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domingo, 28 de noviembre de 2010

José Luis Ferris

[En la imagen, con José Luis Ferris, tras la conferencia pronunciada por este en Talavera]

            Siempre es agradable volverse a encontrar con un viejo amigo. Aunque haga mucho, mucho tiempo que apenas supiésemos el uno del otro sino por referencias de terceros y, en mi caso, por las huellas que con paso seguro deja día a día por los caminos de la literatura, ya como poeta, novelista, ensayista o biógrafo de Maruja Mallo, Carmen Conde o Miguel Hernández. Naturalmente, hablo de mi reencuentro el miércoles pasado, en Talavera, con José Luis Ferris, quien visitó mi pueblo para dar una conferencia sobre el autor de “El rayo que no cesa”: casi 90 minutos en los que supo captar la atención de un público que, al final, le dedicó una larga, merecida y emocionada ovación.
            Conocí a José Luis en marzo de 1985, coincidiendo con la presentación en Madrid de los Premios Adonais del año anterior, en el que tanto a él como a mí se nos concedió un accésit (el premio fue para Amalia Iglesias por su primer libro, “Un lugar para el fuego”). Posteriormente, volvimos a reunirnos los tres en Alicante, donde, de la mano del entonces director de la Colección Adonais, el desaparecido Luis Jiménez Martos, presentamos nuestros libros. Y, poco después, repetimos la cita en la capital levantina durante unas jornadas literarias organizadas por el Grupo Algar, que dirigían Alberto Mercader y José Luis Rico. Volvimos a vernos alguna vez más al año siguiente en Madrid, donde José Luis hizo el servicio militar. Puntualmente, cada Navidad, durante unas cuantas, me hizo llegar una tarjeta de felicitación. Y yo, no sé si demasiado ocupado por entonces o, simplemente, más desconsiderado, rara vez respondí con unas palabras de agradecimiento; como mucho, alguna llamada de teléfono, que no es lo mismo.
            En todo este tiempo José Luis ha desarrollado una gran actividad literaria, reconocida con Premios tan importantes como el de la Crítica de la Comunidad Valenciana (1986 y 2003), el Azorín (1999) o, más recientemente, el Premio Málaga de Novela (2009) por El sueño de Whitman, su tercera novela tras Bajarás al reino de la tierra (1999) y El amor y la nada (2000). A todo ello suma su labor como colaborador en distintos diarios nacionales y reconocido biógrafo de la pintora Maruja Mallo, Carmen Conde y, sobre todo, de Miguel Hernández. Su obra Miguel Hernández. Pasiones, Cárcel y Muerte de un Poeta, publicada en 2002 y reeditada este año, se ha convertido en libro imprescindible para conocer al autor de las “Nanas de la cebolla” más allá de las ideas interesadas que, tanto desde posiciones franquistas como de la izquierda, fueron lugar común y equívoco durante muchos años.
            La conferencia, como digo, resultó, más que entretenida, seductora, enriquecedora, envolvente. Pero, tanto como ella, más aún, fue el tiempo compartido con él después del acto. Oírle contar anécdotas y volver a recordar los primeros días en que nos conocimos, fue reconfortante. Saberle amigo y compartir sus éxitos, un motivo de orgullo. Tanto, que después de muchos días de silencio vuelvo a asomarme a esta ventana. Para que se sepa.

martes, 9 de noviembre de 2010

La infancia, una vez más.

[Imagen tomada de la Red: http://www.burbuja.info/]

                       Por San Pedro y San Pablo
                       pintan las uvas
                       por la Virgen de Agosto
                       ya están maduras.

                                          (Dicho popular)


Recuerdo la mañana de azul vitriolo,
el aire, todavía, sin sed de fuego,
en el patio claveles, juncos, geranios,
y en el corral, la parra y el gallo viejo.

La cigüeña, en lo alto del campanario,
machacaba los ajos a sus polluelos,
y en la mañana apenas inaugurada
sonaban las campanas por algún muerto.

Por San Pedro y San Pablo pintan las uvas
—nos cantaba la abuela, haciendo ganchillo—
por la Virgen de Agosto ya están maduras.

(Mientras tanto, nosotros, del patio al pozo, (*)
jugábamos ajenos al tren del tiempo.)

(*) Como aclaración, indicar que llamábamos "el pozo" a un zaguán que albergaba un pozo a ras de suelo, cerrado con un puerta metálica, y una gran pila, donde recogíamos el agua del pozo accionando para ello una bomba de mano.


lunes, 8 de noviembre de 2010

Gran Café

[Imagen tomada de http://www.franquiciaseuropa.com]


          Me entero por el blog de Álvaro Valverde que cierran el Gran Café de Cáceres. A raíz de ello, apunta algunos recuerdos relacionados con tan emblemático lugar. Y yo, al leerlo, también pongo en marcha la memoria y me recuerdo, allá por el otoño del ochenta y tres, sentado en uno de sus veladores cada tarde, desde las cinco a las siete o las ocho, consumiendo más de un café o algún brandy (entonces uno todavía podía disfrutar de tales licores) y escribiendo gran parte de los poemas de Del verbo y la penumbra, que en 1984 obtendría un accésit de Adonais.

          Años después, las pocas veces que he visitado Cáceres, no he dejado de pasar por allí, ya fuera para degustar un café o tomar unas cañas. Ahora sé que la próxima vez ya no será posible disfrutar de su ambiente, su música de jazz (al menos era lo que sonaba, junto a la clásica, por entonces), sus cafés... Pero andará conmigo y lo recordaré también como ese lugar en que escribí unos versos.

Zocodoversos, poetas en Toledo



Hace ya unos meses —demasiados como para que no hubiera acusado recibo de él en este rincón de verbo y penumbra, si no fuera porque asuntos familiares han requerido este tiempo mi mayor dedicación— encontré en el buzón un libro, Zocodoversos, poetas en Toledo, firmado por Santiago Sastre Ariza. Se trata de una —en palabras del propio autor— Antología injusta, pues él mismo avisa en el prólogo: “… me parece justo reconocer de antemano que en esta antología hay una inevitable dosis de injusticia. ¿Por qué? Pues porque no están todos los que son. Es decir, en esta antología no figuran todos los poetas que tienen alguna relación con Toledo. Ahí está la labor del antólogo de establecer un criterio que permita en lo posible justificar (es decir, tratar de hacer justa) la selección de autores.” Advertido esto y tras reconocer que en la selección “ha influido el criterio afectivo”, porque “… no era mi intención hacer un elenco objetivo sino otra cosa: mi selección…”, Santiago da cuenta en su introducción, uno por uno, de los autores seleccionados: 20 poetas relacionados de alguna manera con la capital castellano-manchega, ya sea porque han nacido en ella o en su provincia, o porque, de una forma u otra, estén próximos a la ciudad de Garcilaso. De los autores seleccionados, solo cuatro son mujeres, Pilar Bravo (Toledo, 1966), María Luisa Mora (Yepes, 1959), María Antonia Ricas (Toledo, 1956) y Beatriz Villacañas (Toledo, 1964); los otros dieciséis, varones, van desde José Carlos Gómez Menor (Toledo, 1929), decano de los antologados, hasta el propio Santiago Sastre (Toledo, 1968), el más joven del grupo. También nacidos en la capital, Francisco Payo (1952) y Ángel Villamor (1947).  Completan la selección: Miguel Argaya (Valencia, 1960); Amador Palacios (Albacete, 1954); Miguel Ángel Curiel (Korbach Waldeck – Alemania, 1966); Mario Paoleti (Buenos Aires, 1940); Miguel Ángel Pacheco (Badajoz, 1967); Joaquín Copeiro (Trasierra – Badajoz, 1949); Miguel Ángel Martínez (Cuenca, 1966); Antonio Illán (Los Navalucillos, 1953); Jesús Maroto (Villafranca de los Caballeros, 1958); Jesús Pino (Villarrubia de Santiago, 1947); Francisco del Puerto (Los Navalucillos, 1949);  y Antonio del Camino (Talavera de la Reina, 1955).
Las palabras que Santiago Sastre dedica a cada uno de los autores son cálidas y cercanas, y contienen una certera mirada hacia sus respectivas poéticas, abriendo con este libro las puertas a la curiosidad de aquel lector que quiera acercarse más ampliamente a una obra determinada.
No es —como el autor se encarga de advertir— una antología al uso (yo mismo echo en falta voces como las de mis compañeros de aventura en La Troje, Alfredo J. Ramos, Antonio Rubio o Sagrario Pinto, por ejemplo); es, simplemente, su selección. En ella, ha tenido mucho que ver el sentimiento de amistad, y acaso esto pueda causar prejuicios en algún posible lector. Sin embargo, y aunque quizá esta afirmación no me corresponda a mí decirla al figurar yo mismo entre los elegidos, aquel que se adentre en estos Zocodoversos no saldrá defraudado. Es tal la variedad de voces y poéticas que —estoy seguro— más de una será de su agrado.
Por último, mi felicitación a Santiago Sastre por el trabajo realizado, y, personalmente, mi gratitud por haberse acordado de mí en este florilegio de voces y de sueños.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Estos días de otoño

[Imagen: OTOÑO ©  Jesús García Martín]


Estos días de otoño, tan serenos,
sin lluvia en los cristales ni niebla por las calles,
con la luz, tan precisa, colgándose en las copas
de los chopos más altos,
de las graves encinas,
de los olivos negros, preñados de aceituna;
estos días… invitan a la calma,
a mirar con sosiego en derredor, y el mundo
—eso que está ahí afuera de nosotros, y apenas
conoce del sosiego—; a mirar ahí adentro
de nosotros. Mirarnos
con la serenidad con que se observa
la estela del ocaso.
                                    Estos días
en que las hojas se hacen huella de sol,
humilde oro, y se desprenden
de las ramas del árbol
meciéndose sin prisa, rumbo al humus,
me traen rumor de infancia
y sabor a castañas
y la voz del mielero y olor a lechería
y amigos que quedaron perdidos en la nada
y un guirigay de escuela y aroma de membrillos.

Estos días de otoño, tan serenos, me vuelven
los ojos del revés, y todo es más perfecto.
Pero sé que no es cierto, que el mundo va a lo suyo,
que es esta luz, y el cielo
transparente de entonces,
lo que invita al milagro,
al fugaz espejismo,
a esta paz que no es cierta, porque nunca es de todos,
pero que yo respiro
en estos días serenos de este otoño.

jueves, 4 de noviembre de 2010

En caída libre

Esta mañana, en el espejo, no me miraba yo. Me contemplaban los ojos de otro tiempo, quizá tango, envueltos en papel de celofán. Una mirada que yo desconocía. Sonó un despertador por el patio de luces. Sonó y sonó y sonó… Y nadie regresaba desde el sueño para acallar su grito. Los ojos me miraban del otro lado del azogue. Yo me hundía en la neblina: interrogante, ávido de luz y de respuestas. Calló el despertador y todo fue silencio. No supe interpretar lo que los ojos quisieron transmitirme. Una vez en la calle, lo adiviné de pronto. O quizá no. Quizá fue que soñaba todavía, náufrago entre la bruma de mis ojos, que seguían preguntando.

 

lunes, 1 de noviembre de 2010

Flores muertas (*)

CUSTODIANDO la puerta, esclavas de estas fechas,
las flores cercenadas perfuman agonía:
crisantemos, claveles, margaritas, adelfas...,
arrancadas en vida para adornar la muerte.
El hombre, diligente, vocea su producto
Oferta, siete euros— invitando al que pasa.
¡Mire qué ramos, oiga! ¡También tengo jarrones…!
(Al lado, unos chavales, juegan a la pelota.)
Las campanas en vuelo, monótonas y tensas,
señalan el camino de otra muerte anunciada,
y su sonido apaga los trinos de la tarde;
pájaros al cobijo que ofrecen los cipreses.
Cuando llega la hora y cierra el cementerio,
el hombre, una vez más, carga en su furgoneta
las flores en remojo: una UVI improvisada
capaz de mantenerlas con vida hasta mañana.
Los niños volverán a su casa y la noche,
dueña del camposanto, como todos los días
paseará sus estrellas por las fosas y acaso,
con un íntimo afecto, se burle de los vivos.



(*) Del libro inédito, De túmulos y tálamos