los tejados
recortados en sombras contra el cielo.

Pero amo más amanecer tendido
en la proximidad de tu costado,
sentir cómo respiras en el sueño,
ajena a mi mirada, que te arropa.

Me gusta ese momento, sólo mío,
sintiéndome el guardián de tu descanso,
lejos del mundo y sus iniquidades;

alcanzada la paz en la cadencia
de tu respiración. Y, sobre todo,
ver que despiertas y tu luz me abraza.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Encuentro (*)

[ Imagen: Detalle de EL BESO, de Klimt ]

Mi corazón cansado, a la deriva,
no encontraba reposo ni consuelo,
hasta que en una esquina de mi anhelo
apareciste tú: voz decisiva.

Viniste a mí, serena y persuasiva,
cambiando mis infiernos por tu cielo,
retándome a la dicha en dulce duelo
que acepté, por activa y por pasiva.

Han pasado los años. Tu sonrisa
abate aún la sombra turbadora
que alguna vez se asoma a mi mirada.

Tú calmas con tu luz toda la prisa.
Esposa, amiga, llama embriagadora...
En ti mueren las furias. Y la nada.


(*) Del libro JARDÍN DE LUZ



martes, 14 de septiembre de 2010

Pesadilla

 [Imagen: tomada del blog: El Adarve, editado por Francisco Rodríguez Criado]

     Espectador tan solo, sin ningún poder de decisión, observabas el ir y venir de las palabras. Se rebelaban contra todo, y desde su arquitectura mágica de tinta se hacían a sí mismas. Iban llenando folios a su antojo, libres transitaban por las páginas. Y los diccionarios, sabia imagen del orden, se convertían en el rostro del caos.
    Cruzaban jotas como alfanges al lado de uves como abismos, y las oes, como aludes inmensos, arrastraban a eses y emes locas.
    Tomaban tus cuadernos. Y la estilográfica se hacía su aliada y llenaba de borrones las páginas viejas: borrones como agujeros negros que devoraban todo, que destruían tus textos, pero también —y esto era más grave— los libros antiguos, los sagrados, los incunables: una destrucción inexorable que condenaba al hombre a la más absoluta desmemoria.
    Confiabas en que, de alguna manera, libre de la parálisis en que estabas sumido, detendrías aquella oscura y triste vesania de las letras, que todo lo devolverías a su sitio. Sin embargo, allí quedaste, inmóvil: sólo un sudor helado por tu frente, un hormigueo extraño por tus manos, un reloj desbocado por tus venas; únicas pruebas de tu visión apocalíptica, de tus presentimientos temerosos.
    Así te debatías en ese oscuro campo de batalla, en medio de una densa y asoladora niebla. Fue necesaria la desquiciada campanilla del reloj, el ruido ahogado de las cañerías, el lento despertar de la calle. De esta manera regresaste a lo que aquí se mide con la lógica. Respiraste tranquilo. Comenzaste tus actos cotidianos: el aseo personal, el desayuno... A punto de salir de casa te volviste, tomaste un grueso tomo de las estanterías, lo abriste y en las primeras hojas, con avidez, buscaste. Allí estaba: perfecto, luminoso. Como siempre lo habías encontrado, sin que ninguna señal hiciese presumir su destrucción. Lo volviste a leer con gozo antiguo: En un lugar de la Mancha... Y saliste a la calle reconfortado, convencido de que el oscuro baile de manchas y agujeros era un sueño tan solo, una inquietante pesadilla que cada noche vuelve: puntual, implacable. Y que el miedo te impide traducir.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Blas de Otero

 [Imagen: portada de la edición de Galaxia Gutenberg y Círculo de Lectores]



Me encuentro con la voz de Blas de Otero
—las Hojas de Madrid con La Galerna—.
Sus versos son clamor y son linterna,
y esperanza y amor y desespero.

Son los versos de un hombre que pregunta,
que mide el tiempo que le queda y sabe
que en una sola vida nunca cabe
la vida que se sueña y se pespunta.

Está el hombre que busca y que recuerda
geografías, amigos, situaciones;
que maldice, que viene en sus canciones
y escribe versos con la mano izquierda.

Un hombre como todos: confundido.
Y, a veces, con un verso mal medido.

sábado, 11 de septiembre de 2010

En espiral

 [Imagen: Caracola fósil - Tomada de la página 'MERCADO LIBRE.COM']

En espiral, tras mis pasos,
vagando voy.
Cuando me alcanzo, no logro
saber quién soy.

Por los espejos
se atropellan mis rostros
tras sus reflejos.

En espiral me recorro.
Dentro de mí,
alguien está vigilando
mi desvivir.

Alguien que mira
y al tiempo que respiro
también respira.

Habrá de venir un día
—sólo una vez—
en que espía y vigilado
sumen su sed.

Y en esa suerte,
puntual a la cita
vendrá la muerte.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Los que amamos los libros

 [Imagen tomada del Blog  http://libreriamichelena.blogspot.com]


los que amamos los libros
no entendemos
esa afición antigua por quemarlos

la Inquisición
los nazis
y ahora
un pastor protestante en Norteamérica

y tantos otros casos
reales o inventados

(pienso en la quema de la biblioteca
del Señor de la Mancha)

todo el terror cerval a lo distinto
a la esencia del otro
se concentra
en la pira salvaje
donde todo
lo hace escoria la ira

como si al ser carbonizadas
las palabras
se acabase por fin y para siempre
con una plaga ponzoñosa
y se abriese un camino
que llevase a la luz

nada más falso

el resplandor terrible de la llama
devorando las páginas de un libro
irrumpe en negritud y degenera
en más violencia y odio
y en más intolerancia

los que amamos los libros
no entendemos
esa afición antigua por negar
la verdad de los otros.

jueves, 9 de septiembre de 2010

Metamorfosis

[Imagen: Luz en el Duero  ©  C. Elvira] 

Por juego y por pasión —a fin de cuentas
dos modos de encontrar la misma cosa—,
cansado un día de pensar en prosa,
puse en verso mis íntimas tormentas.

Yo era un adolescente con sedientas
ansias de Olimpo, y con la voz ansiosa,
torpe, inconsciente, frívola o pomposa
desempolvé mil ópalos y argentas.

Después la poesía, con los años,
fue un pozo donde echar los desengaños.
Y más tarde, caudal de malvasía.

Hoy, un arroyo compañero y claro
—algo que en estos tiempos suena raro—,
supone para mí la Poesía.

martes, 7 de septiembre de 2010

Poema de amor

 [Imagen: Puesta de sol en LAS MÉDULAS,  ©  C. Elvira]

las cosas que suceden por el mundo
(y yo sin escribir)
grandes inundaciones atentados
(y yo sin escribir)
gobernantes obtusos hambre paro
(y yo sin escribir)
vertidos de petróleo mar herido
(y yo sin escribir)
este fin de semana me he enterado
(y yo sin escribir)
de que se están muriendo los castaños
(y yo sin escribir)
la tele da noticias que acongojan
(y yo sin escribir)
y nunca pasa nada hasta que pasa
(y yo sin escribir)
afganistán irak oriente medio
(y yo sin escribir)
más miseria más hambre más dolores
(y yo sin escribir)

sólo cuando tú llegas y me miras
escribo para ti.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Desde el Mirador de Orellán, con Carmen, disfruto y reflexiono ante Las Médulas

 [Imagen: LAS MÉDULAS, desde el Mirador de Orellán  ©   A. C. G.]

Contemplo este paisaje de Las Médulas
con la satisfacción del que ha cumplido
una promesa antigua; sudoroso y feliz,
tras la subida al alto mirador.
En la cima,
el implacable sol de los veranos
golpea inmisericorde,
aunque asome septiembre al calendario
y estemos en El Bierzo.
                                     Mas no importa.
A pesar de sus rayos, que no cesan,
y de la inclinación mortal de la ladera,
coronada la cota,
aliviados y casi sin resuello,
admiramos los restos del expolio:
la montaña que fue, hoy reducida
a picachos de arcilla roja y firme,
y  a una vegetación
a base de castaño y robledal.
Y pienso en esos hombres que cambiaron
con la fuerza del agua el primigenio
paisaje del lugar:
hábiles ingenieros,
especialistas en orografía,
feroces capataces...
y en los otros —acaso esclavos,
quizá hombres semi-libres— que horadaron
imprescindibles galerías, necesarios canales,
y que es más que probable que dejaran
allí sus vidas insignificantes.

En este mundo nuestro
—desde que el mundo es mundo—
el brillo del metal cuesta más que una vida.
Todo imperio lo sabe y lo mantiene,
y en ello basa su razón de estado.
Los romanos, ya entonces, lo sabían
y no les importaba
lo nimio del botín de la montaña,
porque una vida —o muchas— no era un precio
siquiera valorable.

Pienso en ello mientras el sol castiga,
mientras el viento sopla a mi costado.
Y vuelvo a contemplar la magia del paisaje
la serena belleza de esa naturaleza
herida y, sin embargo,
pujante y luminosa.

Y respiro el silencio
y un latido de historia, junto a ti.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Peregrinaje

 [Imagen tomada del Blog ¡ULTREIA ET SUSEIA!]

El peregrino avanza en medio de la niebla:
a tientas.
                 El silencio
tan sólo no lo es por los aullidos
de los lobos que acechan a lo lejos,
y la furia del viento entre los robles.
Avanza,
y está solo ante el mundo.
                                             Cuando salga
el sol, y las guedejas
de tiniebla se alejen con el día,
es posible que olvide que es ahora
—cuando todo está oscuro—
cuando se siente cerca de sí mismo.

Aunque tiemble y recele de las sombras.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Aprender a vivir

[Imagen: Piélago ©   A. C. G.]


Aprender a vivir. De eso se trata
este lento ejercicio de meses y estaciones,
de ternura y dolor.

Aprender
a discernir el grano de la paja,
a no dar importancia a lo que no la tiene;
aprender a mirar con ojos nuevos
y a conservar la calma
frente a la tempestad.

Aprender a vivir frente a nosotros
con la contradicción como equipaje,
y a vivir con los otros, con sus cosas
y con sus diferencias y sus dioses.

Aprender del poder de los errores
sin lamernos por siempre las heridas.
Aprender a vivir: con los amigos,
los enemigos y con quien nos quiere.

Y tener muy presente que habrá un día
—lejano o fronterizo—
en que lo ya aprendido será nada
en la Nada Total.