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lunes, 18 de abril de 2011

Apuntes de viaje (13)

[Imagen: Avenida Central, por donde pasean los viajeros]

24.-

            De momento, echan a andar por el margen derecho de la Avenida Central, amplia, semi-peatonal y sombreada. Algo que se agradece a esta hora, cuando el sol, que hoy se ha levantado guerrero, comienza a mostrar su presencia de forma poco amable. Vamos, que hace calor. Apenas han caminado unos metros y contemplan con satisfacción cuanto se les ofrece, el viajero tiene la sensación de que se ha equivocado al planificar el día. Tan previsor como le gusta ser en estas excursiones, hizo la reserva del hotel para hoy en Castro Laboreiro, convencido de que la visita a Braga sería cuestión de un paseo, la Sé y poco más. Sin embargo, una vez aquí, se da cuenta de que la ciudad merece sosiego y atención. Sin duda, un día completo, con su noche incluida, les hubiera permitido mayor conocimiento de esta Bracara Augusta romana, capital que fue de la Gallaecia, como apuntan las guías. Pero, bueno, ya que hacemos mención a los romanos, aquí habría que decir aquello tan famoso y socorrido de alea jacta est, que unos traducen por la suerte está echada y otros, al parecer de forma más correcta, como los dados están tirados; cuestión ésta que debiera quedar para los eruditos y que aporta poco al meollo del asunto, que no es otro que el hecho de que, lo quieran o no, tienen sólo unas horas para visitar la ciudad. O sea, que menos divagaciones y más aprovechar el día.  

[Iglesia del Convento de los Congregados]

             Y en ello están al detenerse ante la iglesia del Convento de los Congregados, declarada Inmueble de Interés Público. De fachada Rococó, se alza poderosa y solemne, flanqueada por dos sólidas torres en las que se ubican sendos campanarios; en el frontal, un par de hornacinas dan cobijo a las figuras de San Filipe de Nery y San Martinho de Dume, obras que el escultor Manuel da Silva Nogueira creó en el año sesenta y cuatro del pasado siglo. Este dato, erudito y a propósito, es algo que los viajeros saben ahora gracias a la gran enciclopedia de internet, y no mientras observan el templo y entran en su interior, donde, en ese momento, se celebra una misa. A la vista de los fieles que se acercan a comulgar, el viajero recuerda el famoso dicho que, por lo que se ve, define con bastante acierto a las principales ciudades portuguesas: Lisboa gasta, Coimbra estudia, Braga reza y Oporto trabaja. Aquí —debe de ser verdad— se reza. Lo confirmarán cuando entren en otros templos, y a la vista de calles y fachadas de edificios laicos y religiosos, ya ataviados con carteles que invitan a la celebración de la Semana Santa, para la que aún quedan más de veinte días.
            Vecino del Convento de los Congregados, hasta el punto de haber sido en su día parte del mismo, el edificio que alberga la Universidade do Minho. De él —o, mejor, de lo que de él pueden admirar— destaca un sencillo claustro, ahora tomado por estudiantes, al que los viajeros se asoman curiosos y con la sensación de andar algo desubicados entre la desenfadada juventud.
            Pero, quizá, de cuanto descubren, más que un edificio en sí, o un detalle arquitectónico o la algarabía de los estudiantes, lo que de verdad sorprende a los viajeros es la sensación de amplitud de la Avenida, el ancho bulevar que la acompaña y en donde se ubican varios kioscos y terrazas, entre los que destaca, por lo atractivo de su construcción, el de una famosa cadena de hamburguesas, a la que el viajero —permítasele— no piensa darle más publicidad.
Según caminan —detrás ya la Universidad— pueden aún contemplar Casa Rolấo, palacete construido en el siglo XVIII; y el Convento da Penha de França, también del XVIII; y más adelante, entre Rúa de San Vitor y Rúa de S. Domingos, la Iglesia de Sấo Vitor, construida así mismo en el siglo de las luces y dedicada a los santos mártires de Braga. Como ya les advirtió la mujer de Turismo, “muchas iglesias”.
A la sombra de los centenarios y robustos edificios, han paseado sin prisas la Avenida, con la sensación de sosiego que sólo es posible experimentar cuando no hay nada más que hacer que disfrutar del momento, sin pesar en nada más que no sea la belleza que se muestra a sus ojos. Así lo sienten, mientras deshacen el camino, rumbo a la Arcada.

2 comentarios:

  1. Antonio correspondo por tu visita a mi blog y me llevo la sorpresa de encontrarme con un continuador de la sencilla y jocunda tradición de la crónica de viaje. Ya sabes, es arte difícil por lo sencillo y más desde que Cela (siguiendo las huellas de Pla) lo pusiese tan alto, pero eso, no te ha arredrar jamás y también sabes (o sabrás), que pasito a pasito se va haciendo una obra y la vida.

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  2. Estimado Gastón, gracias por la visita y tu certero comentario. Es cierto que en esto de los libros de viajes el listón está alto, no solo por lo que pudo escribir Cela; también, más cercano, Julio Llamazares ha dejado buena muestra de este tipo de literatura, por no hablar de la variada colección de autores en otras lenguas que han cultivado también el género. Lo mío, es algo más modesto. Básicamente, estas pequeñas narraciones, son de uso personal (ya lo he hecho en otras ocasiones, con otros viajes). Lo que ocurres es que, dadas las posibilidades que nos brinda internet, en esta ocasión, no me he resistido a mostrarlo en público. Quizá, aunque la narración no es muy prolija en detalles, le pueda servir a alguien. Sea como sea, aquí queda. Y sí, pasito a pasito, como bien dices, se hace obra y vida. Otros, además, afirman que se llega a Roma.

    Un abrazo.

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