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domingo, 17 de abril de 2011

Apuntes de viaje (12)



23.-

            Dado ese ir y venir de los viajeros por Oporto, ese subir y bajar cuestas durante sus dos días de estancia, con las piernas sensiblemente perjudicadas, se agradece pasear por las calles del centro de Braga, tan llanas y cómodas. Pero esto lo sabrán más tarde, cuando se hayan lanzado a conocer o, mejor dicho, a tomar notas demasiado apresuradas de la ciudad, y sea la experiencia la que les confirme las bondades de su topografía. Ahora, lo importante es buscar un sitio donde tomar un café y abrir compuertas, si el lector permite definir así, con esta expresión tan ñoña, una función fisiológica tan elemental como orinar, mear, desbeber, hacer pis, hacer aguas menores o cambiar el agua al canario, que de todas estas formas y, seguramente, tantas más, puede uno referirse a tal tarea. Y he aquí que, buscando un lugar que juzguen apropiado, van a dar con A Brasileira, donde se toma o mehlor café, según reza en el letrero con que se anuncia. Un café —el local— con sabor clásico, veladores de hierro y mármol en el interior, y metálicos en la terraza; con diarios a disposición de los parroquianos, pinzados —los diarios, por supuesto; no los parroquianos— en esos soportes de madera a los que el viajero no sabe poner nombre, pero que imagina sonoro y evocador; un café acogedor y hospitalario, pensado quizá para la tertulia, la mirada morosa, la cita expresa, la confidencia a media voz. Esta A Brasileira, seguramente, sin temor a equivocarse, sea sucursal de esa otra famosa de Lisboa en donde tantas horas pasara el inmortal Pessoa, al que allí honran en continuo homenaje, presente siempre en una escultura que representa al poeta de los heterónimos.
            Son las once y media de la mañana y el local se muestra animado, casi todas las mesas ocupadas, concurrida la barra. Con suerte, encuentran un velador libre junto a los ventanales que dan a la calle. Allí degustan el café que piden y que, a pesar de lo que se anuncia, por mucha A Brasileira que sea, no es o mehlor; nada que ver con el de Oporto. No obstante, la agradable atmósfera del establecimiento y la posibilidad de echar un vistazo a los parroquianos que llenan las mesas, y sobre los que el viajero podría imaginar mil y una historia, compensan este café, excesivamente amargo y poco aromático, que acaban de beber.
            Otra vez en la calle, tomada la obligada instantánea del establecimiento, los viajeros se dirigen a Turismo, apenas a unos metros de distancia, en donde les darán un plano de la villa y asesorarán sobre las visitas imprescindibles. La mujer que los atiende despliega el plano sobre el mostrador y comienza a marcar sobre él: “Estamos aquí, aquí la Sé, en este punto el Ayuntamiento, a las afueras Bom Jesus do Monte…” Y así, aquí y allá, sigue haciendo señales en el plano, para rematar: “…Y pueden pasear la ciudad. Verán iglesias, muchas iglesias…”

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