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viernes, 15 de abril de 2011

Apuntes de viaje (10)

[Imagen de una de las muchas iglesias de Braga]


21.-


            Apenas despertarse, el viajero se asoma a la ventana y otea el aspecto de los cielos. Anoche, en la televisión portuguesa, el hombre del tiempo auguraba un día despejado y con temperaturas en sensible aumento. Y, por lo que se ve, no se ha equivocado. Piensa el viajero en estos oráculos de Delfos de la meteorología de ahora, tan acertados en sus predicciones, a diferencia de aquellos otros de hace treinta y cinco o cuarenta años, cuando la televisión era en blanco y negro, y los instrumentos de medir otros, sin duda más rudimentarios y menos precisos. Entonces, se hacían entre los ciudadanos continuos chistes relacionados con la labor de los meteorólogos, nombre por el que casi nadie los conocía, a pesar de que ésa fuera su profesión. Para todos, por lo general, no eran sino El hombre del tiempo. Tan poco grado de confianza se tenía en sus pronósticos, que alguno, incluso, tras dar uno de ellos en la televisión, aseguró que, de no cumplirse, se afeitaría el bigote; algo que, a la postre, el viajero cree que tuvo que cumplir.
            Pero este hombre del tiempo de la televisión portuguesa no se ha equivocado. Bien al contrario, su predicción parece cumplirse con precisión castrense, y las nubes, ayer dueñas y señoras de cuanta extensión de cielo podía abarcarse con la vista, parecen haberse retirado a sus cuarteles de invierno (nunca mejor dicho) dejando que sea el sol el que expanda sus legiones de fuego de norte a sur y este a oeste. Algo que, a decir verdad, contraría a los viajeros, que prefieren desplazarse con cielos cubiertos, aunque, ya puestos a pedir, sin intenciones de soltar lluvias que entorpezcan la marcha.
            Tras hacer los honores al excelente desayuno bufet del Hotel y abonar la factura, suben al coche para poner rumbo a Braga, primera parada de una etapa que hoy acabará en Castro Laboreiro, pueblo ubicado dentro del Parque Nacional Peneda Gêres y a pocos kilómetros de la frontera con España, por la provincia de Orense. Como ya se dijo que el viajero aún se resiste a viajar tutelado por un GPS, tan de moda en los últimos tiempos, preguntan en el parking donde dejaron el coche estos días la dirección que deben tomar para salir a la autopista A20; desde aquí, ya señalado, seguirán camino hasta el próximo destino. La mujer encargada de la Caja, en un portugués que alcanzan a entender sin demasiadas dificultades, les indica: “Salgan a la derecha y, al final de la calle, en la plaza, todo a la izquierda y recto. A partir de ahí, sigan en dirección Antas, y ya lo verán”. Parece fácil. “Tú me dirás para qué quiere la gente un GPS”, comenta el viajero, convencido. En otros tiempos, cuando su trabajo le obligaba a recorrer buena parte del país, siempre acertó con los diferentes destinos a base de un mapa de carreteras y, llegado el caso, preguntando. Así es, como todo el mundo sabe, como se llega a Roma. Y si se llega a Roma, por qué no se va a llegar a Braga o adonde se tercie. Que no, que no quiere trastos ni modernidades.
            Con las instrucciones recibidas, llegan a la plaza, tuercen a la izquierda, salvan calles, plazas y rotondas, continúan recto un buen trecho, mucho trecho, pero, al contrario de lo advertido por la cobradora del parking, la señalización de Antas no aparece por ninguna parte.  Ella, como quien no quiere la cosa, vuelve a apuntar la seguridad que les daría el navegador de marras. Él, aparentando tranquilidad, le dice que, lo más probable, es que deban seguir aún más kilómetros todo recto. Tras unos minutos de dudas e indecisiones, comienzan a reconocer un territorio por el que ya pasaron cuando entraron en Oporto, y, un poco más adelante, por encima de ellos, alcanzan a ver la autopista que deben tomar. Entonces él, rearmado de valor, se deja llevar por su instinto y, para sorpresa de propios y extraños, “Antas”, se les aparece como por arte de magia. Tuercen a la derecha, hacen una raqueta, siguen rectos… y, de pronto, oh asombro, la autopista, momentos antes al alcance de su mano, se aleja de ellos sin que puedan hacer nada por atraparla. Parada. Reflexión. Cambio de sentido. A no más de cien o doscientos metros, un cuartelillo de Policía Local. Preguntas. Indicaciones. Reiniciar la marcha. ¡Por fin en el buen camino!
            No tardarán más de tres cuartos de hora en entrar en Braga. Y esto, sin sobrepasar nunca los ciento veinte kilómetros por hora —aquí, de momento y aun con la crisis, que también la hay, y bien gorda, los límites de velocidad en autovías no los han bajado, como en España—; con obras en la calzada cada dos por tres; con algunos bancos de niebla —a pesar de ser ya más de las diez de la mañana y lucir un sol que amenaza sus buenos calores en las horas centrales del día—; y con una retención, debida a un accidente que, por lo que deducen, no hará mucho tiempo que ocurrió. A la vista de cómo les han adelantado algunos vehículos, no se extrañan que sucesos como el que contemplan puedan darse a menudo. Aunque, claro, esto no es muy distinto de lo que ocurre en las carreteras de su país, por más que los accidentes y número de víctimas hayan descendido en los últimos tiempos.
En Braga, donde ninguno de los dos estuvo nunca, él se deja guiar por el instinto, con la esperanza de encontrar un parking en el que dejar el coche. Amparado en tal creencia, pero también con el temor de toparse con alguna calle sin salida, o tan estrecha que le impida la marcha, o en obras, o vaya usted a saber; todas, posibilidades que antes o después suelen entrañar dificultades en estas excursiones que tanto disfrutan los viajeros, se adentra hacia el corazón de la ciudad, donde desemboca en  una gran plaza; eso sí, sin un solo aparcamiento libre. En ella, una iglesia y un par de edificios dignos de contemplarse con sosiego reclaman su atención. Habrá que visitarla. Con suerte, sólo un poco más adelante, el viajero puede aparcar en un sitio estratégico; un espacio que, aunque delimitado como zona azul, les permitirá visitar el centro sin necesidad de desplazamientos a pie demasiado largos. Unas monedas a la hucha del Ayuntamiento, y ya tienen derecho a un par de horas para deambular por la ciudad y admirar sus calles, plazas, iglesias (muchas iglesias) y, por supuesto, la Sé.

2 comentarios:

  1. Tampoco yo soy partidario del GPS, Antonio, pero me parece que no va a haber más remedio, especialmente para algunos viajes, que "motorizarse" via satélite. ¡Con el gusto que da (daba) echarse a la carretera sin prisas y sin rumbos excesivamente marcados!

    (Dejé otro comentario en el penúltimo post de Oporto, hablando sobre cafés y fantasmas, al hilo del Majestic, pero ha debido irse al limbo; tampoco llevaría GPS...)

    Un abrazo (y a ver lo que nos depara Braga).

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  2. Se afeitó el bigote el hombre del tiempo, lo hizo y fue muy comentado. Eso eran hombres de palabra!!!

    Estupendo el recorrido que nos estás haciendo de Portugal, dan ganas de seguir vuestros pasos.

    Un abrazo

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