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sábado, 26 de marzo de 2011

El manuscrito

[Imagen tomada de: http://www.losviajesdejota.com]


            Como suele ocurrir cuando se busca algo, entre cuadernos adolescentes, fotografías antiguas, recortes de periódico y folletos de viajes, acabó por no dar con el objeto de su registro, pero, a cambio, descubrió aquel manuscrito ya olvidado, y que, sin duda, habría dado por perdido muchos años antes: un texto más, entre otros muchos juveniles, dignos todos de ser quemados sin el menor reparo ni remordimiento. Sin embargo, acaso movido por la nostalgia o la curiosidad, se dio allí mismo a su lectura, sentado de mala manera en el suelo, apoyada la espalda en la pared. Lo primero que le llamó la atención fue la lejana caligrafía, tan distante de esta otra letra de ahora, no más firme ni elegante ni bella, pero sí, quizá, algo más rápida y próxima a lo que pudiera ser una personalidad ya formada, si es que ésta acaba de formarse en algún momento de nuestras vidas. Después, el texto; sin signos de puntuación, con alguna falta de ortografía que era como un puñal clavándose en sus ojos. Leído ahora por otro, tan lejano del autor que lo escribiera, le pareció que las palabras habían sido rebuscadas en exceso y la trama del relato, lineal y sin sorpresas, demasiado infantil, incluso para la edad en que fue creado. No obstante, conforme leía, le pareció experimentar algo parecido a la levedad, una ligereza extraña y relajante que lo arrancaba del presente y le ponía rumbo a un viaje al pasado, que la memoria, confusa, se esforzaba por acotar. El cuento, situado en un tiempo indeterminado, hablaba de un joven que, por motivos no especificados, resultaba ser depositario de un antiguo y venerable secreto. Otros hombres, ansiosos por conocerlo, le perseguían por distintas ciudades, de modo que ríos, montañas, valles y pueblos laberínticos se sucedían en una aventura narrada torpemente y sin el pulso preciso como para implicar al lector. Y, sin embargo, aun reconociendo la torpeza del relato, pronto se vio sumergido en aquellos paisajes y urbes, quizá vividos en una existencia inventada, ancestral y cerrada hoy a los caminos más precisos de la razón. Cuando a punto estaba de entrar en el desenlace de la historia, observó, no sin asombro, que la caligrafía había cambiado: ya no era la letra escolar y redondilla del principio, sino otra, afilada y picuda, inclinada hacia adelante; sin duda, escrita por otra mano que, por lo que podía deducir, no era la suya. Pero no terminaba aquí su sorpresa, pues las últimas páginas, quizá dos o tres, faltaban del manuscrito, y con ellas el final del cuento, al que, difusamente, creía haber puesto en su día punto y final. Por un tiempo que no podría medir quedó inmóvil: los folios en su mano izquierda, las rodillas ligeramente encogidas, la espalda apoyada contra el muro…, hasta que sintió cómo un hormigueo subía por sus pantorrillas y, agarrotada, la zona dorsal. Se incorporó trabajosamente y tomó asiento en uno de los sillones de la sala, la carpeta con los textos antiguos junto a él. Miró y buscó entre cuadernillos, sobres y folios sueltos el final de la historia, pero, o se había perdido para siempre o nunca llegó a escribirla.
            A partir de aquel día, se despierta entre noche, víctima del mismo sueño, preciso y puntual. En él, un joven cruza un puente colgante sobre un río caudaloso y violento, que arrastra troncos, rastros de construcciones y cadáveres; un río a cientos de metros por debajo, en un paisaje selvático, exuberante. No sabe qué significa. Desde ese día, nada de cuanto escribe le satisface.  

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